miércoles, 18 de agosto de 2010

Mi despedida

Hoy, como siempre, cuando es dieciocho de agosto me acuerdo de aquel día. Era de mañana, el día que me tenía que ir, y mis papás no habían firmado todavía el permiso. Ya tenía las maletas listas, creo que dos, y me había levantado temprano. Le dije a mi padre si podía firmar, y me preguntó que si estaba seguro. Yo bajé los ojos y le dije que sí, cruzando la pierna y los brazos por detrás. Él agarró la pluma y firmó. Mi madre se levantó y, al verme, se puso a llorar. Entre lágrimas tomó la pluma, azul, y también firmó, con su letra manuscrita muy redondeada y de trazos incompletos, demasiado vertical. Mi alma descansó al ver que tenía el permiso escrito, incluyendo la cooperación que mis padres darían para mi manutención, ciento cincuenta pesos. No recuerdo si desayuné, probablemente no, por los nervios de que me iba. Un rato después mi padre me llevó a la escuela y me dejó allí, donde el director me esperaba a mí y a los otros cinco "que nos íbamos". Los padres de dos o tres de los que serían mis compañeros esperaron y acordaron que nos llevarían a La Barca, a unos 30 kilómetros, a tomar el camión a Querétaro. Después de esperar un rato, y al ver que no pasaban autobuses con ese destino, convencieron al director de que la mejor idea era llevarnos hasta allá, en sus carros. Así le hicieron. Llegamos a Querétaro esa tarde de agosto y nos fuimos al centro a comer unas tortas en Las Tortugas. En 1979 era todavía una ciudad pequeña, casi un pueblo grande, muy diferente de ahora. Había ya estado allí un par de meses antes, y aún así todo para mí era nuevo. Ni extrañaba ni no extrañaba, sino que mi mente y mi corazón se mantenían como en suspenso, en blanco, a la expectativa. Volteaba a ver todo y todo me parecía interesante y bueno, aunque por supuesto reconocía los andadores de adoquín y las bugambilias junto a las paredes. No entendía todavía, por supuesto, que mi vida había cambiado. Que había dejado mi pueblo, en más de un sentido, para siempre.