Hace poco me encontré con un buen amigo que, me decía, finalmente encontró una buena opción para sus hijos. El último año en la escuela anterior no fue solo malo sino, decía, fatal. Los cambió a otra, también particular, un poco más cara pero con beca, y la sensación de sus hijos cambió radicalmente, para bien.
De regreso de Chiapas, Paco y Flor nos contaban que Lekil ya no va a la escuela. Llegó a primero de secundaria y ahora la estudia abierta. Sus papás son pedagogos y le asesoran y le ponen a estudiar en casa. Estaban cansados de la violencia en las escuelas, del famoso bullying. Ahora, dicen, ella está feliz, aprendiendo. Nos dicen también que Betito seguramente no irá a la escuela. Sus papás trabajan en las comunidades, van de una a otra, animando precisamente los trabajos educativos en escuelas alternativas. Cuando está en una comunidad, entra a la escuela, luego van a otra y entra a la escuela. Así va, de una a otra. Sus papás no creen en la escuela como está organizada por el sistema. Interesante.
El otro día en una reunión me pasaron un artículo que salió este mes en Letras Libres, de Gabriel Zaíd, sobre la farsa de los títulos. En resumen, insiste en que tener un título no es garantía de nada. Si acaso, lo que otorga un título es la posibilidad de no ser discriminado. Por eso se vende como mercancía. Significa la posibilidad de entrar al mercado: del trabajo remunerado a cierto nivel, de las relaciones para hacer negocios, etcétera. Pero, aclara, no nos hagamos ilusiones. En el acceso a los mejores puestos, los mejor pagados, influyen más las relaciones que un título rimbombante. De acuerdo.