jueves, 10 de diciembre de 2009

En la fila

Es sábado por la mañana y, presuroso, voy al centro comercial. Es la venta especial de Liverpool. Llego temprano y, sin embargo, la fila en el mostrador de videojuegos y productos electrónicos es de unas veinte personas. Han puesto incluso una de esas bandas, creo que le llaman unifila, que suelen usar en los bancos para que la gente no se amontone. Se ve que esperan vender bien: hay cajas enteras de discos de videojuegos, de todos los temas y para todos los equipos, que aquí también se da la guerra entre marcas, versiones, estilos y, claro, precios. A esperar. Todo sea por el wii de mis hijos, y que se entretengan.
Mientras avanza la fila, muy lentamente, más de lo que yo quisiera, un par de jóvenes se forman detrás de mí. Empiezan a platicar, se nota que tienen tiempo de no verse, con la ya típica superabundancia de "no güey", "qué crees, güey", "no manches, güey", y así hasta el cansancio. Uno le dice al otro que lo acaban de correr de su trabajo. Que vino a la barata porque todavía le falta comprar un regalo para su mamá y otro para su novia. Dice que a su jefa ya no le cayó bien, y que finalmente lo corrió. Su tono de voz no se nota preocupado. Sigo escuchando y entiendo: Me corrieron, pero antes me mandaron de vacaciones. Fíjate: me dieron mi chequesote, estoy de vacaciones y me están pagando como si estuviera trabajando. Ya en enero, me dijo la directora del departamento que me va a conseguir algo... bendito ayuntamiento.
Entiendo entonces lo que, entre broma y en serio, a veces le digo a mi mujer: erramos la chamba. Y, con razón, la burocracia se aferra al hueso, literalmente, como un perro.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Necesito Verte

Tu sombra

de hace tanto ya,

no me deja dormir.

Las ansias me ganan

quisiera verte

me urge verte

necesito verte

para solo

estar contigo.

Encontrar tus ojos

con los míos

y decirte lo que siento

en un par de palabras:

te amo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Escuchar la radio 2

De mis radios recuerdo especialmente dos. Uno de la época en que tenía 14 años, en tercero de secundaria. En realidad no era mío, me lo había prestado Arturo, gran amigo al que no le importaba que prácticamente me lo quedara. Era uno pequeño, de color rojo, imitando una cajetilla de cigarros Winston. Levantaba uno la tapa y tenía dos discos, uno para sintonizar las estaciones y el otro para el volumen. Le ponía el volumen muy bajito y me lo pegaba a la oreja, pues no tenía entrada para audífono. Especialmente me acuerdo que me lo llevé al campamento que ese año tuvimos en Los Azufres. En algún momento uno de nuestros acompañantes, un completo imbécil, me quiso sorprender diciéndome que ya me había visto que traía unos cigarros. Efectivamente, yo cargaba el radio en forma de cajetilla en la bolsa de una camisa cuadrada de franela. Me lo saqué y le dije que estaba equivocado. Me daban ganas de decirle que el estúpido era él y que, además, ni me interesaba fumar. Se tuvo que tragar sus palabras.
El otro radio es un sony que todavía tengo, casi una reliquia, de nueve bandas. Lo compré en una ocasión en que caminaba yo de Tepito, a donde iba por ese entonces a comprar mi ropa, básicamente pantalones de mezclilla y playeras polo de imitación, hacia la estación del metro Zócalo en el DF. Lo vi en el aparador de una tienda rara, muy vacía, con sólo cajas de cartón de muchos tamaños, que parecía también vacías. Adentro, sentados al mostrador estaban dos señores, bebiendo no sé si refresco o cubas libres, y platicando, como en cantina. Me metí y pregunté por él. Todavía eran las épocas de antes de quitarle los tres ceros al peso, quizá en 1992, y me dio el precio de quizá doscientos cincuenta mil pesos, no recuerdo bien. Yo desconfiaba porque no parecía, evidentemente, una tienda de electrónica. Me dijo el señor que confiara, que de verdad era un radio muy bueno, que me daría muy buen resultado. Pagué por él sin poder probarlo, y me lo llevé. Hasta la fecha funciona casi perfectamente en onda corta y fm, porque nunca tuvo buena sintonía en am. Tiempo después se convirtió en mi compañero inseparable en la montaña, en Chiapas. Me compré unas pilas recargables y un cargador en la glorieta del metro insurgentes, también en el DF, que ya para entonces era como mi base de operaciones. En las comunidades temprano, muy temprano para mí, que entonces era bastante noctámbulo, se iba uno a dormir, pues no había luz eléctrica y la gente madruga para ir a trabajar a la milpa. Acomodaba yo mi "eslipin" encima de la típica secadora de café y me acostaba a escuchar mi radio por horas y horas, con mi audífono para no molestar a los demás. Si se trataba de los primeros días de gira, todavía tenía galletas de animalito que me comía poco a poco mientras escuchaba. Me acuerdo sobre todo de Radio Nederland, mi favorita por las noticias y los programas culturales muy interesantes. También oía la BBC, en español o en inglés, y me divertía muchísimo. A veces no encontraba sino Radio Exterior de España, que no era tan buena, o el Christian Science Monitor, bastante bueno también. Evitaba a toda costa oir la Voice of America, que invadía frecuencias en prácticamente todas las bandas, pues mi ideología no me lo permitía, y en realidad siempre me pareció una basura. A veces llegué a escuchar Radio Francia Internacional y otras muchas, dependiendo de la hora y del clima. Pocas veces logré captar Radio México o Radio UNAM, porque también quería enterarme de lo que pasaba en el país en una época de grandes transformaciones y emociones revueltas. En AM, recuerdo, también llegaba a captar Radio Red con una señal bastante pobre pero allí estaba yo pegado, viviendo con intensidad la montaña y tratando de entender lo que pasaba dentro de mí y a mi alrededor.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Escuchar la radio

Ayer en la tarde, antes de iniciar una reunión, platicábamos como para romper el hielo sobre la radio. Y sobre cómo el sistema de la universidad bloquea casi todo (tema de otra entrada). Le decía yo a mi colega que hay una página con una variedad enorme de estaciones, donde escucho kcsm, una muy agradable estación de jazz que transmite desde San Mateo, California, en la zona de la bahía. De hecho, su motto es the bay area jazz station, o algo semejante. Ya le envié la dirección de la página.
Esto viene a cuento porque pensaba esta mañana, en mi camino al trabajo, sobre cuánto me gusta escuchar "algo" todo el tiempo. Me levanto y prendo mi cafetera y casi al mismo tiempo pongo las noticias, a veces con mucho ruido, de w radio. No faltan las ocasiones en que mi mujer va y apaga el radio desconectando la clavija del contacto, y tengo que ingeniármelas prendiendo el estéreo del estudio o poniendo la computadora. Me encanta meterme a bañar a media mañana, después de andar en la bicicleta, y poner música de mi gusto, fuerte. Suele ser salsa o algo de mis favoritos: Filio, Silvio, Pablo, Sabina. Y casi siempre me gusta ponerle la opción de shuffle, para que no sigan el orden del disco, sino otro, aleatorio.
En el camino a la escuela, cuando llevo a mis hijos cada mañana, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no encender el radio y en vez de eso platicar con ellos. Suelen responder con monosílabos o van más atentos a lo que pasa fuera, o a veces a sus libros o sus estampas, pero vale la pena. También porque no quiero que, negociando, me pidan que ponga al capitán guarnís. En realidad no es el capitán guarnís, sino un burro que dice una sarta de estupideces en la estación del sistema estatal de comunicación. Lo dirige a los niños y lo único que hace es invitarlos a consumir cuanta porquería se le atraviesa. No lo soporto.
De niño poco escuchaba la radio. En casa sólo había un, en ese entonces, flamante estéreo con radio y cartuchos de ocho tracks, si mal no recuerdo. Mi padre lo trajo en una de sus venidas de los Estados Unidos, pero casi ni me dejaban tocarlo. Estaba sobre el buró de la cama de mis padres. Curiosamente, ellos prácticamente nunca lo prendían y aún me acuerdo cómo se veía una cucaracha en el dial cuando finalmente era encendido.
Ya en Querétaro, en la secundaria, se puso de moda conseguir un radiecito pequeño para escucharlo en las noches, cuando ya todos se dormían. Por supuesto, estaba prohibido, lo cual lo volvía aún más interesante. Escuchaba una estación entonces de moda, radio dólar, por aquello del dólar a 12.50, que era la frecuencia en la que transmitía. Ponían canciones de José José y Camilo Sesto (¡qué horror!), y a menudo me dormía escuchando con un audífono, de esos de una sola oreja, los estereofónicos sólo los usaba Zabludovsky en 24 horas, sólo para descubrir, en la mañana siguiente, que las pilas se habían acabado.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Una vida decente

Esta mañana escuchaba a Eduardo hablar a jóvenes de la universidad sobre la psicología en la encrucijada de los saberes. Hizo una síntesis magistral de los aportes de diversas corrientes de la psicología a la vida humana. Hizo referencia al conductismo, a la psicología positiva, a la autoeficacia, al apego y al psicoanálisis, entre otras. Lo más valioso, sin embargo, me pareció su reflexión y su insistencia en hablar desde la vida, desde lo cotidiano, desde el día a día. Despotricó, sin perder la amabilidad y la elegancia del que ha recorrido el mundo, las ciencias, los congresos, contra el éxito que tanto se pregona y que termina siendo hueco. Propuso mejor hablar de la búsqueda del psicólogo, y en realidad de todo ser humano, de una vida decente para todos. Una estudiante le preguntó, entonces, que qué entendía por vida decente. Habló de solidaridad, de equidad, de apego a valores pero no en el discurso teórico, sino en la eticidad de la vida, entendida como una existencia en la que se noten esos valores, no tanto que se pregonen. Insistía, con ejemplos, que de nada sirve hablar de respeto, si tratamos con la punta del pie a los demás: la vida tiene que hablar por sí misma. Dijo también que, en el fondo, lo que el apego nos ha enseñado es que el anhelo más profundo es el de amar y ser amado. Y que tenía que ser no sólo vibra, sino también cuidado. La vibra es el enamoramiento, la palpitación del adolescente, la emoción del momento. El cuidado implica tiempo, convicción, decisión, compromiso, y se traduce en actos concretos. (Curiosamente, en otro salón de las instalaciones, "grandes personajes" se aprestaban para las fotos y las cámaras de televisión. De allí venía y me sentía vacío. En la charla de Eduardo encontré un remanso de paz. Salud).

martes, 4 de agosto de 2009

In memoriam

Hace ya un mes que te fuiste. Nunca podré olvidar dos momentos. Son de esos que, siempre he pensado así, es necesario guardar en el corazón. Es de mañana y me despierto después de un descanso mediocre, aunque es mejor que las noches previas, que pasé casi en vela. Pienso que ya tengo que regresar a Puebla a trabajar. Paso por un café al oxxo y me dirijo al hospital. La noche anterior el neurólogo se mostró casi optimista: Medio reaccionabas y se veían, leves, algunos reflejos. Entro al hospital con la emoción y la duda. No sé, de verdad, ni cómo me siento, ni qué pensar. Angélica estuvo contigo toda la noche. Me dice que pasaste bien la noche y se mete al baño a ducharse. Yo pensaba sólo pasar a despedirme de ti para irme a desayunar algo antes de subirme al carro y emprender el regreso. Veo, sin embargo, que tienes fiebre muy alta, cuarenta y dos grados y medio. Te veo mal, respirando con dificultad, allí tirada, muy lejana y distante. Un rato después, el internista me dice que la fiebre ya no se podrá controlar, que es central, y me convenzo que, ahora sí, es el principio del fin. Te hablo al oído y te pido que perdones mi intolerancia, mi falta de paciencia la última vez que hablé contigo por teléfono, tú me marcaste, un par de semanas antes. Volteo a ver los aparatos a los que estás conectada y mi corazón sufre. No sé qué hacer. Te digo entonces, sigo hablándote suave, al oído, que te relajes, que estés tranquila, que Dios te espera y te recibe en los brazos. Tú te resistes pero tu corazón está cada vez más desbocado, con taquicardia. Te acaricio el pelo y las lágrimas se asoman a mis ojos. Ya no sé qué decirte, se acabaron mis palabras. Sólo veo que tu respiración es más rápida y menos efectiva. Angélica está otra vez aquí y le digo que llegó el final. Me dice que te gustaba, lo sé, ver la misa en la televisión. Sintonizamos el canal religioso y se pone a rezar el rosario. El final está cerca. Las alarmas no dejan de sonar y los números se vuelven locos. No sé si desconectar todo, o hablarte, o acaricar tu pelo, o alejarme, o acercarme, o... no sé. ¿No podría esto pasar más rápido? Los números siguen locos, las rayas suben y bajan. Tu respiración es muy rápida. Las alarmas suenan. Yo no sé qué hacer. Todo se acabó. No respiras más. Ya descansas. Yo no sé, de nuevo, qué sigue. Te has muerto ya.
Ya el señor de la carroza que anoche Jesús y yo fuimos a buscar, se ha asomado a la puerta, y nos dijo que a la hora que nosotros queramos. Al escucharlo me cae el veinte y siento un hueco en el pecho. Sabía que este momento llegaría, pero no me siento preparado para ello. Mis sobrinas se acercan a la caja y te lloran. Te preguntan que por qué y sus lágrimas mojan el cristal. Saco fuerzas de mi tristeza y, junto con mis hermanos, te cargo. Los cirios se han consumido y las flores, pocas, me parecen tristes. Se parecen a mi corazón. Te empujo en la carroza y sé que ya no te volveré a ver en casa. Ya te fuiste. Después vendrá la misa, de pie y algo lejana, dolorida y silenciosa. Ya en el panteón, justo antes de enterrarte, me parte el corazón ve a mi padre casi arrodillado junto a tu caja, llorándote y diciendo en voz alta que te va a extrañar. Todo es, así me parece, oscuro y lejano. Te dejamos adentro de la tumba y yo estoy aquí, sigo aquí. Llega el momento en que mis ojos siguen llorándote, pero hay que dar la vuelta y seguir. En casa de Angélica descubro una foto de hace casi veinte años. Tú estás rozagante, sonriente, orgullosa. Mi cabeza se recarga en tu hombro. Así quiero recordarte, te recuerdo, cada día, siempre.

Puebla, 2 de julio de 2009.

martes, 30 de junio de 2009

Antes de terminar, aquí estoy

Hoy se acaba el mes de junio. La primera mitad del año ya se fue. Con el lugar común, me digo que qué rápido pasa el tiempo últimamente. Quizá sólo sea una evidencia de que me estoy haciendo viejo. Bueno, al menos, un poco más viejo. Afortunadamente me siento en la plenitud de mi vida a mis cuarenta y un años.
Hoy me desperté temprano a tomar café, a pensar, a meditar o por lo menos a poner atención a mi respiración. Son tiempos de nuevos proyectos, de tomar decisiones que de repente no son fáciles pero que hay que tomar de cara al futuro. Aunque, en realidad, como se toman las decisiones importantes, al menos como yo lo he hecho en mi vida, veo que ya la tomé. Pronto saldrá algo nuevo, retador, emocionante... espero contar con muchas buenas vibras.
En otro tema totalmente diferente, pero que seguramente tendrá alguna conexión, ya me encargaré de encontrarla y de escribir al respecto, no quiero dejar de mencionar la muerte de mi madre. Fue hace ya casi un mes, el 2 de junio. Me parece tan cercano y tan lejano. No acabo de asimilar el hecho. Fue un tiempo muy concentrado, de sentimientos encontrados: esperanza, temor, impotencia, cariño, unidad, cercanía, amistad, dolor, sorpresa, novedad. Mucho por desbrozar. Te fuiste, madre mía, pero guardo en mi corazón esos últimos días que te vi con vida. Y, por supuesto, tu última salida de la casa, cuando te cargamos con lágrimas en los ojos y el dolor saliendo por cada poro del cuerpo. También recuerdo y recordaré siempre a mi padre casi arrodillado junto a tu caja, tú muy seria y silenciosa, como dispuesta a escucharlo por última vez, él sabiendo que te va a extrañar a pesar de que los últimos años, me consta, fueron realmente difíciles. Te fuiste, madre, pero estás aquí. En mi corazón.

sábado, 23 de mayo de 2009

Esta semana

Temprano me desperté, aún siendo sábado. Ya leí los periódicos que me interesan, ya revisé mis correos electrónicos, y respondí a quienes se interesaron en la rodada de mañana domingo a Las Antenas, espero que se animen. Ahora me debato entre leer, escribir algo en mi blog o mejor irme temprano a rodar sobre mi bici. Decido escribir algo en el blog. El asunto es decidir sobre qué escribo. 
Cuando inicié el blog pensé que sería fácil escribir diario, o cada tercer día o, de perdida, una vez a la semana. Revisando mis entradas, el ritmo ha sido irregular: hay días seguidos en que escribo, y hay meses enteros en que no subo ni una letra al ciberespacio. 
Hoy no sé si escribir algo sobre Benedetti. Hace ya una semana que se nos fue, pero siempre habrá algo que decir. Yo quisiera recordar y revivir la emoción de leer su Gracias por el Fuego y La Tregua en épocas de, para mí, profunda y ansiosa búsqueda. 
Eran tiempos de casas de formación marista, bastante aparte del mundo pero con unas ganas insaciables de leer, de salir, de conocer el mundo. Y, al mismo tiempo, eran tiempos de una enorme ebullición interior, de sentir el amor, de preguntarme sobre el compromiso, de cuestionar la amistad, de buscar siempre nuevos horizontes. Tiempos de intentos, de acercamientos, de emociones encontradas, de anhelos, tiempos de una rebeldía que aún hoy, de solo recordar, disfruto. 
Curiosamente, antier me encontré a Enrique, de modo totalmente inesperado, en la universidad. Teníamos, hacíamos cuentas, veintidós años sin vernos, después de un año en Morelia, en el noviciado ("el encierro" del que he hablado antes aquí), y otro más en Querétaro, mientras concluíamos la normal primaria. Recordábamos que no fuimos los grandes amigos, de hecho Enrique me decía, con cierto asombro compartido por mí, que en ese día, el jueves, habíamos hablado más que en tres años de vivir en la misma casa, bajo el mismo techo. 
Recordamos, y aquí se encuentran ambos trozos de esta historia, nuestras búsquedas de jóvenes, sorprendentemente comunes, y reconocimos lo que la formación nos dio y también lo que nos evitó. Allí, en el tiempo, se ubican mis primeros acercamientos a Benedetti. Eran tiempos de mirar al interior y sentir la vida en el corazón, que yo apenas descubría que latía intensamente, pero no me animaba a conocer exactamente por qué, menos por quién, aunque ya lo intuía. Eran, lo sabría después, tiempos de mirar hacia afuera en busca de un par de ojos femeninos profundos, dispuestos a compartir codo con codo, el ansia de comprometerse y, a fin de cuentas, de hacer una historia juntos. Para mí fue el rincón blanco del que luego escribiré.
Años más tarde, recuerdo a mis buenos amigos Paco y Lalo llegar con una botella de vino chileno y un ejemplar bastante manoseado del Inventario. Yo era treintaycincoañero, más o menos, y ellos andaban en la segunda mitad de sus veintes. Y leer los poemas de años antes, y recordar lo que me hicieron vivir, aún hoy me hace emocionarme. 
Gracias a Benedetti por ello. Gracias a mis cómplices en las búsquedas: a Rocío con el casete que me hizo llegar con la clásica somos mucho más que dos. A Silvia que siempre se aparecía entre líneas. A mi Colocha porque son suyos esos ojos profundos en los que descubrí el amor que hoy me sigue alimentando. 
Por ello siempre será necesario tener a la mano una poesía de don Mario. 

viernes, 15 de mayo de 2009

Dos mil doscientos

Dos mil doscientos son, más o menos, los metros de altura del D.F. sobre el nivel del mar. Por allí andan, también, San Cristóbal y Puebla. Dos mil doscientos son, hoy, los kilómetros que marca el odómetro de mi bicicleta, el que compré hace exactamente un año. Es el equivalente a ir y volver del DF a San Cristóbal, más o menos. Cuántos recuerdos, cuántos paisajes, cuántos esfuerzos, cansancios, sudores, cuánta satisfacción. Cuántos olores arriba de la bicicleta en este año, especialmente el olor a pino en la parte alta del Zapo, muy a menudo, y el olor a yerba mojada temprano en la mañana. Una palabra basta: inolvidable. 

martes, 31 de marzo de 2009

Breves del camino

Primera. Finalmente están arreglando la recta Puebla - Cholula, pero sigo sin entender tres cosas: apenas acababan de rehacer la carpeta asfáltica, e hicieron un hoyo para poner un tuvo de lado a lado. Al final pusieron un parche que, claro, ya se hundió y funciona como un vado. Otra: si ya sabían -supongo- que del otro lado, justo enfrente de la Nissan, se iban a tardar mucho más porque había que meter tubos enormes, no sé si de agua o drenaje, ¿por qué no primero arreglaron la lateral por la que obligan a pasar a los automovilistas, que tiene más hoyos que el paisaje lunar? Finalmente, ¿por qué no trabajan los fines de semana y sí lo hacen en los momentos de más tráfico? ¿será tan difícil organizarse? Digo...
Por cierto, al inicio de la recta, hay un letrero que, sin mal no recuerdo, dice: cambio novia bonita e inteligente por un clio. Sin comentarios. 
Lo de siempre, que sigo sin entender, ¿por qué tanto pinche tope? hay calles en Cholula que tienen tres: uno al inicio, otro en medio y otro al final. Para no errarle, supongo.

lunes, 30 de marzo de 2009

Caminando por el centro

Es sábado en la tardecita, después de comer, y antes de irme a la siguiente mesa en la reunión de consejeros distritales del ife, decido irme a caminar un rato. Cruzo Reforma y me voy por Juárez, del lado derecho. Primero están unos bancos, vacíos, por ser día no laborable. Desde el inicio me llama la atención que me cruzo con gente que trae sus Sanjuditas en los brazos. Ellos vienen en sentido contratrio al mío, de modo que observo a muchos de ellos. Me llama la atención que hay hombres y mujeres, jóvenes de menos de veinte años y no tan jóvenes de quizá sesenta o más años. Veo de reojo a la mujer madura con generoso escote, tatuado, que lleva su Sanjudas cargando mientras platica con alguien más, seguramente un familiar. Veo a una joven mujer con ojos cansados y cara de agobio que le ha puesto su Sanjudas unos adornos de tela con chaquira. Avanza derecho, ensimismada, por la avenida. Veo también al señor más o menos joven (depende quién lo vea) de unos 35 ó 40 años, con un Sanjudas tan grande que no cabe por la puerta del micro y mejor sigue caminando. Pienso que no debe ser de un material tan pesado, pues de otro modo la carga sería demasiada. 
La banqueta está sombreada y me cruzo con mucha gente. Jóvenes abrazados por la cintura, ellas con ojos pintados y piercings en las orejas y blusa ombliguera, ellos con botas gastadas y pelos parados con mucho gel. Se ven y me ven y simplemente siguen su camino, decididos. Me dan ganas de entrar al Sótano y luego a la Gandhi, pero decido que no tengo tanto tiempo. Paso por una cervecería, se ve desde fuera que está llena a reventar, pues falta poco menos de una hora para el partido de México contra Costa Rica. La cerveza la sirven en un gran tubo de acrílico, al centro de la mesa, del que sale una llave como de grifo con la que llenan los tarros. Se ven unas claras y otras oscuras. Veo que es cerveza sol y me convenzo de que mejor paso. 
De regreso cruzo frente a Bellas Artes y Camino un poco adentro de la alameda, llena de puestos de artesanías y de comida y de gente que va y viene. Aquí y allá hay gente sentada, unos platicando, otros en silencio. Algunos están un poco más lejos, como perdidos en el jardín, besándose y acariciándose. 
Atrás del hemiciclo a Juárez me sorprende una banda que toca la gaita con tambora. Se oye a todo dar, pero no deja de parecerme extraño ver a jóvenes con sus faldas escocesas. Luego están un par de chavos ensayando en su monociclo, muy concentrados, que se bajan y se vuelven a subir. A un lado, otros jóvenes practican malabares con pelotas de tenis y con otros objetos. Se ve que están enseñando a algunos neófitos, pues las pelotas están constantemente en el piso. 
Donde se acaba la Alameda, en la calle junto a la plaza de la solidaridad hay un escenario. Me acerco y un grupo de chavas toca rock mexicano, supongo, si es que existe algo así. Hay una pelirroja con blusa strapless y mangas también rojas, en el requinto. La baterista está en la parte de atrás, con su audífono en un oído, se nota que es un poco más grande de edad. A su lado está la percusionista, muy animada tocando los timbales. Al frente, una chava morenita de pelo lacio y una extraña blusa con una especie de falsa corbata toca la guitarra. Se anima cuando ve al público y sonríe chueco y se le ven los ojos cansados. Viste una falda pantalón como de olanes, raro para mí pero que cuadra en la escena. Al centro está la vocalista con una blusa amplia, triangular. Trae los ojos pintados y muy grandes, oscuros. Canta padre, entonada, aunque me parece que le falta un poco de pasión, como que no acaba de animarse. Del otro lado, una tecladista con kimono rojo sobre pantalón negro marca el ritmo y voltea a ver a sus compañeras señalando los tiempos. Completa el grupo un chavo, bajista, muy bailador. Abajo unas jovencitas muy agradables se animan y empiezan a bailar. Yo me tengo que ir y me alejo caminando lentamente. Atrás va quedando la vida esta caótica pero maravillosa ciudad de méxico. 

jueves, 26 de marzo de 2009

Por el medio ambiente

Aún con todo mi escepticismo, quiero dejar constancia de una serie de acciones en pro del medio ambiente en las que he participado o he visto últimamente. Aclaro que no soy "verde" ni pretendo serlo. Tampoco soy de los que creen en el "desarrollo sustentable", porque estoy convencido de que sigue siendo "pan con lo mismo", y que mientras no cuestionemos el concepto de "desarrollo", seguiremos atrapados, más o menos dándonos cuenta, en la misma trampa. Dicho lo cual, comienzo. 
Uno. Nos decidimos mi mujer y yo y nos instalaron un calentador solar. Hasta ahora el saldo es positivo: el agua por las mañanas está mucho más caliente que cuando usábamos el calentador de gas, aunque ha perdido algo de presión el agua, y es algo que tenemos que arreglar. Lo más importante, las perspectivas para el bolsillo: calculo que en dos años recuperamos el gasto y el resto será ahorro. Claro, también menos maltrato al medio ambiente al prescindir de la quema de gas para calentar agua. A fin de cuentas, el sol seguirá existiendo mientras estemos en este planeta, o viceversa, o como sea. 
Dos. El domingo me sentí muy orgulloso de Fer. Juntos participamos en el paseo ecoturístico en bicicleta organizado en San Pedro Cholula. Impresionante ver a unos 500 ciclistas arrancar sobre ruedas. Desde niños de unos cinco años, hasta viejitos y viejitas. Bicis súper modernas y bicis de lechero. Bicis ligeras y bicis pesadísimas. Se hizo buena convivencia y estuvo bien organizado, en términos generales. Ya de regreso, el contraste duele. Rodamos por toda la vía (donde estaba, ya desapareció) mayormente un camino desolador por la basura. Es increíble la capacidad  del ser humano para consumir y tirar madre y media. había desde las típicas llantas de auto a medio quemar, hasta una taza de excusado rota, entre escombro de alguna construcción, pasando por varios montones de cebolla, plásticos, botellas rotas, pañales, papeles, restos de comida, y un largo etcétera. No más palabras. 
Tres. Iniciamos, a tanteos, nuestra composta casera. Lo hemos comentado con las vecinas de la privada y todo mundo se muestra interesado. Hasta parece que vamos a separar la basura para reciclar, en conjunto. Que así sea. 

miércoles, 18 de marzo de 2009

Crónica bicicletera

Eran unos minutos antes de las siete cuando llegué al centro de Cholula, San Pedro, y además de mí sólo estaba Eric. Un rato después vimos llegar a Iván y nos preguntábamos si alguien más se haría presente para la rodada, quizá porque la cita parecía inusualmente temprano. Afortunadamente llegaron más y un poco más tarde salíamos 6 ciclistas, cuando justo al enfilarnos hacia la Miguel Alemán nos alcanzó Ricardo. Cambiamos de municipio por la ruta acostumbrada, y ya en San Andrés nos fuimos hacia Acatepec por la calle adoquinada que pasa por San Rafael Comac y que sería maravillosa si no fuera por los no sé cuántos topes que la adornan. Atravesamos la carretera federal y después de cruzar los primeros campos y de la bajada de grava con puente incluido, en Santa Martha, el grupo creció al integrarse Carlos a toda velocidad. Una primera subida más demandante, la que lleva a la secundaria de Chalchihuapan, ya muy cerca de la autopista, nos hizo sudar, pero reagrupamos y seguimos nuestro camino. Al llegar a Chalchihuapan tomamos inmediatamente a la derecha y disfrutamos una bajada totalmente rodable, en la que se alcanza buena velocidad sin mayor esfuerzo y que se disfruta más por los brincos naturales que le añaden emoción a la velocidad. El asunto es que luego vienen unos como canales que son el preludio de lo mejor, la bajada llena de piedras sueltas y tierra caliza que hacen muy difícil mantener el control. A ratos sobre la bici y otros empujándola seguimos avanzando. De repente nos deteníamos y veíamos del otro lado de la cañada lo que nos esperaba, la subida, pero definitivamente era más interesante ver cómo Gerardo bautizaba su nueva suspensión delantera de última generación, con… un rayón. Al llegar al plano cubierto de pasto seco nuevamente se rueda con gran facilidad. Yo iba justo atrás de Ricardo cuando hizo un extraño que resultó en un costalazo, afortunadamente sin mayor consecuencia que la pérdida momentánea de aire. La bici quedó atrás, contra un arbusto, literalmente patas, mejor dicho llantas, para arriba. Más adelante, ya cuando habíamos perdido el camino y buscábamos regresar a él entre milpas quemadas, bordeando el río, se me ocurrió hacerle caso a Gerardo, que iba encabezando al grupo, y gritó “a ver, brínquenla”. Era un vado muy empinado y allí voy. Se atoró la llanta delantera y la bici dio vuelta completa para caer… encima de mí. Afortunadamente nada grave, sólo el dolor en las palmas de las manos que recibieron el impacto. Me ayudaron a levantarme y a seguirle. Lo que ya veíamos venir nos alcanzó y no quedó de otra sino subir la larga, polvosa y tendida cuesta que nos lleva desde el plano hasta la parte más alta, allí junto al panteón del pueblo. Lo bueno de que no sea la primera vez es que cuando uno pasa por el basurero sabe que ya falta poco. Descansamos un rato y luego otro rato ya en el pueblo, en la tienda de costumbre, atrás de la iglesia del centro, donde algunos se tomaron un refresco y otros agua, cada quien lo que necesitaba. Cruzando la autopista seguimos derecho por el asfalto, rumbo a Chipilo. Al entroncar con la carretera federal nos metimos entre un grupo de ciclistas peregrinos que iban a ver a la virgen de los milagros, si mal no recuerdo. La bajada fue muy emocionante y sin percances, llegando el odómetro a los sesenta kilómetros por hora. Cruzamos Chipilo y nos enfilamos a Tonantzintla por un camino de terracería con harta basura a los lados y un letrero que dice, claro, prohibido tirar basura. Allí Carlos se despidió y el resto siguió por la carretera, ya a paso más moderado, hasta el centro de Cholula. El odómetro marcaba entre 39 y 41 kilómetros recorridos. Coincidimos en que lo importante no era la exactitud sino la diversión y el buen ambiente que, como de costumbre, fue la nota principal en el recorrido. Participamos: Gerardo, René, Carlos, Ricardo, Eric, Iván, Daniel y un servidor. Dominaron las biclas Merida, con tres, y las GT, con dos. Hasta la próxima.

jueves, 26 de febrero de 2009

Construir la esperanza

A menudo, en estos días, me he descubierto platicando con mis amigos sobre la desesperanza que me da voltear a ver nuestra vida pública. Las razones abundan. Por ejemplo, los topes que inundan nuestras calles y parecen negar nuestra posiblidad de educarnos en el respeto a los demás mientras vamos al volante. Otro ejemplo: cierran las avenidas principales que conectan a Puebla con Cholula, las tres al mismo tiempo, la recta, forjadores y la atlixcáyotl, y ni un letrerito que avise, no digamos que oriente sobre las alternativas. Más: hoy llego a la universidad y veo el flamante y elegantísimo auto de lujo, negro y sin una mota de polvo encima, de una de las autoridades. Por supuesto, cerquita de la puerta principal, ocupando un lugar destinado a los minusválidos. Adentro, el personaje en cuestión se paseaba, orondo, como estrella en alfombra roja. Qué horror. 
Me propongo hacer cosas pequeñas pero que me permitan agarrarme a un cachito de esperanza. Por ejemplo, ya empecé mi composta con las sobras de comida, y allí va. Estoy también separando la basura para reciclarla, pet, cartón, papel, plástico. Ya hablé con las de Chanonillistli en San Andrés y dicen que les interesa, que todo lo reúsan. Quizá, intuyo, la participación en organizaciones locales, sea una manera concreta de construir la esperanza. A ver qué pasa. 

miércoles, 18 de febrero de 2009

Puras decepciones

Desde hace días quería escribir algo sobre las decepciones que me amargan, a veces, los días. Y no me refiero al partido que, como esperaba, los ratones verdes perdieron ante los gringos en el futbol. Eso, en realidad, es peccata minuta, casi nada. 
La decepción es, primero y de nuevo, de la suprema corte de justicia en el caso Atenco. Al oír o leer sus sesudas y jurídicamente perfectas argumentaciones, pienso en aquello de León Felipe: cualquiera sirve para enterrar un muerto, menos un enterrador. O acaso, me pregunto, ¿a alguien le queda duda de los abusos que cometieron las "fuerzas del orden" contra los ciudadanos? De acuerdo, hubo quizá exceso de fuerza también del otro lado, cerrazón, lo que se quiera. Pero, insisto: ¿alguna duda, despué de ver, por ejemplo, aquella imagen de los policías golpeando hasta a los perros que se les atravesaban en el camino? Eso basta para contestar. A mí no me queda duda. Y mi decepción se vuelve pregunta: ¿por qué aquí ningún político asume el costo de sus decisiones? ¿por qué "no pasa nada"? Y me digo que mientras no haya políticos de peso en la cárcel, sigue la decepción. 

domingo, 1 de febrero de 2009

Mi insomnio de hoy

Es muy temprano, quizá las cuatro de la mañana, y me despierto. No lo sé con exactitud pues el reloj de buró está parpadeando porque ayer lo desconectaron y no lo he puesto a tiempo. Me da sed y voy a la cocina y me sirvo, a oscuras, un vaso de agua. Siento la barriga pesada por la media hamburguesa que cené anoche, sin mucha hambre. Quizá también hicieron su efecto el par de wiskies con agua mineral que me tomé mientras veía el futbol. Me volteo y abrazo a mi mujer, pero no logro dormirme. Por mi cabeza da vueltas lo último que me dijo anoche, antes de dormir, que la vecina le había contado que en su casa de Momoxpan se habían metido a robar, y que por eso mejor pusieron protecciones en la casa junto a la nuestra. No sé qué pensar. Mejor decido que tengo mucho que hacer y me levanto a leer los avances de reportes de servicio social de este semestre. Leo ocho o nueve mientras tomo café y escucho música suave. A ratos me meto a internet y leo las noticias. Alrededor todo es silencio y oscuridad. 

lunes, 26 de enero de 2009

Tardes de palomas y de paz

Casualmente, el día de hoy me encontré una noticia en yahoo donde hablan de la celebración del 50 aniversario de la ordenación episcopal de Don Samuel, en San Cristóbal. Y hace unos días, hablando con Fer, nos acordábamos de momentos llenos de significado justamente allá. Yo estudiaba en ecosur, en una inmersión de tiempo completo, demandante y en muchos sentidos apasionante, en el mundo académico. Me estrenaba como papá y mi Fer crecía, vivía sus primeros meses de vida en tierra chiapaneca. La demanda de estudio era grande, y la de tiempo, por parte de mi mujer, era aún mayor. Por eso me levantaba temprano, a las tres de la mañana, para sacarle el aire después de mamar, hasta que se quedaba dormido. Lo dejaba yo junto a su mamá y me iba directo al cuarto de estudio, a leer algún artículo o escribir algún trabajo pendiente. El silencio y el frío, además de un buen café expreso en mi jarrita metálica eran mis únicas compañías. 
Por la tarde, en algo que se convirtió en un ritual, después de comer nos íbamos en nuestro vochito rojo al parque central, como dicen allá por el sur. En alguna de las tiendas que circundaban la plaza comprábamos un paquete de medio kilo de arroz. Íbamos entonces frente a catedral, junto a donde antes establa la cruz, y echábamos puños de semillas a las palomas, que se acercaban al principio con timidez y luego en bandada. Fer, que empezaba a caminar, las quería agarrar y, claro, volaban de inmediato. Así gastábamos nuestras tardes, comprábamos algún dulce o refresco, íbamos a algún mandado allí cerca y, ya cuando el sol empezaba a bajar, volvíamos a casa, felices. 

jueves, 15 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II cuarta y última

En una mañana soleada vamos a visitar a uno de los catequistas de la comunidad. Es también promotor de salud. Lo encontramos sentado bajo un sencillo techo de broza, componiendo su machete. Es el instrumento básico de la rozadura y todo campesino tiene por lo menos un par de machetes bien afilados. La cacha viene de fábrica hecha de un plástico quebradizo, que se rompe con el uso. Cuando esto sucede, los hermanos le hacen una cacha nueva utilizando el hule de zapatos viejos. Con calor van pegando una capa sobre otra, y con una punta de machete la van moldeando. La aseguran con el alambre, muy maleable, que se usa en las asas de las cubetas. Así, con ingenio y paciencia, sus machetes siguen trabajando y de paso reciclan materiales.

 

***

 

La última parte de la gira por la montaña nos hace subir incontables cerros que se vuelven interminables. Caminamos desde el nacedero del río Euseba y seguimos su curso, muy de cerca, escuchando el tranquilo correr de sus aguas, observando el fondo de piedras redondeadas y las riberas cubiertas de plantas verdes y flores blancas. Cruzamos un par de hamacas y unos puentes rudimentarios hechos con troncos caídos. Atravesamos potreros con todo y el temor de las mostacillas que se suben al cuerpo y causan estragos. En un recodo descubrimos la pista de avionetas en San José el Oriente y sus chiqueros de madera, con sus blancos cuches dentro. Entre numerosos arroyos que bajan de la montaña y corren hacia la cañada, divisamos un par de ceibas, una bien verde, lejana, y la otra más cercana y muy quemada en sus hojas, excepto las más altas. Ambas aparecen imponentes sobre el fondo verde de las laderas. Cruzamos por entre las rozaduras. Los troncos quemados son innumerables y dan una sensación de desolación infinita. Descubrimos las pequeñas matas de maíz que, un poco tímidas, brotan ya de la tierra negra y desde lo alto se ven las líneas verdes que forman en las parcelas, unas grandes y otras pequeñas, todas de formas irregulares. Pasamos por la troje quemada accidentalmente con setenta y cinco zontes de maíz adentro. La quema de la rozadura no se pudo controlar y se quedaron diez familias sin su ixim para comer. Hasta las láminas de aluminio se calcinaron y se volvieron frágiles y quebradizas. Allí parados observamos la cañada y repasamos los nombres de los ranchos, camino arriba: El Oriente, Guadalupe, Cañada de Álvarez, Sinaloa. El sol está ya más alto y empieza a quemar y las distancias parecen hacerse más grandes. En el camino encontramos agua y buscamos zapotes. Comemos tortilla con huevo y caña de azúcar, muy dulce. Antes, cruzando un pequeño arroyo sobre las piedras mojadas, resbaló mi pie ganándome el peso de la mochila y terminó haciéndome caer al agua. Más arriba nos detenemos de cuando en cuando a descansar entre los cafetales en flor, llenos de zancudos, y luego a contemplar la cañada y el helicóptero azul y amarillo que sobrevuela la cañada de norte a sur. Por fin llegamos a Buena Vista, cansados y sedientos. Allí encontramos una comunidad también sedienta y cansada, sus catequistas desmayados y mucho trago que entra y divide y quita la fe. En la ermita nos reunimos un par de veces y platicamos largamente con los hermanos. Así, con subidas y bajadas, este pueblo sigue haciendo camino.

 

José Cervantes Sánchez

Chiapas, abril de 1997 

miércoles, 14 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II tercera parte

Al abrir la puerta de la casa de un solo cuarto, se ve primero una mampara hecha con trozos de madera ligera y corriente, tal vez corcho, amarrados entre sí con majawa, un bejuco que se consigue en la montaña y hace las veces de cordel. Sentados contra la pared se adivinan varias figuras indígenas, calladas y tristes, sensación acentuada aún más por el resplandor de las brasas del fogón, al fondo. La tenue luz dibuja apenas su perfil, dejando el resto en sombra, como en el límite de la penumbra. En un rincón, detrás de la mampara de madera, están encimadas un par de viejas secadoras de café, que hacen las veces de cama para los habitantes de la casa. Dando vueltas cerca del fogón y caminando luego entre los pies de los presentes, se encuentra un escuálido chucho que una mujer intenta echara fuera y ante lo cual se defiende con débiles ladridos y dentelladas al aire. Olvidado el asunto, mi atención se centra en el lugar donde todas las miradas están fijas. En el piso de tierra, sobre una tabla sucia y gastada, yace el Obed. Es un niño de siete meses que murió por la mañana, de tos ferina. Desde hace ya varios días, tal vez una semana, que la mayoría de los niños de la comunidad se contagiaron con ese mal. Ayer el Obed se agravó, de allí que sus papás y su abuelo lo llevaron cargando a una comunidad cercana, en busca del promotor de salud. Como la medicina no surtió el efecto deseado, decidieron llevarlo al pueblo, para ponerlo en manos de un doctor. Aún no volteaban el primer cerro, y observando que el alatz no quería ya mamar, cayeron en cuenta de que ya había muerto. Entonces se regresaron a su comunidad. Cruzaron la hamaca encima de nuestras cabezas, mientras nos bañábamos en el río. Con todo y su tristeza, aún tuvieron tiempo de saludarnos y dedicarnos una amable sonrisa. Ahora, el niño yace en el centro de la habitación. Tiene puesta su mejor ropita, incluso el gorrito de tela de colores que las mujeres tojolabales acostumbran coser para sus hijos pequeños. Está envuelto en unas viejas mantas y un par de velas le alumbran. Su rostro luce apacible, con sus ojos cerrados y unos cabellos cubriendo parte de su frente. Su madre, una adolescente de no más de dieciséis años, de repente recuerda su dolor y le llora en su lengua materna, casi cantando: “ay, kalawawa, ay, kalawawita…” Se acerca y le acaricia las mejillas, como queriendo despertarlo, y lo besa y le vuelve la pequeña carita y sigue lamentándose, como resistiéndose a creer que el hijo, su hijo, su único hijo, se ha ido ya, tan pronto, para nunca volver. Desde la orilla de su dolor, desde las paredes de tabla, una docena de ojos le acompañan y le compadecen. A su modo, comparten su dolor y se preguntan por qué este dolor, por qué esta enfermedad, por qué esta injusticia que, todavía hoy, sigue matando niños. 

martes, 13 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II segunda parte

Sigo la transcripción de mi escrito. Compruebo cómo la escritura transmite emociones. 

va. 


Mientras caminamos entre una comunidad y otra, Paco me hace ver cuántas veces los hermanos nos pidieron disculpas “porque no hay bastante qué comer”, y de los varios padres que, al visitarlos en sus casas, se dirigían a sus hijos diciéndoles: “vete con los hermanos, para que estudies y tengas buena comida”. Es muy duro ver el hambre y, pienso, más duro aún el sentirla en carne propia. Es que es éste, precisamente, el tiempo en que más se sufre en las comunidades de la montaña: el maíz de la cosecha pasada ya se acabó o está a punto de agotarse, y las milpas nuevas están todavía sembrándose. El otro componente básico de la dieta indígena, el frijol, por su parte, escasea mucho y sólo se consigue a un precio definitivamente fuera del alcance de los castigados bolsillos indígenas.

 

***

 

Llegamos a una de las comunidades más pobres y más alejadas de los caminos. Aquí recibimos una contundente lección de solidaridad: poco después de pedir nuestra posada, una niña sale de la casa de al lado con una taza de botil, una especie de frijol grande, propio de tierra fría; un rato después, uno de los catequistas trae él mismo su cooperación, que consta de varios huevos; luego, un niño llega a la casa con varios zapotes; finalmente, otro de los catequistas manda a su hijo con tres pacayas “para los hermanos”. Veo lo que sucede delante de mis ojos y pienso que el compartir de los hermanos es así, sin muchas palabras. 

lunes, 12 de enero de 2009

Quince Años Después

Hace un mes, en el examen profesional de Sara, que defendía uno de los mejores reportes de servicio social que he dirigido, ella hablaba, como sin querer, del "fracaso de los zapatistas". Aurora, su coordinadora, desde el presídium le hizo ver que el hecho de que una alumna brillante decidiera irse a Chiapas a hacer su servicio social siginficaba que quizá no todo había sido fracaso. Recién cumplieron quince años de su levantamiento los zapatistas y cuántas cosas pasaron por mi cabeza y mi corazón de aquellos días. Ya de regreso en la universidad, mientras acomodaba papeles y discos y trataba de poner un poco de orden, casualmente me encontré con un texto que escribí en abril de 1997, después de una de mis últimas giras montañeras. La iré transcribiendo por partes, respetando absolutamente la redacción de entonces. 

CAMINANDO EN CHIAPAS II

 

Sentado en el estrecho corredor de tierra de la casa de Tata Chico, veo caer la lluvia de esta mañana de abril, muy fina. Pienso en los hermanos que ya quemaron su milpa y ya sembraron, y en lo contentos que deben estar por esta agua temprana. Su maíz pronto brotará y se verán las plantas bien verdes, contrastando con la ceniza negra y los troncos carbonizados en las parcelas. Y pienso también en los que no han quemado aún y en cómo estarán sufriendo al ver que en las rozaduras ya empiezan los retoños y en que no podrán quemar a menos que aclare un buen número de días (lo cual se vuelve más improbable a medida que se acerca mayo y la temporada de lluvias con él), y en la escasez, y en el hambre, tristes compañeras de la gente de estas hermosas tierras de paradojas: tan ricas y tan pobres.

 

El ambiente es húmedo y veo que mis botas siguen sin secarse, y hasta siento un poco de frío en los pies. En frente de mí, sobre un alambre, mi nylon y mi camisa en vano esperan un sol que se niega a salir –las nubes cubren toda la cañada– y tampoco se secan. Entretanto, compruebo que en mi corazón está fresco el recuerdo de la peregrinación a Tila, hace un par de días. Aún siento la alegría, el ambiente de fiesta que nos acompañó y se hizo tan patente entre los –según La Jornada– veinte mil peregrinos. Recuerdo los cantos llenos de esa alegre melancolía de las voces indígenas, sufriendo en la esperanza, esperando en el sufrimiento: “Habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tierra/ que ponga libertad…” y las porras y los vivas a tatik Samuel y a Don Raúl, a la iglesia de los pobres, al sínodo diocesano, y aún al papa; al pueblo creyente y a los anfitriones, los católicos del lugar. Revivo la sensación de pueblo entre las banderas de tantos colores, unas nuevas y otras viejas, y tantas mantas exigiendo paz y reclamando justicia (¿al cielo? ¿a unas autoridades estatales que parecen obstinarse en su ceguera y su falta de tacto?); unas bien pintadas y otras improvisadas en cartulinas y levantadas con brazos extendidos.

 

Mientras caminábamos bajo un sol no tan ardiente (las nubes nos hicieron más ligero el camino de ocho kilómetros y tres horas), admiraba yo los trajes indígenas llenos de colorido: los de Tenejapa bordados en negro y rojo, los tzeltales de Huixtán y Oxchuc con sus largas franjas rojas sobre fondo blanco; la belleza inconfundible de las faldas tojolabaleras y sus olanes abundantes; las blusas blancas, rematadas de grandes flores bordadas y falda oscura de las mujeres bachajontecas, los minuciosos bordados en punto de cruz de las tzotziles de El Bosque, tan alegres que parecen muy lejos del mes pasado y sus muertos en San Pedro Nixtalucum…

 

Caminábamos (y caminar es esencial al indígena, que es pobre y no tiene carreteras, ni carros ni camiones…) unos calzando botas, otros tenis o huaraches; un buen número de mujeres con sus pies descalzos, ya deformados por la costumbre, sus dedos abiertos y muy anchos, sobre el negro asfalto de la carretera. Las flores y los ramos de chib eran abundantes. Hacia cualquier lado volteaba yo y veía los rostros indígenas morenos y sufridos. La gente había llegado de todos los rincones de la diócesis, mujeres y hombres, niños y ancianos, muchachos fuertes y solteritas. Ya entrando al pueblo de Tila, nos alcanza el vehículo que transporta a los obispos de la comisión de CEM para la paz en Chiapas; y la emoción aflora y se vuelve sonrisas y arranca un aplauso cariñoso a nuestras manos, y más vivas a nuestras gargantas.

 

El recorrido por las calles de la cabecera municipal, muy empinadas, es largo. Los lugareños observan, expectantes y un tanto ajenos, como sorprendidos ante semejante multitud. Todas las tiendas están abiertas y muy llenas de gente que compra refrescos, galletas, frutas, cualquier cosa que engañe el hambre y la sed que se empiezan a sentir.

 

Para la misa el atrio del santuario es insuficiente y pronto se llena de símbolos: cruces, discursos de denuncia, notas de alegres marimbas, bailes ch’oles de acción de gracias, encabezados por el santo patrono, el Señor de Tila peregrino, de reluciente madera negra. Durante la celebración de casi tres horas, los obispos hablan y ven a este pueblo tan sufrido, iglesia que camina y sin olvidar su dolor, sus muertos, sus desplazados, sus presos injustamente, aún se da tiempo para la alegría y la fiesta.

 

Recargado sobre la pared, observo a los oxchuqueros tocar su tambor (cayop, en tzeltal) y su ajmay, carrizo de agudos sonidos. Al terminar, el viejo Cristóbal me muestra orgulloso el sombrero de palma que le regalaron cuando, hace casi cuatro años, fue con su música a saludar al papa, hasta Mérida. Y me cuenta de los enganchadores y de cómo, siendo joven, cuatro veces fue hasta Tapachula a las fincas cafetaleras, en un camino que les llevaba nueve días a pie, y de los sesenta centavos que les pagaban por trabajar de sol a sol hasta llenar una caja enorme de café cerezo, y de la alegría de pagar su deuda y “quedar libre” y volver a su tierra. Termina la plática haciendo notar, contrariado, cómo el gobierno gasta tanto en los ejércitos, negándose sin embargo a ayudar al campesino.

 

De vuelta a alcanzar el camión que nos llevará de regreso, veo una larga fila de vehículos que se mueven buscando la salida. Me pregunto cómo leerán este acontecimiento los poderosos, qué sentirán al ver tantos indígenas reunidos… Mi corazón está habitado por una serena alegría, compañera de la esperanza difícil de estos tiempos inciertos y contradictorios.