miércoles, 2 de junio de 2021

Adiós, madre mía

 Hoy se cumplen doce años que te fuiste. Nunca olvidaré ese día. Ese momento que que te fuiste. Significa mucho haber estado junto a ti en ese momento. Y haber podido decirte cuánto te quería. Y cuánto te quiero. Y cuánto significabas y significas en mi vida. Siempre estás conmigo porque siempre te recuerdo. Mi gratitud y mi amor de hijo, sin condiciones, para ti. Te recuerdo siempre, como recuerdo siempre ese día y ese momento. Hace doce años ya. 

jueves, 20 de mayo de 2021

La vida se impone

 Los fines de semana suelo hacer bici de montaña, mayormente en el cerro Zapotecas, un maravilloso lugar ubicado en San Pedro Cholula, muy cerca de mi casa, con todo tipo de recorridos, desde lo más fácil hasta tramos realmente complicados y retadores. A veces me voy más lejos, casi siempre acompañado de mis amigos bicicleteros. Los paisajes suelen ser maravillosos y me renuevan el espíritu. Recientemente, en un recorrido solitario por una de mis rutas favoritas en el Zapo, justo después de las primeras lluvias, me quedé maravillado con las flores, como las de la foto que acompaña. Quizá un par de meses antes sufrí con las tradicionales quemazones del cerro. Digo "sufrí" no porque me haya quemado físicamente, sino porque, al dar mis vueltas en fin de semana, veía el resultado del fuego que arrasa todo a su paso: árboles quemados, pasto desaparecido, el paisaje todo negro. Algunos árboles, ya un poco más grandes, resistiendo estoicamente, pero muchos, sobre todo los pequeñitos, desaparecidos o carbonizados. Ver el paisaje así es doloroso porque todo parece muerto. El aire es caliente y el panorama, cerca y lejos, es desolador. Cuando la quemazón es reciente, hasta huele a humo y carbón. No sé si las quemazones son provocadas. Probablemente lo sean, lo cual habla de la mezquindad y la estupidez humana, ya sea motivada por la ignorancia o por rapacidad de los que quieren especular con el terreno y llenar todo de cemento. Bueno. El caso es que estas flores, hermosas, que brotan con las primeras lluvias, me dicen que, a pesar de todo, la vida se impone. Una maravilla. 


martes, 18 de mayo de 2021

Como decíamos ayer...

 Decía mi profesor de matemáticas en segundo de secundaria que así dijo Fray Luis de León, o así recuerdo, cuando regresó a impartir cátedra después de varios años en la cárcel. 

En mi caso no ha sido cárcel, al menos no lo que se entiende comúnmente por cárcel, pero sí esta pandemia que ya lleva más de un año y en la cual seguimos atrapados. Aunque ya se ve algo de luz al final del túnel, sobre todo quienes ya tuvimos la fortuna de ser vacunados, como en mi caso, que recibí la primera dosis de la vacuna de Pfizer hace casi dos semanas. 

Coincidentemente, ayer regresé a mi oficina en la universidad, después de catorce meses de trabajar desde casa. Fue raro regresar, y no estuvo exento de controversia, más por las formas que por el hecho de regresar. En mi caso, a pesar de que me la pasé bastante bien trabajando en casa, cerca de mi mujer y de mis hijos, no tenía ni tengo ningún problema en estar de nuevo en la oficina. Hasta me cae bien el estar encerrado, con buena música y viendo los árboles, muy verdes en plena primavera, todavía las últimas flores de las jacarandas, a través de mi ventana. No me puedo quejar. 

Ayer cumplió dieciocho años mi hijo Juanjo. Lo quiero tanto que no me alcanzan las palabras. El caso es que de la universidad me fui a casa de mis suegros a comer. En bicicleta, por supuesto, aprovechando el carril bici recientemente inaugurado en la avenida Margaritas. Las dos o tres últimas cuadras antes de llegar a la 16 de septiembre los autos estaban estacionados sobre el carril supuestamente exclusivo para las bicicletas. Hasta adelante, una grúa de tránsito municipal. Le reclamé y me salió con que "la tengo descompuesta" lo cual era, obviamente, una mentira. Aquí la evidencia. 


miércoles, 17 de mayo de 2017

¿Educación en línea?

Como todos en mi generación -este año llego al medio siglo de edad- mi vida de estudio ha estado ligada siempre a un modelo tradicional. Estudiar, para empezar, era la única opción para aspirar a algo mejor, a un buen trabajo, a vivir más o menos cómodamente, a tener conocimientos para vivir mejor y hasta para disfrutar de la vida. Al menos, así era para los que no nacimos en cuna de oro.
La educación, el estudio, siempre ha estado ligada a un salón de clases, con un profesor (o profesora), su pizarrón (antes, con gises; hoy, con plumones de colores) ahora ya casi en desuso. Después vino el proyector de acetatos y el proyector de diapositivas, e incluso recuerdo haber usado un aparato raro, pocas veces, proyector de opacos. Con un sistema de luces y espejos lograba proyectar, de manera muy rudimentariamente, a juzgar con los avances de hoy, un libro, un cuaderno, una hoja en la pared o en el pizarrón.
Más adelante, ya tenía yo algunos años dando clase en la universidad, era un lujo tener un "cañón" en el aula, y había que ir a pedirlo prestado, traer los cables, conectarlo a la computadora, para que los estudiantes vieran el power point, que casi siempre leía, y en el que me había pasado horas trabajando. Hoy esos proyectores están instalados en todos los salones y yo los uso cada vez menos. Prefiero preparar mis clases (generalmente de metodología de la investigación o de sociología) en una hoja de papel y desarrollar un discurso en base a, generalmente, tres, cuatro o cinco puntos principales. Me interesa que los estudiantes sigan el discurso y que caigan en la provocación de algunas preguntas, algunas capciosas, otras retóricas, y discutan conmigo. Así, supongo, vamos entendiendo y compartiendo un lenguaje. Así aprendo yo y así me doy cuenta si me entienden, si les interesa, si le encuentran utilidad.
Recientemente me invitaron a diseñar un curso para una maestría en línea. Y a pesar de la carga de trabajo y los múltiples problemas que a diario tengo que resolver (o al menos pensar en ellos), allí voy de necio y acepté. Sólo para caer en cuenta que yo nunca he seguido un curso en línea, ni aprovecho los recursos virtuales que la universidad donde trabajo ha dispuesto para mí y para todos los profesores desde hace años, ni sé cómo hacerle. Pero aquí estoy. Leyendo, buscando, pensando y tratando de imaginar cómo hacerle. Sobre lo que sigue contaré en la próxima entrada.

viernes, 21 de febrero de 2014

Para entender la realidad

Para mi padre, que hace dos semanas se me fue, y cuyo recuerdo me acompaña. 

Esta semana tuve la oportunidad de asistir, en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP, "el Ponchito", a tres conferencias de Wim Dierckxsens sobre su obra y su análisis sobre la realidad del capitalismo globalizado y un posible tránsito hacia una condición poscapitalista. Intentaré retomar algunos puntos que me llamaron la atención y me dejaron pensando, sin necesariamente estructurarlos como un todo coherente, sino más bien como esos flashazos que voy encontrando en la vida y alimentan mis andares sobre la bici, o caminando, o compartiendo con los amigos.

Primero, y es algo que ya había sentido cuando primero leí a Dierckxsens en el seminario del doctorado, hará cosa de un año, quiero destacar la sensación que me deja el análisis planteado: la de que "la culebra se mordió la cola", y hace evidentes los límites de un sistema cuya "vida" se alimenta de la muerte de todo lo que toca. Y es que no hace falta ser un analista destacado, basta abrir los ojos para ver el nivel de descomposición en que vivimos, por ejemplo, en relación al medio ambiente y los recursos naturales, que para el capital sólo están allí para ser explotados, expoliados, aprovechados. Para muestra, un botón: cuando voy por los pueblos cercanos al volcán, sobre la bici, no hay arroyo, río o cuerpo de agua que no sea un drenaje a cielo abierto, no hay agua sin contaminar. Y qué decir del hecho de que ya no hay proletariado o grupo social en desventaja al cual transferirle los costos de la concentración de la renta. Para mí el hecho más patente es el creciente número de migrantes que veo en Cholula, que antes no se veían por acá, o al menos yo no los veía, y están dispuestos a jugarse la vida para no morirse de hambre. Por cierto, una idea interesante sobre la migración, que dijo el autor, y que habría que seguir explorando para ver si sirve para iluminar otros tipos de migración o de movilidad, por ejemplo del campo a la ciudad. Y es que, decía él, la migración es una válvula de escape, una búsqueda de alternativas a la crisis, pero al mismo tiempo, tiene efectos de una profunda desmovilización porque, cuando tu proyecto de vida no está en tu país, en tu territorio, no estás dispuesto a jugarte nada, o casi nada, pues lo único que quieres es irte de allí. Quizá explica, al menos en parte, nuestra apatía ante los excesos y el autoritarismo de una clase política que ha perdido todo, hasta el decoro.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Mis lecturas

El fin de semana, de camino a Xalapa a la segunda sesión de mi curso de educación y derechos humanos, terminé de leer un libro que me sorprendió y me conmovió, Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, escritora de la que, confieso, nunca había escuchado. Leyendo el libro me llegó la noche, en sentido literal y también en sentido figurado. Me dieron ganas de llorar al ver reflejada con gran claridad, con crudeza pero sin victimismos, siempre con una pluma muy honesta y al mismo tiempo amorosa, la historia de esa, su familia. Y me hizo pensar que sí, todas las familias tienen lo suyo, sus luces y sus sombras. Y que por más que nos resistamos a ver el dolor, éste allí esta, y nos hace ser lo que hoy somos. Así de simple.
Un par de pensamientos que me siguen dando vueltas. El primero, cuando da cuenta de una película con la que se topa, mandada a hacer por sus abuelos, para mostrar a una familia muy correcta, políticamente hablando, pero bajo cuya superficie se ocultan sus secretos, sus demonios, unos más oscuros que otros, y de cómo se empeñaron en recubrir con discursos más presentables:
"Estamos en el corazón del mito. La película es la imagen de la leyenda que Liane y Georges escriben a medida que la construyen, como lo hacemos nosotros con nuestras propias vidas."
Otro, que apunta al centro de esa siempre difícil relación madre-hijo(a), vista de frente, sin concesiones, sin edulcorantes, como para tocar fondo y a partir de allí reconstruirla:
"Durante años, había sentido vergüenza de mi madre delante de los demás, y había sentido vergüenza de sentir vergüenza. Durante años, había intentado crear mis propios gestos, mis propios andares, alejarme del espectro que representaba a mis ojos. No quería parecerme a ella más, cuando estaba mejor, quería ser lo inverso de ella, me negaba a seguir sus huellas, de hecho evitaba toda similitud y me empeñaba en tomar las direcciones más opuestas."


lunes, 4 de marzo de 2013

La Malinche

Ayer domingo me acosté a las dos de la mañana, con la certeza de que no iría a la rodada a La Malinche, a pesar de que había confirmado mi participación en el facebook. Hacía un frío tremendo y me dije a mí mismo: "mejor quédate a descansar y más tarde te vas al Zapo a dar la acostumbrada vueltecita dominguera". Pero hete aquí que a las seis y cuarto en punto me desperté, sin despertador ni nada. Revisé en el iPhone la temperatura en Cholula: cero grados, fui al baño y me volví a acostar. Y entonces pensé: ¿de veras te vas a perder esta aventura? ¿por un poco de frío? Sabía que no tenía mucho tiempo y me decidí. Arreglé mis cosas en tiempo récord: me vestí con cuatro capas arriba de la cintura y doble abajo, preparé casco, lentes, guantes y mochila, y fui por mi bici roja, y la subí al portabicicletas que, afortunadamente, había instalado el día anterior. Entre el ir y venir me zampé una porción de avena de esas que sólo hay que agregarles agua y meterlas al micro por un minuto, y preparé una taza grande de café, para el camino. Me despedí de mi mujer que, medio dormida, me dijo: "estás loco", y me fui a alcanzar al resto de bicicleteros. Valió mucho la pena: una ruta relativamente corta pero muy demandante, poco más de veinte kilómetros, con una diferencia de más de setecientos metros de altitud, que llegó a ser de más de tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Lo mejor: todo el tiempo en medio de un bosque hermoso, y el silencio.