Primero, ignominia quiere decir, según el diccionario de El Mundo, deshonor, descrédito de quien ha perdido el respeto de los demás a causa de una acción indigna o vergonzosa. Así me siento hoy, hasta la ignominia. Temprano prendí el radio para sintonizar, como de costumbre, a Carmen Aristegui en hoy por hoy. Por supuesto, prácticamente todos los periódicos le dedican lugares importantes en sus primeras planas y espacios de opinión de sus mejores plumas. Desde anoche veía, también con Carmen en cnn, a Granados Chapa. Decía el periodista que con esto, se extendió una carta de impunidad a todos los gobernadores. Y a todos los que tengan dinero para comprar la justicia, diría yo.
Mientras subía y luego bajaba del Zapo en mi bici de montaña, me introspectaba (no creo que exista esa palabreja, pero me gusta cómo suena...), para tratar de entender qué significa todo esto para mí, un simple ciudadano de a pie. He aquí mis reflexiones.
¿Qué estará pensando, de verdad, alguien como el precioso? Supongo que habrá ordenado unas botellas (dándole el significado real o velado, o ambos) de coñac para celebrar su victoria. Quizás lo celebró con su círculo más estrecho de aduladores y repitió, como dicen que dijeron ayer sus brillantes y seguramente bien pagados abogados: "ya chingamos". Lo que sí es que dijo que ahora sí puede dormir tranquilo. Y yo me digo a mí mismo: "aunque usted no lo crea". En lo que a mí se refiere, tengo por cierto que ese señor es un cadáver político, y apesta a kilómetros. En mi fantasía me imaginaba qué haría yo si me lo cruzara en el camino. No sabría si gritarle su apodo, escupirle la cara o buscar algún objeto cercano, por ejemplo una silla, y rompérselo en el lomo. O las tres cosas.
Qué estará pasando de verdad, pensaba también yo, con los ministros de la suprema corte. Quién sabe. El otro día que vi un cachito de la transmisión por internet, la sola vista de el tal Aguirre Anguiano lo único que me inspiraba era desprecio por su soberbia y su prepotencia (es un mamón, dirían mis alumnos). Qué pasó realmente con el par de ministras, las mujeres, que aparentemente a última hora cambiaron el sentido de su voto. ¿Serían amenazadas? ¿les engrosarían sus cuentas bancarias, así como por arte de magia, como sugería un amigo hace un rato? ¿se echarían un volado de última hora, como para evitar la ineludible decisión y dejársela al azar? ¿realmente reflexionaron y vieron ángulos que antes estaban ocultos en el problema?
A propósito de ministros, recordaba yo que una vez me encontré, en el cum, a Mariano Azuela. Yo iba al campo de fútbol y él salía de jugar frontón con alguno de los maristas que por aquellos años, mediados de los ochenta o algo así, regenteaban el colegio. Y lo recuerdo también porque, en aquella época, Carlos Martínez, marista con quien luego tuve divergencias en pensamiento, pero a quien le guardo un enorme respeto y un sincero afecto por su gran calidad humana, nos presumía que ese señor era "afiliado al instituto", es decir, como un miembro, laico, de los maristas. Se ufanaba de su ascendente trayectoria y hablaba de él como alguien honesto, probo, entero (aunque seguramente lo dijo de otra forma, no con esa colección de palabras domingueras que ahora le anoto). Lo decía y se sentía orgulloso. El otro día escuché sus argumentos y me quedo frío. Lo único que le diría, si me lo encontrara, es que lo suyo no es hacer justicia, mucho menos ponerse en el lugar de la víctima para entender lo que pasa y lo que siente. Lo suyo es, por lo visto, hablar con voz engolada, fingida, de leguleyo barato, y salir en la radio dándose baños de pureza. Supongo que por eso los maristas lo tienen como miembro de su instituto. Dudo que hoy se sientan orgullosos de su actuación, pero la experiencia me dice que aún eso es posible. Me lo puedo imaginar arrodillado ante el altar, dándose golpes de pecho y recitando jaculatorias al recibir la hostia y entonces me digo que por qué se asombran de que a los jóvenes de hoy la religión les importe un bledo.
Mi última reflexión como ciudadano quisiera casi mejor no escribirla. Ni siquiera pensarla, pero tengo que hacerla. Así como a los diputados hace poco tuvieron que extorsionarlos, o intentar hacerlo, para investigar en serio esas redes criminales, quizá a los ministros de la corte les haría falta algo semejante. ¿Qué hubieran decidido si a sus hijos o nietos los usaran las redes de pederastia y pornografía? ¿Cómo hubieran votado si en vez de Lidya Cacho, quien se pasó las veinte horas de horror de Cancún a Puebla, hubiera sido su madre, su hermana, su esposa, su hija? Otro gallo hubiera cantado, sin duda. Como escribió León Felipe, lo recuerdo de aquellas mis lecturas de juventud, cualquiera sirve para enterrar un muerto, menos un enterrador.
En pocas palabras, como ciudadano me siento mal, muy mal. Y cómo sentirme diferente, si el mensaje es claro, machacón, sin piedad: si no tienes poder y/o dinero suficiente, olvídate de la justicia. Chíngate y hazle como puedas.
viernes, 30 de noviembre de 2007
martes, 27 de noviembre de 2007
Días de noviembre
Uno
Dejamos Puebla después de comer en el restaurante de la universidad. Fiel a su costumbre, Agustín va volado, casi como niño con juguete nuevo, al volante del passat negro que no es nuevo pero, dice, corre como si lo fuera. De camino aprovechamos para hablar de varios proyectos, de varias reuniones que no hemos tenido. Me pide mi opinión y vamos discutiendo cosas interesantes. Se acerca la noche cuando entramos al df, como de costumbre a vuelta de rueda. Pasamos junto al distribuidor vial, impresionante, con la esperanza de que pronto esté completo y la entrada y la salida fluyan. Ya cerca del centro, llegamos al eje central. Del lado derecho la banqueta está vacía, como efectivamente creo que nunca había visto. Del lado izquierdo los puestos parecen encimarse unos sobre otros. Se alcanza a escuchar la música estruendosa, la gente va y viene. Unos salen de la estación del metro como de una boca gigante y otros se internan en ella. Se ve de todo. Enfrente de nosotros, el tráfico otra vez parece no avanzar. A la extrema izquierda viene el trolebús en sentido contrario al nuestro. Agustín me dice que está muy cansado y que ya quiere llegar al hotel para descansar un rato. Es de noche y brillan las luces de los carros, que todo lo inundan.
Dos
Primera vez que me quedo en un Sheraton. De broma le decía a Agustín que lo único que esperaba es que no me fuera a llevar al hotel de Fabiruchis... y me moría de la risa. En el front desk anuncian los precios: 360 dólares por una noche. Así, en dólares. El elevador es rapidísimo. Jesús se baja en el piso 17 y nosotros nos vamos hasta el último, el 27, hasta allá nos tocó. Allá abajo se ven las luces de la metrópoli que todo lo llenan. Acá adentro, todo está impecable, excepto la tele que no prende. Hay letreros que dicen que el agua está purificada, que uno puede tomarla con toda confianza. De cualquier manera, por si se ofrece, ponen una botella de litro y medio de Agua Santa María y otra de Evian. Una cuesta sesenta pesos y la otra setenta y cinco. Abajo, en el seven eleven que está a media cuadra, probablemente cuesten alrededor de diez pesos cada una. No lo puedo creer, pero aquí estoy.
Tres
Semana y media después estoy de regreso en el centro histórico del df, exactamente por la misma zona. Ahora me vine en autobús y me bajo en el metro. Después de comprar dos boletos, me subo al tren. Es un poco antes de las once de la mañana y la gente parece cansada, hastiada, aburrida. El vagón en el que me subí está francamente feo: el piso maltratado, las ventanas con rayones (qué ganas de joder y ponerse a hacerlo, supongo que por puro placer) y las luces no prenden bien. No es ya hora pico y no vamos como cigarros en cajetilla, pero va lleno. En la siguiente puerta un cuate prende su reproductor de cidís y la bocina que trae en la mochila suena a todo volumen. Vende los grandes éxitos de la salsa o de los boleros, no me acuerdo bien. Volteo y veo que varios le compran. Le pasan el dinero a través de varios usuarios del metro y de regreso va el cidí, en formato normal. En la siguiente estación se va al vagón contiguo y con nosotros se sube otro cuate, vendiendo videos que enseña en un reproductor portátil, levantando las manos. No alcanzo a ver si alguien le compra pero me digo, qué chinga moverse todos los días así y soportar que te quieran vender discos, agujas, libros para colorear, chicles, cualquier cosa. Así es la vida real. Siento de pronto que desentono allí. Cada quién va metido en su mundo, enfrascado en su preocupación del momento, elaborando su propio pensamiento o soñando, literalmente, su propio sueño entre cabeceadas. Me veo en el espejo con mi traje gris de lana, nada del otro mundo pero con buen corte, mi camisa azul, corbata azul de seda coreana y zapatos bien boleados. ¿De dónde soy? ¿A dónde pertenezco? ¿Qué tengo en común con quienes, anónimos, viajan conmigo?
Me bajo en Salto del Agua y salgo a la superficie. Recuerdo la cantidad de veces que he caminado por aquí, sobre eje central rumbo a bellas artes. Lo dicho, los puestos están casi uno sobre otro, mayormente de discos compactos, videos porno, películas pirata, zapatos, cinturones y un montón de cosas que me llaman la atención pero no alcanzo ni a ver. De vez en vez camino un poco y me pongo a ver algo y luego sigo. Veo unos zapatos en una zapatería y me meto a preguntar me convencen y pido que me traigan el par. Antes de que llegue el vendedor, sin embargo, veo que me queda poco tiempo y le digo a otra empleada del lugar que luego regreso, que el señor ya se tardó y que tengo una junta, lo que es cierto. Ya no regreso en la tarde, pues salgo de prisa.
Me voy directo al lugar de la presentación de la infancia cuenta. Es interesante aunque siento en el aire una suerte de espíritu oenegenero que no alcanzo a definir y que me inquieta, y al que en más de una ocasión le he, por así decirlo, declarado la guerra. Me molesta que son demasiados o puros reclamos, a la mejor ya me estoy haciendo viejo, y nada de propuesta. Coincido con Emilio en que el asunto de la educación no es de cobertura ni de montos de inversión, al menos no solamente. Hay que preguntarnos por la calidad. Divago un rato y pienso cómo enseñar a los niños, a nuestros niños, la participación, el respeto, la democracia. Menuda tarea. Me gustaría escuchar las denuncias y al mismo tiempo la propuesta. Me encantaría que supervisen y fiscalicen el gasto del gobierno pero también que las organizaciones evalúen su trabajo y se hagan la indispensable autocrítica... no sé si es un sueño, pero es mío.
A mi lado un cuate a quien no conozco está de pie, el auditorio está más que lleno, con un saco que parece que bajó de un tapiz, de tan colorido. Veo a mi amiga Paty que hacía años que no veía y nos saludamos de lejos, sabiendo de antemano que al final no podré platicar con ella como me gustaría. Me acerco a Emilio, por mucho el orador más articulado e interesante del día, y me saluda con un abrazo y su típico qué onda contigo, cabrón. Me dice que estoy peor que él, queriendo decir que voy más trajeado. Bromeamos y le pregunto por un amigo común mientras le doy mi tarjeta y él me da la suya, en braille. Me voy corriendo a platicar y tomar una coca zero con la persona que quedé de verme.
La vida, ya lo sabía, es correr de aquí para allá.
Dejamos Puebla después de comer en el restaurante de la universidad. Fiel a su costumbre, Agustín va volado, casi como niño con juguete nuevo, al volante del passat negro que no es nuevo pero, dice, corre como si lo fuera. De camino aprovechamos para hablar de varios proyectos, de varias reuniones que no hemos tenido. Me pide mi opinión y vamos discutiendo cosas interesantes. Se acerca la noche cuando entramos al df, como de costumbre a vuelta de rueda. Pasamos junto al distribuidor vial, impresionante, con la esperanza de que pronto esté completo y la entrada y la salida fluyan. Ya cerca del centro, llegamos al eje central. Del lado derecho la banqueta está vacía, como efectivamente creo que nunca había visto. Del lado izquierdo los puestos parecen encimarse unos sobre otros. Se alcanza a escuchar la música estruendosa, la gente va y viene. Unos salen de la estación del metro como de una boca gigante y otros se internan en ella. Se ve de todo. Enfrente de nosotros, el tráfico otra vez parece no avanzar. A la extrema izquierda viene el trolebús en sentido contrario al nuestro. Agustín me dice que está muy cansado y que ya quiere llegar al hotel para descansar un rato. Es de noche y brillan las luces de los carros, que todo lo inundan.
Dos
Primera vez que me quedo en un Sheraton. De broma le decía a Agustín que lo único que esperaba es que no me fuera a llevar al hotel de Fabiruchis... y me moría de la risa. En el front desk anuncian los precios: 360 dólares por una noche. Así, en dólares. El elevador es rapidísimo. Jesús se baja en el piso 17 y nosotros nos vamos hasta el último, el 27, hasta allá nos tocó. Allá abajo se ven las luces de la metrópoli que todo lo llenan. Acá adentro, todo está impecable, excepto la tele que no prende. Hay letreros que dicen que el agua está purificada, que uno puede tomarla con toda confianza. De cualquier manera, por si se ofrece, ponen una botella de litro y medio de Agua Santa María y otra de Evian. Una cuesta sesenta pesos y la otra setenta y cinco. Abajo, en el seven eleven que está a media cuadra, probablemente cuesten alrededor de diez pesos cada una. No lo puedo creer, pero aquí estoy.
Tres
Semana y media después estoy de regreso en el centro histórico del df, exactamente por la misma zona. Ahora me vine en autobús y me bajo en el metro. Después de comprar dos boletos, me subo al tren. Es un poco antes de las once de la mañana y la gente parece cansada, hastiada, aburrida. El vagón en el que me subí está francamente feo: el piso maltratado, las ventanas con rayones (qué ganas de joder y ponerse a hacerlo, supongo que por puro placer) y las luces no prenden bien. No es ya hora pico y no vamos como cigarros en cajetilla, pero va lleno. En la siguiente puerta un cuate prende su reproductor de cidís y la bocina que trae en la mochila suena a todo volumen. Vende los grandes éxitos de la salsa o de los boleros, no me acuerdo bien. Volteo y veo que varios le compran. Le pasan el dinero a través de varios usuarios del metro y de regreso va el cidí, en formato normal. En la siguiente estación se va al vagón contiguo y con nosotros se sube otro cuate, vendiendo videos que enseña en un reproductor portátil, levantando las manos. No alcanzo a ver si alguien le compra pero me digo, qué chinga moverse todos los días así y soportar que te quieran vender discos, agujas, libros para colorear, chicles, cualquier cosa. Así es la vida real. Siento de pronto que desentono allí. Cada quién va metido en su mundo, enfrascado en su preocupación del momento, elaborando su propio pensamiento o soñando, literalmente, su propio sueño entre cabeceadas. Me veo en el espejo con mi traje gris de lana, nada del otro mundo pero con buen corte, mi camisa azul, corbata azul de seda coreana y zapatos bien boleados. ¿De dónde soy? ¿A dónde pertenezco? ¿Qué tengo en común con quienes, anónimos, viajan conmigo?
Me bajo en Salto del Agua y salgo a la superficie. Recuerdo la cantidad de veces que he caminado por aquí, sobre eje central rumbo a bellas artes. Lo dicho, los puestos están casi uno sobre otro, mayormente de discos compactos, videos porno, películas pirata, zapatos, cinturones y un montón de cosas que me llaman la atención pero no alcanzo ni a ver. De vez en vez camino un poco y me pongo a ver algo y luego sigo. Veo unos zapatos en una zapatería y me meto a preguntar me convencen y pido que me traigan el par. Antes de que llegue el vendedor, sin embargo, veo que me queda poco tiempo y le digo a otra empleada del lugar que luego regreso, que el señor ya se tardó y que tengo una junta, lo que es cierto. Ya no regreso en la tarde, pues salgo de prisa.
Me voy directo al lugar de la presentación de la infancia cuenta. Es interesante aunque siento en el aire una suerte de espíritu oenegenero que no alcanzo a definir y que me inquieta, y al que en más de una ocasión le he, por así decirlo, declarado la guerra. Me molesta que son demasiados o puros reclamos, a la mejor ya me estoy haciendo viejo, y nada de propuesta. Coincido con Emilio en que el asunto de la educación no es de cobertura ni de montos de inversión, al menos no solamente. Hay que preguntarnos por la calidad. Divago un rato y pienso cómo enseñar a los niños, a nuestros niños, la participación, el respeto, la democracia. Menuda tarea. Me gustaría escuchar las denuncias y al mismo tiempo la propuesta. Me encantaría que supervisen y fiscalicen el gasto del gobierno pero también que las organizaciones evalúen su trabajo y se hagan la indispensable autocrítica... no sé si es un sueño, pero es mío.
A mi lado un cuate a quien no conozco está de pie, el auditorio está más que lleno, con un saco que parece que bajó de un tapiz, de tan colorido. Veo a mi amiga Paty que hacía años que no veía y nos saludamos de lejos, sabiendo de antemano que al final no podré platicar con ella como me gustaría. Me acerco a Emilio, por mucho el orador más articulado e interesante del día, y me saluda con un abrazo y su típico qué onda contigo, cabrón. Me dice que estoy peor que él, queriendo decir que voy más trajeado. Bromeamos y le pregunto por un amigo común mientras le doy mi tarjeta y él me da la suya, en braille. Me voy corriendo a platicar y tomar una coca zero con la persona que quedé de verme.
La vida, ya lo sabía, es correr de aquí para allá.
viernes, 26 de octubre de 2007
Mis reflexiones de hoy
Aunque escribí esto hace unos meses, me lo encontré por allí perdido y creo que me retrata en ese momento.
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Viene bien hacerse preguntas en torno a las razones por las que uno hace algo. Y me pregunto hoy, como tantas veces, por qué estoy aquí. Me miro en el espejo y veo a alguien diferente de lo que he sido, y a la vez el mismo. Confieso que de repente pienso que soy y hago cosas muy diferentes de las que en mis años de joven adultez soñé y pensé deseables. Para empezar, lo marista pasó a la historia. Y pasó, por decirlo en la canción que hace rato escuchaba en la maravillosa voz de Eugenia León, "porque tú me haces saber quién soy". Por eso me gustaban tanto las canciones de Eugenia en aquellos años chiapanecos. Por su mezcla de romanticismo, de poesía y quizá también de dolor, porque amar duele. Amar a mi Colocha me dolía y me duele, porque llega hasta mi sangre.
A menudo me pregunto por mis sueños de izquierdoso romántico. Me acuerdo, por ejemplo, leyendo el evangelio de Lucas Gavilán, con las ganas de salir corriendo e irme a vivir a una colonia popular de la ciudad de México. Por eso cuando conocí Miravalles aquello me parecía maravilloso; ni mandado a hacer.
Recuerdo mi ida a Chiapas, como marista. Ni sabía de qué se trataba, pero yo quería estar allí. Me llamó la atención que alguien como Carlos Martínez, que entonces tenía una gran autoridad moral para mí, me dijera que le daba gusto que me hubieran enviado a mí a la Misión de Guadalupe, que era un acierto. Esperaba mucho de mí, aunque eso ya no me lo dijo textualmente.
Viví todo un proceso de auténtico conocimiento de la realidad estando en Chiapas. Y en qué momento. Quizá lo más doloroso, al principio, fue darme cuenta que del mundo no sabía nada. Del mundo real, por supuesto. Creía, sabía, esa era mi experiencia, que el mundo se acababa en la pared de la escuela marista.
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Viene bien hacerse preguntas en torno a las razones por las que uno hace algo. Y me pregunto hoy, como tantas veces, por qué estoy aquí. Me miro en el espejo y veo a alguien diferente de lo que he sido, y a la vez el mismo. Confieso que de repente pienso que soy y hago cosas muy diferentes de las que en mis años de joven adultez soñé y pensé deseables. Para empezar, lo marista pasó a la historia. Y pasó, por decirlo en la canción que hace rato escuchaba en la maravillosa voz de Eugenia León, "porque tú me haces saber quién soy". Por eso me gustaban tanto las canciones de Eugenia en aquellos años chiapanecos. Por su mezcla de romanticismo, de poesía y quizá también de dolor, porque amar duele. Amar a mi Colocha me dolía y me duele, porque llega hasta mi sangre.
A menudo me pregunto por mis sueños de izquierdoso romántico. Me acuerdo, por ejemplo, leyendo el evangelio de Lucas Gavilán, con las ganas de salir corriendo e irme a vivir a una colonia popular de la ciudad de México. Por eso cuando conocí Miravalles aquello me parecía maravilloso; ni mandado a hacer.
Recuerdo mi ida a Chiapas, como marista. Ni sabía de qué se trataba, pero yo quería estar allí. Me llamó la atención que alguien como Carlos Martínez, que entonces tenía una gran autoridad moral para mí, me dijera que le daba gusto que me hubieran enviado a mí a la Misión de Guadalupe, que era un acierto. Esperaba mucho de mí, aunque eso ya no me lo dijo textualmente.
Viví todo un proceso de auténtico conocimiento de la realidad estando en Chiapas. Y en qué momento. Quizá lo más doloroso, al principio, fue darme cuenta que del mundo no sabía nada. Del mundo real, por supuesto. Creía, sabía, esa era mi experiencia, que el mundo se acababa en la pared de la escuela marista.
jueves, 25 de octubre de 2007
Fernando
Hoy hace siete años naciste. Lo recuerdo como si fuera ayer. Como tantas veces, con mamá recordábamos esta mañana cómo nos preparamos, con una mezcla de susto, emoción y ansiedad, para irnos al hospital. El recuerdo de la noche anterior estaba fresco, de cómo te habíamos visto por última vez en el ultrasonido y cómo el radiólogo nos dijo que traías el cordón umbilical alrededor del cuello, y que nos recomendaba no espera más e irnos directos a la cesárea para mayor seguridad. Tanto que habíamos soñado, mamá especialmente, con un parto natural, y de repente todo cambiaba.
Ya en el hospital, allí estabas negándote a salir fácilmente. Para mí fue impresionante estar presente, junto a mamá, para verte al nacer. Recuerdo cómo te empujaron los médicos, presionando el vientre de mamá, para que por fin salieras. Saliste cubierto de blanco e inmediatamente arrancaste a llorar. Ya después de que te limpiaron, envuelto en una pequeña cobija, te tomé entre mis brazos y te acerqué a mamá. Juntos lloramos por primera vez, de emoción, de alegría, de agradecimiento. De sabernos, mamá y yo, bendecidos por tu llegada desde que tuvimos noticias tuyas.
Qué rápido pasa el tiempo. Sólo algunos recuerdos, como ráfagas: tu bautizo en Momoxpan y cómo Xel te levantó en sus brazos, como ofreciéndote a Dios, con los peregrinos de Chiapas como atentos testigos. Tus primeros pasos en san Cristóbal y cómo me parecía imposible que un día te levantaras y enderezaras y empezaras a caminar. Y cómo lo hiciste, maravillosamente. No se me olvidan tus despertadas en la madrugada, casi siempre a las tres en punto, para mamar. Y cómo me quedaba yo despierto, después de hacerte eructar y dormirte, a estudiar, con frío pero gozando el silencio. Tu emoción por acercarte a los libros en el pequeño sol y todas las noches en que me pedías que te leyera un cuento para poder dormirte, y cómo yo quería hacer trampa brincando páginas para acabar más pronto, y tú te dabas cuenta y hacías que me devolviera.
Llevo también en mi corazón los episodios dolorosos, como el día en que, en jazmines, me descuidé un instante y pisaste la boca de una cisterna en construcción que irresponsablemente habían tapado con un plástico y fuiste a dar hasta el fondo. Recuerdo mi desesperación y mi frustración, mi coraje, y cómo brinqué para alcanzarte y abrazarte en tu angustia y tu llanto. Era el día del padre y recuerdo cómo le decía unos días después a un amigo muy querido: ése ha sido el peor día de mi vida. Vino después aquel día, de mi cumpleaños treinta y siete. Habíamos comido pozole, delicioso, y pasado un día muy agradable alrededor de la mesa. Luego nos fuimos, casi anocheciendo, a conseguir un garrafón de agua. Al llegar a la tienda, voletamos para atrás y estabas en plena convulsión, tieso, temblando, con los ojos idos. Nos arrancamos al hospital y pasamos horas de angustia. Pensaba yo mientras te cargaba en los pasillos, que por qué a ti, por qué a nosotros, por qué tenía que ser precisamente cuando más amolados estábamos económicamente. Volteaba y veía el dolor de otras gentes que allí estaban esperando a sus hijos, y entendí un poquito que el dolor es parte de nuestras vidas, que el amor duele, que el ser padre, y tú dirás seguramente que el ser hijo también, duele.
Hoy te miro dormir con una paz que me da envidia y me alegro que así sea. Veo tu rostro de perfil y tu respiración a compasada y me digo y le digo a mamá, como tantas veces, cómo has crecido. Me quedo en silencio porque, definitivamente, vivir la vida contigo ha sido y es, cada día, una amorosa y apasionante aventura.
Ya en el hospital, allí estabas negándote a salir fácilmente. Para mí fue impresionante estar presente, junto a mamá, para verte al nacer. Recuerdo cómo te empujaron los médicos, presionando el vientre de mamá, para que por fin salieras. Saliste cubierto de blanco e inmediatamente arrancaste a llorar. Ya después de que te limpiaron, envuelto en una pequeña cobija, te tomé entre mis brazos y te acerqué a mamá. Juntos lloramos por primera vez, de emoción, de alegría, de agradecimiento. De sabernos, mamá y yo, bendecidos por tu llegada desde que tuvimos noticias tuyas.
Qué rápido pasa el tiempo. Sólo algunos recuerdos, como ráfagas: tu bautizo en Momoxpan y cómo Xel te levantó en sus brazos, como ofreciéndote a Dios, con los peregrinos de Chiapas como atentos testigos. Tus primeros pasos en san Cristóbal y cómo me parecía imposible que un día te levantaras y enderezaras y empezaras a caminar. Y cómo lo hiciste, maravillosamente. No se me olvidan tus despertadas en la madrugada, casi siempre a las tres en punto, para mamar. Y cómo me quedaba yo despierto, después de hacerte eructar y dormirte, a estudiar, con frío pero gozando el silencio. Tu emoción por acercarte a los libros en el pequeño sol y todas las noches en que me pedías que te leyera un cuento para poder dormirte, y cómo yo quería hacer trampa brincando páginas para acabar más pronto, y tú te dabas cuenta y hacías que me devolviera.
Llevo también en mi corazón los episodios dolorosos, como el día en que, en jazmines, me descuidé un instante y pisaste la boca de una cisterna en construcción que irresponsablemente habían tapado con un plástico y fuiste a dar hasta el fondo. Recuerdo mi desesperación y mi frustración, mi coraje, y cómo brinqué para alcanzarte y abrazarte en tu angustia y tu llanto. Era el día del padre y recuerdo cómo le decía unos días después a un amigo muy querido: ése ha sido el peor día de mi vida. Vino después aquel día, de mi cumpleaños treinta y siete. Habíamos comido pozole, delicioso, y pasado un día muy agradable alrededor de la mesa. Luego nos fuimos, casi anocheciendo, a conseguir un garrafón de agua. Al llegar a la tienda, voletamos para atrás y estabas en plena convulsión, tieso, temblando, con los ojos idos. Nos arrancamos al hospital y pasamos horas de angustia. Pensaba yo mientras te cargaba en los pasillos, que por qué a ti, por qué a nosotros, por qué tenía que ser precisamente cuando más amolados estábamos económicamente. Volteaba y veía el dolor de otras gentes que allí estaban esperando a sus hijos, y entendí un poquito que el dolor es parte de nuestras vidas, que el amor duele, que el ser padre, y tú dirás seguramente que el ser hijo también, duele.
Hoy te miro dormir con una paz que me da envidia y me alegro que así sea. Veo tu rostro de perfil y tu respiración a compasada y me digo y le digo a mamá, como tantas veces, cómo has crecido. Me quedo en silencio porque, definitivamente, vivir la vida contigo ha sido y es, cada día, una amorosa y apasionante aventura.
viernes, 19 de octubre de 2007
Minutario de viernes por la tarde
De nuevo me pregunto qué escribir cuando aparentemente no hay nada nuevo, nada llamativo, nada extraordinario, sólo rutina. Aquí estoy, viernes en la tarde después de un examen profesional de psicología. Me vine a Cholula, mi pueblo adoptivo. Primero me metí al blockbuster y escogí, con cierta duda, un par de películas para el fin de semana. Ya veremos qué tal tino tuve, porque me guié solamente por lo que dice el papelito de afuera. Luego me metí al starbucks (¡qué horror! pensaría en otros momentos de militancia antineoliberal; hoy pienso que así es la vida: en los negocios, prospera el que da buen servicio y el que sabe lo que quiere. Y, también, uno entra a estos lugares porque quiere) y pedí un latte de vainilla y le puse un sobre de azúcar mascabado para endulzarlo un poco. Maravillas de la tecnología, hablé primero con mi hermano Felipe, de mi computadora a su celular en California, y pagué veinte centavos de dólar por diez o doce minutos que hablamos. Qué vergüenza lo que nos cobran Slim y demás estafadores por un servicio tan deficiente en el teléfono acá en México. Luego hablé con Laura, también a través del skype, a México. Tenemos pendiente el cierre de una asesoría y todavía no nos confirman la fecha que en principio acordamos. Se supone que después me pondría a escribir los textos que toda la semana estuve rehuyendo o posponiendo por otras cosas. Pero antes de hacerlo me digo que tengo que escribir algo. Y aquí estoy. Hace un rato quité la canastilla al chevy azul y la llevé con el herrero de enfrente de mi casa. Desde hace tanto lo había pensado y hasta hoy, después de comer, me decidí a hacerlo. Me dijo que sí podía soldar el metal. Acordamos que reforzaría las uniones con soldadura y pondría un travesaño firme, sobre el que colocaría el skewer, creo que así se dice el aparatejo que sostiene la bicicleta a presión. Y que también pintaría toda la canastilla para que no se siga oxidando. En ella me voy a llevar mi bici pasado mañana, domingo por la mañana, a la popobike. Antes, mañana sábado, le pienso dedicar un tiempo a lavarla para quitar la tierra de mi subida de ayer al zapotecas, llenar bien las llantas de aire y, por supuesto, lubricar suficientemente la cadena. Pensaba el otro día que es ya casi, después de un año o poco más de haberla comprado, otra bicicleta. En este tiempo le he cambiado la multiplicación, cadena, desviador trasero, cassette, mazas, rin trasero, más de la mitad de los rayos, además del asiento y los puños esta semana. Sin olvidar que le agregué la mochila portaherramientas de abajo del asiento, una bomba para inflar las llantas, los pedales de contacto y los cuernitos que van en los extremos del manubrio. Toda una inversión que, estoy seguro, bien vale la pena. El domingo lo volveré al comprobar. Ya me siento emocionado de saberme subiendo por la carretera en la primera parte del recorrido. Y sobre todo, llegar a la parte arbolada y oler la humedad de la tierra y sentir el viento que corre entre las hojas y las hace mover. En la soledad interminable del bosque. Así será.
viernes, 12 de octubre de 2007
Las veredas de la incertidumbre
El lunes pasado presenté el libro de Maru y Eduardo, admirados colegas y queridos amigos. Transcribo el texto íntegro.
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Cuando Covadonga me invitó a participar en la presentación de este libro, de inmediato dije que sí. Recordé cuándo y cómo empecé a leerlo. Habíamos ido con un grupo de estudiantes de psicología, uniendo de alguna forma los cursos de Psicología Social Comunitaria, de Redacción de Informes de Investigación, y de Métodos Cualitativos, en una muy afortunada “chifladura pedagógica”. Era la fiesta de San Miguel, hace dos años. Allí estábamos, haciendo investigación de campo, intentando acercarnos a la gente, observando, preguntando y preguntándonos. Eduardo era nuestro guía. Nos permitió entrar a su casa, nos habló de su experiencia, nos llevó con sus compadres. Y luego, allí estaba yo leyendo estas páginas, casi quinientas que, como dicen sus autores, es fruto de una reflexión de casi treinta años de experiencia en Tzinacapan. Ya de regreso del viaje, el camino se hizo corto no sólo por la velocidad a la que nos traía nuestro amable chofer, sino por los comentarios, vivos, detallados, que Eduardo me hizo sobre lo que dice y lo que a veces sólo insinúa el libro. Regresé y el libro me atrapó y lo leí con creciente emoción, de esas veces en que uno quisiera que no se acabe. Para escribir esto releo algunas páginas, me voy al prólogo de Touraine, paso por la presentación y las conclusiones, y sigo emocionándome con el libro y descubriendo cosas nuevas, porque ésa es, precisamente, una de sus mayores cualidades: lo invita a uno, y casi lo obliga, a dialogar con ellos y con el grupo, con la comunidad india, también, por supuesto, con uno mismo. Y entonces me pregunto qué puedo decir de este libro, además de decirles que lo lean porque vale la pena que se acerquen a él…
Me detengo en el título y aprovecho algún momento de soledad para pensar en él. ¿Por qué las veredas de la incertidumbre? ¿por qué el subtítulo de relaciones interculturales y supervivencia digna? En su formulación adivino claves sobre el tono en que está escrito el libro, que luego confirmo en su lectura, en sus apreciaciones, en sus supuestos, en sus juicios. Sobre eso voy. Empezando porque lo opuesto a las veredas de la incertidumbre, sería, quizá, la autopista o la supercarretera de la verdad. Y al hacer esa oposición me queda claro que eso no es el libro, no es un manual ni un ensayo con pretensiones de verdad absoluta e irrebatible. Muy al contrario, en muchas partes se habla con la humildad que dan los años y la experiencia, lo puedo ver en la provisionalidad de sus conclusiones, en la reflexión crítica de los pasos que se dieron, en los matices que hoy asumen frente a los conceptos y las decisiones, pero no en su opción fundamental: siempre quisieron estar allí, acercarse, entender, comprometerse. Se reconocen errores, no muy usual en un trabajo académico, y se presentan logros pero también fracasos, algunos rotundos. Y entonces lo que este texto nos ofrece, si queremos acercarnos a una experiencia semejante, en la vivencia, en la investigación, en la acción social, no es un camino tranquilo, seguro y a toda velocidad, sino más bien el testimonio de algo estrecho, angosto, lleno de quiebres, de recovecos, con subidas y bajadas, como esos caminos montañeros de por esa zona, que avanzan pero que a veces nos parece que retroceden, y sin embargo, siempre nos llevan a alguna parte.
Al leer el libro una cosa que me queda clara es la pasión con la que fue escrito. Me imagino cómo sería su proceso de confección, las horas y horas invertidas en la búsqueda sistemática, comedida y comprometida. Me imagino a Maru y a Eduardo revisando sus cajas y sus archivos de documentos, sus incontables libretas de apuntes (de Eduardo me impresiona que siempre lo veo anotando cosas en su “computadora portátil de papel”, lo mismo en un examen profesional, que en una conferencia, en una clase, en una reunión de cualquier tipo). Me los imagino también discutiendo largamente sobre qué poner y qué no poner, sobre hasta dónde decir y de qué manera expresarlo, preguntándose por qué es justo, qué es cierto, qué es evidente, qué es conveniente, en una palabra, cuestionándose siempre lo que quieren decir. Por ejemplo, como en la misma presentación reconocen, el asunto de la afectividad y el género debió ser tratado con mucho mayor amplitud. Cuántas cosas habrán quedado en el corazón del equipo y de la comunidad. Y sin embargo en el libro se ve una apuesta fundamental, apasionada y decidida, de atreverse a contar algo, de retratar al equipo y a sus integrantes de cuerpo entero. Y lo mismo sucede con la comunidad india, de la que nos ofrece muchos detalles que nos permiten acercarnos a ella y comprenderla de manera más completa y más compleja. Nos habla, por ejemplo, de la importancia de su sistema de cargos en el que se mezcla lo religioso, lo político, lo social, conformando una cultura en la cual el sanmigueleño se mueve con naturalidad y que para el equipo no indio era todo aprendizaje. Nos acerca también al conflicto, ese otro ingrediente perpetuo de todo grupo humano, nos habla de la envidia, y del mal de ojo, del sistema de brujería y la red de curanderos que tiene un lugar especial en San Miguel y al que ellos fueron acercándose con tiento, con ensayos y errores, para al final reconocer que sigue siendo un área difícil de explorar para el no indio y también, aunque diferente, para el indio. De la lectura del libro se queda uno con la idea de una comunidad sorprendentemente viva, todo lo contrario de la pasividad con que es percibida por los ojos del turista. La muestra mayor de lo anterior podría ser, quizá, su enorme capacidad de recuperación ante el desastre, como el que se dio con la caída de los precios del café, con las heladas, con los huracanes y las lluvias torrenciales cuando los sanmigueleños se vuelven sobre sí mismos como comunidad y sacan energía para seguir viviendo, para sobrevivir.
En el libro se retratan con mucho detalle las búsquedas de un equipo que, quizá, al principio vio su objetivo como algo difícil pero relativamente sencillo. Después de todo, visto desde fuera, se trataba simplemente de irse a meter a un pueblo perdido en la Sierra. El sentido común nos diría que allá todo es sencillo, es simple, como el alma del indio. La sola extensión del libro nos muestra lo contrario. Da cuenta cómo ese equipo se fue haciendo cada vez más complejo y se fue replanteando una y otra vez, siempre de manera provisional, lo que quería de verdad hacer y cómo lo quería lograr. Es interesante ver cómo el equipo se ve cimbrado en su interior entre la urgencia de los cambios tangibles y el respeto al ritmo de una comunidad que ha aprendido la paciencia en una historia braudeliana, secular, de largo plazo. Es apasionante y muy ilustrativo conocer sus propuestas para mejorar lo económico, el apoyo a las cooperativas de producción y de consumo, los intentos por una educación diferente que permitieran adaptar y ubicar históricamente los modelos pedagógicos de avanzada, entre muchas acciones que se emprendieron. También es digno de atención el esfuerzo por la formación de agentes de diverso tipo, con la pretensión de que estuvieran anclados en su cultura, en su sitio y en su tiempo: en lo social, en la salud, en el rescate de las tradiciones culturales propias de San Miguel, en lo político y en lo religioso. Son ensayos y errores, ires y venires que hablan de una fuerte dosis de compromiso y de convicción, de apertura para preguntarse y repreguntarse, para seguir en unos esfuerzos y abandonar otros. Así surgió el taller de la tradición oral, las cooperativas y el tema de los derechos humanos, como emergiendo de una vida con un dinamismo incontenible, siempre renovado y retador.
El libro es también el retrato de un equipo que da pasos concretos en la dirección de acercarse al otro. Ese otro que en este caso es la comunidad india sanmigueleña. Ese otro que es atractivo y amenazante a la vez. Ese otro al que se ama de entrada y, conforme avanza el tiempo, se van descubriendo sus contradicciones y sus locuras, y se decide amarlo con más pasión, con decisión, con paciencia y en silencio. Nos habla de un equipo que se valió de conceptos, de estructuras y de ideologías, y a cada vuelta de ciclo y de acumular experiencia se vio en la necesidad de criticar, de revisar, de deconstruir y de reconstruir, para hacer suya una experiencia propia. Nos sitúa de lleno en la discusión sobre el uso que debemos darle a los conceptos académicos, en una pregunta que sigue abierta: ¿hasta dónde nos ayudan a iluminar la realidad y nos permiten tomar decisiones concretas? ¿cómo vigilar que los conceptos no se conviertan en estructuras rígidas que nos ocultan la realidad más real? O, dicho en palabras más comprensibles, ¿cómo escapar a la eterna tentación académica de mirarse complacientemente el ombligo para ajustar la realidad a las teorías? Un reto del que en el libro se da cuenta es el de aterrizar los conceptos, darles contenido cotidiano y establecer criterios de seguimiento. Por supuesto es debatible y permanece abierto, como lo es la experiencia que nos presenta.
El libro también es académico, y vaya que lo es. Quizá no en la tradición, a veces abusiva, de la discusión exhaustiva de conceptos abstractos en sí mismos, pero sí ubicándolos en el tiempo y en el espacio. Quizá ese encuentro del que el libro es reflejo, se queda corto ante la aparente disyuntiva de Bonfil Batalla entre el México imaginario y el México Profundo. Porque en la experiencia narrada descubrimos que, más allá del color de la piel y de nuestra identidad cultural, tenemos todos algo de imaginario y algo de profundo, y entonces es necesario reinventar las categorías de una manera que den cuenta de la complejidad y de los matices de esa experiencia de encuentro.
Y qué decir de la búsqueda, la discusión y la crítica en torno al desarrollo. Como en el libro se menciona, se revisan alternativas: ecodesarrollo, etnodesarrollo, autodesarrollo, incluso desarrollo sustentable. Nos ayuda a ir al centro, a lo simbólico, a lo que la sola palabra desarrollo tiene capacidad de evocar y de provocar. Sugiere que no es viable, incluso en su versión más crítica, la del desarrollo sustentable, porque lleva en sí mismo inoculada la contradicción y la no sustentabilidad. El desarrollo, no importa la variante, se nos muestra como una culebra que termina mordiéndose la cola, haciéndose inviable en sí misma. Por eso me encanta, así sea por su provisionalidad, lo de supervivencia digna. Y al mismo tiempo, nos muestra que podemos vivir, podemos sobrevivir, podemos aguantar hambre, pero no podemos acallar ese algo que nos mueve en la búsqueda de la dignidad, de la propia y de la de los demás, de allí el subtítulo del libro. Cómo llevarlo a cabo es, sin duda, un tema que sigue pendiente y que habrá que seguir elaborando.
Regreso al título para decir que el libro es, diría yo, un ejemplo muy completo de investigación situada, donde la pretensión mayor no es la búsqueda de una verdad absoluta, sino de articular unas pistas que permitan comprender el significado de lo vivido. Se asume desde una postura que sabe, y supera, la inutilidad de una supuesta neutralidad intelectual y hace suya una apuesta social, política y existencial. Allí es donde teje fino y, al permitirnos adentrarnos en la intimidad de la experiencia, se convierte en conocimiento útil, no para replicarlo pero sí para aprehenderlo, para reflexionar la propia experiencia y para disfrutarla.
Al final, me parece que hay que tomar en cuenta y analizar y criticar y revisar las propuestas finales, existenciales, de la vivencia de este equipo: construir relaciones horizontales, buscar estilos de vida sencillos, promover el diálogo intercultural y profundizar en la experiencia espiritual. Es también tarea pendiente, que nos llevará seguramente a transitar, otra vez, por más veredas y por la incertidumbre permanentemente nuestra, pero realmente cercana a nuestra cotidiana existencia humana.
8 de Octubre de 2007
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Cuando Covadonga me invitó a participar en la presentación de este libro, de inmediato dije que sí. Recordé cuándo y cómo empecé a leerlo. Habíamos ido con un grupo de estudiantes de psicología, uniendo de alguna forma los cursos de Psicología Social Comunitaria, de Redacción de Informes de Investigación, y de Métodos Cualitativos, en una muy afortunada “chifladura pedagógica”. Era la fiesta de San Miguel, hace dos años. Allí estábamos, haciendo investigación de campo, intentando acercarnos a la gente, observando, preguntando y preguntándonos. Eduardo era nuestro guía. Nos permitió entrar a su casa, nos habló de su experiencia, nos llevó con sus compadres. Y luego, allí estaba yo leyendo estas páginas, casi quinientas que, como dicen sus autores, es fruto de una reflexión de casi treinta años de experiencia en Tzinacapan. Ya de regreso del viaje, el camino se hizo corto no sólo por la velocidad a la que nos traía nuestro amable chofer, sino por los comentarios, vivos, detallados, que Eduardo me hizo sobre lo que dice y lo que a veces sólo insinúa el libro. Regresé y el libro me atrapó y lo leí con creciente emoción, de esas veces en que uno quisiera que no se acabe. Para escribir esto releo algunas páginas, me voy al prólogo de Touraine, paso por la presentación y las conclusiones, y sigo emocionándome con el libro y descubriendo cosas nuevas, porque ésa es, precisamente, una de sus mayores cualidades: lo invita a uno, y casi lo obliga, a dialogar con ellos y con el grupo, con la comunidad india, también, por supuesto, con uno mismo. Y entonces me pregunto qué puedo decir de este libro, además de decirles que lo lean porque vale la pena que se acerquen a él…
Me detengo en el título y aprovecho algún momento de soledad para pensar en él. ¿Por qué las veredas de la incertidumbre? ¿por qué el subtítulo de relaciones interculturales y supervivencia digna? En su formulación adivino claves sobre el tono en que está escrito el libro, que luego confirmo en su lectura, en sus apreciaciones, en sus supuestos, en sus juicios. Sobre eso voy. Empezando porque lo opuesto a las veredas de la incertidumbre, sería, quizá, la autopista o la supercarretera de la verdad. Y al hacer esa oposición me queda claro que eso no es el libro, no es un manual ni un ensayo con pretensiones de verdad absoluta e irrebatible. Muy al contrario, en muchas partes se habla con la humildad que dan los años y la experiencia, lo puedo ver en la provisionalidad de sus conclusiones, en la reflexión crítica de los pasos que se dieron, en los matices que hoy asumen frente a los conceptos y las decisiones, pero no en su opción fundamental: siempre quisieron estar allí, acercarse, entender, comprometerse. Se reconocen errores, no muy usual en un trabajo académico, y se presentan logros pero también fracasos, algunos rotundos. Y entonces lo que este texto nos ofrece, si queremos acercarnos a una experiencia semejante, en la vivencia, en la investigación, en la acción social, no es un camino tranquilo, seguro y a toda velocidad, sino más bien el testimonio de algo estrecho, angosto, lleno de quiebres, de recovecos, con subidas y bajadas, como esos caminos montañeros de por esa zona, que avanzan pero que a veces nos parece que retroceden, y sin embargo, siempre nos llevan a alguna parte.
Al leer el libro una cosa que me queda clara es la pasión con la que fue escrito. Me imagino cómo sería su proceso de confección, las horas y horas invertidas en la búsqueda sistemática, comedida y comprometida. Me imagino a Maru y a Eduardo revisando sus cajas y sus archivos de documentos, sus incontables libretas de apuntes (de Eduardo me impresiona que siempre lo veo anotando cosas en su “computadora portátil de papel”, lo mismo en un examen profesional, que en una conferencia, en una clase, en una reunión de cualquier tipo). Me los imagino también discutiendo largamente sobre qué poner y qué no poner, sobre hasta dónde decir y de qué manera expresarlo, preguntándose por qué es justo, qué es cierto, qué es evidente, qué es conveniente, en una palabra, cuestionándose siempre lo que quieren decir. Por ejemplo, como en la misma presentación reconocen, el asunto de la afectividad y el género debió ser tratado con mucho mayor amplitud. Cuántas cosas habrán quedado en el corazón del equipo y de la comunidad. Y sin embargo en el libro se ve una apuesta fundamental, apasionada y decidida, de atreverse a contar algo, de retratar al equipo y a sus integrantes de cuerpo entero. Y lo mismo sucede con la comunidad india, de la que nos ofrece muchos detalles que nos permiten acercarnos a ella y comprenderla de manera más completa y más compleja. Nos habla, por ejemplo, de la importancia de su sistema de cargos en el que se mezcla lo religioso, lo político, lo social, conformando una cultura en la cual el sanmigueleño se mueve con naturalidad y que para el equipo no indio era todo aprendizaje. Nos acerca también al conflicto, ese otro ingrediente perpetuo de todo grupo humano, nos habla de la envidia, y del mal de ojo, del sistema de brujería y la red de curanderos que tiene un lugar especial en San Miguel y al que ellos fueron acercándose con tiento, con ensayos y errores, para al final reconocer que sigue siendo un área difícil de explorar para el no indio y también, aunque diferente, para el indio. De la lectura del libro se queda uno con la idea de una comunidad sorprendentemente viva, todo lo contrario de la pasividad con que es percibida por los ojos del turista. La muestra mayor de lo anterior podría ser, quizá, su enorme capacidad de recuperación ante el desastre, como el que se dio con la caída de los precios del café, con las heladas, con los huracanes y las lluvias torrenciales cuando los sanmigueleños se vuelven sobre sí mismos como comunidad y sacan energía para seguir viviendo, para sobrevivir.
En el libro se retratan con mucho detalle las búsquedas de un equipo que, quizá, al principio vio su objetivo como algo difícil pero relativamente sencillo. Después de todo, visto desde fuera, se trataba simplemente de irse a meter a un pueblo perdido en la Sierra. El sentido común nos diría que allá todo es sencillo, es simple, como el alma del indio. La sola extensión del libro nos muestra lo contrario. Da cuenta cómo ese equipo se fue haciendo cada vez más complejo y se fue replanteando una y otra vez, siempre de manera provisional, lo que quería de verdad hacer y cómo lo quería lograr. Es interesante ver cómo el equipo se ve cimbrado en su interior entre la urgencia de los cambios tangibles y el respeto al ritmo de una comunidad que ha aprendido la paciencia en una historia braudeliana, secular, de largo plazo. Es apasionante y muy ilustrativo conocer sus propuestas para mejorar lo económico, el apoyo a las cooperativas de producción y de consumo, los intentos por una educación diferente que permitieran adaptar y ubicar históricamente los modelos pedagógicos de avanzada, entre muchas acciones que se emprendieron. También es digno de atención el esfuerzo por la formación de agentes de diverso tipo, con la pretensión de que estuvieran anclados en su cultura, en su sitio y en su tiempo: en lo social, en la salud, en el rescate de las tradiciones culturales propias de San Miguel, en lo político y en lo religioso. Son ensayos y errores, ires y venires que hablan de una fuerte dosis de compromiso y de convicción, de apertura para preguntarse y repreguntarse, para seguir en unos esfuerzos y abandonar otros. Así surgió el taller de la tradición oral, las cooperativas y el tema de los derechos humanos, como emergiendo de una vida con un dinamismo incontenible, siempre renovado y retador.
El libro es también el retrato de un equipo que da pasos concretos en la dirección de acercarse al otro. Ese otro que en este caso es la comunidad india sanmigueleña. Ese otro que es atractivo y amenazante a la vez. Ese otro al que se ama de entrada y, conforme avanza el tiempo, se van descubriendo sus contradicciones y sus locuras, y se decide amarlo con más pasión, con decisión, con paciencia y en silencio. Nos habla de un equipo que se valió de conceptos, de estructuras y de ideologías, y a cada vuelta de ciclo y de acumular experiencia se vio en la necesidad de criticar, de revisar, de deconstruir y de reconstruir, para hacer suya una experiencia propia. Nos sitúa de lleno en la discusión sobre el uso que debemos darle a los conceptos académicos, en una pregunta que sigue abierta: ¿hasta dónde nos ayudan a iluminar la realidad y nos permiten tomar decisiones concretas? ¿cómo vigilar que los conceptos no se conviertan en estructuras rígidas que nos ocultan la realidad más real? O, dicho en palabras más comprensibles, ¿cómo escapar a la eterna tentación académica de mirarse complacientemente el ombligo para ajustar la realidad a las teorías? Un reto del que en el libro se da cuenta es el de aterrizar los conceptos, darles contenido cotidiano y establecer criterios de seguimiento. Por supuesto es debatible y permanece abierto, como lo es la experiencia que nos presenta.
El libro también es académico, y vaya que lo es. Quizá no en la tradición, a veces abusiva, de la discusión exhaustiva de conceptos abstractos en sí mismos, pero sí ubicándolos en el tiempo y en el espacio. Quizá ese encuentro del que el libro es reflejo, se queda corto ante la aparente disyuntiva de Bonfil Batalla entre el México imaginario y el México Profundo. Porque en la experiencia narrada descubrimos que, más allá del color de la piel y de nuestra identidad cultural, tenemos todos algo de imaginario y algo de profundo, y entonces es necesario reinventar las categorías de una manera que den cuenta de la complejidad y de los matices de esa experiencia de encuentro.
Y qué decir de la búsqueda, la discusión y la crítica en torno al desarrollo. Como en el libro se menciona, se revisan alternativas: ecodesarrollo, etnodesarrollo, autodesarrollo, incluso desarrollo sustentable. Nos ayuda a ir al centro, a lo simbólico, a lo que la sola palabra desarrollo tiene capacidad de evocar y de provocar. Sugiere que no es viable, incluso en su versión más crítica, la del desarrollo sustentable, porque lleva en sí mismo inoculada la contradicción y la no sustentabilidad. El desarrollo, no importa la variante, se nos muestra como una culebra que termina mordiéndose la cola, haciéndose inviable en sí misma. Por eso me encanta, así sea por su provisionalidad, lo de supervivencia digna. Y al mismo tiempo, nos muestra que podemos vivir, podemos sobrevivir, podemos aguantar hambre, pero no podemos acallar ese algo que nos mueve en la búsqueda de la dignidad, de la propia y de la de los demás, de allí el subtítulo del libro. Cómo llevarlo a cabo es, sin duda, un tema que sigue pendiente y que habrá que seguir elaborando.
Regreso al título para decir que el libro es, diría yo, un ejemplo muy completo de investigación situada, donde la pretensión mayor no es la búsqueda de una verdad absoluta, sino de articular unas pistas que permitan comprender el significado de lo vivido. Se asume desde una postura que sabe, y supera, la inutilidad de una supuesta neutralidad intelectual y hace suya una apuesta social, política y existencial. Allí es donde teje fino y, al permitirnos adentrarnos en la intimidad de la experiencia, se convierte en conocimiento útil, no para replicarlo pero sí para aprehenderlo, para reflexionar la propia experiencia y para disfrutarla.
Al final, me parece que hay que tomar en cuenta y analizar y criticar y revisar las propuestas finales, existenciales, de la vivencia de este equipo: construir relaciones horizontales, buscar estilos de vida sencillos, promover el diálogo intercultural y profundizar en la experiencia espiritual. Es también tarea pendiente, que nos llevará seguramente a transitar, otra vez, por más veredas y por la incertidumbre permanentemente nuestra, pero realmente cercana a nuestra cotidiana existencia humana.
8 de Octubre de 2007
miércoles, 26 de septiembre de 2007
Mi padre
(Casi un mes ha pasado sin escribir. Entre que he andado de arriba para abajo, y que no me llega la inspiración, casi se va septiembre entero, pero aquí estoy).
En 1947, en busca de una mejoría económica, quiso emigrar a los Estados Unidos que, entonces, tenía el programa de braceros temporales. Por alguna razón el programa se había suspendido en los centros de Guadalajara y el D. F., por lo que mi padre, entonces de 23 años, se dirigió al norte del país. Llegó a Empalme, Sonora, pues le dijeron que allí llegaban los americanos a buscar gente deseosa de trabajar del otro lado. Tampoco había lugares disponibles en ese momento. Llegó un ranchero del lugar a buscar trabajadores para sus tierras. Preguntó por alguien que supiera manejar tractores John Deere, ofreciendo una paga razonable, además de comida y hospedaje. Mi padre se mostró interesado, aunque le aclaró al dueño -un gordo que bufaba, me dijo- que él había manejado tractores pero de otra marca, no recuerdo cuál, allá en Sahuayo, con el ingeniero Arregui. El ranchero le dijo que no había gran diferencia y que, si se iba a trabajar con él, le recomendaría con el gabacho cuando viniera a buscar braceros para llevarlos a los Estados Unidos. Me fui, me contó mi padre, y me enseñó el ranchero cómo era la caja de velocidades de ese tractor, y a echarme en reversa, haciendo surcos de uno a otro lado. Trabajaba todo el día y me quedaba en unos cuartos de madera con techo de lámina. Una mujer nos preparaba algo de comer, frijoles, tortillas, café, y de allí me llevaba algo más para cuando me daba hambre en el campo. En las noches dormía, tenía un catre y una cobija y allí me quedaba sin problema. Algo logré ahorrar y me mantuve algunos meses en ese trabajo hasta que llegó un americano buscando braceros mexicanos. El ranchero me avisó y me presentó con él, haciéndome prometerle que, cuando se acabara el trabajo del otro lado, me regresaría a trabajar con él, pues le pareció que lo hacía bien.
El gabacho buscaba quiénes quisieran irse a Yuma, Arizona, a trabajar en los campos de brócoli, poniendo el riego y luego cosechándolo. Estuvo unos meses en el lugar, mientras hubo trabajo. Ya se había dispuesto a regresar junto con otros braceros cuando les dijeron que quién quería ir a donde había más trabajo, y mi padre dijo que él estaba dispuesto a hacerlo. Lo llevaron entonces a California, al Valle de Imperial, donde estaría trabajando, también en el campo, algunos años.
En 1947, en busca de una mejoría económica, quiso emigrar a los Estados Unidos que, entonces, tenía el programa de braceros temporales. Por alguna razón el programa se había suspendido en los centros de Guadalajara y el D. F., por lo que mi padre, entonces de 23 años, se dirigió al norte del país. Llegó a Empalme, Sonora, pues le dijeron que allí llegaban los americanos a buscar gente deseosa de trabajar del otro lado. Tampoco había lugares disponibles en ese momento. Llegó un ranchero del lugar a buscar trabajadores para sus tierras. Preguntó por alguien que supiera manejar tractores John Deere, ofreciendo una paga razonable, además de comida y hospedaje. Mi padre se mostró interesado, aunque le aclaró al dueño -un gordo que bufaba, me dijo- que él había manejado tractores pero de otra marca, no recuerdo cuál, allá en Sahuayo, con el ingeniero Arregui. El ranchero le dijo que no había gran diferencia y que, si se iba a trabajar con él, le recomendaría con el gabacho cuando viniera a buscar braceros para llevarlos a los Estados Unidos. Me fui, me contó mi padre, y me enseñó el ranchero cómo era la caja de velocidades de ese tractor, y a echarme en reversa, haciendo surcos de uno a otro lado. Trabajaba todo el día y me quedaba en unos cuartos de madera con techo de lámina. Una mujer nos preparaba algo de comer, frijoles, tortillas, café, y de allí me llevaba algo más para cuando me daba hambre en el campo. En las noches dormía, tenía un catre y una cobija y allí me quedaba sin problema. Algo logré ahorrar y me mantuve algunos meses en ese trabajo hasta que llegó un americano buscando braceros mexicanos. El ranchero me avisó y me presentó con él, haciéndome prometerle que, cuando se acabara el trabajo del otro lado, me regresaría a trabajar con él, pues le pareció que lo hacía bien.
El gabacho buscaba quiénes quisieran irse a Yuma, Arizona, a trabajar en los campos de brócoli, poniendo el riego y luego cosechándolo. Estuvo unos meses en el lugar, mientras hubo trabajo. Ya se había dispuesto a regresar junto con otros braceros cuando les dijeron que quién quería ir a donde había más trabajo, y mi padre dijo que él estaba dispuesto a hacerlo. Lo llevaron entonces a California, al Valle de Imperial, donde estaría trabajando, también en el campo, algunos años.
jueves, 30 de agosto de 2007
Ya son cuarenta
Así es. Desde hoy puedo decir que tengo cuarenta años. Pensaba levantarme temprano para, al irse mis hijos a la escuela, darme una vuelta en la bici por el cerro, pero tenía mucho sueño y hacía mucho frío, así que decidí regresarme a la cama para medio dormitar y medio oír las noticias. Me rasuré y me bañé, escogí la corbata que me pondría y mientras desayunaba eché una rápida ojeada a mis fotos antiguas. Cuántos recuerdos. Cuántos momentos en que ni me imaginaba cómo sería mi vida, qué haría, dónde estaría, ni con quién. Mientras caminaba me seguía acordando de la presentación del libro de ayer, en el Parián. La extraordinaria sencillez de la vida que se adivina en el relato de tres mujeres comunes y corrientes, sus búsquedas, sus amores y sus desengaños, sus compromisos, y sobre todo sus ganas de vivir. De verdad, pensaba ayer mientras escuchaba fragmentos de sus historias, escribir es un acto de amor, sobre todo de amor a uno mismo, pero sobre eso escribiré más delante, me lo prometo. Salí de mi casa y por una vez decidí no correr a la esquina, para ganarle al camión, y me fui despacio, sin prisa. Ya sentado abrí mi libro y seguí releyendo cien años de soledad. La primera vez lo hice por instinto, por casualidad, hace unos veinticuatro años, en Querétaro, seguramente porque recién le habían dado el nóbel y su nombre me sonó. Ahora decidí que tenía que volver a deleitarme con la magia del Gabo. Y no me arrepiento. Mi bici, por hoy, puede esperarme para mañana.
jueves, 16 de agosto de 2007
En silencio te miro
a mi Colocha
10 años después
De noche me despierto y te siento junto a mí.veo sólo sombras
Adivino tu cuerpo, lo siento, pegadito al mío.
Te recorro con mis manos:
tus ojos cerrados,
tu respiración acompasada
que va y viene
una y otra vez.
Me dan ganas de estar despierto
y siento la garganta seca,
la mirada dura,
que no ve,
y la espalda dolorida.
Cuántas horas juntos,
cuántas locuras,
cuánta aventura.
Tus silencios
y los míos, que me duelen.
Hoy,
por ejemplo,
no encuentro las palabras
para decirte
cuánto te quiero.
Mejor te sigo mirando
y me quedo así,
en silencio.
lunes, 13 de agosto de 2007
Reflexiones nocturnas
Es de noche y no puedo dormir. No porque no quiera, a pesar de que algunas cosas me preocupan: recién llegaron los becarios de la sierra y algunos no tienen todavía su horario de clases por algún escollo administrativo. Además, mañana, mejor dicho hoy, inicio un nuevo semestre con mi curso de métodos cualitativos en la universidad. Y aunque es ya la novena vez que lo doy (¡cómo pasa el tiempo!), no dejo de sentir un poco de ansiedad, aunque ya tengo lista la guía, las lecturas, la propuesta de evaluación, todo...
En realidad no duermo porque los vecinos de enfrente, diría mi madre, se lucen. Desde que regresamos de comer con mis suegros, en la tarde, estaban bebiendo y escuchando música afuera de la casa de uno de ellos, justo frente a la nuestra. Un poco antes de las nueve supongo que se les acabó el parque porque salieron despavoridos, ya regresarían después. En ese momento se pudo consumar la rutina nocturna de mis hijos: cenar, piyamas, lavar dientes, medicina, leer, despedidas, dormir. Pero un rato después estaban de regreso, tal pareciera que con renovados bríos: música de banda a todo volumen, botellas y más invitados. Sabía que su pachanga se prolongaría, aunque sea domingo en la noche. Y lo peor es que ni cómo ni con quién quejarse, ni para qué: son policías federales.
Decido tragarme la impotencia y no hacerme mala sangre y mejor tomo mi libro del buró. Es la trilogía del carnaval, de Pitol, que no he podido terminar desde hace tiempo. Me faltan unas páginas y concluyo la segunda novela del libro, "domar a la divina garza", con un estilo muy peculiar y unas aventuras sacadas como de la antiaventura, casi inverosímiles pero muy bien narradas. Sigo con "la vida conyugal", que me gusta mucho más y me hace pensar en la complejidad del amor y del ser humano, los celos, la pasión, las locuras y las sandeces cotidianas. Al leerla voy de la risa a la consternación, a la compasión, una y otra vez. Valió la pena leerlo, pero mis vecinos siguen, literalmente, en su pedo. De repente suben la voz y me acerco a la ventana. Uno avienta al otro y le dice, bastante borracho, que "comigo te vas a hacer hombre, cabrón". Mi esperanza de que después de eso se agarren a golpes y por fin se acabe la guarapeta, se ve frustrada. Ni modo, regreso a mi cama.
Es más de la una de la mañana y busco el libro que dejé pendiente de Savater, la vida eterna. Intento retomar el hilo donde me quedé, y trato de seguir sus disquisiciones en torno a la laicidad, el ateísmo, el fanatismo, el confesionalismo, entre otras cosas. Comparto esa búsqueda eterna de hombres y mujeres por los referentes espirituales, de la necesidad de la certeza de la vida y de la muerte, del más allá y de cómo, en consecuencia, se administran la moral, las conductas, las reglas, en el más acá. Asume una postura crítica, contra las imposiciones y las pretensiones de verdad absoluta que, a fin de cuentas, nos dan seguridad. Una inquietud me queda: cómo compaginar lo espiritual y las necesarias normas de conducta, desde una postura racional, nunca acabada, siempre abierta, incluyendo, por supuesto, la compasión, la gratuidad, y la pasión de la que más tarde hablaría con mis alumnos en clase.
En realidad no duermo porque los vecinos de enfrente, diría mi madre, se lucen. Desde que regresamos de comer con mis suegros, en la tarde, estaban bebiendo y escuchando música afuera de la casa de uno de ellos, justo frente a la nuestra. Un poco antes de las nueve supongo que se les acabó el parque porque salieron despavoridos, ya regresarían después. En ese momento se pudo consumar la rutina nocturna de mis hijos: cenar, piyamas, lavar dientes, medicina, leer, despedidas, dormir. Pero un rato después estaban de regreso, tal pareciera que con renovados bríos: música de banda a todo volumen, botellas y más invitados. Sabía que su pachanga se prolongaría, aunque sea domingo en la noche. Y lo peor es que ni cómo ni con quién quejarse, ni para qué: son policías federales.
Decido tragarme la impotencia y no hacerme mala sangre y mejor tomo mi libro del buró. Es la trilogía del carnaval, de Pitol, que no he podido terminar desde hace tiempo. Me faltan unas páginas y concluyo la segunda novela del libro, "domar a la divina garza", con un estilo muy peculiar y unas aventuras sacadas como de la antiaventura, casi inverosímiles pero muy bien narradas. Sigo con "la vida conyugal", que me gusta mucho más y me hace pensar en la complejidad del amor y del ser humano, los celos, la pasión, las locuras y las sandeces cotidianas. Al leerla voy de la risa a la consternación, a la compasión, una y otra vez. Valió la pena leerlo, pero mis vecinos siguen, literalmente, en su pedo. De repente suben la voz y me acerco a la ventana. Uno avienta al otro y le dice, bastante borracho, que "comigo te vas a hacer hombre, cabrón". Mi esperanza de que después de eso se agarren a golpes y por fin se acabe la guarapeta, se ve frustrada. Ni modo, regreso a mi cama.
Es más de la una de la mañana y busco el libro que dejé pendiente de Savater, la vida eterna. Intento retomar el hilo donde me quedé, y trato de seguir sus disquisiciones en torno a la laicidad, el ateísmo, el fanatismo, el confesionalismo, entre otras cosas. Comparto esa búsqueda eterna de hombres y mujeres por los referentes espirituales, de la necesidad de la certeza de la vida y de la muerte, del más allá y de cómo, en consecuencia, se administran la moral, las conductas, las reglas, en el más acá. Asume una postura crítica, contra las imposiciones y las pretensiones de verdad absoluta que, a fin de cuentas, nos dan seguridad. Una inquietud me queda: cómo compaginar lo espiritual y las necesarias normas de conducta, desde una postura racional, nunca acabada, siempre abierta, incluyendo, por supuesto, la compasión, la gratuidad, y la pasión de la que más tarde hablaría con mis alumnos en clase.
viernes, 10 de agosto de 2007
Los pobres
Siguiendo el diálogo con mi lectora anónima, va esto, esperando que sea útil. Me preguntas si los pobres serán el inicio del camino... No lo sé, pero me hizo pensar y recuperar algunas cosas.
Mi acercamiento a "los pobres" inició como una idea. Cuando me fui a estudiar con los maristas, sin saberlo, me alejé de ellos. Provengo de una familia que podríamos clasificar, si es que se puede, como de clase media baja. Teníamos casa, qué comer, vestir, pero sin lujos. Estudié en una escuela particular, si bien con un buen porcentaje de beca, y de niño fui a otro país en un par de ocasiones, los Estados Unidos, donde trabajaba mi padre. Después él se regresó a México y trabajó el resto de su vida laboral como chofer de su propio taxi. Mi madre terminó la primaria y fue siempre "ama de casa", a veces tejía y a veces vendía ropa americana en abonos y así se ayudaba y nos ayudaba. Mi padre prácticamente no fue a la escuela y ya de joven aprendió a leer y escribir. Ambos me decían que su herencia sería mi educación, que dinero para dejarnos no tenían. Curiosamente los dos mayores estudiamos, incluso un posgrado, y vivimos de ello. Los dos más jóvenes sólo terminaron la secundaria. Mi infancia la pasé en mi barrio, jugando todo lo habido y por haber: futbol, beisbol, trompo, yoyo, balero, carreras, estop, futbol americano, entre lo que me acuerdo. Casi siempre, al llegar la noche me echaban un grito y sólo entonces me ponía a hacer mi tarea, con el cuerpo sudado y las manos llenas de tierra, a veces descalzo. Lo disfruté enormemente. Mi madre, quien de vez en cuando se aparecía en la escuela para hablar con mis profesores, no tenía queja porque yo tenía una excelente memoria y me portaba razonablemente bien. No era siempre el primer lugar, como sí lo era mi hermano mayor, pero era un buen estudiante.
Retomo el hilo. En mis primeros años en las casas de formación (y de deformación, digo ahora) el tema de los pobres sólo apareció en la catequesis de los sábados que dábamos en colonias pobres, junto con dulces, estampitas, cantos con la guitarra y juegos de fútbol. En algún momento viví en una enorme casa con alberca semiolímpica y prácticamente siempre jugué fut en campos perfectamente empastados.
A mis dieciséis años, en Querétaro, inicié mis estudios de normalista. Mi director venía de Roma, pasando por un año en una comunidad "de inserción" en Oaxaca. Él fue el que nos empezó a hablar de los pobres. Inquieto como era, me puse a leer cosas que no entendía del todo pero que me fueron marcando, sin saberlo, el rumbo. Leí la espiritualidad de la liberación de Jon Sobrino, la eclesiogénesis de Leonardo Boff, entre otros que recuerdo. Insisto: no entendía mucho (me hacía falta la filosofía, pero yo todavía no lo sabía), pero me dieron argumentos para empezar a elaborar un discurso. Mis espacios de contacto con los pobres seguían siendo la catequesis de los sábados, la escuelita de verano, y sobre todo las misiones de semana santa. Se convirtieron en espacios de enorme gozo por la convivencia con la gente del pueblo, además de la posibilidad de vivir los afectos de una manera políticamente correcta. Seguí elaborando mi discurso en favor de los pobres. Me consideraba de avanzada y contra los conservadores, sobre todo porque en los que identificaba como tales veía una cerrazón para salir justamente allí, al barrio, a la comunidad, a encontrame con la gente común.
Siguió la etapa del encierro, de la que ya hablé en otra entrada de este blog. Confieso que casi se me olvidaron los pobres, aunque seguí siendo catequista y leyendo autores de avanzada, especialmente Leonardo Boff y algún texto de cristología y otros de eclesiología latinoamericana.
Más adelante incursioné, sobre todo por moda, en la pastoral juvenil, sin tener ninguna preparación, o casi ninguna, aunque yo no lo veía así. Fue doloroso pero ilustrador. Queríamos ir, yo y mis compañeros, a echar un rollo que pronto descubrimos absolutamente vacío a unos jóvenes pobres pero con mucha vida. Allí me di cuenta que no sabía nada de la vida. Por ejemplo, una de las chavas, excelente cantante y con un entusiasmo a toda prueba, nos contaba la realidad de su vida: limitaciones, pobreza, discriminación, machismo, alcohol, violencia. Aprendí, creo, que era mejor callarme y escuchar. Redescubrí los pobres, casi sin quererlo, y empecé a entender que una cosa era la idea y otra las historias concretas.
Fui de misiones ya en otro plan, sin mayor rollo que tirar, y no se me olvida una escena en una remota comunidad de la sierra. Allí me encontré a una profesora de primaria que, enferma, trabajaba con entusiasmo por sus alumnos, muy pobres. En las tardes me ponía a cantar con los niños y de alguna manera me enamoré de hacer eso, idealicé lo que hacía, el lugar, la gente. Recuerdo que por aquella época leí, y cómo lo disfruté, el evangelio de lucas gavilán y jesucristo gómez, de Vicente Leñero. Me veía yo como en una película, siendo el héroe, cambiando las cosas para bien. En el fondo, ahora puedo verlo, intentando borrar el dolor, la desesperanza, la oscuridad de la vida de otros.
Luego, curiosa que es la vida, me fui a la gran manzana, a Nueva York, a estudiar inglés. En algún momento pensé, malpensé, que me enviaban para que me olvidara de los pobres. Tuve discusiones muy interesantes con mis colegas americanos, sobre todo intelectuales. La mayor riqueza fue descubrir que el mundo era inmensamente más grande de lo que me habían enseñado y yo había visto. Aprendí, o empecé a ver, la sencillez de la vida cotidiana. Disfruté, por ejemplo, hacer la comida de vez en cuando; y entender otro idioma y acercarme a otra cultura desde adentro fue un gozo enorme, después de que a mi llegada no entendía prácticamente nada.
Mis primeros años de trabajo profesional fueron como profesor de primaria. Empecé en una escuela relativamente sencilla y luego me enviaron a otras más clasemedieras. Siempre busqué hacer algo, a veces con gran inconstancia, otras con más acierto, por los pobres. Los sábados seguía yendo a la catequesis, ahora complementada con otras cosas: pláticas a los padres y madres, clases de tejido o cosas semejantes, y así por el estilo. Seguía leyendo teología de la liberación y seguía argumentando que quería estar con los pobres. Mi ideal era, en esa época, formar una comunidad en una colonia popular y vivir de mi trabajo. Pronto descubrí que eso no era posible. No en esas condiciones.
Una experiencia más de esa época: estudiaba yo en los veranos en la salle en un programa chafísima dizque de actualización teológica, como le llamaban. Yo me peleaba con los profesores por sus visiones que me parecían anticuadas, conservadoras, retrógradas, etc. Algunos compañeros simpatizaban conmigo y otros no querían ni verme. Reprobé cristología porque en vez de ir a la salle me fui a un curso, también de cristología, al crt con los jesuitas. Así alimentaba mi discurso, mi vida, mis amistades, mis opciones. Ahora veo ese tiempo como un tiempo en el que me interesaba mucho convencer a los demás. Sentía que había descubierto la verdad y quería que, a fuerzas, todos coincidieran.
Aquí le dejo por ahora.
***
Mi acercamiento a "los pobres" inició como una idea. Cuando me fui a estudiar con los maristas, sin saberlo, me alejé de ellos. Provengo de una familia que podríamos clasificar, si es que se puede, como de clase media baja. Teníamos casa, qué comer, vestir, pero sin lujos. Estudié en una escuela particular, si bien con un buen porcentaje de beca, y de niño fui a otro país en un par de ocasiones, los Estados Unidos, donde trabajaba mi padre. Después él se regresó a México y trabajó el resto de su vida laboral como chofer de su propio taxi. Mi madre terminó la primaria y fue siempre "ama de casa", a veces tejía y a veces vendía ropa americana en abonos y así se ayudaba y nos ayudaba. Mi padre prácticamente no fue a la escuela y ya de joven aprendió a leer y escribir. Ambos me decían que su herencia sería mi educación, que dinero para dejarnos no tenían. Curiosamente los dos mayores estudiamos, incluso un posgrado, y vivimos de ello. Los dos más jóvenes sólo terminaron la secundaria. Mi infancia la pasé en mi barrio, jugando todo lo habido y por haber: futbol, beisbol, trompo, yoyo, balero, carreras, estop, futbol americano, entre lo que me acuerdo. Casi siempre, al llegar la noche me echaban un grito y sólo entonces me ponía a hacer mi tarea, con el cuerpo sudado y las manos llenas de tierra, a veces descalzo. Lo disfruté enormemente. Mi madre, quien de vez en cuando se aparecía en la escuela para hablar con mis profesores, no tenía queja porque yo tenía una excelente memoria y me portaba razonablemente bien. No era siempre el primer lugar, como sí lo era mi hermano mayor, pero era un buen estudiante.
Retomo el hilo. En mis primeros años en las casas de formación (y de deformación, digo ahora) el tema de los pobres sólo apareció en la catequesis de los sábados que dábamos en colonias pobres, junto con dulces, estampitas, cantos con la guitarra y juegos de fútbol. En algún momento viví en una enorme casa con alberca semiolímpica y prácticamente siempre jugué fut en campos perfectamente empastados.
A mis dieciséis años, en Querétaro, inicié mis estudios de normalista. Mi director venía de Roma, pasando por un año en una comunidad "de inserción" en Oaxaca. Él fue el que nos empezó a hablar de los pobres. Inquieto como era, me puse a leer cosas que no entendía del todo pero que me fueron marcando, sin saberlo, el rumbo. Leí la espiritualidad de la liberación de Jon Sobrino, la eclesiogénesis de Leonardo Boff, entre otros que recuerdo. Insisto: no entendía mucho (me hacía falta la filosofía, pero yo todavía no lo sabía), pero me dieron argumentos para empezar a elaborar un discurso. Mis espacios de contacto con los pobres seguían siendo la catequesis de los sábados, la escuelita de verano, y sobre todo las misiones de semana santa. Se convirtieron en espacios de enorme gozo por la convivencia con la gente del pueblo, además de la posibilidad de vivir los afectos de una manera políticamente correcta. Seguí elaborando mi discurso en favor de los pobres. Me consideraba de avanzada y contra los conservadores, sobre todo porque en los que identificaba como tales veía una cerrazón para salir justamente allí, al barrio, a la comunidad, a encontrame con la gente común.
Siguió la etapa del encierro, de la que ya hablé en otra entrada de este blog. Confieso que casi se me olvidaron los pobres, aunque seguí siendo catequista y leyendo autores de avanzada, especialmente Leonardo Boff y algún texto de cristología y otros de eclesiología latinoamericana.
Más adelante incursioné, sobre todo por moda, en la pastoral juvenil, sin tener ninguna preparación, o casi ninguna, aunque yo no lo veía así. Fue doloroso pero ilustrador. Queríamos ir, yo y mis compañeros, a echar un rollo que pronto descubrimos absolutamente vacío a unos jóvenes pobres pero con mucha vida. Allí me di cuenta que no sabía nada de la vida. Por ejemplo, una de las chavas, excelente cantante y con un entusiasmo a toda prueba, nos contaba la realidad de su vida: limitaciones, pobreza, discriminación, machismo, alcohol, violencia. Aprendí, creo, que era mejor callarme y escuchar. Redescubrí los pobres, casi sin quererlo, y empecé a entender que una cosa era la idea y otra las historias concretas.
Fui de misiones ya en otro plan, sin mayor rollo que tirar, y no se me olvida una escena en una remota comunidad de la sierra. Allí me encontré a una profesora de primaria que, enferma, trabajaba con entusiasmo por sus alumnos, muy pobres. En las tardes me ponía a cantar con los niños y de alguna manera me enamoré de hacer eso, idealicé lo que hacía, el lugar, la gente. Recuerdo que por aquella época leí, y cómo lo disfruté, el evangelio de lucas gavilán y jesucristo gómez, de Vicente Leñero. Me veía yo como en una película, siendo el héroe, cambiando las cosas para bien. En el fondo, ahora puedo verlo, intentando borrar el dolor, la desesperanza, la oscuridad de la vida de otros.
Luego, curiosa que es la vida, me fui a la gran manzana, a Nueva York, a estudiar inglés. En algún momento pensé, malpensé, que me enviaban para que me olvidara de los pobres. Tuve discusiones muy interesantes con mis colegas americanos, sobre todo intelectuales. La mayor riqueza fue descubrir que el mundo era inmensamente más grande de lo que me habían enseñado y yo había visto. Aprendí, o empecé a ver, la sencillez de la vida cotidiana. Disfruté, por ejemplo, hacer la comida de vez en cuando; y entender otro idioma y acercarme a otra cultura desde adentro fue un gozo enorme, después de que a mi llegada no entendía prácticamente nada.
Mis primeros años de trabajo profesional fueron como profesor de primaria. Empecé en una escuela relativamente sencilla y luego me enviaron a otras más clasemedieras. Siempre busqué hacer algo, a veces con gran inconstancia, otras con más acierto, por los pobres. Los sábados seguía yendo a la catequesis, ahora complementada con otras cosas: pláticas a los padres y madres, clases de tejido o cosas semejantes, y así por el estilo. Seguía leyendo teología de la liberación y seguía argumentando que quería estar con los pobres. Mi ideal era, en esa época, formar una comunidad en una colonia popular y vivir de mi trabajo. Pronto descubrí que eso no era posible. No en esas condiciones.
Una experiencia más de esa época: estudiaba yo en los veranos en la salle en un programa chafísima dizque de actualización teológica, como le llamaban. Yo me peleaba con los profesores por sus visiones que me parecían anticuadas, conservadoras, retrógradas, etc. Algunos compañeros simpatizaban conmigo y otros no querían ni verme. Reprobé cristología porque en vez de ir a la salle me fui a un curso, también de cristología, al crt con los jesuitas. Así alimentaba mi discurso, mi vida, mis amistades, mis opciones. Ahora veo ese tiempo como un tiempo en el que me interesaba mucho convencer a los demás. Sentía que había descubierto la verdad y quería que, a fuerzas, todos coincidieran.
Aquí le dejo por ahora.
miércoles, 8 de agosto de 2007
Recuerdos chiapanecos
Antes de empezar, gracias Cobayo por leer mi blog y por el abrazo; tienes razón, son esos espacios que nos hacen ver la vida desde otro ángulo, y que a menudo pasan en medio de situaciones aparentemente inocuas. A mi lectora o lector anónimo también le agradezco su tiempo; me daban ganas de escribir con la condición de que me dijera quién es (la curiosidad mató al gato), pero mejor lo veo como una buena sugerencia para recobrar algo. Por eso hoy la entrada se llama como se llama, y me limito a transcribir algo que escribí hace más de diez años y se publicó hace como nueve con el título de "diario de un misionero", que es lo que era yo en ese entonces. Por supuesto, lo suscribo totalmente. Espero así corresponder. Saludos.
En el autobús que hace el recorrido de Las Margaritas a Guadalupe Tepeyac -"el celeste"- a media tarde, voy entre sueños. Me extraña que hoy no me vean cara de extranjero los agentes de control migratorio en Zaragoza. Por ello no me solicitan, como siempre que paso por aquí suele suceder, una identificación que me acredite como mexicano. Sí le es requerida, sin embargo, a tres mujeres que subieron un par de kilómetros antes y a quienes imagino maestras, entre mis cabeceadas a causa de los incontables baches, frenazos y curvas propios de estos caminos margaritenses. Porque en esta ruta los únicos rostros no indígenas que se observan son, aparte de algunos rancheros de por el rumbo, los de las decena de maestros y maestras que regentean las escuelas de las comunidades. Minutos más tarde termino de despertarme con el olor de un perfume barato que el calor y el polvo del camino vuelven irrespirable. Y por la plática de las mujeres en cuestión, descubro que estaba yo en un error de apreciación. Dirigiéndose a algún paciente escucha, les oigo decir: "lo bueno de los soldados es que con ellos es rápido; van a lo que van..."; muestran sus preferencias: "aunque todos se drogan, los peores son los paracaidistas; se creen mucho"; y añoran el pasado: "con el general de antes era mejor. Este tiene miedo los periodistas"; o un mejor trato: "es mejor cuando la vienen a buscar a una. Pero todo por ganar un dinero." "Sí, somos mujeres de la zona..."
La de historias que, junto con la militarización y los retenes, nos han llegado en estos tiempos a Chiapas.
***
En el autobús que hace el recorrido de Las Margaritas a Guadalupe Tepeyac -"el celeste"- a media tarde, voy entre sueños. Me extraña que hoy no me vean cara de extranjero los agentes de control migratorio en Zaragoza. Por ello no me solicitan, como siempre que paso por aquí suele suceder, una identificación que me acredite como mexicano. Sí le es requerida, sin embargo, a tres mujeres que subieron un par de kilómetros antes y a quienes imagino maestras, entre mis cabeceadas a causa de los incontables baches, frenazos y curvas propios de estos caminos margaritenses. Porque en esta ruta los únicos rostros no indígenas que se observan son, aparte de algunos rancheros de por el rumbo, los de las decena de maestros y maestras que regentean las escuelas de las comunidades. Minutos más tarde termino de despertarme con el olor de un perfume barato que el calor y el polvo del camino vuelven irrespirable. Y por la plática de las mujeres en cuestión, descubro que estaba yo en un error de apreciación. Dirigiéndose a algún paciente escucha, les oigo decir: "lo bueno de los soldados es que con ellos es rápido; van a lo que van..."; muestran sus preferencias: "aunque todos se drogan, los peores son los paracaidistas; se creen mucho"; y añoran el pasado: "con el general de antes era mejor. Este tiene miedo los periodistas"; o un mejor trato: "es mejor cuando la vienen a buscar a una. Pero todo por ganar un dinero." "Sí, somos mujeres de la zona..."
La de historias que, junto con la militarización y los retenes, nos han llegado en estos tiempos a Chiapas.
***
Esta mañana, mientras desayunamos un plátano asado con una taza de café dulce y varias tortillas bien blancas, escuchamos las noticias. Dicen que los zapatistas no acudirán al diálogo, que exigen antes el cumplimiento de varias condiciones. Una vez más (¿cuántas van?) la incertidumbre se hace presente: ¿qué sigue? ¿hasta dónde llegaremos? Pero, platicando con la gente, esta cálida mañana no parece muy diferente de la del día de ayer.***
A la puerta de la cocina de los viejitos Elvira y Pancho, desgrano junto con ellos el maíz recién traído de la milpa. La cocina es la usual de por estos rumbos, muy pobre: un fogón con leña humeante, el molino de mano paa el nixtamal y unas cuanas ollas y cacerolas abolladas y ennegrecidas por el uso. Es todo. Cerca de nosotros, a mi espalda, los niños juegan a cantar canciones, recitan versos y bombas yucatecas y se divierten brincando el mar y tierra. Son ellos el Aarón, la Chopi, la Inés y dos o tres más cuyas caras risueñas no reconozco. Escojo las mazorcas con cuidado; los granos, apretados unos junto a otros, las hacen lucir hermosas. Hago una pausa para llevarme unos granos de elote tardío, asado, a la boca. Nana Elvira dice entonces, rompiendo el silencio casi sagrado que nos envuelve: "Qué bueno es Dios que nos sigue dando maíz en medio de nuestra pobreza." Bajo la vista hacia los granos que van amontonándose en la canasta y los encuentro más bonitos que nunca: los hay blancos, rojos, rosados, amarillos y hasta de un inusual color naranja. Y, viéndolos, comprendo con cuánta razón este pueblo es llamado "de las mujeres y los hombres de maíz".***
Un rostro más de la pobreza. En la casa del hermano Angel, mientras vamos a avisarle de nuestra presencia en la Comunidad, encontramos a la Irma, su hermanita. Tiene, según nos dicen, veinticinco años. No habla. Sus manos y sus pies, retorcidos, no cesan de moverse cuando advierte nuestra presencia. En su rostro brilla algo así como una chispa de alegría y se va dibujando una sonrisa. "El hermano David le mandó hacer el taburete donde está sentada, pero pasa casi todo el tiempo en la carreta que está afuera" -nos dice su mamá, resignada.***
Ya en la tarde, poco antes del anochecer, me pongo a contar las cadenas montañosas en el horizonte. Distingo cinco, que van desde el verde oscuro de la más cercana, hasta el gris descolorido que, al fondo, se confunde con el cielo y con las nubes cargadas de lluvia. Pienso entonces en los caminos caminados y en cuánto llega uno a amar estas montañas.
lunes, 6 de agosto de 2007
Andanzas en bicicleta
La bici de montaña ha sido, desde hace año y medio, una de mis mayores y mejores aficiones. Empecé con una Benotto con cuadro de acero, de doble suspensión, pesadísima. En realidad del tipo de bicis que parecen ser de montaña pero no aguantan mucho y poco ayudan, excepto porque uno se va habituando. En menos de medio año me eché el rin trasero, los pedales (de plástico) y el tubo del asiento, hecho para andar en la ciudad y que no soporta el traqueteo de una bajada en el cerro. De cualquier manera, fue un inicio interesante.
Hace poco menos de un año me compré mi bici actual, una gt avalance negra, sencilla pero bastante buena, con cuadro de aluminio. Se la compré a Ricardo, un amigo de travesías bicicleteras. Se deshizo de ella por la simple razón de que le quedaba pequeña, mientras que para mí es el tamaño ideal. Me ha dado un excelente servicio, pero ya empieza a notarse la calidad, baja, de algunos de sus componentes. El sábado iba con un grupo de bicicleteros a hacer una ruta muy interesante y demandante. Pasé por una parte lodosa, de subida, y zas, se me rompió el hanger, una patita que une el cuadro con el desviador trasero. Hubo que cortar la cadena, quitar el desviador y, después de mil malabares, pude rodar un rato hasta encontrar camión que me llevara de regreso a Cholula. Gajes del oficio. Nunca pensé que "un poco de lodo" pudiera ocasionar tal problema.
Ayer me la entregó lista el maestro bicicletero, afortunadamente encontró el repuesto original. Por la tarde amenazaba con llover pero mi deseo de probar cómo había quedado la bici era mayor. La volví a sentir en su plenitud, y pude ver el atardecer, un tanto sombrío por las nubes, sobre la mancha urbana del valle de Puebla. El popo estaba totalmente cubierto por las nubes pero aún así valió la pena.
Esta mañana me levanté temprano y me fui al cerro en mi bici. Subí por un camino poco frecuentado y un tanto demandante. Al alcanzar la primera planicie la vista era majestuosa: el popo de frente, con mucha nieve y una fumarola blanca. La luz del amanecer iluminaba sólo de allí para arriba. La parte de abajo permanecía como resistiéndose a la luz, en tonos violetas, azules, grises... A la derecha, el izta también con mucha nieve, era un mudo testigo que hacía majestuosa la vista. Con eso, simplemente, valió la pena, a pesar de la ponchadura de la llanta trasera y yo sin cámara de repuesto.
Hace poco menos de un año me compré mi bici actual, una gt avalance negra, sencilla pero bastante buena, con cuadro de aluminio. Se la compré a Ricardo, un amigo de travesías bicicleteras. Se deshizo de ella por la simple razón de que le quedaba pequeña, mientras que para mí es el tamaño ideal. Me ha dado un excelente servicio, pero ya empieza a notarse la calidad, baja, de algunos de sus componentes. El sábado iba con un grupo de bicicleteros a hacer una ruta muy interesante y demandante. Pasé por una parte lodosa, de subida, y zas, se me rompió el hanger, una patita que une el cuadro con el desviador trasero. Hubo que cortar la cadena, quitar el desviador y, después de mil malabares, pude rodar un rato hasta encontrar camión que me llevara de regreso a Cholula. Gajes del oficio. Nunca pensé que "un poco de lodo" pudiera ocasionar tal problema.
Ayer me la entregó lista el maestro bicicletero, afortunadamente encontró el repuesto original. Por la tarde amenazaba con llover pero mi deseo de probar cómo había quedado la bici era mayor. La volví a sentir en su plenitud, y pude ver el atardecer, un tanto sombrío por las nubes, sobre la mancha urbana del valle de Puebla. El popo estaba totalmente cubierto por las nubes pero aún así valió la pena.
Esta mañana me levanté temprano y me fui al cerro en mi bici. Subí por un camino poco frecuentado y un tanto demandante. Al alcanzar la primera planicie la vista era majestuosa: el popo de frente, con mucha nieve y una fumarola blanca. La luz del amanecer iluminaba sólo de allí para arriba. La parte de abajo permanecía como resistiéndose a la luz, en tonos violetas, azules, grises... A la derecha, el izta también con mucha nieve, era un mudo testigo que hacía majestuosa la vista. Con eso, simplemente, valió la pena, a pesar de la ponchadura de la llanta trasera y yo sin cámara de repuesto.
jueves, 2 de agosto de 2007
La fiesta del pueblo 2
Antes que nada, acuso recibo de mi lector anónimo, que con razón me pregunta qué sigue. Lo que pasó es que ya me tenía que ir y no estaba seguro si el borrador lo podría rescatar después, así que opté por publicar la entrada con la idea de continuarla después, como hago ahora.
También quiero dejar constancia de la alegría que me causó el mensaje de Adolfo hace una semana, después de casi 20 años en que fue mi alumno en lo mi estreno como profesor de primaria. Cómo pasa el tiempo. Prometo pronto escribir algo recordando aquellos días. También escribiré algo más sobre Chiapas, como me pide mi lector anónimo. Con gusto.
***
También quiero dejar constancia de la alegría que me causó el mensaje de Adolfo hace una semana, después de casi 20 años en que fue mi alumno en lo mi estreno como profesor de primaria. Cómo pasa el tiempo. Prometo pronto escribir algo recordando aquellos días. También escribiré algo más sobre Chiapas, como me pide mi lector anónimo. Con gusto.
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Sigue la fiesta del pueblo…
Pasa un grupo de jóvenes tlahualiles, y seguramente otros ya no tan jóvenes. Van vestidos con un pantalón de peto, todo amarillo, y abajo una playera blanca. Me llama la atención que la ropa es talla como XXXL o algo así, y traen entre su cuerpo y la ropa supongo que almohadas o algún relleno que les hace ver como esos gordos que abundan en los yunaites y que parecieran alimentarse exclusivamente de hamburguesas y refrescos. Pasan brincando y bailando. En medio de ellos va un cuate, vestido igual que ellos, conduciendo un triciclo de esos que se usan para repartir tortillas y otras mercancías a domicilio. Sobre el triciclo va un equipo de sonido activado por un acumulador de auto. Van cantando una canción de banda de esas que a cada rato se oyen a todo volumen en las calles del pueblo. Creo que la letra dice algo así como: “como me duele que te saquen a bailar”. Junto al aparato de sonido, una bolsa llena de cervezas y más cosas que no alcanzo a distinguir, pues pasan rápido. La cabeza de los jóvenes va cubierta con máscaras de látex, como las que se usan en jalogüin, la mayoría grotescas. Se nota que llevan buen rato caminando, brincando y cantando. Cuando pasan frente a nosotros algunos se levantan la máscara para refrescarse un poco. Otros aprovechan y corren a la tienda de mi tío y piden cervezas con las que llenan unos biberones de los que se usan para dar leche a los becerros que pierden a su madre. Las llenan, acomodan la mamila y siguen caminando y bebiendo. Otros llevan espuma en aerosol y cuando reconocen a alguien se acercan y le rocían la cara, el cuerpo, lo que pueden o lo que se deja. Hay quienes también avientan una mezcla de confeti y dulces que, claro, mis hijos y otros niños se apresuran a levantar.
Otro grupo, muy numeroso y como el anterior, mayormente de jóvenes, lleva también pantalón de peto y una playera color naranja, en la que destaca una leyenda que dice “no al aborto”. Por alguna extraña razón todos llevan el mismo número en la espalda, el 69, lo cual me hace sonreir. Al verlos no creo que sepan siquiera por qué el letrero al frente ni el número detrás, pero tampoco parece importarles demasiado. Su comportamiento es prácticamente el mismo que los del grupo anterior, pero en vez de grupo musical propio va detrás de ellos una banda de música de viento a la que contratan por cierto número de horas y le van pidiendo que ejecute una u otra canción. Esas bandas, por cierto, abundan en la fiesta del pueblo y vienen de todo el estado, sobre todo de la meseta purépecha.
En algún momento enfrente de nosotros se para un trío de personajes, dos de ellos trajeados, algo inusual en el pueblo, con micrófono en mano, de esos que tienen una esponja de color y un cubo en el mango. El otro, más joven y menos arreglado, trae una cámara de video pequeña, que ya enfoca, ya mira, ya la tapa y la apaga y luego la vuelve a prender. Evidentemente son de una televisora de algún lugar. Hacen algunas tomas de prueba con los tlahualiles tradicionales y luego entrevistan a los que parecen ser jefes de una de las bandas de música de viento. Ellos, en reconocimiento, ejecutan La Negra a todo lo que dan, mientras el de la cámara los filma. Después buscan con la mirada a alguien a quien entrevistar, alguien que tenga cara de aportar algo más que las ganas de beber, pues es lo que domina en esos momentos. Casualmente viene el profesor Chavo, ya bastante grande pero respetable como siempre, alguien que ha sido maestro de inglés de muchísima gente en la prepa y en secundarias del pueblo y que, supongo, ahora vive de sus rentas. Viene con un periódico doblado bajo el brazo, lo que evidentemente le da cierto aire intelectual: en mi pueblo nadie lee. Su ropa no es la más elegante, le conocí otra mucho mejor cuando yo era niño y amigo de su único hijo, y tampoco parece estar muy limpia ni planchada, pero eso no importa. En menos de lo que se lo piden, ya está sonriendo a la cámara y pronto está dando su opinión de cuanta cosa le preguntan los entrevistadores, pero con el bullicio y el ir y venir de la gente no alcanzo a escuchar lo que dice, a pesar de que está a no más de dos metros de donde estoy sentado.
El patrón sigue sin aparecer aunque se supone que por mi esquina pasaría temprano. Me alegro por ello y sigo disfrutando, con mi hermano menor, el californiano, los generosos vasos de scotch con agua mineral en las rocas. Con el calor y el ir y venir, es lo menos que podemos hacer. Afortunadamente no llueve, como a menudo ocurría cuando yo era niño. Recuerdo especialmente aquellas ocasiones en que mi hermano mayor me convencía de que saliéramos de tlahualiles y allí estábamos, con una buena bola de chavos del barrio. Nos poníamos pantalones cortos (en aquella época no les llamábamos shorts) y una máscara del luchador de moda, agarrábamos un palo de escoba y nos lanzábamos a recorrer el pueblo. Lo malo es que siempre llovía y acabábamos antes de tiempo, con frío y hambreados. Más valía regresar a casa.
Recuerdo también que en aquellas épocas algo que causaba mucha gracia era que algunos de los tlahualiles que desfilaban, los más atrevidos, se vestían como afeminados. Se ponían una peluca en la cabeza, se enfundaban en un vestido de mujer y se contoneaban por la calle, ante la risa y la burla de la gente, divertida, que parecía no sentirse ofendida.
Por la calle pasan vendiendo de todo: unos helados como en forma de chupirul, de vainilla y con una raja de ate que el vendedor saca de un bote grande, en moldes de lámina. Los mete en agua para que se aflojen y luego los medio envuelve en papel de estraza. Sólo por el placer de recordar corro y compro uno para mí y otro para mis hijos. También venden quiote con limón, sal y chile. Unos chavos que están junto a mí no saben ni qué es, son de fuera. Les explico de qué se trata y se animan a probarlo. Mi papá pide dos rodajas y me regala una, que encuentro sabrosísima. Venden un montón de cosas de comer: duros con chile, como les llamamos acá a los chicharrones de harina, elotes, cocadas que se ven deliciosas, raspados, entre muchas otras cosas. También juguetes: Fer compra un spider y Juan una pistola de plástico que avientas y le sale un papel que parece espantasuegras.
Ya se oye que viene el patrón. Como en los viejos tiempos, lo viene cargando un grupo de sus más devotos, los que cumplen mandas o los que tienen algún cargo en la organización de las fiestas. Viene precedido por unos patroncitos, en realidad adultos que llevan un pequeño caballo de madera, o la cabeza de éste, a su cuerpo, y vestidos como el patrón verdadero. Llevan machetes grandes de metal pero sin filo, y se enfrascan en escaramuzas con cuanto tlahualil se les pone enfrente, en una representación de la lucha de los moros contra los cristianos. Al chocar los machetes con los palos se oye un ruido agudo, metálico, como de campana, a un ritmo que se va intensificando mientras cambian de lugar y se encuentran una y otra vez. Al final, simbólicamente el moro acaba en el piso mientras los patroncitos son los vencedores.
Ya muy cerca del patrón, rodeándolo, algunas personas sostienen una cuerda, como apartando a los que realmente quieren ir cerca, de los demás en el jolgorio. Van más tranquilos, serios, con cara de devoción, y obviamente sin beber. Cuando era niño, al llegar a la esquina empezaba la ristra de cohetes y yo veía desde la azotea el humo de la pólvora quemada. Mi tía Estela, que murió apenas quince días antes, ya había pedido cooperación para los cohetes y se acercaba a aventarle confeti y a rociarle un pomo de loción, generalmente de buena marca. La gente le gritaba vivas al patrón y a la virgen de Guadalupe, se persignaba y guardaba silencio. Hoy poco queda de aquello. Si acaso la gente se levanta y al poco rato empieza a irse. Ya que pasó el patrón casi no pasa nadie. Después de un rato sólo van de regreso uno que otro desbandado, perdido o de plano borracho. La gente se baja de la banqueta y hace círculo con las sillas. Sigue la fiesta de mi pueblo. Es una mezcla de devoción, destrampe, socialización, diversión, consumo y no sé cuántas cosas más. Es la fiesta de mi pueblo.
Pasa un grupo de jóvenes tlahualiles, y seguramente otros ya no tan jóvenes. Van vestidos con un pantalón de peto, todo amarillo, y abajo una playera blanca. Me llama la atención que la ropa es talla como XXXL o algo así, y traen entre su cuerpo y la ropa supongo que almohadas o algún relleno que les hace ver como esos gordos que abundan en los yunaites y que parecieran alimentarse exclusivamente de hamburguesas y refrescos. Pasan brincando y bailando. En medio de ellos va un cuate, vestido igual que ellos, conduciendo un triciclo de esos que se usan para repartir tortillas y otras mercancías a domicilio. Sobre el triciclo va un equipo de sonido activado por un acumulador de auto. Van cantando una canción de banda de esas que a cada rato se oyen a todo volumen en las calles del pueblo. Creo que la letra dice algo así como: “como me duele que te saquen a bailar”. Junto al aparato de sonido, una bolsa llena de cervezas y más cosas que no alcanzo a distinguir, pues pasan rápido. La cabeza de los jóvenes va cubierta con máscaras de látex, como las que se usan en jalogüin, la mayoría grotescas. Se nota que llevan buen rato caminando, brincando y cantando. Cuando pasan frente a nosotros algunos se levantan la máscara para refrescarse un poco. Otros aprovechan y corren a la tienda de mi tío y piden cervezas con las que llenan unos biberones de los que se usan para dar leche a los becerros que pierden a su madre. Las llenan, acomodan la mamila y siguen caminando y bebiendo. Otros llevan espuma en aerosol y cuando reconocen a alguien se acercan y le rocían la cara, el cuerpo, lo que pueden o lo que se deja. Hay quienes también avientan una mezcla de confeti y dulces que, claro, mis hijos y otros niños se apresuran a levantar.
Otro grupo, muy numeroso y como el anterior, mayormente de jóvenes, lleva también pantalón de peto y una playera color naranja, en la que destaca una leyenda que dice “no al aborto”. Por alguna extraña razón todos llevan el mismo número en la espalda, el 69, lo cual me hace sonreir. Al verlos no creo que sepan siquiera por qué el letrero al frente ni el número detrás, pero tampoco parece importarles demasiado. Su comportamiento es prácticamente el mismo que los del grupo anterior, pero en vez de grupo musical propio va detrás de ellos una banda de música de viento a la que contratan por cierto número de horas y le van pidiendo que ejecute una u otra canción. Esas bandas, por cierto, abundan en la fiesta del pueblo y vienen de todo el estado, sobre todo de la meseta purépecha.
En algún momento enfrente de nosotros se para un trío de personajes, dos de ellos trajeados, algo inusual en el pueblo, con micrófono en mano, de esos que tienen una esponja de color y un cubo en el mango. El otro, más joven y menos arreglado, trae una cámara de video pequeña, que ya enfoca, ya mira, ya la tapa y la apaga y luego la vuelve a prender. Evidentemente son de una televisora de algún lugar. Hacen algunas tomas de prueba con los tlahualiles tradicionales y luego entrevistan a los que parecen ser jefes de una de las bandas de música de viento. Ellos, en reconocimiento, ejecutan La Negra a todo lo que dan, mientras el de la cámara los filma. Después buscan con la mirada a alguien a quien entrevistar, alguien que tenga cara de aportar algo más que las ganas de beber, pues es lo que domina en esos momentos. Casualmente viene el profesor Chavo, ya bastante grande pero respetable como siempre, alguien que ha sido maestro de inglés de muchísima gente en la prepa y en secundarias del pueblo y que, supongo, ahora vive de sus rentas. Viene con un periódico doblado bajo el brazo, lo que evidentemente le da cierto aire intelectual: en mi pueblo nadie lee. Su ropa no es la más elegante, le conocí otra mucho mejor cuando yo era niño y amigo de su único hijo, y tampoco parece estar muy limpia ni planchada, pero eso no importa. En menos de lo que se lo piden, ya está sonriendo a la cámara y pronto está dando su opinión de cuanta cosa le preguntan los entrevistadores, pero con el bullicio y el ir y venir de la gente no alcanzo a escuchar lo que dice, a pesar de que está a no más de dos metros de donde estoy sentado.
El patrón sigue sin aparecer aunque se supone que por mi esquina pasaría temprano. Me alegro por ello y sigo disfrutando, con mi hermano menor, el californiano, los generosos vasos de scotch con agua mineral en las rocas. Con el calor y el ir y venir, es lo menos que podemos hacer. Afortunadamente no llueve, como a menudo ocurría cuando yo era niño. Recuerdo especialmente aquellas ocasiones en que mi hermano mayor me convencía de que saliéramos de tlahualiles y allí estábamos, con una buena bola de chavos del barrio. Nos poníamos pantalones cortos (en aquella época no les llamábamos shorts) y una máscara del luchador de moda, agarrábamos un palo de escoba y nos lanzábamos a recorrer el pueblo. Lo malo es que siempre llovía y acabábamos antes de tiempo, con frío y hambreados. Más valía regresar a casa.
Recuerdo también que en aquellas épocas algo que causaba mucha gracia era que algunos de los tlahualiles que desfilaban, los más atrevidos, se vestían como afeminados. Se ponían una peluca en la cabeza, se enfundaban en un vestido de mujer y se contoneaban por la calle, ante la risa y la burla de la gente, divertida, que parecía no sentirse ofendida.
Por la calle pasan vendiendo de todo: unos helados como en forma de chupirul, de vainilla y con una raja de ate que el vendedor saca de un bote grande, en moldes de lámina. Los mete en agua para que se aflojen y luego los medio envuelve en papel de estraza. Sólo por el placer de recordar corro y compro uno para mí y otro para mis hijos. También venden quiote con limón, sal y chile. Unos chavos que están junto a mí no saben ni qué es, son de fuera. Les explico de qué se trata y se animan a probarlo. Mi papá pide dos rodajas y me regala una, que encuentro sabrosísima. Venden un montón de cosas de comer: duros con chile, como les llamamos acá a los chicharrones de harina, elotes, cocadas que se ven deliciosas, raspados, entre muchas otras cosas. También juguetes: Fer compra un spider y Juan una pistola de plástico que avientas y le sale un papel que parece espantasuegras.
Ya se oye que viene el patrón. Como en los viejos tiempos, lo viene cargando un grupo de sus más devotos, los que cumplen mandas o los que tienen algún cargo en la organización de las fiestas. Viene precedido por unos patroncitos, en realidad adultos que llevan un pequeño caballo de madera, o la cabeza de éste, a su cuerpo, y vestidos como el patrón verdadero. Llevan machetes grandes de metal pero sin filo, y se enfrascan en escaramuzas con cuanto tlahualil se les pone enfrente, en una representación de la lucha de los moros contra los cristianos. Al chocar los machetes con los palos se oye un ruido agudo, metálico, como de campana, a un ritmo que se va intensificando mientras cambian de lugar y se encuentran una y otra vez. Al final, simbólicamente el moro acaba en el piso mientras los patroncitos son los vencedores.
Ya muy cerca del patrón, rodeándolo, algunas personas sostienen una cuerda, como apartando a los que realmente quieren ir cerca, de los demás en el jolgorio. Van más tranquilos, serios, con cara de devoción, y obviamente sin beber. Cuando era niño, al llegar a la esquina empezaba la ristra de cohetes y yo veía desde la azotea el humo de la pólvora quemada. Mi tía Estela, que murió apenas quince días antes, ya había pedido cooperación para los cohetes y se acercaba a aventarle confeti y a rociarle un pomo de loción, generalmente de buena marca. La gente le gritaba vivas al patrón y a la virgen de Guadalupe, se persignaba y guardaba silencio. Hoy poco queda de aquello. Si acaso la gente se levanta y al poco rato empieza a irse. Ya que pasó el patrón casi no pasa nadie. Después de un rato sólo van de regreso uno que otro desbandado, perdido o de plano borracho. La gente se baja de la banqueta y hace círculo con las sillas. Sigue la fiesta de mi pueblo. Es una mezcla de devoción, destrampe, socialización, diversión, consumo y no sé cuántas cosas más. Es la fiesta de mi pueblo.
miércoles, 1 de agosto de 2007
La fiesta del pueblo 1
Así le llaman, la fiesta del pueblo, de mi pueblo. Cuando un "fuereño" como yo va y lo ven los vecinos, así le preguntan: ¿viniste a la fiesta? sí, a eso vinimos. Y hete aquí que allí estamos, en primera fila gracias a que por la calle donde está la casa de mis padres, en la que crecí, pasa el patrón del pueblo.
Desde temprano la gente aparta su lugar. Sacan decenas, cientos de sillas de todos tipos: grandes, pequeñas, de madera, de aluminio, de plástico y, cosa curiosa, las amarran para que no se las lleven. La fiesta empieza como un desfile de los "tlahualiles". Así se les llama a quienes, por pagar una manda, por devoción o simple gusto, se visten con un traje al que le pegan pequeños tubitos de metal que suenan al ritmo en que van avanzando, con un sonido agradable, constante: chun, chun, chun, chun, chun. Cubren su cara con unas máscaras enormes, de un metro o más, consistentes en una careta hecha de cartón y adornada hacia arriba con plumas, espejos, estampas, chaquira, peluche o cualquier material que se pueda ocurrir. Son tan pesadas que llevan hasta unos mecates o cuerdas para agarrarlas desde arriba y que no se caigan. Nunca he desfilado yo como tlahualil, pero recuerdo haber visto en mi infancia cómo hacían las máscaras, a partir de un molde de su propia cara con periódico y engrudo, y cómo iban dándole forma, todos al parejo, en un trabajo artesanal que les llevaba semanas, si no es que meses. Al final, la imagen es muy elegante. Recuerdo haber visto grupos de más de cincuenta participantes, todo un espectáculo. Las máscaras eran tan grandes que tenía que ir alguien al pendiente de que no se atoraran en las "composturas", adornos que se ponían de un lado a otro de la calle, con tela, juncia, papel picado, o plástico, generalmente de un color distinto en cada cuadra.
Ahora que regreso quiero ver la fiesta con ojos de espectador, de extraño, casi de antropólogo. No juzgar, sólo ver. Veo que ahora los tlahualiles vestidos del modo tradicional son los menos, y los pocos que pasan casi ni tienen espacio para ir corriendo rítmicamente, como cuando yo era niño. Porque, además, cientos, miles de personas van caminando al mismo tiempo por las calles, saludando a conocidos y familiares que se encuentran por el recorrido. Se paran un rato a platicar si la ocasión lo amerita, y hasta se toman un refresco, cerveza, o el tradicional ponche elaborado con jugo de granadas agrias y otras frutas, con alcohol, claro.
Desde temprano la gente aparta su lugar. Sacan decenas, cientos de sillas de todos tipos: grandes, pequeñas, de madera, de aluminio, de plástico y, cosa curiosa, las amarran para que no se las lleven. La fiesta empieza como un desfile de los "tlahualiles". Así se les llama a quienes, por pagar una manda, por devoción o simple gusto, se visten con un traje al que le pegan pequeños tubitos de metal que suenan al ritmo en que van avanzando, con un sonido agradable, constante: chun, chun, chun, chun, chun. Cubren su cara con unas máscaras enormes, de un metro o más, consistentes en una careta hecha de cartón y adornada hacia arriba con plumas, espejos, estampas, chaquira, peluche o cualquier material que se pueda ocurrir. Son tan pesadas que llevan hasta unos mecates o cuerdas para agarrarlas desde arriba y que no se caigan. Nunca he desfilado yo como tlahualil, pero recuerdo haber visto en mi infancia cómo hacían las máscaras, a partir de un molde de su propia cara con periódico y engrudo, y cómo iban dándole forma, todos al parejo, en un trabajo artesanal que les llevaba semanas, si no es que meses. Al final, la imagen es muy elegante. Recuerdo haber visto grupos de más de cincuenta participantes, todo un espectáculo. Las máscaras eran tan grandes que tenía que ir alguien al pendiente de que no se atoraran en las "composturas", adornos que se ponían de un lado a otro de la calle, con tela, juncia, papel picado, o plástico, generalmente de un color distinto en cada cuadra.
Ahora que regreso quiero ver la fiesta con ojos de espectador, de extraño, casi de antropólogo. No juzgar, sólo ver. Veo que ahora los tlahualiles vestidos del modo tradicional son los menos, y los pocos que pasan casi ni tienen espacio para ir corriendo rítmicamente, como cuando yo era niño. Porque, además, cientos, miles de personas van caminando al mismo tiempo por las calles, saludando a conocidos y familiares que se encuentran por el recorrido. Se paran un rato a platicar si la ocasión lo amerita, y hasta se toman un refresco, cerveza, o el tradicional ponche elaborado con jugo de granadas agrias y otras frutas, con alcohol, claro.
jueves, 19 de julio de 2007
La ética
Antes de entrar al tema, acuso recibo de dos comentarios a mi anterior entrada, ambas de anónimos. Lástima, como "escribidor", siempre es emocionante saber quién lo lee a uno. Tal vez algún día. Curiosamente, comentarios contrastantes. Uno alaba mi manera de escribir, el otro la denigra, o al menos eso entiendo: en portugués supogo que "estúpido" sigue siendo lo mismo que en castellano.
Quiero escribir algo sobre la ética, como lo dice el título. Empiezo por el contexto. El fin de semana pasada, y el que empieza mañana, estoy dando un curso por cuarto año consecutivo, en veracruz, sobre el tema de derechos humanos y educación. Más o menos la lógica del curso es: estudiar el concepto de derechos humanos, que surge como un discurso que "no es nada" por sí solo, pero ofrece la posibilidad de hacer una lucha para vivir de acuerdo a ciertos ideales. El caso de Lidya Cacho contra el góber precioso, creo, se vuelve aquí paradigmático: precisamente a partir de un discurso de derechos humanos, enarbolado por quien se dice de una defensora de derechos, fue posible lograr lo que se ha logrado. Digan lo que digan sus achichincles, el señor es un cadáver político. No fue el discurso por sí solo, para ello hay que ver el "compromiso" de las autoridades en general con los derechos humanos, para seguir chupándose el dedo. Más bien creo que fue, el discurso, el pretexto para articular toda una serie de poderes, de sensaciones (me acuerdo de la marcha del año pasado y la energía que parecía circular entre los asistentes), que permtió cobrar facturas sociales. Lo mínimo que se podía hacer. Pero los derechos humanos son eso, justamente, un discurso que incluso se usa contra los mismos profesores, quienes suelen decir: no le hagas o digas nada a tal o cual niño porque te las verás con derechos humanos. Depende, en suma, de su uso.
La tercera sesión es el intento de llevar la educación en derechos humanos a un plano pedagógico y didáctico, y ofrecer herramientas concretas para llevar a cabo algunas actividades concretas. Tratamos y experimentamos cuestiones como discusión de dilemas, clarificación de valores, filosofía para niños, resolución de conflictos, etcétera. De hecho hay, afortunadamente, muchas opciones de dónde escoger. El punto que me interesa enfatizar, aquí, y en el cual insisto a mis alumnos, es procurar que ello no se convierta en un discurso que puede ser muy a la moda y políticamente correcto, pero vacío. Entonces es necesario plantear desde dónde lo anclamos. Y es allí a donde apunta la segunda sesión.
Se me ha ocurrido utilizar para ello, al principio casi como ocurrencia, ahora me convenzo más de su utilidad, un concepto de Savater. Se trata de la ética como amor propio, que le da nombre a uno de sus libros. Sucede que se dio una discusión que me puso en aprietos por lo que me parece el puritanismo de algunos alumnos, que argumentaro que cómo podía invocar a la posmodernidad y luego presentar a un autor (despectivamente) moderno. Hablaron entonces, asumiéndose sin decirlo con todas sus letras, posmoderno, de que ya no caben los metarrelatos, de que ellos han ido más allá de la religión, de que no hay universales, y mucho más. Mi argumento fue: no intento presentarles un metarrelato, ni tirarles un rollo para que me lo creano. Mi intención como académico es presentarles a un autor que, creo (y subrayo la palabra), tiene algo que decir. Ha elaborado algo que me parece que podamos tomar en cuenta. Critiquémoslo, analicémoslo, destrocémoslo y, después, decidamos si queremos quedarnos con algo de lo que nos dice.
Busqué esta semana algo de la ética posmoderna. Me fui a Vattimo y me encontré, decepcionado, con lo que hace ya diez años había leído. Su discurso posmoderno, posmetafísico, postodo, y el rollo ese del pensamiento débil. Debo confesar que me decepciona y lo siento, efectivamente, débil. No sé cómo se vive en lo que antes se llamaba primer mundo, pero supongo que de manera muy diferente a como lo hacemos acá, al menos en términos de los referentes éticos, morales, de conducta. Estoy en contra de una supuesta metafísica, como Vattimo, pero mi diario existir me dice que necesitamos reglas. Por supuesto, no se trata de universales, inamovibles, absolutos, con una sola interpretación. Algo que argumentan los posmodernos extremos es que la ética habría que vivirla como una permanente hermenéutica. El asunto es que, aún así, para hipotéticamente hacer la primera interpretación, necesitamos algo que sirva de referente. Yo creo que el discurso de Savater nos permite construir algo más pedagógico, más realista, más asible. A partir de un ser que es pero que sobre todo está siendo, y siempre en diálogo, surge la necesidad de establecer (no "recibir"), construir, ciertos principios. Y no nos pueden obligar a seguirlos, sino convencernos, incluso no sin cierta dosis de lavado de cerebro, de que eso es lo que nos permite seguir avanzando.
Hoy mi realidad me lo ha recordado, dolorosa e impotentemente, en el contexto de mi convivencia cotidiana: ¿cómo actuar con un vecino que tiene perros y que los suelta y se cagan en mi jardín y le vale madres? ¿cómo actuar si sé, si veo, que es policía y trae permanentemente una pistola al cinto? ¿es posible hacer algo? ¿para qué me sirve la buena intención hermenéutica de manera radical?
No es fácil pasar del discurso a la existencia cotidiana, eso me queda claro.
Quiero escribir algo sobre la ética, como lo dice el título. Empiezo por el contexto. El fin de semana pasada, y el que empieza mañana, estoy dando un curso por cuarto año consecutivo, en veracruz, sobre el tema de derechos humanos y educación. Más o menos la lógica del curso es: estudiar el concepto de derechos humanos, que surge como un discurso que "no es nada" por sí solo, pero ofrece la posibilidad de hacer una lucha para vivir de acuerdo a ciertos ideales. El caso de Lidya Cacho contra el góber precioso, creo, se vuelve aquí paradigmático: precisamente a partir de un discurso de derechos humanos, enarbolado por quien se dice de una defensora de derechos, fue posible lograr lo que se ha logrado. Digan lo que digan sus achichincles, el señor es un cadáver político. No fue el discurso por sí solo, para ello hay que ver el "compromiso" de las autoridades en general con los derechos humanos, para seguir chupándose el dedo. Más bien creo que fue, el discurso, el pretexto para articular toda una serie de poderes, de sensaciones (me acuerdo de la marcha del año pasado y la energía que parecía circular entre los asistentes), que permtió cobrar facturas sociales. Lo mínimo que se podía hacer. Pero los derechos humanos son eso, justamente, un discurso que incluso se usa contra los mismos profesores, quienes suelen decir: no le hagas o digas nada a tal o cual niño porque te las verás con derechos humanos. Depende, en suma, de su uso.
La tercera sesión es el intento de llevar la educación en derechos humanos a un plano pedagógico y didáctico, y ofrecer herramientas concretas para llevar a cabo algunas actividades concretas. Tratamos y experimentamos cuestiones como discusión de dilemas, clarificación de valores, filosofía para niños, resolución de conflictos, etcétera. De hecho hay, afortunadamente, muchas opciones de dónde escoger. El punto que me interesa enfatizar, aquí, y en el cual insisto a mis alumnos, es procurar que ello no se convierta en un discurso que puede ser muy a la moda y políticamente correcto, pero vacío. Entonces es necesario plantear desde dónde lo anclamos. Y es allí a donde apunta la segunda sesión.
Se me ha ocurrido utilizar para ello, al principio casi como ocurrencia, ahora me convenzo más de su utilidad, un concepto de Savater. Se trata de la ética como amor propio, que le da nombre a uno de sus libros. Sucede que se dio una discusión que me puso en aprietos por lo que me parece el puritanismo de algunos alumnos, que argumentaro que cómo podía invocar a la posmodernidad y luego presentar a un autor (despectivamente) moderno. Hablaron entonces, asumiéndose sin decirlo con todas sus letras, posmoderno, de que ya no caben los metarrelatos, de que ellos han ido más allá de la religión, de que no hay universales, y mucho más. Mi argumento fue: no intento presentarles un metarrelato, ni tirarles un rollo para que me lo creano. Mi intención como académico es presentarles a un autor que, creo (y subrayo la palabra), tiene algo que decir. Ha elaborado algo que me parece que podamos tomar en cuenta. Critiquémoslo, analicémoslo, destrocémoslo y, después, decidamos si queremos quedarnos con algo de lo que nos dice.
Busqué esta semana algo de la ética posmoderna. Me fui a Vattimo y me encontré, decepcionado, con lo que hace ya diez años había leído. Su discurso posmoderno, posmetafísico, postodo, y el rollo ese del pensamiento débil. Debo confesar que me decepciona y lo siento, efectivamente, débil. No sé cómo se vive en lo que antes se llamaba primer mundo, pero supongo que de manera muy diferente a como lo hacemos acá, al menos en términos de los referentes éticos, morales, de conducta. Estoy en contra de una supuesta metafísica, como Vattimo, pero mi diario existir me dice que necesitamos reglas. Por supuesto, no se trata de universales, inamovibles, absolutos, con una sola interpretación. Algo que argumentan los posmodernos extremos es que la ética habría que vivirla como una permanente hermenéutica. El asunto es que, aún así, para hipotéticamente hacer la primera interpretación, necesitamos algo que sirva de referente. Yo creo que el discurso de Savater nos permite construir algo más pedagógico, más realista, más asible. A partir de un ser que es pero que sobre todo está siendo, y siempre en diálogo, surge la necesidad de establecer (no "recibir"), construir, ciertos principios. Y no nos pueden obligar a seguirlos, sino convencernos, incluso no sin cierta dosis de lavado de cerebro, de que eso es lo que nos permite seguir avanzando.
Hoy mi realidad me lo ha recordado, dolorosa e impotentemente, en el contexto de mi convivencia cotidiana: ¿cómo actuar con un vecino que tiene perros y que los suelta y se cagan en mi jardín y le vale madres? ¿cómo actuar si sé, si veo, que es policía y trae permanentemente una pistola al cinto? ¿es posible hacer algo? ¿para qué me sirve la buena intención hermenéutica de manera radical?
No es fácil pasar del discurso a la existencia cotidiana, eso me queda claro.
miércoles, 11 de julio de 2007
Caminar, reinventar, disfrutar
Pienso hoy en esta tríada de palabras. A últimas fechas -¿por qué será?- pienso a menudo en mi edad, en que pronto diré, cuando me pregunten: "tengo cuarenta años". Lejos está la época en que un cuarentón me parecía, sin eufemismos, un viejo, aunque en realidad nunca me ha hecho ruido el tener más o menos edad, y menos el sentirme viejo, de bajada o mucho menos acabado. Y hoy menos que nunca. Me basta ver a mis hijos, su vitalidad, su afán por conocer, por descubrirse en el mundo, para entender que no me puedo quedar sentado ni cansado. Trato de mantenerme activo y, especialmente cuando voy pedaleando mi bicicleta y veo de reojo los volcanes, pienso en la maravilla que es estar vivo, sentir mi cuerpo, tener ganas de moverme.
La caminada, desde Chiapas, por otra parte, ha adquirido para mí un fuerte contenido simbólico. Sin esfuerzo me acuerdo (re-cuerdo) de los largos caminos de la montaña, y toda una serie de sentimientos, actitudes, sensaciones, vienen a mí: paciencia, ritmo, sudor, cansancio, aprendizaje, ganas, esfuerzo, solidaridad, convicción, calor, exploración, búsqueda, inseguridad, aventura, emoción. A pesar del lodo había que caminar, y no porque no quedara de otra, sino porque quería estar con mis hermanos, compartir trozos de mi vida con ellos, aunque fuera en silencio, como con frecuencia ocurría. No se me olvida aquella caminata nocturna entre Rosario y Veracruz, curiosamente porque estaba enojado con mis compañeros de equipo presentes en la reunión y no quería ni verlos. Acepté, de inmediato, la invitación de uno de los promotores a regresarnos en cuanto terminara el último "servicio". Caminamos a la luz de la luna, a ratos alumbrados por una tenue luz de lámpara de pilas, con poco lodo y poco calor, lo que hizo el trayecto de poco menos de cuatro horas algo disfrutable. De muchas maneras la caminada, el caminar, el camino, se incorporaron de manera casi natural a mi filosofía de vida. He andado de aquí para allá: he vivido en diez ciudades diferentes, en siete estados de la república además de casi un año en el extranjero. El yajkachil b'ej de los tojolabaleros me llamó la atención desde que pude descifrar su traducción: la vida es caminar, hacer camino, buscarle porque no hay nada hecho.
Me gusta estar solo y pensar, o hacer como que pienso. Y en esos momentos me pregunto una y otra vez para qué estamos, para qué estoy en el mundo. Nunca compartí de verdad las visiones que ponían al hombre (así de sexista) en el mundo para adorar a Dios. En el fondo siempre he estado convencido de la inutilidad de nuestra adoración, de nuestras oraciones, de nuestras alabanzas, como si a Dios le hicieran falta. Tampoco me convence la idea de estar en el mundo sólo para fines pragmáticos, menos aún el patético extremo de estar para acumular cosas y dominar. Pienso que, por lo menos para los que vivimos en el ritmo neurótico y esquizofrénico de las caóticas ciudades modernas, bastante tendríamos con disfrutar la vida. Por supuesto no me refiero a un hedonismo simplista que supondría que todo es pasarla a toda madre y nunca sufrir, como en una borrachera o en un viaje sicodélico permanente. No. Se trata, digo yo, simplemente de conservar la capacidad de asombrarme con las cosas cotidianas y a veces insignificantes. Se traduce en mi vida en tener tiempo para platicar con mi mujer y mis hijos, con calma, o con un buen amigo. O en la posibilidad de ver una buena película y pensar y hablar de ella. O de percatarme que desde la recta, cuando voy de regreso a casa, los volcanes lucen majestuosos. Y ante ello, simplemente guardar silencio y regocijarme. He decidido que esa puede ser una buena finalidad en la vida. Y soportar mis impaciencias y lo ruidoso y latoso que a veces me parecen los demás, casi hasta el absurdo. Por supuesto, leer y tomar café. Todo esto a pesar de que me digan que soy un existencialista. Quizá tienen razón. Así soy. Así me siento invitado a ser.
También voy descubriendo la necesidad, a veces la urgencia de reinventarme. No se trata, por supuesto, de negar mi historia, ni siquiera lo que no me gusta de ella. Sino de seguir explorando, conectando cabos sueltos, entendiendo y dejando sentir lo que aparentemente duele o no tiene lógica o está descompuesto. Y buscarle un sentido, como en la relación de pareja: la vida no nos es dada nada más así, sino que hay que aprender a vivirla, apreciándola, sintiéndola propia, acariciándola. Así, creo, es la vida.
La caminada, desde Chiapas, por otra parte, ha adquirido para mí un fuerte contenido simbólico. Sin esfuerzo me acuerdo (re-cuerdo) de los largos caminos de la montaña, y toda una serie de sentimientos, actitudes, sensaciones, vienen a mí: paciencia, ritmo, sudor, cansancio, aprendizaje, ganas, esfuerzo, solidaridad, convicción, calor, exploración, búsqueda, inseguridad, aventura, emoción. A pesar del lodo había que caminar, y no porque no quedara de otra, sino porque quería estar con mis hermanos, compartir trozos de mi vida con ellos, aunque fuera en silencio, como con frecuencia ocurría. No se me olvida aquella caminata nocturna entre Rosario y Veracruz, curiosamente porque estaba enojado con mis compañeros de equipo presentes en la reunión y no quería ni verlos. Acepté, de inmediato, la invitación de uno de los promotores a regresarnos en cuanto terminara el último "servicio". Caminamos a la luz de la luna, a ratos alumbrados por una tenue luz de lámpara de pilas, con poco lodo y poco calor, lo que hizo el trayecto de poco menos de cuatro horas algo disfrutable. De muchas maneras la caminada, el caminar, el camino, se incorporaron de manera casi natural a mi filosofía de vida. He andado de aquí para allá: he vivido en diez ciudades diferentes, en siete estados de la república además de casi un año en el extranjero. El yajkachil b'ej de los tojolabaleros me llamó la atención desde que pude descifrar su traducción: la vida es caminar, hacer camino, buscarle porque no hay nada hecho.
Me gusta estar solo y pensar, o hacer como que pienso. Y en esos momentos me pregunto una y otra vez para qué estamos, para qué estoy en el mundo. Nunca compartí de verdad las visiones que ponían al hombre (así de sexista) en el mundo para adorar a Dios. En el fondo siempre he estado convencido de la inutilidad de nuestra adoración, de nuestras oraciones, de nuestras alabanzas, como si a Dios le hicieran falta. Tampoco me convence la idea de estar en el mundo sólo para fines pragmáticos, menos aún el patético extremo de estar para acumular cosas y dominar. Pienso que, por lo menos para los que vivimos en el ritmo neurótico y esquizofrénico de las caóticas ciudades modernas, bastante tendríamos con disfrutar la vida. Por supuesto no me refiero a un hedonismo simplista que supondría que todo es pasarla a toda madre y nunca sufrir, como en una borrachera o en un viaje sicodélico permanente. No. Se trata, digo yo, simplemente de conservar la capacidad de asombrarme con las cosas cotidianas y a veces insignificantes. Se traduce en mi vida en tener tiempo para platicar con mi mujer y mis hijos, con calma, o con un buen amigo. O en la posibilidad de ver una buena película y pensar y hablar de ella. O de percatarme que desde la recta, cuando voy de regreso a casa, los volcanes lucen majestuosos. Y ante ello, simplemente guardar silencio y regocijarme. He decidido que esa puede ser una buena finalidad en la vida. Y soportar mis impaciencias y lo ruidoso y latoso que a veces me parecen los demás, casi hasta el absurdo. Por supuesto, leer y tomar café. Todo esto a pesar de que me digan que soy un existencialista. Quizá tienen razón. Así soy. Así me siento invitado a ser.
También voy descubriendo la necesidad, a veces la urgencia de reinventarme. No se trata, por supuesto, de negar mi historia, ni siquiera lo que no me gusta de ella. Sino de seguir explorando, conectando cabos sueltos, entendiendo y dejando sentir lo que aparentemente duele o no tiene lógica o está descompuesto. Y buscarle un sentido, como en la relación de pareja: la vida no nos es dada nada más así, sino que hay que aprender a vivirla, apreciándola, sintiéndola propia, acariciándola. Así, creo, es la vida.
jueves, 5 de julio de 2007
Fin del encierro
Hoy es el aniversario de aquel día. Veintiún años han pasado desde entonces. Yo era un chavo, quizá con unos quince kilos menos. De los días previos recuerdo el tiempo de silencio que había que pasar. No fue, como yo deseaba, un tiempo de amor inflamado, de gran consolación, ni de mucha emoción. Más bien fue un tiempo sereno, un tanto seco, sin mayores fluctuaciones en mi ánimo. Cada día estudiábamos y meditábamos uno de los consejos. Simbólicamente, al aceptar cada uno hacíamos el nudo correspondiente en el cordón. Sin ningún problema los hice, me quedaba claro que así lo quería. Ahora puedo ver, y no es justificación, que los tenía bien entendidos, bien estudiados, bien claros en mi cabeza. Sabía también que el futuro me era desconocido, pero quería arriesgarme. Aquello era, después de todo, mi vida. Mis amigos estaban junto a mí, haciendo lo propio. No me quería quedar solo, y ya no entendía mi vida sin los referentes que habíamos ido construyendo. Claro, en aquel momento no lo veía así. No sabía qué me iba a pasar, cómo me iba a sentir, ni si me iba a enamorar, ni cuándo ni de quién. Decidí hacer mi apuesta. No me atrevía a hacer algo diferente.
El mero día llegaron mis papás y mis hermanos. Antes de la ceremonia un compañero de mucho mayor edad, hoy ya fallecido, me dijo algo así como: aunque es por un año, que en tu corazón sea para siempre. Yo asentí, más por costumbre que por realmente comprender lo que significaba. Una foto que varios años tuve cerca de mí me mostraba a un joven de poco menos de diecinueve años, de perfil afilado, al que le hacía falta un corte de pelo, vestido de negro de pies a cabeza, sosteniendo un cirio. Los ojos miran hacia abajo, leyendo la fórmula que pronunciaba, lo que le hace parecer distante, casi ausente. No recuerdo mucho haber sentido algo especial en ese momento, sino cierta expectativa de algo que finalmente no sucedió.
Después todo fue fiesta, afortunadamente de estilo bastante pueblerino: carnitas, arroz, refrescos abundantes, no recuerdo si algunas cervezas, creo que no. Despedí rápido a mi familia, igual que los demás, para terminar de hacer maletas. A la mañana siguiente, muy temprano, emprendimos el viaje a uno de los lugares que más me emociona recordar.
El mero día llegaron mis papás y mis hermanos. Antes de la ceremonia un compañero de mucho mayor edad, hoy ya fallecido, me dijo algo así como: aunque es por un año, que en tu corazón sea para siempre. Yo asentí, más por costumbre que por realmente comprender lo que significaba. Una foto que varios años tuve cerca de mí me mostraba a un joven de poco menos de diecinueve años, de perfil afilado, al que le hacía falta un corte de pelo, vestido de negro de pies a cabeza, sosteniendo un cirio. Los ojos miran hacia abajo, leyendo la fórmula que pronunciaba, lo que le hace parecer distante, casi ausente. No recuerdo mucho haber sentido algo especial en ese momento, sino cierta expectativa de algo que finalmente no sucedió.
Después todo fue fiesta, afortunadamente de estilo bastante pueblerino: carnitas, arroz, refrescos abundantes, no recuerdo si algunas cervezas, creo que no. Despedí rápido a mi familia, igual que los demás, para terminar de hacer maletas. A la mañana siguiente, muy temprano, emprendimos el viaje a uno de los lugares que más me emociona recordar.
martes, 3 de julio de 2007
La Fiesta
¿Cómo definir exactamente lo que es y significa una fiesta? ¿Una fiesta de los pobres? (porque no es lo mismo hacer una fiesta para un "rico" que para un "pobre"). El escenario, una comunidad del municipio de Cuetzalan, en la sierra norte de Puebla. La ocasión, el término del bachillerato de un poco más de una veintena de alumnos, ellos y ellas. El día está soleado cuando llegamos a las instalaciones de la escuela. A la entrada se encuentra ya un comité de bienvenida, un grupo de alumnas de la escuela con su vestido tradicional, muy limpio y lucidor, yuna banda diagonal, verde, con la leyenda respectiva. La música que suena me resulta familiar: "los caminos de la vida no son como yo creía/ los caminos de la vida son difícil de andarlos..." Adentro ya están las lonas para proteger del sol inclemente a los asistentes, sobre todo si sabían que estarían allí no menos de cinco horas, a la hora en que el calor aprieta. Antes de que todo inicie formalmente, mientras maestros y alumnos van de aquí para allá arreglando los últimos detalles, damos una vuelta a la sala de cómputo, nuevecita, impecable, emocionante, y a las hortalizas: el chiltepín crece que da gusto y los nopales tienen muchas nuevas pencas, mientras las pimientas crecen lento, a su ritmo.
Llegan los graduados, vienen de misa, porque parece que no hay graduación que valga sin pasar por el altar parroquial, no importa qué tanto se entienda el rito. Ellos de camisa azul cielo, pantalón y corbata negros, con zapatos nuevos del mismo color. Ellas con falda negra y blusa azul cielo, de tirantes y escotada, con su clavel rojo en la mano. Todos lucen sudorosos pero con las caras llenas de alegría. Se sientan en un lugar especial, frente a sus familias y a un costado de la mesa "de honor". Antes nos han preguntado y apuntado nuestros nombres, títulos y ocupaciones, porque la ceremonia es solemne y hay que darle todo su peso.
Los graduados endurecen su rostro cuando empieza su primer vals, tomados de la mano a la usanza de las quinceañeras y sus chambelanes. Unos mantienen la mirada fija al frente, como no queriendo ver ni ser vistos, más bien rígidos. Otros se muestran un poco más desenvueltos pero no evitan buscar de cuando en cuando la aprobación de sus familiares con la mirada. Suena la ochenterísima "total eclipse in my heart" y me acuerdo de aquellos tiempos queretanos. Los chavos y las chavas festejados avanzan lentamente, forman figuras, van hacia atrás y vuelven a sentarse.
Siguen los números preparados por los que se quedan para los que se van. Bailes regionales y populares, como el duranguense y el xochipetzahua en que las bailadoras nos sacan a bailar a los invitados, que nos movemos de reojo, como podemos. Poesías, música y una obra de teatro cuyo tema es más interesante y llamativo que la trama: cuenta brevemente una situación de acoso sexual hacia una alumna de bachillerato por parte de su padrastro. Parece un tema atrevido, difícil imaginar su trato tan abierto, pero logra hasta risas en algunas escenas. Al final, o casi, el discurso de despedida de uno de los egresados, con frases que me parecen un tanto cursis y escucho mientras me dirijo al baño porque se acerca la hora en que me tengo que regresar.
Todavía alcanzo el segundo vals de los festejados, que se mueven lenta y rítmicamente a la música de otra ochentera de inevitables recuerdos: "words don't come easy to me/ how can I find a way to say I love you..."
No me da tiempo ni de despedirme y me alegro que así sea. En realidad aprovecho la larga alocución del director dando cuentas para levantarme y pedir que me echen un aventón a la terminal. Mientras me voy pienso que me gustaría más cultura local y menos música en inglés, pero definitivamente es su fiesta, no la mía. No deja de parecerme extraña pero interesante la mezcla. Me hubiera gustado tener tiempo de platicar con los jóvenes qué significa realmente esa fiesta para ellos. Qué significan los diplomas y reconocimientos, los padrinos y madrinas con sus regalos y arreglos florales, las fotos y la expectación de la familia. Y me hubiera gustado más, por supuesto, quedarme a probar el mole con arroz y las tortillas de pueblo. Otra vez será.
Llegan los graduados, vienen de misa, porque parece que no hay graduación que valga sin pasar por el altar parroquial, no importa qué tanto se entienda el rito. Ellos de camisa azul cielo, pantalón y corbata negros, con zapatos nuevos del mismo color. Ellas con falda negra y blusa azul cielo, de tirantes y escotada, con su clavel rojo en la mano. Todos lucen sudorosos pero con las caras llenas de alegría. Se sientan en un lugar especial, frente a sus familias y a un costado de la mesa "de honor". Antes nos han preguntado y apuntado nuestros nombres, títulos y ocupaciones, porque la ceremonia es solemne y hay que darle todo su peso.
Los graduados endurecen su rostro cuando empieza su primer vals, tomados de la mano a la usanza de las quinceañeras y sus chambelanes. Unos mantienen la mirada fija al frente, como no queriendo ver ni ser vistos, más bien rígidos. Otros se muestran un poco más desenvueltos pero no evitan buscar de cuando en cuando la aprobación de sus familiares con la mirada. Suena la ochenterísima "total eclipse in my heart" y me acuerdo de aquellos tiempos queretanos. Los chavos y las chavas festejados avanzan lentamente, forman figuras, van hacia atrás y vuelven a sentarse.
Siguen los números preparados por los que se quedan para los que se van. Bailes regionales y populares, como el duranguense y el xochipetzahua en que las bailadoras nos sacan a bailar a los invitados, que nos movemos de reojo, como podemos. Poesías, música y una obra de teatro cuyo tema es más interesante y llamativo que la trama: cuenta brevemente una situación de acoso sexual hacia una alumna de bachillerato por parte de su padrastro. Parece un tema atrevido, difícil imaginar su trato tan abierto, pero logra hasta risas en algunas escenas. Al final, o casi, el discurso de despedida de uno de los egresados, con frases que me parecen un tanto cursis y escucho mientras me dirijo al baño porque se acerca la hora en que me tengo que regresar.
Todavía alcanzo el segundo vals de los festejados, que se mueven lenta y rítmicamente a la música de otra ochentera de inevitables recuerdos: "words don't come easy to me/ how can I find a way to say I love you..."
No me da tiempo ni de despedirme y me alegro que así sea. En realidad aprovecho la larga alocución del director dando cuentas para levantarme y pedir que me echen un aventón a la terminal. Mientras me voy pienso que me gustaría más cultura local y menos música en inglés, pero definitivamente es su fiesta, no la mía. No deja de parecerme extraña pero interesante la mezcla. Me hubiera gustado tener tiempo de platicar con los jóvenes qué significa realmente esa fiesta para ellos. Qué significan los diplomas y reconocimientos, los padrinos y madrinas con sus regalos y arreglos florales, las fotos y la expectación de la familia. Y me hubiera gustado más, por supuesto, quedarme a probar el mole con arroz y las tortillas de pueblo. Otra vez será.
jueves, 28 de junio de 2007
Me duele la espalda 2
Sigo con mi historia de ayer. Mi idea es entender ese mi dolor. Lo ubico como un reclamo ante la necesidad de cambiar, de integrar, de resignificar. Agreo que, después de todo, hace 21 años era yo simplemente un pollo. No lo digo con autocompasión ni para justificarme, sino porque así me lo dicen los datos: seis años antes me había ido de mi casa y, para entonces, mi mundo era eso y sólo eso que alcanzaba a ver: mis compañeros de clase, el fútbol, los libros (si bien estos últimos me abriero algunas puertas sumamente valiosas y gozosas).
Como empecé a ver y a decir a mis amigos tiempo después, mi realidad se acababa con la barda del colegio donde estaba. Creo que ésta es una noción fundamental que tiene que estar en el centro de la discusión, para dar contexto y posibilidades de interpretación.
Dicho lo cual, mi historia continúa, la historia de ese mi dolor. El superior del encierro a que me he referido tenía una personalidad que no sabría cómo definir. Quizá una mezcla de atracción, manipulación y poder intelectual. Me explico: a menudo se ponía a leer en la capilla y en italiano el libro de su gurú favorito, Rahner (yo nunca lo estudié pero recuerdo cómo los de segundo año parían chayotes para entenderle a la traducción castellana), además de que realmente era un buen profesor. Al menos a mí, sus clases me parecían interesantes, aunque siempre estaban teñidas de una pose que quería tapar con una mal disimulada modestia, por aquello de las tres violetas. Eso era atractivo para mí: el saber, el conocer más, el hablar idiomas, el leer libros de difícil comprensión para los de a pie. Su plática cotidiana me parecía asimismo interesante, aunque rara vez me animaba a iniciar una conversación con él. Le tenía pavor.
Me atraía también el ver cómo trataba de bien a sus consentidos. Quizá porque yo quería ser uno de ellos, pero jamás lo fui, eso me queda muy claro. Les daba de todo: estaba de moda correr alrededor del bosque Cuauhtémoc, 1.7 kilómetros de largo, si mal no recuerdo, y ellos se compraban tenis new balance (yo corría con mis panam que había comprado en mi pueblo, con lo poco que mis padres me daban) y su protector les daba relojes casio con cronómetro y cuenta vueltas, toda una novedad en aquellos días. Más aún, les cambiaba el reloj de cuando en cuando, quizá para que se mantuvieran a la moda.
Todos queríamos manejar alguna de las camionetas, y generalmente lo hacían los que estaban en la despensa. Además salían a cada rato, a comprar mercancías a la central de abasto o abarrotes al súper. Hubo quiénes repitieron en ese trabajo y me consta que significaba privilegios y canonjías. Yo cambiaba de limpiar baños un mes, a lavar la loza al siguiente, y de allí a recortar y asear los jardines un mes después. Me daba envidia ver cómo los protegidos iban y venían, de aquí para allá, a sus anchas.
Recuerdo esa vez en que con uno de mis mejores amigos de toda la vida, cotorreábamos y de repente yo, por joder, agarré el megáfono de su grupo de catecismo y me puse a decir cualquier burrada. Mi amigo me dijo que lo dejar y yo seguía de terco. Se enojó y me dijo: "cállate, que al que van a cagar es a mí". Para su desgracia, el superior pasaba por allí. Me miró con cara de muérete y me aventó su peor diagnóstico: "José, pareces un niño" y le dijo a mi amigo, uno de sus protegidos: "y tú, cuida lo que dices". Yo me quería morir. No me la acababa. Después el superior se desquitó en una de sus clases vespertinas en que me sermoneó públicamente. De allí nos fuimos a la capilla de la parte posterior, como siempre, en silencio. Lloré y lloré y quizá allí decidí renunciar a mi sentir y a mi pensar y fingir que todo iba bien conmigo. Hice de tripas corazón y, de allí para el real, me dediqué a trabajar como nunca. Como además era un excelente estudiante, no tuve ningún problema.
Años después, cuando decidí cambiar de vida, me dolió, como esa madrugada de hace unos días, la espalda. Cambiar es, curiosa y simplemente, reaprender a dejarme sentir. Fue maravilloso sentirme vivo y sentir mil cosas nuevas con mi mujer. Y poder expresar mi pensamiento que, afortunadamente, nunca se murió.
Como empecé a ver y a decir a mis amigos tiempo después, mi realidad se acababa con la barda del colegio donde estaba. Creo que ésta es una noción fundamental que tiene que estar en el centro de la discusión, para dar contexto y posibilidades de interpretación.
Dicho lo cual, mi historia continúa, la historia de ese mi dolor. El superior del encierro a que me he referido tenía una personalidad que no sabría cómo definir. Quizá una mezcla de atracción, manipulación y poder intelectual. Me explico: a menudo se ponía a leer en la capilla y en italiano el libro de su gurú favorito, Rahner (yo nunca lo estudié pero recuerdo cómo los de segundo año parían chayotes para entenderle a la traducción castellana), además de que realmente era un buen profesor. Al menos a mí, sus clases me parecían interesantes, aunque siempre estaban teñidas de una pose que quería tapar con una mal disimulada modestia, por aquello de las tres violetas. Eso era atractivo para mí: el saber, el conocer más, el hablar idiomas, el leer libros de difícil comprensión para los de a pie. Su plática cotidiana me parecía asimismo interesante, aunque rara vez me animaba a iniciar una conversación con él. Le tenía pavor.
Me atraía también el ver cómo trataba de bien a sus consentidos. Quizá porque yo quería ser uno de ellos, pero jamás lo fui, eso me queda muy claro. Les daba de todo: estaba de moda correr alrededor del bosque Cuauhtémoc, 1.7 kilómetros de largo, si mal no recuerdo, y ellos se compraban tenis new balance (yo corría con mis panam que había comprado en mi pueblo, con lo poco que mis padres me daban) y su protector les daba relojes casio con cronómetro y cuenta vueltas, toda una novedad en aquellos días. Más aún, les cambiaba el reloj de cuando en cuando, quizá para que se mantuvieran a la moda.
Todos queríamos manejar alguna de las camionetas, y generalmente lo hacían los que estaban en la despensa. Además salían a cada rato, a comprar mercancías a la central de abasto o abarrotes al súper. Hubo quiénes repitieron en ese trabajo y me consta que significaba privilegios y canonjías. Yo cambiaba de limpiar baños un mes, a lavar la loza al siguiente, y de allí a recortar y asear los jardines un mes después. Me daba envidia ver cómo los protegidos iban y venían, de aquí para allá, a sus anchas.
Recuerdo esa vez en que con uno de mis mejores amigos de toda la vida, cotorreábamos y de repente yo, por joder, agarré el megáfono de su grupo de catecismo y me puse a decir cualquier burrada. Mi amigo me dijo que lo dejar y yo seguía de terco. Se enojó y me dijo: "cállate, que al que van a cagar es a mí". Para su desgracia, el superior pasaba por allí. Me miró con cara de muérete y me aventó su peor diagnóstico: "José, pareces un niño" y le dijo a mi amigo, uno de sus protegidos: "y tú, cuida lo que dices". Yo me quería morir. No me la acababa. Después el superior se desquitó en una de sus clases vespertinas en que me sermoneó públicamente. De allí nos fuimos a la capilla de la parte posterior, como siempre, en silencio. Lloré y lloré y quizá allí decidí renunciar a mi sentir y a mi pensar y fingir que todo iba bien conmigo. Hice de tripas corazón y, de allí para el real, me dediqué a trabajar como nunca. Como además era un excelente estudiante, no tuve ningún problema.
Años después, cuando decidí cambiar de vida, me dolió, como esa madrugada de hace unos días, la espalda. Cambiar es, curiosa y simplemente, reaprender a dejarme sentir. Fue maravilloso sentirme vivo y sentir mil cosas nuevas con mi mujer. Y poder expresar mi pensamiento que, afortunadamente, nunca se murió.
miércoles, 27 de junio de 2007
Me duele la espalda
Fue hace unos seis años, en San Cristóbal. Estudiaba yo entonces la maestría en Ecosur. Estábamos en casa de unos buenos amigos cuyo hijo cumplía años, creo que dos o tres. Ese día leí en un libro de medicina alternativaque ellos tenían, lo que significaba el dolor en la espalda, precisamente porque me dolía. Y vaya que me dolía en aquellas épocas: a veces no podía ni caminar. No recuerdo mucho de lo que el texto decía, quizá porque nunca he terminado de creer en lo que me parece interesante pero irremediablemente mezclado con charlatanerías de todos calibres. El asunto es que decía que el dolor de espalda tenía que ver con el miedo a cambiar, porque es como el gozne, donde la vida se dobla y se desdobla. Y vaya que a veces cuesta y duele enderezarse.
El asunto viene a cuento porque hace un par de semanas me desperté en Morelia con un dolor ya conocido en mi espalda. La claridad empezaba a colarse por una rendija entre la cortina y la pared junto a la ventana. Yo me había quedado dormido casi sin querer, después de no sé cuántas cervezas acompañadas de su respectivo tequila. Había estado también cocinando la discada, una deliciosa mezcla de diversas carnes estilo norteño. Por supuesto, el calor me llegó hondo.
En mis horas de insomnio (siempre he sido de poco dormir, excepto quizá en la adolescencia) me pregunté, como antes lo había hecho en la frontera sur, qué le debía yo a Morelia o qué me debía ella a mí. Aquí viví hace ya veintiún años, prácticamente encerrado, y cada vez que voy la mezcla de sentimientos viene en automático a mi cabeza y a mi corazón.
Algunas ideas pasaron por mi mente, en un estado como de semiconsciencia, pues no estaba dormido pero tampoco bien alerta, como si fuera una extraña prolongación de un sueño a medias, pero lúcido.
En ese encierro que entonces amaba, o creía hacerlo, sucedieron muchas cosas. Recuerdo que mis compañeros hablaban del amor y del perdón divinos. Yo volteaba a verlos y luego me veía a mí mismo y me ubicaba muy en otro lugar, como hablando otro lenguaje o habitando otro planeta, más frío, más racional, más otro. Pero había que hablar y terminaba diciendo algo para no quedar mal. Algo que, evidentemente, no sentía sino que sólo armaba para salir del paso.
Recuerdo que cada semana me sentaba en frente de una estatua humana. Empezaba, y casi nunca sabía cómo hacerlo, mi monólogo y mi sufrimiento. Era una reconstrucción de la historia, de mi historia, en voz alta, pero con un testigo incómodo. Recuerdo mi dolor de sentirme y saberme excluido, incomprendido, no escuchado, como un cero a la izquierda, y todavía me duele. Quizá es lo único rescatable de aquellas horas de monólogo que se convirtieron en tortura para mí. Desde entonces aborrezco las terapias psicológicas, las confesiones sacramentales y los choros de autoayuda. Prefiero sentarme con alguien que quiero, con un buen café o buen alcohol de por medio e intentar un diálogo sincero, hasta donde se pueda llegar.
El asunto viene a cuento porque hace un par de semanas me desperté en Morelia con un dolor ya conocido en mi espalda. La claridad empezaba a colarse por una rendija entre la cortina y la pared junto a la ventana. Yo me había quedado dormido casi sin querer, después de no sé cuántas cervezas acompañadas de su respectivo tequila. Había estado también cocinando la discada, una deliciosa mezcla de diversas carnes estilo norteño. Por supuesto, el calor me llegó hondo.
En mis horas de insomnio (siempre he sido de poco dormir, excepto quizá en la adolescencia) me pregunté, como antes lo había hecho en la frontera sur, qué le debía yo a Morelia o qué me debía ella a mí. Aquí viví hace ya veintiún años, prácticamente encerrado, y cada vez que voy la mezcla de sentimientos viene en automático a mi cabeza y a mi corazón.
Algunas ideas pasaron por mi mente, en un estado como de semiconsciencia, pues no estaba dormido pero tampoco bien alerta, como si fuera una extraña prolongación de un sueño a medias, pero lúcido.
En ese encierro que entonces amaba, o creía hacerlo, sucedieron muchas cosas. Recuerdo que mis compañeros hablaban del amor y del perdón divinos. Yo volteaba a verlos y luego me veía a mí mismo y me ubicaba muy en otro lugar, como hablando otro lenguaje o habitando otro planeta, más frío, más racional, más otro. Pero había que hablar y terminaba diciendo algo para no quedar mal. Algo que, evidentemente, no sentía sino que sólo armaba para salir del paso.
Recuerdo que cada semana me sentaba en frente de una estatua humana. Empezaba, y casi nunca sabía cómo hacerlo, mi monólogo y mi sufrimiento. Era una reconstrucción de la historia, de mi historia, en voz alta, pero con un testigo incómodo. Recuerdo mi dolor de sentirme y saberme excluido, incomprendido, no escuchado, como un cero a la izquierda, y todavía me duele. Quizá es lo único rescatable de aquellas horas de monólogo que se convirtieron en tortura para mí. Desde entonces aborrezco las terapias psicológicas, las confesiones sacramentales y los choros de autoayuda. Prefiero sentarme con alguien que quiero, con un buen café o buen alcohol de por medio e intentar un diálogo sincero, hasta donde se pueda llegar.
lunes, 18 de junio de 2007
¿Por dónde?
Hoy es uno de esos días en que se me ocurren muchas cosas para escribir, pero en los que no sé por dónde empezar. Podría hablar de lo más candente y coyuntural, con todo lo que en Puebla se nos viene con el fallo de la suprema corte en el caso del góber precioso (sólo una pregunta: ¿cómo se estará sintiendo, de verdad, en este momento? ¿qué pasa realmente en la soledad del poder?). Podría hablar de lo emocionante y retador que está resultando el programa de becas de microrregiones, a partir de mis visitas a la sierra; baste por ahora decir que el encuentro con las familias de los y las becarias es una delicia en cuanto a que me ha permitido conectarme con ellos en una sencillez como la que no veía desde que caminaba en las comunidades tojolabaleras, hace diez años. O podría hablar de mis vuelos intelectuales al leer a Savater y su obra más reciente, "la vida eterna", que da mucho a pensar, en esa búsqueda aparentemente (sólo aparentemente) anacrónica, del más allá, en plena era de las telecomunicaciones, los blogs y el correo electrónico, como algo siempre profundamente urgente. O de mi dolor de espalda, pasajero pero molestro, y de sus conexiones con Morelia, la capital de mi estado natal, los recuerdos de mis inicios como corredor en el bosque cuauhtémoc, al mismo tiempo que de mi adoctrinamiento marista y las locuras que se me ocurrieron en el plomizo amanecer del domingo. Afortunadamente estas últimas las platiqué, casi pensándolas en voz alta, con mi Colocha. Allí quedan, en el recuerdo inmediato. Y me dicen: ándale, escríbenos, haznos pixeles, que no tinta. Así será, a su debido tiempo...
viernes, 1 de junio de 2007
Cinismo en retazos 2
¿A quién se le ocurriría tan brillante idea? A cada rato en la radio (mi favorita es la W), una voz, supuestamente de un médico rural dice algo así como: quiero un México no se muera la gente por falta de una inyección o por falta de una operación... un México donde todos tengamos salud... ¿alguien podría estar en contra de algo como esto? nadie. El cierre es lo que no hay que perderse: "el México que tú quieres, es el México que nosotros queremos. Cámara de Diputados..." bla, bla, bla. ¡Bravo! ya le creí a los diputados que velan por el bien de sus representados, que lo que les quita el sueño es el bien común, que se quitan la comida de la boca para hacer justicia social. Nada más lejos de la realidad. Lo sabe cualquier ciudadano que lee un periódico, no importa que sea de izquierda o de derecha. Incluso lo sabe el que vea la tele, algún noticiero mínimamente crítico. Lo único que les importa es de cuánto es su dieta y cómo le harán para pagar sus compromisos a quienes les financiaron la campaña. Si acaso, cuándo pavimentarán el camino no de los pueblos que lo necesitan, sino el que conduce a su rancho, o el de su compadre, o el de su amante. De verdad, no tienen madre.
jueves, 31 de mayo de 2007
Cinismo en retazos
Vengo por la recta, mi camino habitual al trabajo. Un poco más tarde que de costumbre porque temprano me fui al cerro en mi bici y desayuné con calma después de bañarme. Un poco antes de llegar al periférico, me sorprende un espectacular de esos enormes que les ha dado por poner por casi todos lados. No recuerdo si ya estaba allí ni, en ese caso, qué tenía antes. Pero dice algo así como "Puebla es de primera" y "Felicidades a la afición". Y aparece, claro, el aficionado número uno, ridículo, enfundado (¿o será más exacto "desenfundado", pues no se la faja?) en su playera blanca con franja azul. Levantando la copa, faltaba más, ni duda queda que él se la ganó. Sigo mi camino pensando que ya me convenció. Que ahora hasta le debemos a tan ilustre e inmaculado personaje la posibilidad de enajenarnos cada semana por saber cómo va el Puebla. Moraleja: no importa que seas protector de pederastas, ni que pongas el sistema de justicia al servicio de los más oscuros intereses de tus amigos y tus compadres. Tampoco importa que no puedas salir a la calle sino rodeado de no sé cuántas filas de guaruras. Lo que de verdad importa es que tengas lana, de preferencia recursos públicos, para que, a fuerza, todos te vean. Aunque el retoque no pueda disimular, ni por error, tu torva mirada.
viernes, 11 de mayo de 2007
Ya son tres
Ya son tres mis amigos que, jóvenes, han muerto. (Al respecto prefiero no utilizar eufemismos tales como “se nos adelantaron”, “se fueron al cielo”, “ya no están entre nosotros”. La realidad es cruda e innegable: se murieron). Hace un poco más de un año fue Ernesto, exmarista, buen amigo de 40 años. Un par de meses después, Ramfis, uno de los más brillantes profesores que he tenido en mi vida, de 40 años. Hace una semana, Rocío, religiosa escolapia. No recuerdo su edad, pero quizá un par de años más.
De Ernesto recuerdo su relativa excentricidad y su hablar como arrastrando las eses. Pienso en él y lo veo concentrado, escribiendo con una letra siempre nítida, regular, casi perfecta, como escrita en las computadoras que entonces apenas iniciaban. Recuerdo también su apasionamiento y su capacidad para decir las cosas de frente, sin miedo a confrontarse y sin esconder sus argumentos. Pero me guardo para mí, sobre todo, su amistad a toda prueba. Lo fui a ver un día en que ya me decidí a ir a México expresamente para visitarlo en el centro médico de la colonia Roma del DF. Estaba, como hasta el final, perfectamente lúcido. Hablamos quizá un par de horas, como si nos hubiéramos visto la semana anterior. Menos de dos semanas después me avisaron que había muerto.
Con Ramfis me viene el recuerdo del calor húmedo, agobiante, del verano de Villahermosa. Allí, en una casa con árboles de almendros enfrente nos daba unas brillantes clases de maestría, aderezadas por su acento cubano, su pasión por las ciencias sociales y, ya en confianza, el placer que encontraba en la transgresión de las rígidas e hipócritas normas morales de las buenas conciencias. No se me olvida que un domingo nos invitó a sus alumnos, “los cualis”, a comer a su casa. Se pasó todo el día preparando una comida deliciosa, mezcla de china, cubana y seguramente tabasqueña. Por supuesto, la hielera estaba repleta de unas cervezas de lata holandesas, “las que encontré más baratas en Sam’s”, nos dijo en la plática. Pude en esa ocasión ver la cantidad de libros que llenaban varios libreros en cada cuarto de su casa. Abría uno, y otro, y otro… y todos estaban subrayados, con colores diferentes y con numerosas anotaciones en los márgenes. Me dolió cuando, al final de la presentación de mis avances del protocolo de investigación, en el que había trabajado semanas, me dijo que no les diéramos razones a los que despreciaban a la investigación cualitativa. Pero me hizo pensar, me tragué mi orgullo y reformulé mi planteamiento. Aprendí a hacer investigación. Recuerdo también, entre bailes de merengue y salsa, ya con bastantes cervezas encima, cómo platicaba de su visión de filósofo, de cubano, del comunismo, de Fidel, del Che, y de Cuba, su amor profundo. El día de la fiesta de despedida tuvo el detalle de regalarme una copia de La Distinción, de Bourdieu, su fotocopia de estudiante de la UAM, por supuesto subrayada y anotada. No se me olvida, tampoco, su invitación a animarme a construir categorías y nuevas tipologías en mi tesis de maestría. Realmente fue mi maestro. Por eso hace un año le dediqué mi ponencia de Teoría Fundamentada en el curso de verano de la ibero. Él me acercó a ésa y a otras teorías.
De Rocío recuerdo su amistad sincera y su búsqueda intensa por una vida religiosa auténtica, cuando yo era marista, hace ya unos quince años. Nos conocimos casualmente en un curso de verano en el CRT, al que me iba escapándome de La Salle, que aborrecía. Me acuerdo que siempre me invitaba a la fiesta de su comunidad, en agosto, en su casa de Tlalpan. Me encantaba su sencillez y el espíritu de familia que se respiraba. Cuando dejé a los maristas dejamos de vernos. Sólo una vez nos encontramos, ella, la Colocha y yo, en un Sanborn’s y tomamos café juntos. Después le escribí una carta, ya en plena época de los correos electrónicos, que nunca me contestó. Supe que estaba enferma y le llamé varias veces pero no tuve suerte. Se murió y ya no pude verla.
Y yo sigo aquí.
De Ernesto recuerdo su relativa excentricidad y su hablar como arrastrando las eses. Pienso en él y lo veo concentrado, escribiendo con una letra siempre nítida, regular, casi perfecta, como escrita en las computadoras que entonces apenas iniciaban. Recuerdo también su apasionamiento y su capacidad para decir las cosas de frente, sin miedo a confrontarse y sin esconder sus argumentos. Pero me guardo para mí, sobre todo, su amistad a toda prueba. Lo fui a ver un día en que ya me decidí a ir a México expresamente para visitarlo en el centro médico de la colonia Roma del DF. Estaba, como hasta el final, perfectamente lúcido. Hablamos quizá un par de horas, como si nos hubiéramos visto la semana anterior. Menos de dos semanas después me avisaron que había muerto.
Con Ramfis me viene el recuerdo del calor húmedo, agobiante, del verano de Villahermosa. Allí, en una casa con árboles de almendros enfrente nos daba unas brillantes clases de maestría, aderezadas por su acento cubano, su pasión por las ciencias sociales y, ya en confianza, el placer que encontraba en la transgresión de las rígidas e hipócritas normas morales de las buenas conciencias. No se me olvida que un domingo nos invitó a sus alumnos, “los cualis”, a comer a su casa. Se pasó todo el día preparando una comida deliciosa, mezcla de china, cubana y seguramente tabasqueña. Por supuesto, la hielera estaba repleta de unas cervezas de lata holandesas, “las que encontré más baratas en Sam’s”, nos dijo en la plática. Pude en esa ocasión ver la cantidad de libros que llenaban varios libreros en cada cuarto de su casa. Abría uno, y otro, y otro… y todos estaban subrayados, con colores diferentes y con numerosas anotaciones en los márgenes. Me dolió cuando, al final de la presentación de mis avances del protocolo de investigación, en el que había trabajado semanas, me dijo que no les diéramos razones a los que despreciaban a la investigación cualitativa. Pero me hizo pensar, me tragué mi orgullo y reformulé mi planteamiento. Aprendí a hacer investigación. Recuerdo también, entre bailes de merengue y salsa, ya con bastantes cervezas encima, cómo platicaba de su visión de filósofo, de cubano, del comunismo, de Fidel, del Che, y de Cuba, su amor profundo. El día de la fiesta de despedida tuvo el detalle de regalarme una copia de La Distinción, de Bourdieu, su fotocopia de estudiante de la UAM, por supuesto subrayada y anotada. No se me olvida, tampoco, su invitación a animarme a construir categorías y nuevas tipologías en mi tesis de maestría. Realmente fue mi maestro. Por eso hace un año le dediqué mi ponencia de Teoría Fundamentada en el curso de verano de la ibero. Él me acercó a ésa y a otras teorías.
De Rocío recuerdo su amistad sincera y su búsqueda intensa por una vida religiosa auténtica, cuando yo era marista, hace ya unos quince años. Nos conocimos casualmente en un curso de verano en el CRT, al que me iba escapándome de La Salle, que aborrecía. Me acuerdo que siempre me invitaba a la fiesta de su comunidad, en agosto, en su casa de Tlalpan. Me encantaba su sencillez y el espíritu de familia que se respiraba. Cuando dejé a los maristas dejamos de vernos. Sólo una vez nos encontramos, ella, la Colocha y yo, en un Sanborn’s y tomamos café juntos. Después le escribí una carta, ya en plena época de los correos electrónicos, que nunca me contestó. Supe que estaba enferma y le llamé varias veces pero no tuve suerte. Se murió y ya no pude verla.
Y yo sigo aquí.
martes, 8 de mayo de 2007
Espacio público, nuestro espacio
Todos los días dejo mi carro en el estacionamiento que me asignaron, a tres cuadras de mi oficina. Al principio me indignó que no me hubieran dado un lugar más cerca, pero luego le encontré las ventajas: me queda más fácil salir de allí para ir por mis hijos a la escuela a una hora de tráfico criminal, las dos de la tarde; y la más evidente, me permite caminar todos los días, aunque sea un poquito. De camino me queda un perro en un balcón, al que siempre que veo le enseño los dientes y se pone frenético. Supongo que si estuviera libre me comería de un bocado. sigo mi camino y me alegro que no sea así y en mi fuero interno, aunque sea políticamente incorrecto para sus defensores, me regocijo con mi instinto antianimalesco o, mejor, antiperruno. Pero luego está el chedraui que recién inauguraron. Siempre, y no exagero, tienen la calle invadida: o son camiones descargando mercancías, en reversa y en tercera o cuarta fila, o "apartan" la cuadra entera con sus plataformas para uso del montacargas, o los tráilers están estacionados desde temprano, quizá desde la noche anterior, como diciendo: nosotros ganamos el lugar y a ver, quítenos o jódanse. ¿Qué puede hacer un simple ciudadano de a pie que necesita estacionarse por allí? ¿echarles bronca? lleva todas las de perder porque son muchos, presumiblemente más duchos en el arte de la defensa, contra uno. ¿Acusarlos con el departamento de tránsito municipal? seguramente no les importa, pues no puede haber mordidas de por medio, se trata de una megaempresa y no se van a pelear con ellos. ¿Llorar? no resuelve nada. ¿Encabronarse y mentarles la madre? tampoco. Hoy fue especial: con el montacargas se subieron a la banqueta, transportando esas tarimas de uno a otro lugar. Los vi venir (uno sobre el montacargas y otro caminando a su lado) y automáticamente sentí que me cambió el rostro y me les quedé viendo. Yo sé que ellos no son dueños del changarro, son empleados, etc., pero así se da la convivencia cotidiana, con sólo el metro que nos separa cuando nos cruzamos, independientemente de que nos conozcamos o no. Y allí llego al asunto de esta reflexión. Cómo hemos perdido control sobre los espacios públicos, por las mordidas, por los intereses creados, por la corrupción, por las excepciones, compadrazgos, nepotismos y relaciones similares. Los ciudadanos, los que pagamos impuestos y también los queno pagan, nos jodemos y nos aguantamos, no hay de otra. ¿Y mientras, las autoridades que dizque elegimos? bien, gracias.
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