martes 30 de junio de 2009

Antes de terminar, aquí estoy

Hoy se acaba el mes de junio. La primera mitad del año ya se fue. Con el lugar común, me digo que qué rápido pasa el tiempo últimamente. Quizá sólo sea una evidencia de que me estoy haciendo viejo. Bueno, al menos, un poco más viejo. Afortunadamente me siento en la plenitud de mi vida a mis cuarenta y un años.
Hoy me desperté temprano a tomar café, a pensar, a meditar o por lo menos a poner atención a mi respiración. Son tiempos de nuevos proyectos, de tomar decisiones que de repente no son fáciles pero que hay que tomar de cara al futuro. Aunque, en realidad, como se toman las decisiones importantes, al menos como yo lo he hecho en mi vida, veo que ya la tomé. Pronto saldrá algo nuevo, retador, emocionante... espero contar con muchas buenas vibras.
En otro tema totalmente diferente, pero que seguramente tendrá alguna conexión, ya me encargaré de encontrarla y de escribir al respecto, no quiero dejar de mencionar la muerte de mi madre. Fue hace ya casi un mes, el 2 de junio. Me parece tan cercano y tan lejano. No acabo de asimilar el hecho. Fue un tiempo muy concentrado, de sentimientos encontrados: esperanza, temor, impotencia, cariño, unidad, cercanía, amistad, dolor, sorpresa, novedad. Mucho por desbrozar. Te fuiste, madre mía, pero guardo en mi corazón esos últimos días que te vi con vida. Y, por supuesto, tu última salida de la casa, cuando te cargamos con lágrimas en los ojos y el dolor saliendo por cada poro del cuerpo. También recuerdo y recordaré siempre a mi padre casi arrodillado junto a tu caja, tú muy seria y silenciosa, como dispuesta a escucharlo por última vez, él sabiendo que te va a extrañar a pesar de que los últimos años, me consta, fueron realmente difíciles. Te fuiste, madre, pero estás aquí. En mi corazón.

sábado 23 de mayo de 2009

Esta semana

Temprano me desperté, aún siendo sábado. Ya leí los periódicos que me interesan, ya revisé mis correos electrónicos, y respondí a quienes se interesaron en la rodada de mañana domingo a Las Antenas, espero que se animen. Ahora me debato entre leer, escribir algo en mi blog o mejor irme temprano a rodar sobre mi bici. Decido escribir algo en el blog. El asunto es decidir sobre qué escribo. 
Cuando inicié el blog pensé que sería fácil escribir diario, o cada tercer día o, de perdida, una vez a la semana. Revisando mis entradas, el ritmo ha sido irregular: hay días seguidos en que escribo, y hay meses enteros en que no subo ni una letra al ciberespacio. 
Hoy no sé si escribir algo sobre Benedetti. Hace ya una semana que se nos fue, pero siempre habrá algo que decir. Yo quisiera recordar y revivir la emoción de leer su Gracias por el Fuego y La Tregua en épocas de, para mí, profunda y ansiosa búsqueda. 
Eran tiempos de casas de formación marista, bastante aparte del mundo pero con unas ganas insaciables de leer, de salir, de conocer el mundo. Y, al mismo tiempo, eran tiempos de una enorme ebullición interior, de sentir el amor, de preguntarme sobre el compromiso, de cuestionar la amistad, de buscar siempre nuevos horizontes. Tiempos de intentos, de acercamientos, de emociones encontradas, de anhelos, tiempos de una rebeldía que aún hoy, de solo recordar, disfruto. 
Curiosamente, antier me encontré a Enrique, de modo totalmente inesperado, en la universidad. Teníamos, hacíamos cuentas, veintidós años sin vernos, después de un año en Morelia, en el noviciado ("el encierro" del que he hablado antes aquí), y otro más en Querétaro, mientras concluíamos la normal primaria. Recordábamos que no fuimos los grandes amigos, de hecho Enrique me decía, con cierto asombro compartido por mí, que en ese día, el jueves, habíamos hablado más que en tres años de vivir en la misma casa, bajo el mismo techo. 
Recordamos, y aquí se encuentran ambos trozos de esta historia, nuestras búsquedas de jóvenes, sorprendentemente comunes, y reconocimos lo que la formación nos dio y también lo que nos evitó. Allí, en el tiempo, se ubican mis primeros acercamientos a Benedetti. Eran tiempos de mirar al interior y sentir la vida en el corazón, que yo apenas descubría que latía intensamente, pero no me animaba a conocer exactamente por qué, menos por quién, aunque ya lo intuía. Eran, lo sabría después, tiempos de mirar hacia afuera en busca de un par de ojos femeninos profundos, dispuestos a compartir codo con codo, el ansia de comprometerse y, a fin de cuentas, de hacer una historia juntos. Para mí fue el rincón blanco del que luego escribiré.
Años más tarde, recuerdo a mis buenos amigos Paco y Lalo llegar con una botella de vino chileno y un ejemplar bastante manoseado del Inventario. Yo era treintaycincoañero, más o menos, y ellos andaban en la segunda mitad de sus veintes. Y leer los poemas de años antes, y recordar lo que me hicieron vivir, aún hoy me hace emocionarme. 
Gracias a Benedetti por ello. Gracias a mis cómplices en las búsquedas: a Rocío con el casete que me hizo llegar con la clásica somos mucho más que dos. A Silvia que siempre se aparecía entre líneas. A mi Colocha porque son suyos esos ojos profundos en los que descubrí el amor que hoy me sigue alimentando. 
Por ello siempre será necesario tener a la mano una poesía de don Mario. 

viernes 15 de mayo de 2009

Dos mil doscientos

Dos mil doscientos son, más o menos, los metros de altura del D.F. sobre el nivel del mar. Por allí andan, también, San Cristóbal y Puebla. Dos mil doscientos son, hoy, los kilómetros que marca el odómetro de mi bicicleta, el que compré hace exactamente un año. Es el equivalente a ir y volver del DF a San Cristóbal, más o menos. Cuántos recuerdos, cuántos paisajes, cuántos esfuerzos, cansancios, sudores, cuánta satisfacción. Cuántos olores arriba de la bicicleta en este año, especialmente el olor a pino en la parte alta del Zapo, muy a menudo, y el olor a yerba mojada temprano en la mañana. Una palabra basta: inolvidable. 

martes 31 de marzo de 2009

Breves del camino

Primera. Finalmente están arreglando la recta Puebla - Cholula, pero sigo sin entender tres cosas: apenas acababan de rehacer la carpeta asfáltica, e hicieron un hoyo para poner un tuvo de lado a lado. Al final pusieron un parche que, claro, ya se hundió y funciona como un vado. Otra: si ya sabían -supongo- que del otro lado, justo enfrente de la Nissan, se iban a tardar mucho más porque había que meter tubos enormes, no sé si de agua o drenaje, ¿por qué no primero arreglaron la lateral por la que obligan a pasar a los automovilistas, que tiene más hoyos que el paisaje lunar? Finalmente, ¿por qué no trabajan los fines de semana y sí lo hacen en los momentos de más tráfico? ¿será tan difícil organizarse? Digo...
Por cierto, al inicio de la recta, hay un letrero que, sin mal no recuerdo, dice: cambio novia bonita e inteligente por un clio. Sin comentarios. 
Lo de siempre, que sigo sin entender, ¿por qué tanto pinche tope? hay calles en Cholula que tienen tres: uno al inicio, otro en medio y otro al final. Para no errarle, supongo.

lunes 30 de marzo de 2009

Caminando por el centro

Es sábado en la tardecita, después de comer, y antes de irme a la siguiente mesa en la reunión de consejeros distritales del ife, decido irme a caminar un rato. Cruzo Reforma y me voy por Juárez, del lado derecho. Primero están unos bancos, vacíos, por ser día no laborable. Desde el inicio me llama la atención que me cruzo con gente que trae sus Sanjuditas en los brazos. Ellos vienen en sentido contratrio al mío, de modo que observo a muchos de ellos. Me llama la atención que hay hombres y mujeres, jóvenes de menos de veinte años y no tan jóvenes de quizá sesenta o más años. Veo de reojo a la mujer madura con generoso escote, tatuado, que lleva su Sanjudas cargando mientras platica con alguien más, seguramente un familiar. Veo a una joven mujer con ojos cansados y cara de agobio que le ha puesto su Sanjudas unos adornos de tela con chaquira. Avanza derecho, ensimismada, por la avenida. Veo también al señor más o menos joven (depende quién lo vea) de unos 35 ó 40 años, con un Sanjudas tan grande que no cabe por la puerta del micro y mejor sigue caminando. Pienso que no debe ser de un material tan pesado, pues de otro modo la carga sería demasiada. 
La banqueta está sombreada y me cruzo con mucha gente. Jóvenes abrazados por la cintura, ellas con ojos pintados y piercings en las orejas y blusa ombliguera, ellos con botas gastadas y pelos parados con mucho gel. Se ven y me ven y simplemente siguen su camino, decididos. Me dan ganas de entrar al Sótano y luego a la Gandhi, pero decido que no tengo tanto tiempo. Paso por una cervecería, se ve desde fuera que está llena a reventar, pues falta poco menos de una hora para el partido de México contra Costa Rica. La cerveza la sirven en un gran tubo de acrílico, al centro de la mesa, del que sale una llave como de grifo con la que llenan los tarros. Se ven unas claras y otras oscuras. Veo que es cerveza sol y me convenzo de que mejor paso. 
De regreso cruzo frente a Bellas Artes y Camino un poco adentro de la alameda, llena de puestos de artesanías y de comida y de gente que va y viene. Aquí y allá hay gente sentada, unos platicando, otros en silencio. Algunos están un poco más lejos, como perdidos en el jardín, besándose y acariciándose. 
Atrás del hemiciclo a Juárez me sorprende una banda que toca la gaita con tambora. Se oye a todo dar, pero no deja de parecerme extraño ver a jóvenes con sus faldas escocesas. Luego están un par de chavos ensayando en su monociclo, muy concentrados, que se bajan y se vuelven a subir. A un lado, otros jóvenes practican malabares con pelotas de tenis y con otros objetos. Se ve que están enseñando a algunos neófitos, pues las pelotas están constantemente en el piso. 
Donde se acaba la Alameda, en la calle junto a la plaza de la solidaridad hay un escenario. Me acerco y un grupo de chavas toca rock mexicano, supongo, si es que existe algo así. Hay una pelirroja con blusa strapless y mangas también rojas, en el requinto. La baterista está en la parte de atrás, con su audífono en un oído, se nota que es un poco más grande de edad. A su lado está la percusionista, muy animada tocando los timbales. Al frente, una chava morenita de pelo lacio y una extraña blusa con una especie de falsa corbata toca la guitarra. Se anima cuando ve al público y sonríe chueco y se le ven los ojos cansados. Viste una falda pantalón como de olanes, raro para mí pero que cuadra en la escena. Al centro está la vocalista con una blusa amplia, triangular. Trae los ojos pintados y muy grandes, oscuros. Canta padre, entonada, aunque me parece que le falta un poco de pasión, como que no acaba de animarse. Del otro lado, una tecladista con kimono rojo sobre pantalón negro marca el ritmo y voltea a ver a sus compañeras señalando los tiempos. Completa el grupo un chavo, bajista, muy bailador. Abajo unas jovencitas muy agradables se animan y empiezan a bailar. Yo me tengo que ir y me alejo caminando lentamente. Atrás va quedando la vida esta caótica pero maravillosa ciudad de méxico. 

jueves 26 de marzo de 2009

Por el medio ambiente

Aún con todo mi escepticismo, quiero dejar constancia de una serie de acciones en pro del medio ambiente en las que he participado o he visto últimamente. Aclaro que no soy "verde" ni pretendo serlo. Tampoco soy de los que creen en el "desarrollo sustentable", porque estoy convencido de que sigue siendo "pan con lo mismo", y que mientras no cuestionemos el concepto de "desarrollo", seguiremos atrapados, más o menos dándonos cuenta, en la misma trampa. Dicho lo cual, comienzo. 
Uno. Nos decidimos mi mujer y yo y nos instalaron un calentador solar. Hasta ahora el saldo es positivo: el agua por las mañanas está mucho más caliente que cuando usábamos el calentador de gas, aunque ha perdido algo de presión el agua, y es algo que tenemos que arreglar. Lo más importante, las perspectivas para el bolsillo: calculo que en dos años recuperamos el gasto y el resto será ahorro. Claro, también menos maltrato al medio ambiente al prescindir de la quema de gas para calentar agua. A fin de cuentas, el sol seguirá existiendo mientras estemos en este planeta, o viceversa, o como sea. 
Dos. El domingo me sentí muy orgulloso de Fer. Juntos participamos en el paseo ecoturístico en bicicleta organizado en San Pedro Cholula. Impresionante ver a unos 500 ciclistas arrancar sobre ruedas. Desde niños de unos cinco años, hasta viejitos y viejitas. Bicis súper modernas y bicis de lechero. Bicis ligeras y bicis pesadísimas. Se hizo buena convivencia y estuvo bien organizado, en términos generales. Ya de regreso, el contraste duele. Rodamos por toda la vía (donde estaba, ya desapareció) mayormente un camino desolador por la basura. Es increíble la capacidad  del ser humano para consumir y tirar madre y media. había desde las típicas llantas de auto a medio quemar, hasta una taza de excusado rota, entre escombro de alguna construcción, pasando por varios montones de cebolla, plásticos, botellas rotas, pañales, papeles, restos de comida, y un largo etcétera. No más palabras. 
Tres. Iniciamos, a tanteos, nuestra composta casera. Lo hemos comentado con las vecinas de la privada y todo mundo se muestra interesado. Hasta parece que vamos a separar la basura para reciclar, en conjunto. Que así sea. 

miércoles 18 de marzo de 2009

Crónica bicicletera

Eran unos minutos antes de las siete cuando llegué al centro de Cholula, San Pedro, y además de mí sólo estaba Eric. Un rato después vimos llegar a Iván y nos preguntábamos si alguien más se haría presente para la rodada, quizá porque la cita parecía inusualmente temprano. Afortunadamente llegaron más y un poco más tarde salíamos 6 ciclistas, cuando justo al enfilarnos hacia la Miguel Alemán nos alcanzó Ricardo. Cambiamos de municipio por la ruta acostumbrada, y ya en San Andrés nos fuimos hacia Acatepec por la calle adoquinada que pasa por San Rafael Comac y que sería maravillosa si no fuera por los no sé cuántos topes que la adornan. Atravesamos la carretera federal y después de cruzar los primeros campos y de la bajada de grava con puente incluido, en Santa Martha, el grupo creció al integrarse Carlos a toda velocidad. Una primera subida más demandante, la que lleva a la secundaria de Chalchihuapan, ya muy cerca de la autopista, nos hizo sudar, pero reagrupamos y seguimos nuestro camino. Al llegar a Chalchihuapan tomamos inmediatamente a la derecha y disfrutamos una bajada totalmente rodable, en la que se alcanza buena velocidad sin mayor esfuerzo y que se disfruta más por los brincos naturales que le añaden emoción a la velocidad. El asunto es que luego vienen unos como canales que son el preludio de lo mejor, la bajada llena de piedras sueltas y tierra caliza que hacen muy difícil mantener el control. A ratos sobre la bici y otros empujándola seguimos avanzando. De repente nos deteníamos y veíamos del otro lado de la cañada lo que nos esperaba, la subida, pero definitivamente era más interesante ver cómo Gerardo bautizaba su nueva suspensión delantera de última generación, con… un rayón. Al llegar al plano cubierto de pasto seco nuevamente se rueda con gran facilidad. Yo iba justo atrás de Ricardo cuando hizo un extraño que resultó en un costalazo, afortunadamente sin mayor consecuencia que la pérdida momentánea de aire. La bici quedó atrás, contra un arbusto, literalmente patas, mejor dicho llantas, para arriba. Más adelante, ya cuando habíamos perdido el camino y buscábamos regresar a él entre milpas quemadas, bordeando el río, se me ocurrió hacerle caso a Gerardo, que iba encabezando al grupo, y gritó “a ver, brínquenla”. Era un vado muy empinado y allí voy. Se atoró la llanta delantera y la bici dio vuelta completa para caer… encima de mí. Afortunadamente nada grave, sólo el dolor en las palmas de las manos que recibieron el impacto. Me ayudaron a levantarme y a seguirle. Lo que ya veíamos venir nos alcanzó y no quedó de otra sino subir la larga, polvosa y tendida cuesta que nos lleva desde el plano hasta la parte más alta, allí junto al panteón del pueblo. Lo bueno de que no sea la primera vez es que cuando uno pasa por el basurero sabe que ya falta poco. Descansamos un rato y luego otro rato ya en el pueblo, en la tienda de costumbre, atrás de la iglesia del centro, donde algunos se tomaron un refresco y otros agua, cada quien lo que necesitaba. Cruzando la autopista seguimos derecho por el asfalto, rumbo a Chipilo. Al entroncar con la carretera federal nos metimos entre un grupo de ciclistas peregrinos que iban a ver a la virgen de los milagros, si mal no recuerdo. La bajada fue muy emocionante y sin percances, llegando el odómetro a los sesenta kilómetros por hora. Cruzamos Chipilo y nos enfilamos a Tonantzintla por un camino de terracería con harta basura a los lados y un letrero que dice, claro, prohibido tirar basura. Allí Carlos se despidió y el resto siguió por la carretera, ya a paso más moderado, hasta el centro de Cholula. El odómetro marcaba entre 39 y 41 kilómetros recorridos. Coincidimos en que lo importante no era la exactitud sino la diversión y el buen ambiente que, como de costumbre, fue la nota principal en el recorrido. Participamos: Gerardo, René, Carlos, Ricardo, Eric, Iván, Daniel y un servidor. Dominaron las biclas Merida, con tres, y las GT, con dos. Hasta la próxima.