jueves 24 de septiembre de 2009

Una vida decente

Esta mañana escuchaba a Eduardo hablar a jóvenes de la universidad sobre la psicología en la encrucijada de los saberes. Hizo una síntesis magistral de los aportes de diversas corrientes de la psicología a la vida humana. Hizo referencia al conductismo, a la psicología positiva, a la autoeficacia, al apego y al psicoanálisis, entre otras. Lo más valioso, sin embargo, me pareció su reflexión y su insistencia en hablar desde la vida, desde lo cotidiano, desde el día a día. Despotricó, sin perder la amabilidad y la elegancia del que ha recorrido el mundo, las ciencias, los congresos, contra el éxito que tanto se pregona y que termina siendo hueco. Propuso mejor hablar de la búsqueda del psicólogo, y en realidad de todo ser humano, de una vida decente para todos. Una estudiante le preguntó, entonces, que qué entendía por vida decente. Habló de solidaridad, de equidad, de apego a valores pero no en el discurso teórico, sino en la eticidad de la vida, entendida como una existencia en la que se noten esos valores, no tanto que se pregonen. Insistía, con ejemplos, que de nada sirve hablar de respeto, si tratamos con la punta del pie a los demás: la vida tiene que hablar por sí misma. Dijo también que, en el fondo, lo que el apego nos ha enseñado es que el anhelo más profundo es el de amar y ser amado. Y que tenía que ser no sólo vibra, sino también cuidado. La vibra es el enamoramiento, la palpitación del adolescente, la emoción del momento. El cuidado implica tiempo, convicción, decisión, compromiso, y se traduce en actos concretos. (Curiosamente, en otro salón de las instalaciones, "grandes personajes" se aprestaban para las fotos y las cámaras de televisión. De allí venía y me sentía vacío. En la charla de Eduardo encontré un remanso de paz. Salud).

martes 4 de agosto de 2009

In memoriam

Hace ya un mes que te fuiste. Nunca podré olvidar dos momentos. Son de esos que, siempre he pensado así, es necesario guardar en el corazón. Es de mañana y me despierto después de un descanso mediocre, aunque es mejor que las noches previas, que pasé casi en vela. Pienso que ya tengo que regresar a Puebla a trabajar. Paso por un café al oxxo y me dirijo al hospital. La noche anterior el neurólogo se mostró casi optimista: Medio reaccionabas y se veían, leves, algunos reflejos. Entro al hospital con la emoción y la duda. No sé, de verdad, ni cómo me siento, ni qué pensar. Angélica estuvo contigo toda la noche. Me dice que pasaste bien la noche y se mete al baño a ducharse. Yo pensaba sólo pasar a despedirme de ti para irme a desayunar algo antes de subirme al carro y emprender el regreso. Veo, sin embargo, que tienes fiebre muy alta, cuarenta y dos grados y medio. Te veo mal, respirando con dificultad, allí tirada, muy lejana y distante. Un rato después, el internista me dice que la fiebre ya no se podrá controlar, que es central, y me convenzo que, ahora sí, es el principio del fin. Te hablo al oído y te pido que perdones mi intolerancia, mi falta de paciencia la última vez que hablé contigo por teléfono, tú me marcaste, un par de semanas antes. Volteo a ver los aparatos a los que estás conectada y mi corazón sufre. No sé qué hacer. Te digo entonces, sigo hablándote suave, al oído, que te relajes, que estés tranquila, que Dios te espera y te recibe en los brazos. Tú te resistes pero tu corazón está cada vez más desbocado, con taquicardia. Te acaricio el pelo y las lágrimas se asoman a mis ojos. Ya no sé qué decirte, se acabaron mis palabras. Sólo veo que tu respiración es más rápida y menos efectiva. Angélica está otra vez aquí y le digo que llegó el final. Me dice que te gustaba, lo sé, ver la misa en la televisión. Sintonizamos el canal religioso y se pone a rezar el rosario. El final está cerca. Las alarmas no dejan de sonar y los números se vuelven locos. No sé si desconectar todo, o hablarte, o acaricar tu pelo, o alejarme, o acercarme, o... no sé. ¿No podría esto pasar más rápido? Los números siguen locos, las rayas suben y bajan. Tu respiración es muy rápida. Las alarmas suenan. Yo no sé qué hacer. Todo se acabó. No respiras más. Ya descansas. Yo no sé, de nuevo, qué sigue. Te has muerto ya.
Ya el señor de la carroza que anoche Jesús y yo fuimos a buscar, se ha asomado a la puerta, y nos dijo que a la hora que nosotros queramos. Al escucharlo me cae el veinte y siento un hueco en el pecho. Sabía que este momento llegaría, pero no me siento preparado para ello. Mis sobrinas se acercan a la caja y te lloran. Te preguntan que por qué y sus lágrimas mojan el cristal. Saco fuerzas de mi tristeza y, junto con mis hermanos, te cargo. Los cirios se han consumido y las flores, pocas, me parecen tristes. Se parecen a mi corazón. Te empujo en la carroza y sé que ya no te volveré a ver en casa. Ya te fuiste. Después vendrá la misa, de pie y algo lejana, dolorida y silenciosa. Ya en el panteón, justo antes de enterrarte, me parte el corazón ve a mi padre casi arrodillado junto a tu caja, llorándote y diciendo en voz alta que te va a extrañar. Todo es, así me parece, oscuro y lejano. Te dejamos adentro de la tumba y yo estoy aquí, sigo aquí. Llega el momento en que mis ojos siguen llorándote, pero hay que dar la vuelta y seguir. En casa de Angélica descubro una foto de hace casi veinte años. Tú estás rozagante, sonriente, orgullosa. Mi cabeza se recarga en tu hombro. Así quiero recordarte, te recuerdo, cada día, siempre.

Puebla, 2 de julio de 2009.

martes 30 de junio de 2009

Antes de terminar, aquí estoy

Hoy se acaba el mes de junio. La primera mitad del año ya se fue. Con el lugar común, me digo que qué rápido pasa el tiempo últimamente. Quizá sólo sea una evidencia de que me estoy haciendo viejo. Bueno, al menos, un poco más viejo. Afortunadamente me siento en la plenitud de mi vida a mis cuarenta y un años.
Hoy me desperté temprano a tomar café, a pensar, a meditar o por lo menos a poner atención a mi respiración. Son tiempos de nuevos proyectos, de tomar decisiones que de repente no son fáciles pero que hay que tomar de cara al futuro. Aunque, en realidad, como se toman las decisiones importantes, al menos como yo lo he hecho en mi vida, veo que ya la tomé. Pronto saldrá algo nuevo, retador, emocionante... espero contar con muchas buenas vibras.
En otro tema totalmente diferente, pero que seguramente tendrá alguna conexión, ya me encargaré de encontrarla y de escribir al respecto, no quiero dejar de mencionar la muerte de mi madre. Fue hace ya casi un mes, el 2 de junio. Me parece tan cercano y tan lejano. No acabo de asimilar el hecho. Fue un tiempo muy concentrado, de sentimientos encontrados: esperanza, temor, impotencia, cariño, unidad, cercanía, amistad, dolor, sorpresa, novedad. Mucho por desbrozar. Te fuiste, madre mía, pero guardo en mi corazón esos últimos días que te vi con vida. Y, por supuesto, tu última salida de la casa, cuando te cargamos con lágrimas en los ojos y el dolor saliendo por cada poro del cuerpo. También recuerdo y recordaré siempre a mi padre casi arrodillado junto a tu caja, tú muy seria y silenciosa, como dispuesta a escucharlo por última vez, él sabiendo que te va a extrañar a pesar de que los últimos años, me consta, fueron realmente difíciles. Te fuiste, madre, pero estás aquí. En mi corazón.

sábado 23 de mayo de 2009

Esta semana

Temprano me desperté, aún siendo sábado. Ya leí los periódicos que me interesan, ya revisé mis correos electrónicos, y respondí a quienes se interesaron en la rodada de mañana domingo a Las Antenas, espero que se animen. Ahora me debato entre leer, escribir algo en mi blog o mejor irme temprano a rodar sobre mi bici. Decido escribir algo en el blog. El asunto es decidir sobre qué escribo. 
Cuando inicié el blog pensé que sería fácil escribir diario, o cada tercer día o, de perdida, una vez a la semana. Revisando mis entradas, el ritmo ha sido irregular: hay días seguidos en que escribo, y hay meses enteros en que no subo ni una letra al ciberespacio. 
Hoy no sé si escribir algo sobre Benedetti. Hace ya una semana que se nos fue, pero siempre habrá algo que decir. Yo quisiera recordar y revivir la emoción de leer su Gracias por el Fuego y La Tregua en épocas de, para mí, profunda y ansiosa búsqueda. 
Eran tiempos de casas de formación marista, bastante aparte del mundo pero con unas ganas insaciables de leer, de salir, de conocer el mundo. Y, al mismo tiempo, eran tiempos de una enorme ebullición interior, de sentir el amor, de preguntarme sobre el compromiso, de cuestionar la amistad, de buscar siempre nuevos horizontes. Tiempos de intentos, de acercamientos, de emociones encontradas, de anhelos, tiempos de una rebeldía que aún hoy, de solo recordar, disfruto. 
Curiosamente, antier me encontré a Enrique, de modo totalmente inesperado, en la universidad. Teníamos, hacíamos cuentas, veintidós años sin vernos, después de un año en Morelia, en el noviciado ("el encierro" del que he hablado antes aquí), y otro más en Querétaro, mientras concluíamos la normal primaria. Recordábamos que no fuimos los grandes amigos, de hecho Enrique me decía, con cierto asombro compartido por mí, que en ese día, el jueves, habíamos hablado más que en tres años de vivir en la misma casa, bajo el mismo techo. 
Recordamos, y aquí se encuentran ambos trozos de esta historia, nuestras búsquedas de jóvenes, sorprendentemente comunes, y reconocimos lo que la formación nos dio y también lo que nos evitó. Allí, en el tiempo, se ubican mis primeros acercamientos a Benedetti. Eran tiempos de mirar al interior y sentir la vida en el corazón, que yo apenas descubría que latía intensamente, pero no me animaba a conocer exactamente por qué, menos por quién, aunque ya lo intuía. Eran, lo sabría después, tiempos de mirar hacia afuera en busca de un par de ojos femeninos profundos, dispuestos a compartir codo con codo, el ansia de comprometerse y, a fin de cuentas, de hacer una historia juntos. Para mí fue el rincón blanco del que luego escribiré.
Años más tarde, recuerdo a mis buenos amigos Paco y Lalo llegar con una botella de vino chileno y un ejemplar bastante manoseado del Inventario. Yo era treintaycincoañero, más o menos, y ellos andaban en la segunda mitad de sus veintes. Y leer los poemas de años antes, y recordar lo que me hicieron vivir, aún hoy me hace emocionarme. 
Gracias a Benedetti por ello. Gracias a mis cómplices en las búsquedas: a Rocío con el casete que me hizo llegar con la clásica somos mucho más que dos. A Silvia que siempre se aparecía entre líneas. A mi Colocha porque son suyos esos ojos profundos en los que descubrí el amor que hoy me sigue alimentando. 
Por ello siempre será necesario tener a la mano una poesía de don Mario. 

viernes 15 de mayo de 2009

Dos mil doscientos

Dos mil doscientos son, más o menos, los metros de altura del D.F. sobre el nivel del mar. Por allí andan, también, San Cristóbal y Puebla. Dos mil doscientos son, hoy, los kilómetros que marca el odómetro de mi bicicleta, el que compré hace exactamente un año. Es el equivalente a ir y volver del DF a San Cristóbal, más o menos. Cuántos recuerdos, cuántos paisajes, cuántos esfuerzos, cansancios, sudores, cuánta satisfacción. Cuántos olores arriba de la bicicleta en este año, especialmente el olor a pino en la parte alta del Zapo, muy a menudo, y el olor a yerba mojada temprano en la mañana. Una palabra basta: inolvidable. 

martes 31 de marzo de 2009

Breves del camino

Primera. Finalmente están arreglando la recta Puebla - Cholula, pero sigo sin entender tres cosas: apenas acababan de rehacer la carpeta asfáltica, e hicieron un hoyo para poner un tuvo de lado a lado. Al final pusieron un parche que, claro, ya se hundió y funciona como un vado. Otra: si ya sabían -supongo- que del otro lado, justo enfrente de la Nissan, se iban a tardar mucho más porque había que meter tubos enormes, no sé si de agua o drenaje, ¿por qué no primero arreglaron la lateral por la que obligan a pasar a los automovilistas, que tiene más hoyos que el paisaje lunar? Finalmente, ¿por qué no trabajan los fines de semana y sí lo hacen en los momentos de más tráfico? ¿será tan difícil organizarse? Digo...
Por cierto, al inicio de la recta, hay un letrero que, sin mal no recuerdo, dice: cambio novia bonita e inteligente por un clio. Sin comentarios. 
Lo de siempre, que sigo sin entender, ¿por qué tanto pinche tope? hay calles en Cholula que tienen tres: uno al inicio, otro en medio y otro al final. Para no errarle, supongo.

lunes 30 de marzo de 2009

Caminando por el centro

Es sábado en la tardecita, después de comer, y antes de irme a la siguiente mesa en la reunión de consejeros distritales del ife, decido irme a caminar un rato. Cruzo Reforma y me voy por Juárez, del lado derecho. Primero están unos bancos, vacíos, por ser día no laborable. Desde el inicio me llama la atención que me cruzo con gente que trae sus Sanjuditas en los brazos. Ellos vienen en sentido contratrio al mío, de modo que observo a muchos de ellos. Me llama la atención que hay hombres y mujeres, jóvenes de menos de veinte años y no tan jóvenes de quizá sesenta o más años. Veo de reojo a la mujer madura con generoso escote, tatuado, que lleva su Sanjudas cargando mientras platica con alguien más, seguramente un familiar. Veo a una joven mujer con ojos cansados y cara de agobio que le ha puesto su Sanjudas unos adornos de tela con chaquira. Avanza derecho, ensimismada, por la avenida. Veo también al señor más o menos joven (depende quién lo vea) de unos 35 ó 40 años, con un Sanjudas tan grande que no cabe por la puerta del micro y mejor sigue caminando. Pienso que no debe ser de un material tan pesado, pues de otro modo la carga sería demasiada. 
La banqueta está sombreada y me cruzo con mucha gente. Jóvenes abrazados por la cintura, ellas con ojos pintados y piercings en las orejas y blusa ombliguera, ellos con botas gastadas y pelos parados con mucho gel. Se ven y me ven y simplemente siguen su camino, decididos. Me dan ganas de entrar al Sótano y luego a la Gandhi, pero decido que no tengo tanto tiempo. Paso por una cervecería, se ve desde fuera que está llena a reventar, pues falta poco menos de una hora para el partido de México contra Costa Rica. La cerveza la sirven en un gran tubo de acrílico, al centro de la mesa, del que sale una llave como de grifo con la que llenan los tarros. Se ven unas claras y otras oscuras. Veo que es cerveza sol y me convenzo de que mejor paso. 
De regreso cruzo frente a Bellas Artes y Camino un poco adentro de la alameda, llena de puestos de artesanías y de comida y de gente que va y viene. Aquí y allá hay gente sentada, unos platicando, otros en silencio. Algunos están un poco más lejos, como perdidos en el jardín, besándose y acariciándose. 
Atrás del hemiciclo a Juárez me sorprende una banda que toca la gaita con tambora. Se oye a todo dar, pero no deja de parecerme extraño ver a jóvenes con sus faldas escocesas. Luego están un par de chavos ensayando en su monociclo, muy concentrados, que se bajan y se vuelven a subir. A un lado, otros jóvenes practican malabares con pelotas de tenis y con otros objetos. Se ve que están enseñando a algunos neófitos, pues las pelotas están constantemente en el piso. 
Donde se acaba la Alameda, en la calle junto a la plaza de la solidaridad hay un escenario. Me acerco y un grupo de chavas toca rock mexicano, supongo, si es que existe algo así. Hay una pelirroja con blusa strapless y mangas también rojas, en el requinto. La baterista está en la parte de atrás, con su audífono en un oído, se nota que es un poco más grande de edad. A su lado está la percusionista, muy animada tocando los timbales. Al frente, una chava morenita de pelo lacio y una extraña blusa con una especie de falsa corbata toca la guitarra. Se anima cuando ve al público y sonríe chueco y se le ven los ojos cansados. Viste una falda pantalón como de olanes, raro para mí pero que cuadra en la escena. Al centro está la vocalista con una blusa amplia, triangular. Trae los ojos pintados y muy grandes, oscuros. Canta padre, entonada, aunque me parece que le falta un poco de pasión, como que no acaba de animarse. Del otro lado, una tecladista con kimono rojo sobre pantalón negro marca el ritmo y voltea a ver a sus compañeras señalando los tiempos. Completa el grupo un chavo, bajista, muy bailador. Abajo unas jovencitas muy agradables se animan y empiezan a bailar. Yo me tengo que ir y me alejo caminando lentamente. Atrás va quedando la vida esta caótica pero maravillosa ciudad de méxico.