viernes, 27 de noviembre de 2009

Necesito Verte

Tu sombra

de hace tanto ya,

no me deja dormir.

Las ansias me ganan

quisiera verte

me urge verte

necesito verte

para solo

estar contigo.

Encontrar tus ojos

con los míos

y decirte lo que siento

en un par de palabras:

te amo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Escuchar la radio 2

De mis radios recuerdo especialmente dos. Uno de la época en que tenía 14 años, en tercero de secundaria. En realidad no era mío, me lo había prestado Arturo, gran amigo al que no le importaba que prácticamente me lo quedara. Era uno pequeño, de color rojo, imitando una cajetilla de cigarros Winston. Levantaba uno la tapa y tenía dos discos, uno para sintonizar las estaciones y el otro para el volumen. Le ponía el volumen muy bajito y me lo pegaba a la oreja, pues no tenía entrada para audífono. Especialmente me acuerdo que me lo llevé al campamento que ese año tuvimos en Los Azufres. En algún momento uno de nuestros acompañantes, un completo imbécil, me quiso sorprender diciéndome que ya me había visto que traía unos cigarros. Efectivamente, yo cargaba el radio en forma de cajetilla en la bolsa de una camisa cuadrada de franela. Me lo saqué y le dije que estaba equivocado. Me daban ganas de decirle que el estúpido era él y que, además, ni me interesaba fumar. Se tuvo que tragar sus palabras.
El otro radio es un sony que todavía tengo, casi una reliquia, de nueve bandas. Lo compré en una ocasión en que caminaba yo de Tepito, a donde iba por ese entonces a comprar mi ropa, básicamente pantalones de mezclilla y playeras polo de imitación, hacia la estación del metro Zócalo en el DF. Lo vi en el aparador de una tienda rara, muy vacía, con sólo cajas de cartón de muchos tamaños, que parecía también vacías. Adentro, sentados al mostrador estaban dos señores, bebiendo no sé si refresco o cubas libres, y platicando, como en cantina. Me metí y pregunté por él. Todavía eran las épocas de antes de quitarle los tres ceros al peso, quizá en 1992, y me dio el precio de quizá doscientos cincuenta mil pesos, no recuerdo bien. Yo desconfiaba porque no parecía, evidentemente, una tienda de electrónica. Me dijo el señor que confiara, que de verdad era un radio muy bueno, que me daría muy buen resultado. Pagué por él sin poder probarlo, y me lo llevé. Hasta la fecha funciona casi perfectamente en onda corta y fm, porque nunca tuvo buena sintonía en am. Tiempo después se convirtió en mi compañero inseparable en la montaña, en Chiapas. Me compré unas pilas recargables y un cargador en la glorieta del metro insurgentes, también en el DF, que ya para entonces era como mi base de operaciones. En las comunidades temprano, muy temprano para mí, que entonces era bastante noctámbulo, se iba uno a dormir, pues no había luz eléctrica y la gente madruga para ir a trabajar a la milpa. Acomodaba yo mi "eslipin" encima de la típica secadora de café y me acostaba a escuchar mi radio por horas y horas, con mi audífono para no molestar a los demás. Si se trataba de los primeros días de gira, todavía tenía galletas de animalito que me comía poco a poco mientras escuchaba. Me acuerdo sobre todo de Radio Nederland, mi favorita por las noticias y los programas culturales muy interesantes. También oía la BBC, en español o en inglés, y me divertía muchísimo. A veces no encontraba sino Radio Exterior de España, que no era tan buena, o el Christian Science Monitor, bastante bueno también. Evitaba a toda costa oir la Voice of America, que invadía frecuencias en prácticamente todas las bandas, pues mi ideología no me lo permitía, y en realidad siempre me pareció una basura. A veces llegué a escuchar Radio Francia Internacional y otras muchas, dependiendo de la hora y del clima. Pocas veces logré captar Radio México o Radio UNAM, porque también quería enterarme de lo que pasaba en el país en una época de grandes transformaciones y emociones revueltas. En AM, recuerdo, también llegaba a captar Radio Red con una señal bastante pobre pero allí estaba yo pegado, viviendo con intensidad la montaña y tratando de entender lo que pasaba dentro de mí y a mi alrededor.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Escuchar la radio

Ayer en la tarde, antes de iniciar una reunión, platicábamos como para romper el hielo sobre la radio. Y sobre cómo el sistema de la universidad bloquea casi todo (tema de otra entrada). Le decía yo a mi colega que hay una página con una variedad enorme de estaciones, donde escucho kcsm, una muy agradable estación de jazz que transmite desde San Mateo, California, en la zona de la bahía. De hecho, su motto es the bay area jazz station, o algo semejante. Ya le envié la dirección de la página.
Esto viene a cuento porque pensaba esta mañana, en mi camino al trabajo, sobre cuánto me gusta escuchar "algo" todo el tiempo. Me levanto y prendo mi cafetera y casi al mismo tiempo pongo las noticias, a veces con mucho ruido, de w radio. No faltan las ocasiones en que mi mujer va y apaga el radio desconectando la clavija del contacto, y tengo que ingeniármelas prendiendo el estéreo del estudio o poniendo la computadora. Me encanta meterme a bañar a media mañana, después de andar en la bicicleta, y poner música de mi gusto, fuerte. Suele ser salsa o algo de mis favoritos: Filio, Silvio, Pablo, Sabina. Y casi siempre me gusta ponerle la opción de shuffle, para que no sigan el orden del disco, sino otro, aleatorio.
En el camino a la escuela, cuando llevo a mis hijos cada mañana, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no encender el radio y en vez de eso platicar con ellos. Suelen responder con monosílabos o van más atentos a lo que pasa fuera, o a veces a sus libros o sus estampas, pero vale la pena. También porque no quiero que, negociando, me pidan que ponga al capitán guarnís. En realidad no es el capitán guarnís, sino un burro que dice una sarta de estupideces en la estación del sistema estatal de comunicación. Lo dirige a los niños y lo único que hace es invitarlos a consumir cuanta porquería se le atraviesa. No lo soporto.
De niño poco escuchaba la radio. En casa sólo había un, en ese entonces, flamante estéreo con radio y cartuchos de ocho tracks, si mal no recuerdo. Mi padre lo trajo en una de sus venidas de los Estados Unidos, pero casi ni me dejaban tocarlo. Estaba sobre el buró de la cama de mis padres. Curiosamente, ellos prácticamente nunca lo prendían y aún me acuerdo cómo se veía una cucaracha en el dial cuando finalmente era encendido.
Ya en Querétaro, en la secundaria, se puso de moda conseguir un radiecito pequeño para escucharlo en las noches, cuando ya todos se dormían. Por supuesto, estaba prohibido, lo cual lo volvía aún más interesante. Escuchaba una estación entonces de moda, radio dólar, por aquello del dólar a 12.50, que era la frecuencia en la que transmitía. Ponían canciones de José José y Camilo Sesto (¡qué horror!), y a menudo me dormía escuchando con un audífono, de esos de una sola oreja, los estereofónicos sólo los usaba Zabludovsky en 24 horas, sólo para descubrir, en la mañana siguiente, que las pilas se habían acabado.