jueves, 30 de agosto de 2007

Ya son cuarenta

Así es. Desde hoy puedo decir que tengo cuarenta años. Pensaba levantarme temprano para, al irse mis hijos a la escuela, darme una vuelta en la bici por el cerro, pero tenía mucho sueño y hacía mucho frío, así que decidí regresarme a la cama para medio dormitar y medio oír las noticias. Me rasuré y me bañé, escogí la corbata que me pondría y mientras desayunaba eché una rápida ojeada a mis fotos antiguas. Cuántos recuerdos. Cuántos momentos en que ni me imaginaba cómo sería mi vida, qué haría, dónde estaría, ni con quién. Mientras caminaba me seguía acordando de la presentación del libro de ayer, en el Parián. La extraordinaria sencillez de la vida que se adivina en el relato de tres mujeres comunes y corrientes, sus búsquedas, sus amores y sus desengaños, sus compromisos, y sobre todo sus ganas de vivir. De verdad, pensaba ayer mientras escuchaba fragmentos de sus historias, escribir es un acto de amor, sobre todo de amor a uno mismo, pero sobre eso escribiré más delante, me lo prometo. Salí de mi casa y por una vez decidí no correr a la esquina, para ganarle al camión, y me fui despacio, sin prisa. Ya sentado abrí mi libro y seguí releyendo cien años de soledad. La primera vez lo hice por instinto, por casualidad, hace unos veinticuatro años, en Querétaro, seguramente porque recién le habían dado el nóbel y su nombre me sonó. Ahora decidí que tenía que volver a deleitarme con la magia del Gabo. Y no me arrepiento. Mi bici, por hoy, puede esperarme para mañana.

jueves, 16 de agosto de 2007

En silencio te miro

a mi Colocha
10 años después
De noche me despierto y te siento junto a mí.
veo sólo sombras
Adivino tu cuerpo, lo siento, pegadito al mío.
Te recorro con mis manos:
tus ojos cerrados,
tu respiración acompasada
que va y viene
una y otra vez.
Me dan ganas de estar despierto
y siento la garganta seca,
la mirada dura,
que no ve,
y la espalda dolorida.
Cuántas horas juntos,
cuántas locuras,
cuánta aventura.
Tus silencios
y los míos, que me duelen.
Hoy,
por ejemplo,
no encuentro las palabras
para decirte
cuánto te quiero.
Mejor te sigo mirando
y me quedo así,
en silencio.

lunes, 13 de agosto de 2007

Reflexiones nocturnas

Es de noche y no puedo dormir. No porque no quiera, a pesar de que algunas cosas me preocupan: recién llegaron los becarios de la sierra y algunos no tienen todavía su horario de clases por algún escollo administrativo. Además, mañana, mejor dicho hoy, inicio un nuevo semestre con mi curso de métodos cualitativos en la universidad. Y aunque es ya la novena vez que lo doy (¡cómo pasa el tiempo!), no dejo de sentir un poco de ansiedad, aunque ya tengo lista la guía, las lecturas, la propuesta de evaluación, todo...
En realidad no duermo porque los vecinos de enfrente, diría mi madre, se lucen. Desde que regresamos de comer con mis suegros, en la tarde, estaban bebiendo y escuchando música afuera de la casa de uno de ellos, justo frente a la nuestra. Un poco antes de las nueve supongo que se les acabó el parque porque salieron despavoridos, ya regresarían después. En ese momento se pudo consumar la rutina nocturna de mis hijos: cenar, piyamas, lavar dientes, medicina, leer, despedidas, dormir. Pero un rato después estaban de regreso, tal pareciera que con renovados bríos: música de banda a todo volumen, botellas y más invitados. Sabía que su pachanga se prolongaría, aunque sea domingo en la noche. Y lo peor es que ni cómo ni con quién quejarse, ni para qué: son policías federales.
Decido tragarme la impotencia y no hacerme mala sangre y mejor tomo mi libro del buró. Es la trilogía del carnaval, de Pitol, que no he podido terminar desde hace tiempo. Me faltan unas páginas y concluyo la segunda novela del libro, "domar a la divina garza", con un estilo muy peculiar y unas aventuras sacadas como de la antiaventura, casi inverosímiles pero muy bien narradas. Sigo con "la vida conyugal", que me gusta mucho más y me hace pensar en la complejidad del amor y del ser humano, los celos, la pasión, las locuras y las sandeces cotidianas. Al leerla voy de la risa a la consternación, a la compasión, una y otra vez. Valió la pena leerlo, pero mis vecinos siguen, literalmente, en su pedo. De repente suben la voz y me acerco a la ventana. Uno avienta al otro y le dice, bastante borracho, que "comigo te vas a hacer hombre, cabrón". Mi esperanza de que después de eso se agarren a golpes y por fin se acabe la guarapeta, se ve frustrada. Ni modo, regreso a mi cama.
Es más de la una de la mañana y busco el libro que dejé pendiente de Savater, la vida eterna. Intento retomar el hilo donde me quedé, y trato de seguir sus disquisiciones en torno a la laicidad, el ateísmo, el fanatismo, el confesionalismo, entre otras cosas. Comparto esa búsqueda eterna de hombres y mujeres por los referentes espirituales, de la necesidad de la certeza de la vida y de la muerte, del más allá y de cómo, en consecuencia, se administran la moral, las conductas, las reglas, en el más acá. Asume una postura crítica, contra las imposiciones y las pretensiones de verdad absoluta que, a fin de cuentas, nos dan seguridad. Una inquietud me queda: cómo compaginar lo espiritual y las necesarias normas de conducta, desde una postura racional, nunca acabada, siempre abierta, incluyendo, por supuesto, la compasión, la gratuidad, y la pasión de la que más tarde hablaría con mis alumnos en clase.

viernes, 10 de agosto de 2007

Los pobres

Siguiendo el diálogo con mi lectora anónima, va esto, esperando que sea útil. Me preguntas si los pobres serán el inicio del camino... No lo sé, pero me hizo pensar y recuperar algunas cosas.
***

Mi acercamiento a "los pobres" inició como una idea. Cuando me fui a estudiar con los maristas, sin saberlo, me alejé de ellos. Provengo de una familia que podríamos clasificar, si es que se puede, como de clase media baja. Teníamos casa, qué comer, vestir, pero sin lujos. Estudié en una escuela particular, si bien con un buen porcentaje de beca, y de niño fui a otro país en un par de ocasiones, los Estados Unidos, donde trabajaba mi padre. Después él se regresó a México y trabajó el resto de su vida laboral como chofer de su propio taxi. Mi madre terminó la primaria y fue siempre "ama de casa", a veces tejía y a veces vendía ropa americana en abonos y así se ayudaba y nos ayudaba. Mi padre prácticamente no fue a la escuela y ya de joven aprendió a leer y escribir. Ambos me decían que su herencia sería mi educación, que dinero para dejarnos no tenían. Curiosamente los dos mayores estudiamos, incluso un posgrado, y vivimos de ello. Los dos más jóvenes sólo terminaron la secundaria. Mi infancia la pasé en mi barrio, jugando todo lo habido y por haber: futbol, beisbol, trompo, yoyo, balero, carreras, estop, futbol americano, entre lo que me acuerdo. Casi siempre, al llegar la noche me echaban un grito y sólo entonces me ponía a hacer mi tarea, con el cuerpo sudado y las manos llenas de tierra, a veces descalzo. Lo disfruté enormemente. Mi madre, quien de vez en cuando se aparecía en la escuela para hablar con mis profesores, no tenía queja porque yo tenía una excelente memoria y me portaba razonablemente bien. No era siempre el primer lugar, como sí lo era mi hermano mayor, pero era un buen estudiante.
Retomo el hilo. En mis primeros años en las casas de formación (y de deformación, digo ahora) el tema de los pobres sólo apareció en la catequesis de los sábados que dábamos en colonias pobres, junto con dulces, estampitas, cantos con la guitarra y juegos de fútbol. En algún momento viví en una enorme casa con alberca semiolímpica y prácticamente siempre jugué fut en campos perfectamente empastados.
A mis dieciséis años, en Querétaro, inicié mis estudios de normalista. Mi director venía de Roma, pasando por un año en una comunidad "de inserción" en Oaxaca. Él fue el que nos empezó a hablar de los pobres. Inquieto como era, me puse a leer cosas que no entendía del todo pero que me fueron marcando, sin saberlo, el rumbo. Leí la espiritualidad de la liberación de Jon Sobrino, la eclesiogénesis de Leonardo Boff, entre otros que recuerdo. Insisto: no entendía mucho (me hacía falta la filosofía, pero yo todavía no lo sabía), pero me dieron argumentos para empezar a elaborar un discurso. Mis espacios de contacto con los pobres seguían siendo la catequesis de los sábados, la escuelita de verano, y sobre todo las misiones de semana santa. Se convirtieron en espacios de enorme gozo por la convivencia con la gente del pueblo, además de la posibilidad de vivir los afectos de una manera políticamente correcta. Seguí elaborando mi discurso en favor de los pobres. Me consideraba de avanzada y contra los conservadores, sobre todo porque en los que identificaba como tales veía una cerrazón para salir justamente allí, al barrio, a la comunidad, a encontrame con la gente común.
Siguió la etapa del encierro, de la que ya hablé en otra entrada de este blog. Confieso que casi se me olvidaron los pobres, aunque seguí siendo catequista y leyendo autores de avanzada, especialmente Leonardo Boff y algún texto de cristología y otros de eclesiología latinoamericana.
Más adelante incursioné, sobre todo por moda, en la pastoral juvenil, sin tener ninguna preparación, o casi ninguna, aunque yo no lo veía así. Fue doloroso pero ilustrador. Queríamos ir, yo y mis compañeros, a echar un rollo que pronto descubrimos absolutamente vacío a unos jóvenes pobres pero con mucha vida. Allí me di cuenta que no sabía nada de la vida. Por ejemplo, una de las chavas, excelente cantante y con un entusiasmo a toda prueba, nos contaba la realidad de su vida: limitaciones, pobreza, discriminación, machismo, alcohol, violencia. Aprendí, creo, que era mejor callarme y escuchar. Redescubrí los pobres, casi sin quererlo, y empecé a entender que una cosa era la idea y otra las historias concretas.
Fui de misiones ya en otro plan, sin mayor rollo que tirar, y no se me olvida una escena en una remota comunidad de la sierra. Allí me encontré a una profesora de primaria que, enferma, trabajaba con entusiasmo por sus alumnos, muy pobres. En las tardes me ponía a cantar con los niños y de alguna manera me enamoré de hacer eso, idealicé lo que hacía, el lugar, la gente. Recuerdo que por aquella época leí, y cómo lo disfruté, el evangelio de lucas gavilán y jesucristo gómez, de Vicente Leñero. Me veía yo como en una película, siendo el héroe, cambiando las cosas para bien. En el fondo, ahora puedo verlo, intentando borrar el dolor, la desesperanza, la oscuridad de la vida de otros.
Luego, curiosa que es la vida, me fui a la gran manzana, a Nueva York, a estudiar inglés. En algún momento pensé, malpensé, que me enviaban para que me olvidara de los pobres. Tuve discusiones muy interesantes con mis colegas americanos, sobre todo intelectuales. La mayor riqueza fue descubrir que el mundo era inmensamente más grande de lo que me habían enseñado y yo había visto. Aprendí, o empecé a ver, la sencillez de la vida cotidiana. Disfruté, por ejemplo, hacer la comida de vez en cuando; y entender otro idioma y acercarme a otra cultura desde adentro fue un gozo enorme, después de que a mi llegada no entendía prácticamente nada.
Mis primeros años de trabajo profesional fueron como profesor de primaria. Empecé en una escuela relativamente sencilla y luego me enviaron a otras más clasemedieras. Siempre busqué hacer algo, a veces con gran inconstancia, otras con más acierto, por los pobres. Los sábados seguía yendo a la catequesis, ahora complementada con otras cosas: pláticas a los padres y madres, clases de tejido o cosas semejantes, y así por el estilo. Seguía leyendo teología de la liberación y seguía argumentando que quería estar con los pobres. Mi ideal era, en esa época, formar una comunidad en una colonia popular y vivir de mi trabajo. Pronto descubrí que eso no era posible. No en esas condiciones.
Una experiencia más de esa época: estudiaba yo en los veranos en la salle en un programa chafísima dizque de actualización teológica, como le llamaban. Yo me peleaba con los profesores por sus visiones que me parecían anticuadas, conservadoras, retrógradas, etc. Algunos compañeros simpatizaban conmigo y otros no querían ni verme. Reprobé cristología porque en vez de ir a la salle me fui a un curso, también de cristología, al crt con los jesuitas. Así alimentaba mi discurso, mi vida, mis amistades, mis opciones. Ahora veo ese tiempo como un tiempo en el que me interesaba mucho convencer a los demás. Sentía que había descubierto la verdad y quería que, a fuerzas, todos coincidieran.
Aquí le dejo por ahora.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Recuerdos chiapanecos

Antes de empezar, gracias Cobayo por leer mi blog y por el abrazo; tienes razón, son esos espacios que nos hacen ver la vida desde otro ángulo, y que a menudo pasan en medio de situaciones aparentemente inocuas. A mi lectora o lector anónimo también le agradezco su tiempo; me daban ganas de escribir con la condición de que me dijera quién es (la curiosidad mató al gato), pero mejor lo veo como una buena sugerencia para recobrar algo. Por eso hoy la entrada se llama como se llama, y me limito a transcribir algo que escribí hace más de diez años y se publicó hace como nueve con el título de "diario de un misionero", que es lo que era yo en ese entonces. Por supuesto, lo suscribo totalmente. Espero así corresponder. Saludos.

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En el autobús que hace el recorrido de Las Margaritas a Guadalupe Tepeyac -"el celeste"- a media tarde, voy entre sueños. Me extraña que hoy no me vean cara de extranjero los agentes de control migratorio en Zaragoza. Por ello no me solicitan, como siempre que paso por aquí suele suceder, una identificación que me acredite como mexicano. Sí le es requerida, sin embargo, a tres mujeres que subieron un par de kilómetros antes y a quienes imagino maestras, entre mis cabeceadas a causa de los incontables baches, frenazos y curvas propios de estos caminos margaritenses. Porque en esta ruta los únicos rostros no indígenas que se observan son, aparte de algunos rancheros de por el rumbo, los de las decena de maestros y maestras que regentean las escuelas de las comunidades. Minutos más tarde termino de despertarme con el olor de un perfume barato que el calor y el polvo del camino vuelven irrespirable. Y por la plática de las mujeres en cuestión, descubro que estaba yo en un error de apreciación. Dirigiéndose a algún paciente escucha, les oigo decir: "lo bueno de los soldados es que con ellos es rápido; van a lo que van..."; muestran sus preferencias: "aunque todos se drogan, los peores son los paracaidistas; se creen mucho"; y añoran el pasado: "con el general de antes era mejor. Este tiene miedo los periodistas"; o un mejor trato: "es mejor cuando la vienen a buscar a una. Pero todo por ganar un dinero." "Sí, somos mujeres de la zona..."
La de historias que, junto con la militarización y los retenes, nos han llegado en estos tiempos a Chiapas.
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Esta mañana, mientras desayunamos un plátano asado con una taza de café dulce y varias tortillas bien blancas, escuchamos las noticias. Dicen que los zapatistas no acudirán al diálogo, que exigen antes el cumplimiento de varias condiciones. Una vez más (¿cuántas van?) la incertidumbre se hace presente: ¿qué sigue? ¿hasta dónde llegaremos? Pero, platicando con la gente, esta cálida mañana no parece muy diferente de la del día de ayer.
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A la puerta de la cocina de los viejitos Elvira y Pancho, desgrano junto con ellos el maíz recién traído de la milpa. La cocina es la usual de por estos rumbos, muy pobre: un fogón con leña humeante, el molino de mano paa el nixtamal y unas cuanas ollas y cacerolas abolladas y ennegrecidas por el uso. Es todo. Cerca de nosotros, a mi espalda, los niños juegan a cantar canciones, recitan versos y bombas yucatecas y se divierten brincando el mar y tierra. Son ellos el Aarón, la Chopi, la Inés y dos o tres más cuyas caras risueñas no reconozco. Escojo las mazorcas con cuidado; los granos, apretados unos junto a otros, las hacen lucir hermosas. Hago una pausa para llevarme unos granos de elote tardío, asado, a la boca. Nana Elvira dice entonces, rompiendo el silencio casi sagrado que nos envuelve: "Qué bueno es Dios que nos sigue dando maíz en medio de nuestra pobreza." Bajo la vista hacia los granos que van amontonándose en la canasta y los encuentro más bonitos que nunca: los hay blancos, rojos, rosados, amarillos y hasta de un inusual color naranja. Y, viéndolos, comprendo con cuánta razón este pueblo es llamado "de las mujeres y los hombres de maíz".
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Un rostro más de la pobreza. En la casa del hermano Angel, mientras vamos a avisarle de nuestra presencia en la Comunidad, encontramos a la Irma, su hermanita. Tiene, según nos dicen, veinticinco años. No habla. Sus manos y sus pies, retorcidos, no cesan de moverse cuando advierte nuestra presencia. En su rostro brilla algo así como una chispa de alegría y se va dibujando una sonrisa. "El hermano David le mandó hacer el taburete donde está sentada, pero pasa casi todo el tiempo en la carreta que está afuera" -nos dice su mamá, resignada.
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Ya en la tarde, poco antes del anochecer, me pongo a contar las cadenas montañosas en el horizonte. Distingo cinco, que van desde el verde oscuro de la más cercana, hasta el gris descolorido que, al fondo, se confunde con el cielo y con las nubes cargadas de lluvia. Pienso entonces en los caminos caminados y en cuánto llega uno a amar estas montañas.

lunes, 6 de agosto de 2007

Andanzas en bicicleta

La bici de montaña ha sido, desde hace año y medio, una de mis mayores y mejores aficiones. Empecé con una Benotto con cuadro de acero, de doble suspensión, pesadísima. En realidad del tipo de bicis que parecen ser de montaña pero no aguantan mucho y poco ayudan, excepto porque uno se va habituando. En menos de medio año me eché el rin trasero, los pedales (de plástico) y el tubo del asiento, hecho para andar en la ciudad y que no soporta el traqueteo de una bajada en el cerro. De cualquier manera, fue un inicio interesante.
Hace poco menos de un año me compré mi bici actual, una gt avalance negra, sencilla pero bastante buena, con cuadro de aluminio. Se la compré a Ricardo, un amigo de travesías bicicleteras. Se deshizo de ella por la simple razón de que le quedaba pequeña, mientras que para mí es el tamaño ideal. Me ha dado un excelente servicio, pero ya empieza a notarse la calidad, baja, de algunos de sus componentes. El sábado iba con un grupo de bicicleteros a hacer una ruta muy interesante y demandante. Pasé por una parte lodosa, de subida, y zas, se me rompió el hanger, una patita que une el cuadro con el desviador trasero. Hubo que cortar la cadena, quitar el desviador y, después de mil malabares, pude rodar un rato hasta encontrar camión que me llevara de regreso a Cholula. Gajes del oficio. Nunca pensé que "un poco de lodo" pudiera ocasionar tal problema.
Ayer me la entregó lista el maestro bicicletero, afortunadamente encontró el repuesto original. Por la tarde amenazaba con llover pero mi deseo de probar cómo había quedado la bici era mayor. La volví a sentir en su plenitud, y pude ver el atardecer, un tanto sombrío por las nubes, sobre la mancha urbana del valle de Puebla. El popo estaba totalmente cubierto por las nubes pero aún así valió la pena.
Esta mañana me levanté temprano y me fui al cerro en mi bici. Subí por un camino poco frecuentado y un tanto demandante. Al alcanzar la primera planicie la vista era majestuosa: el popo de frente, con mucha nieve y una fumarola blanca. La luz del amanecer iluminaba sólo de allí para arriba. La parte de abajo permanecía como resistiéndose a la luz, en tonos violetas, azules, grises... A la derecha, el izta también con mucha nieve, era un mudo testigo que hacía majestuosa la vista. Con eso, simplemente, valió la pena, a pesar de la ponchadura de la llanta trasera y yo sin cámara de repuesto.

jueves, 2 de agosto de 2007

La fiesta del pueblo 2

Antes que nada, acuso recibo de mi lector anónimo, que con razón me pregunta qué sigue. Lo que pasó es que ya me tenía que ir y no estaba seguro si el borrador lo podría rescatar después, así que opté por publicar la entrada con la idea de continuarla después, como hago ahora.
También quiero dejar constancia de la alegría que me causó el mensaje de Adolfo hace una semana, después de casi 20 años en que fue mi alumno en lo mi estreno como profesor de primaria. Cómo pasa el tiempo. Prometo pronto escribir algo recordando aquellos días. También escribiré algo más sobre Chiapas, como me pide mi lector anónimo. Con gusto.
***
Sigue la fiesta del pueblo…
Pasa un grupo de jóvenes tlahualiles, y seguramente otros ya no tan jóvenes. Van vestidos con un pantalón de peto, todo amarillo, y abajo una playera blanca. Me llama la atención que la ropa es talla como XXXL o algo así, y traen entre su cuerpo y la ropa supongo que almohadas o algún relleno que les hace ver como esos gordos que abundan en los yunaites y que parecieran alimentarse exclusivamente de hamburguesas y refrescos. Pasan brincando y bailando. En medio de ellos va un cuate, vestido igual que ellos, conduciendo un triciclo de esos que se usan para repartir tortillas y otras mercancías a domicilio. Sobre el triciclo va un equipo de sonido activado por un acumulador de auto. Van cantando una canción de banda de esas que a cada rato se oyen a todo volumen en las calles del pueblo. Creo que la letra dice algo así como: “como me duele que te saquen a bailar”. Junto al aparato de sonido, una bolsa llena de cervezas y más cosas que no alcanzo a distinguir, pues pasan rápido. La cabeza de los jóvenes va cubierta con máscaras de látex, como las que se usan en jalogüin, la mayoría grotescas. Se nota que llevan buen rato caminando, brincando y cantando. Cuando pasan frente a nosotros algunos se levantan la máscara para refrescarse un poco. Otros aprovechan y corren a la tienda de mi tío y piden cervezas con las que llenan unos biberones de los que se usan para dar leche a los becerros que pierden a su madre. Las llenan, acomodan la mamila y siguen caminando y bebiendo. Otros llevan espuma en aerosol y cuando reconocen a alguien se acercan y le rocían la cara, el cuerpo, lo que pueden o lo que se deja. Hay quienes también avientan una mezcla de confeti y dulces que, claro, mis hijos y otros niños se apresuran a levantar.
Otro grupo, muy numeroso y como el anterior, mayormente de jóvenes, lleva también pantalón de peto y una playera color naranja, en la que destaca una leyenda que dice “no al aborto”. Por alguna extraña razón todos llevan el mismo número en la espalda, el 69, lo cual me hace sonreir. Al verlos no creo que sepan siquiera por qué el letrero al frente ni el número detrás, pero tampoco parece importarles demasiado. Su comportamiento es prácticamente el mismo que los del grupo anterior, pero en vez de grupo musical propio va detrás de ellos una banda de música de viento a la que contratan por cierto número de horas y le van pidiendo que ejecute una u otra canción. Esas bandas, por cierto, abundan en la fiesta del pueblo y vienen de todo el estado, sobre todo de la meseta purépecha.
En algún momento enfrente de nosotros se para un trío de personajes, dos de ellos trajeados, algo inusual en el pueblo, con micrófono en mano, de esos que tienen una esponja de color y un cubo en el mango. El otro, más joven y menos arreglado, trae una cámara de video pequeña, que ya enfoca, ya mira, ya la tapa y la apaga y luego la vuelve a prender. Evidentemente son de una televisora de algún lugar. Hacen algunas tomas de prueba con los tlahualiles tradicionales y luego entrevistan a los que parecen ser jefes de una de las bandas de música de viento. Ellos, en reconocimiento, ejecutan La Negra a todo lo que dan, mientras el de la cámara los filma. Después buscan con la mirada a alguien a quien entrevistar, alguien que tenga cara de aportar algo más que las ganas de beber, pues es lo que domina en esos momentos. Casualmente viene el profesor Chavo, ya bastante grande pero respetable como siempre, alguien que ha sido maestro de inglés de muchísima gente en la prepa y en secundarias del pueblo y que, supongo, ahora vive de sus rentas. Viene con un periódico doblado bajo el brazo, lo que evidentemente le da cierto aire intelectual: en mi pueblo nadie lee. Su ropa no es la más elegante, le conocí otra mucho mejor cuando yo era niño y amigo de su único hijo, y tampoco parece estar muy limpia ni planchada, pero eso no importa. En menos de lo que se lo piden, ya está sonriendo a la cámara y pronto está dando su opinión de cuanta cosa le preguntan los entrevistadores, pero con el bullicio y el ir y venir de la gente no alcanzo a escuchar lo que dice, a pesar de que está a no más de dos metros de donde estoy sentado.
El patrón sigue sin aparecer aunque se supone que por mi esquina pasaría temprano. Me alegro por ello y sigo disfrutando, con mi hermano menor, el californiano, los generosos vasos de scotch con agua mineral en las rocas. Con el calor y el ir y venir, es lo menos que podemos hacer. Afortunadamente no llueve, como a menudo ocurría cuando yo era niño. Recuerdo especialmente aquellas ocasiones en que mi hermano mayor me convencía de que saliéramos de tlahualiles y allí estábamos, con una buena bola de chavos del barrio. Nos poníamos pantalones cortos (en aquella época no les llamábamos shorts) y una máscara del luchador de moda, agarrábamos un palo de escoba y nos lanzábamos a recorrer el pueblo. Lo malo es que siempre llovía y acabábamos antes de tiempo, con frío y hambreados. Más valía regresar a casa.
Recuerdo también que en aquellas épocas algo que causaba mucha gracia era que algunos de los tlahualiles que desfilaban, los más atrevidos, se vestían como afeminados. Se ponían una peluca en la cabeza, se enfundaban en un vestido de mujer y se contoneaban por la calle, ante la risa y la burla de la gente, divertida, que parecía no sentirse ofendida.
Por la calle pasan vendiendo de todo: unos helados como en forma de chupirul, de vainilla y con una raja de ate que el vendedor saca de un bote grande, en moldes de lámina. Los mete en agua para que se aflojen y luego los medio envuelve en papel de estraza. Sólo por el placer de recordar corro y compro uno para mí y otro para mis hijos. También venden quiote con limón, sal y chile. Unos chavos que están junto a mí no saben ni qué es, son de fuera. Les explico de qué se trata y se animan a probarlo. Mi papá pide dos rodajas y me regala una, que encuentro sabrosísima. Venden un montón de cosas de comer: duros con chile, como les llamamos acá a los chicharrones de harina, elotes, cocadas que se ven deliciosas, raspados, entre muchas otras cosas. También juguetes: Fer compra un spider y Juan una pistola de plástico que avientas y le sale un papel que parece espantasuegras.
Ya se oye que viene el patrón. Como en los viejos tiempos, lo viene cargando un grupo de sus más devotos, los que cumplen mandas o los que tienen algún cargo en la organización de las fiestas. Viene precedido por unos patroncitos, en realidad adultos que llevan un pequeño caballo de madera, o la cabeza de éste, a su cuerpo, y vestidos como el patrón verdadero. Llevan machetes grandes de metal pero sin filo, y se enfrascan en escaramuzas con cuanto tlahualil se les pone enfrente, en una representación de la lucha de los moros contra los cristianos. Al chocar los machetes con los palos se oye un ruido agudo, metálico, como de campana, a un ritmo que se va intensificando mientras cambian de lugar y se encuentran una y otra vez. Al final, simbólicamente el moro acaba en el piso mientras los patroncitos son los vencedores.
Ya muy cerca del patrón, rodeándolo, algunas personas sostienen una cuerda, como apartando a los que realmente quieren ir cerca, de los demás en el jolgorio. Van más tranquilos, serios, con cara de devoción, y obviamente sin beber. Cuando era niño, al llegar a la esquina empezaba la ristra de cohetes y yo veía desde la azotea el humo de la pólvora quemada. Mi tía Estela, que murió apenas quince días antes, ya había pedido cooperación para los cohetes y se acercaba a aventarle confeti y a rociarle un pomo de loción, generalmente de buena marca. La gente le gritaba vivas al patrón y a la virgen de Guadalupe, se persignaba y guardaba silencio. Hoy poco queda de aquello. Si acaso la gente se levanta y al poco rato empieza a irse. Ya que pasó el patrón casi no pasa nadie. Después de un rato sólo van de regreso uno que otro desbandado, perdido o de plano borracho. La gente se baja de la banqueta y hace círculo con las sillas. Sigue la fiesta de mi pueblo. Es una mezcla de devoción, destrampe, socialización, diversión, consumo y no sé cuántas cosas más. Es la fiesta de mi pueblo.

miércoles, 1 de agosto de 2007

La fiesta del pueblo 1

Así le llaman, la fiesta del pueblo, de mi pueblo. Cuando un "fuereño" como yo va y lo ven los vecinos, así le preguntan: ¿viniste a la fiesta? sí, a eso vinimos. Y hete aquí que allí estamos, en primera fila gracias a que por la calle donde está la casa de mis padres, en la que crecí, pasa el patrón del pueblo.
Desde temprano la gente aparta su lugar. Sacan decenas, cientos de sillas de todos tipos: grandes, pequeñas, de madera, de aluminio, de plástico y, cosa curiosa, las amarran para que no se las lleven. La fiesta empieza como un desfile de los "tlahualiles". Así se les llama a quienes, por pagar una manda, por devoción o simple gusto, se visten con un traje al que le pegan pequeños tubitos de metal que suenan al ritmo en que van avanzando, con un sonido agradable, constante: chun, chun, chun, chun, chun. Cubren su cara con unas máscaras enormes, de un metro o más, consistentes en una careta hecha de cartón y adornada hacia arriba con plumas, espejos, estampas, chaquira, peluche o cualquier material que se pueda ocurrir. Son tan pesadas que llevan hasta unos mecates o cuerdas para agarrarlas desde arriba y que no se caigan. Nunca he desfilado yo como tlahualil, pero recuerdo haber visto en mi infancia cómo hacían las máscaras, a partir de un molde de su propia cara con periódico y engrudo, y cómo iban dándole forma, todos al parejo, en un trabajo artesanal que les llevaba semanas, si no es que meses. Al final, la imagen es muy elegante. Recuerdo haber visto grupos de más de cincuenta participantes, todo un espectáculo. Las máscaras eran tan grandes que tenía que ir alguien al pendiente de que no se atoraran en las "composturas", adornos que se ponían de un lado a otro de la calle, con tela, juncia, papel picado, o plástico, generalmente de un color distinto en cada cuadra.
Ahora que regreso quiero ver la fiesta con ojos de espectador, de extraño, casi de antropólogo. No juzgar, sólo ver. Veo que ahora los tlahualiles vestidos del modo tradicional son los menos, y los pocos que pasan casi ni tienen espacio para ir corriendo rítmicamente, como cuando yo era niño. Porque, además, cientos, miles de personas van caminando al mismo tiempo por las calles, saludando a conocidos y familiares que se encuentran por el recorrido. Se paran un rato a platicar si la ocasión lo amerita, y hasta se toman un refresco, cerveza, o el tradicional ponche elaborado con jugo de granadas agrias y otras frutas, con alcohol, claro.