viernes, 15 de octubre de 2010

poemas breves

Tambien encontrados ente papeles viejos. de hace 14 ó 15 años.
.........

La vida es,

de algún modo,

recorrer el camino

con el corazón abierto

muchas veces sangrando

y así, con paz

amar,

o sea,

servir.

Lo importante

no es

tener bien claro

quién soy

ni de dónde vengo…

más bien,

tener razones

-rostros, ojos,

nombres concretos-

para acercarse

y soñar

y sufrir

y caminar

o sea,

dar la vida

trozo a trozo

cada día…

Tu amor es

como cuando el sol se esconde

y dan ganas de verlo

de contemplar

lo inefable del misterio

quieto,

sosegado,

y en silencio

probar el infinito.

Quisiera mirar

El fondo de tus ojos

Apropiarme de tus dolores

Y guardarlos en mis ojos

Con mis dolores.

jueves, 14 de octubre de 2010

Hace 14 años

Entre mis papeles viejos me encontré éste, que transcribo literalmente.

14 de octubre de 1996

Me encuentro contigo, sentado en la banca del centro de ese pueblo lleno de naranjos, Jaltepec, y no puedo creerlo (y tú tampoco lo puedes creer). Y me pregunto, como tantas veces, por qué te amo tanto. La respuesta, como siempre, se me escapa, si es que existe. Tú me dices que estoy loco, y acaricias mi mano y me miras fijamente, con profundidad, como queriendo encontrar algo nuevo en mi cara. Yo me río y te miro (y no me canso de mirarte). Veo tus ojos tristes y tu pelo estirado. Así, sin palabras, comprendo por qué te amo, y por qué estoy aquí, por qué estamos juntos.

Tú me dices que estoy loco por haberte venido a buscar. Fue una sorpresa y tú ni siquiera te imaginabas que yo aparecería así nomás. Pero yo sabía que tenía que venir a verte, así es el lenguaje del corazón, tan sin palabras y tan elocuente. Te respondo que eres tú la causa de mi locura, y no te queda más que reírte para adentro y desviar tus ojos. Así nos quedamos, en silencio, mientras corazón da vuelcos.

***

Entre San Cristóbal y Tuxtla, en la parte más alta, la niebla casi no dejaba ver el camino. Un rato después, bajando un poco, la niebla desapareció y nos encontramos de pronto en medio de incontables montañas. Se ve el bosque, ya muy oscuro, y los maizales dorados. Por un rincón, en un valle profundo, se asoma un manchón tempranero de luces urbanas. Debe ser Acala. El lejano horizonte, sobre las cumbres, aparece bordado de nubes, y sobre ellas se alcanzan a colar los últimos rayos de un sol dorado, lleno ya de cansancio. Contemplo y todo y me parece mágico. Pienso que por eso ésta es tierra de grandes poetas.

***

Me decía Florecita que la lectura y tú son mis vicios. Yo le respondí que no: que la lectura sí es mi vicio; tú, en cambio, eres mi adicción.

***

Empiezo a convencerme que, como me decía Beto el mes pasado, efectivamente las cuatro de la mañana es hora de mucha energía. Porque aquí estoy hoy, casi sin dormir dos noches, con la mente clara y el corazón tranquilo, escribiendo y pensando en ti.

***

A media curva peligrosa aparece el valle donde se asienta la cabecera municipal de Las Margaritas (“la ciudad de Las Margaritas”, dicen a cada rato en La Voz de la Frontera Sur). Es una amplia planada rodeada de cerros por los cuatro costados. Me llama la atención especialmente un grupito de ellos, por el rumbo de Yalcoc, pequeños y casi perfectamente cónicos, como mirando en busca de aprobación a las grandes montañas que, detrás, comienzan siendo verdes, luego azules y luego grises, hasta fundirse en el horizonte. En algunas partes del valle se ve la neblina que perezosamente se levanta con la salida del sol. Parecen pequeños trozos de algodón que alguien dejó olvidados entre las casas y en el monte. De frente, cerca, veo el cementerio. En todos lados, en un lugar como éste, suele predominar el color blanco en las tumbas, cruces y edificios. Aquí no. Chiapas es único y los difuntos descansan entre diversos verdes, azules y rosados. En el parque central, frente a la iglesia en reconstrucción, se levanta, imponente, una preciosa ceiba, signo evidente de la selva. Derecho levanta su tronco, bien alto, y sus ramas expandidas nos miran desde lo alto, en todas direcciones. Allí cerca está el palacio, hoy pintado en tonos ocre y naranja, demasiado vivos para un edificio tan serio. Es famoso desde el amanecer del noventa y cuatro, por lo menos, con el levantamiento zapatista. Allí combatieron los milicianos y allí, según cuentan, murió inesperadamente uno de sus mejores hombres. Más lejos, en la salida a La Soledad se divisa una pinada, amplia, no muy espesa, llena de vida y de verdes colores. La sombra de esos ocotes cubrió casi un año el campamento militar allí asentado. Todavía quedan los restos: trincheras, pertrechos, plásticos que no se ha llevado el viento. Recuerdo casi temblar cuando tenía que pasar por allí. Los soldados veían la credencial de la diócesis de San Cristóbal y mandaban llamar, con prisa, oficiales de mayor jerarquía. Las preguntas eran incisivas, como para sacar hebra, y aunque amables, no dejaban de ser capciosas. Espero el camión, sentado en la banqueta, cansado, meditabundo. San, hermana jumasa, saludo a unas mujeres tojolabales. Son de Tabasco y me preguntan si trabajo en la Kastalya. Me despido con un jel tzamal ja alatzi, il’a b’ajex, admirando sus vestidos multicolores y su porte tan digno. La llegada del camión verde que va a La Realidad me sorprende pensando en esta tierra, tan hermosa y tan sufrida, mezcla (¿choque? ¿encuentro?) de culturas, lugar de esperanza y de pobreza, y en su gente, en sus ires y venires.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La interminable búsqueda

Quizá lo que más disfruto de la lectura es la resonancia de las preguntas del autor con mis búsquedas, la similitud de los temas con lo que me inquieta. Al leer algo así, me digo: ¡caray! ¿por qué no se me ocurrió antes a mí? Por supuesto, no es tan fácil poner en palabras lo que el alma, el corazón, la mente, el espíritu, o todo junto, andan buscando y rebuscando. Me pasó hace unos días cuando fui a la recién inaugurada sucursal de El Sótano en Puebla. Iba más con la intención de ver qué tantos libros había, cómo estaban los precios, qué ambiente se respiraba, más que con la idea clara de comprar un libro en particular. Me llamó la atención un libro de Murakami, autor para mí hasta entonces desconocido, el precio accesible, y lo compré. Es una novela que lleva por título Al sur de la frontera, al oeste del sol. Cuenta la historia de un cuate al que la vida, desde fuera, parece sonreirle: está bien casado y con hijas adorables, dejó el trabajo de aburrido oficinista y se convirtió en exitoso empresario independiente, tiene carros caros y propiedades, pero está vacío por dentro, incluso sin darse cuenta. De pronto se aparece su amor platónico de la secundaria y su mundo interior parece colapsarse: lo que tenía sentido ha dejado de tenerlo, se aventura a hacer cosas en otro momento impensables, se encuentra ante sentimientos que creía olvidados. El final es más bien convencional, pero eso no es lo importante, creo yo. Lo que me atrapó es la capacidad de Murakami para reflexionar sobre la soledad, la identidad, la posesión, las relaciones, el sentido de la vida, entre otras cosas. Y, sobre todo, su capacidad para hacerlo a través de una historia aparentemente anodina pero que esconde una riqueza enorme y da grandes posibilidades de búsqueda. Al final no importa si la propia experiencia se parece mucho o poco a la historia del protagonista. Siempre puede uno acompañarlo y sentirse acompañado en su interminable búsqueda.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Mi despedida

Hoy, como siempre, cuando es dieciocho de agosto me acuerdo de aquel día. Era de mañana, el día que me tenía que ir, y mis papás no habían firmado todavía el permiso. Ya tenía las maletas listas, creo que dos, y me había levantado temprano. Le dije a mi padre si podía firmar, y me preguntó que si estaba seguro. Yo bajé los ojos y le dije que sí, cruzando la pierna y los brazos por detrás. Él agarró la pluma y firmó. Mi madre se levantó y, al verme, se puso a llorar. Entre lágrimas tomó la pluma, azul, y también firmó, con su letra manuscrita muy redondeada y de trazos incompletos, demasiado vertical. Mi alma descansó al ver que tenía el permiso escrito, incluyendo la cooperación que mis padres darían para mi manutención, ciento cincuenta pesos. No recuerdo si desayuné, probablemente no, por los nervios de que me iba. Un rato después mi padre me llevó a la escuela y me dejó allí, donde el director me esperaba a mí y a los otros cinco "que nos íbamos". Los padres de dos o tres de los que serían mis compañeros esperaron y acordaron que nos llevarían a La Barca, a unos 30 kilómetros, a tomar el camión a Querétaro. Después de esperar un rato, y al ver que no pasaban autobuses con ese destino, convencieron al director de que la mejor idea era llevarnos hasta allá, en sus carros. Así le hicieron. Llegamos a Querétaro esa tarde de agosto y nos fuimos al centro a comer unas tortas en Las Tortugas. En 1979 era todavía una ciudad pequeña, casi un pueblo grande, muy diferente de ahora. Había ya estado allí un par de meses antes, y aún así todo para mí era nuevo. Ni extrañaba ni no extrañaba, sino que mi mente y mi corazón se mantenían como en suspenso, en blanco, a la expectativa. Volteaba a ver todo y todo me parecía interesante y bueno, aunque por supuesto reconocía los andadores de adoquín y las bugambilias junto a las paredes. No entendía todavía, por supuesto, que mi vida había cambiado. Que había dejado mi pueblo, en más de un sentido, para siempre.

martes, 15 de junio de 2010

Una historia y un deseo

Primero, una historia que escuché hace unos días en mi estado natal. Es vecina de un pariente mío, aunque es presidenta municipal en otro lugar, a unas dos horas de allí. Llama la atención la cantidad de guaruras que la cuidan, día y noche. La calle, antes casi vacía, ahora está copada por camionetas típicas de cuidadores: grandotas, traga gasolina, con vidrios polarizados y llantas anchas. Precisamente, viendo una de ésas, yo decía: 'mi hermano tiene una lobo como esa', pero de color gris o negro. Fer me corrigió: 'ha de ser negra, porque no hay lobo gris'. ¿Será? ¿De dónde sabe tanto este niño? Esa era roja brillante con dorado. Me dijo mi pariente: 'mírala por dentro, disimuladamente'. Asientos de piel, color miel, llenos de rasguños, maltratada. 'Ahora fíjate en el rin trasero'. Un hoyo de bala. 'Mira también los espejos'. Llenos de rayones y estropeados. 'La acaban de arreglar'. Ha sobrevivido a, al menos, tres atentados. A su esposo sí lo mataron. Yo, ingenuo, dije que en su lugar me habría ido lo más lejos que pudiera. Pregunté por qué la andaban buscando. Suponía que estaba defendiendo su municipio de la corrupción, del imperio del mal, de las drogas, casi casi de la invasión de extraterrestres. No, me dijo mi pariente. La quieren matar los zetas porque ella está con la familia.
Ahora, un deseo en voz alta. A propósito de las víctimas de la estancia ABC, los niños y niñas que murieron, y los que quedaron heridos, y sus familiares. He escuchado comentarios y leído en el periódico la opinión de los comentaristas y conductores de noticias, también de especialistas en derecho y cosas semejantes. La mayoría, o así me parece, dice que la corte hace lo correcto al centrarse en su carácter constitucional. Abierta o veladamente censuran la pretensión del ministro en turno de incluir una sanción ética, política o moral. Y pienso cuánto nos serviría como sociedad ver, al menos una vez en la vida, que hay responsabilidades que asumir y costos que pagar. Ahora resulta, así lo dice el ministro, que no bastan 49 niños muertos para que alguien haga algo. Porque allí siguen los responsables, los directos y los políticos, como si nada sucediera, comiendo (y bebiendo) y durmiendo tranquilos. Cuánto nos serviría, pienso yo, algo así.

martes, 1 de junio de 2010

Aquellos Días

En inglés existe una manera de diferenciar lo que pasa en días recientes (these days), de lo sucedido tiempo atrás (those days). Hoy, estos días, he repasado algunos de esos aquellos días, tan lejanos y tan cercanos, cuando murió mi madre, hace un año, que se cumple exactamente mañana. Recuerdo que, curiosamente, tener a mi madre en el hospital me dio la oportunidad de reencontrarme con amigos y amigas que no veía hacía mucho tiempo. La situación era sencilla: de nada servía estar afuera de la sala de terapia intensiva, donde tenían a mi madre, si sólo nos dejaban entrar a ciertas horas, un rato en la mañana y otro por la tarde. Me acuerdo que teníamos que ponernos bata, lavarnos las manos, usar cubrebocas, y que había enfermeras que "nos regañaban" si no seguíamos el ritual al pie de la letra. Me acuerdo también de cómo desde el principio tenía yo la intuición de que mi madre ya no saldría de su estado. Me dediqué entonces a ver mi interior para encontrar paz. En realidad, desde la primera embolia, que vivió y vivimos en el mismo hospital, había dedicado una buena parte de una noche en vela, junto a ella, a decirle en voz alta lo que yo sentía; mis reclamos pero sobre todo mi reconocimiento por lo que, bien y mal, hizo por mí. Creo que ya había pasado la época de adolescente en la que la culpa de todo lo tienen papá y mamá: porque hicieron algo o porque dejaron de hacerlo. A fin de cuentas, mi paz estaba en saber que tanto ella como mi padre me dieron lo mejor que pudieron. No se me olvida que me decían con frecuencia que su herencia era asistir a una buena escuela. Ahora que tengo a mis hijos y que pienso en llevarlos a un lugar o a otro, a aprender o a divertirse, me acuerdo que nosotros no teníamos vacaciones pero afortunadamente la ida a las vacas con mis tíos las suplían ampliamente. Me acuerdo que no tuvimos tele, y en blanco y negro, sino hasta mis ocho o nueve años, pero la calle siempre era un lugar repleto de aventuras y de opciones para entretenerme tanto que hasta la tarea se me olvidaba. Allí jugué futbol, béisbol, canicas, trompo, balero, yoyo, carreras, todo... y no era raro que a las diez de la noche mi madre saliera a gritar que ya me metiera, y a continuación se daba cuenta que no había yo hecho mi tarea ni había cenado, ni había preparado nada para el día siguiente. Y sin embargo, me dediqué a estudiar el resto de mi vida. Y recuerdo con añoranza aquellos días en que las tardes de niñez se podían pasar enteras en la calle, sin bronca alguna. Eso y muchas cosas más le dije entonces a mi madre. Era difícil pensar en otra recuperación, difícil y lenta. Angélica mi hermana realmente se desvivió por ella los cinco años y medio entre la primera embolia y la segunda, que acabó en su muerte. Me consta el cariño y el empeño que ponía en cuidarla, y también cómo era cada vez más difícil darle gusto y mantenerla tranquila. Finalmente se fue, enfrente de mi angustia y mi impotencia por no saber qué hacer ni cuánto duraría aquello ni qué seguía. Lloré brevemente e inmediatamente tomé el teléfono para hablarle a mis hermanos. Angélica salió del baño y juntos rezamos una breve oración.
Un poco así fuero esos días, aquellos días.
p.d. y para mi lector anónimo: ninguno siguió con los maristas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

It's hard to be nice

Anoche, zapeando, de pura casualidad me encontré con una película serbia que lleva título en inglés de "it's hard to be nice". Trata de un cuate que, al sentir que pierde a su mujer y a su hijo, "se convierte" y deja de ser ladrón, compra un taxi y trata de romper con su red de maleantes. Ellos no dejan que salga tan fácilmente, y buscan jalarlo de nuevo a su vida de siempre. Lucha consigo mismo y, cuando aparentemente ya está convencido de su nueva vida, descubre que el hijo no es suyo, que su mujer lo engañó. Su cómplice mayor lo engaña y lo ponen en peligro, pero él sigue adelante. No es la gran película, pero deja entrever lo difícil que es ser "bueno" y lo complicado que es ponernos de acuerdo sobre lo que significa, en lo concreto, "ser bueno". Finalmente los seres humanos somos de carne y hueso y juzgamos y tomamos decisiones sobre lo bueno y lo malo de maneras bien complejas. Es, al menos, lo que le entiendo a Bauman cuando dice en su ética posmoderna que en realidad lo que importa no es lo que dicen los iniciados, los filósofos, los sabihondos. Lo que la gente de a pie necesita, para saber que "es bueno" o que "hace lo correcto", es voltear a los lados y comprobar que razonablemente los demás, al menos, no le hacen el feo.

sábado, 24 de abril de 2010

Sobre la educación

A menudo los padres y madres, por lo menos de niños pequeños, es lo que yo he vivido, hablamos de educación y escuelas. Parece que siempre andamos en búsqueda de, si no la opción perfecta, acabada, la mejor opción. Los elementos que influyen en la percepción de la mayor o menor bondad de una oferta concreta, creo, son, por ejemplo: el precio, el dominio de un sistema, la coherencia con la educación familiar, la oferta de actividades extras, la posibilidad de hacer relaciones, ya sea los niños o los mismos padres.
Hace poco me encontré con un buen amigo que, me decía, finalmente encontró una buena opción para sus hijos. El último año en la escuela anterior no fue solo malo sino, decía, fatal. Los cambió a otra, también particular, un poco más cara pero con beca, y la sensación de sus hijos cambió radicalmente, para bien.
De regreso de Chiapas, Paco y Flor nos contaban que Lekil ya no va a la escuela. Llegó a primero de secundaria y ahora la estudia abierta. Sus papás son pedagogos y le asesoran y le ponen a estudiar en casa. Estaban cansados de la violencia en las escuelas, del famoso bullying. Ahora, dicen, ella está feliz, aprendiendo. Nos dicen también que Betito seguramente no irá a la escuela. Sus papás trabajan en las comunidades, van de una a otra, animando precisamente los trabajos educativos en escuelas alternativas. Cuando está en una comunidad, entra a la escuela, luego van a otra y entra a la escuela. Así va, de una a otra. Sus papás no creen en la escuela como está organizada por el sistema. Interesante.
El otro día en una reunión me pasaron un artículo que salió este mes en Letras Libres, de Gabriel Zaíd, sobre la farsa de los títulos. En resumen, insiste en que tener un título no es garantía de nada. Si acaso, lo que otorga un título es la posibilidad de no ser discriminado. Por eso se vende como mercancía. Significa la posibilidad de entrar al mercado: del trabajo remunerado a cierto nivel, de las relaciones para hacer negocios, etcétera. Pero, aclara, no nos hagamos ilusiones. En el acceso a los mejores puestos, los mejor pagados, influyen más las relaciones que un título rimbombante. De acuerdo.

martes, 20 de abril de 2010

En una reunión

Siempre estoy con la cabeza en otra parte. ¿Dónde ando? ¿Qué quiero? ¿Qué es lo que mueve mi corazón? ¿A dónde vamos como familia? ¿Cuál es nuestro proyecto, nuestro ideal de vida?
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Mi pregunta básica es: ¿qué tanto la universidad quiere trabajar en el mundo rural? Y al decir "la universidad", pienso en las personas concretas que toman decisiones y, por lo tanto, pueden decir "sí" o "no". Ese es el primer y fundamental punto que hay que resolver y dejar bien claro.

jueves, 15 de abril de 2010

Las Ocho Erres

Hace quizá mes y medio, o algo así, tuve oportunidad de escuchar a Serge Latouche en la ibero. Me pareció interesante la enumeración de las ocho erres:
1. Reevaluar. Revisar valores. El ocio y el trabajo. La alegría de vivir.
2. Reconceptualizar. Cambiar el punto de vista.
3. Reestructurar. Los modelos de consumo. Las relaciones sociales.
4. Reubicar. Consumir productos locales.
5. Redistribuir. Acceso a los recursos naturales. Vida digna.
6. Reducir. El consumo de recursos. Menos trabajo, más tiempo libre.
7. Reutilizar. Superar la obsesión del consumo.
8. Reciclar.

Además, encontré rescatable lo relativo a los tres pilares para el consumo:
1. El sistema de mercadotecnia, que despierta el deseo de satisfacer una supuesta necesidad. Y que antes incluso de ser satisfecha, ya quedó superada por otra.
2. El crédito, como la posibilidad de endeudarse para seguir consumiendo, y cada vez más.
3. La obsolescencia programada, de los productos y bienes. En determinado tiempo, cada vez menor, el objeto quedó fuera (del mercado, de moda) aunque pueda seguir "funcionando".

El asunto, después de la conferencia, es buscar las posibilidades reales de concretar, y decidir hasta qué punto, todo esto en la vida real. Allí queda para seguir pensando y dándole vueltas.

El cuerpo del consumidor

A falta de palabras propias, retomo una frase de Bauman, en Vida Líquida, que me llamó poderosamente la atención. Lo leí en Cuetzalan.

"El cuerpo del consumidor, pues, tiende a ser una fuente particularmente prolífica de ansiedad perpetua, agravada por la ausencia de desembocaderos establecidos y fiables que permitan siquiera aliviarla (para cuanto más, desactivarla o disiparla)."

Clave, me parece, para entender y explicar mucho de la visión actual, por lo menos del clasemediero citadino, del propio cuerpo, la relación con sí mismo. Ahora estoy leyendo, de Bauman, su Ética Posmoderna.

miércoles, 27 de enero de 2010

Al fin

Al fin me decidí y me subí a mi bici por primera vez en este todavía joven año de 2010. Primero fue una gripa que prácticamente me tiró, junto con los visitantes a los que mi departamento tenía que atender. Fui de aquí para allá y no me quedó tiempo para casi nada. Luego los fríos que, aunados a la recuperación de la gripa, me hicieron desistir. No puedo olvidar que los fines de semana estuvieron atareados, entre ir al cine con mis hijos (Avatar es, sin duda, genial), la despensa, los compromisos familiares y la ida a México y a Villahermosa, por lo que fue imposible pedalear la bici. Hoy me forré con doble jersey con periódico en medio, y todavía encima la chamarra de ciclista y me fui al Zapo. Me sentí bien, aunque en la mojonera mi ritmo cardiaco estaba por arriba de 150 cuando antes andaba alrededor de 130. Disfruté la vista, imponente, del Izta, con muchísima nieve. A su lado, el Popo, con mucha menos, como testigo mudo, lejano e inalcanzable.
La bici se ha convertido en mi rato de meditación. El de hoy, sin embargo, no fue precisamente el más agradable porque me llenó de telarañas la cabeza. Cómo influye un mal rato, una palabra de más, un sentimiento no expresado, en la relación de pareja. Fue el caso de hoy o, mejor dicho, de anoche. Con todo, la subida en la bici es un momento fascinante. Tendré que hacerlo más seguido.