Los fines de semana suelo hacer bici de montaña, mayormente en el cerro Zapotecas, un maravilloso lugar ubicado en San Pedro Cholula, muy cerca de mi casa, con todo tipo de recorridos, desde lo más fácil hasta tramos realmente complicados y retadores. A veces me voy más lejos, casi siempre acompañado de mis amigos bicicleteros. Los paisajes suelen ser maravillosos y me renuevan el espíritu. Recientemente, en un recorrido solitario por una de mis rutas favoritas en el Zapo, justo después de las primeras lluvias, me quedé maravillado con las flores, como las de la foto que acompaña. Quizá un par de meses antes sufrí con las tradicionales quemazones del cerro. Digo "sufrí" no porque me haya quemado físicamente, sino porque, al dar mis vueltas en fin de semana, veía el resultado del fuego que arrasa todo a su paso: árboles quemados, pasto desaparecido, el paisaje todo negro. Algunos árboles, ya un poco más grandes, resistiendo estoicamente, pero muchos, sobre todo los pequeñitos, desaparecidos o carbonizados. Ver el paisaje así es doloroso porque todo parece muerto. El aire es caliente y el panorama, cerca y lejos, es desolador. Cuando la quemazón es reciente, hasta huele a humo y carbón. No sé si las quemazones son provocadas. Probablemente lo sean, lo cual habla de la mezquindad y la estupidez humana, ya sea motivada por la ignorancia o por rapacidad de los que quieren especular con el terreno y llenar todo de cemento. Bueno. El caso es que estas flores, hermosas, que brotan con las primeras lluvias, me dicen que, a pesar de todo, la vida se impone. Una maravilla.
jueves, 20 de mayo de 2021
martes, 18 de mayo de 2021
Como decíamos ayer...
Decía mi profesor de matemáticas en segundo de secundaria que así dijo Fray Luis de León, o así recuerdo, cuando regresó a impartir cátedra después de varios años en la cárcel.
En mi caso no ha sido cárcel, al menos no lo que se entiende comúnmente por cárcel, pero sí esta pandemia que ya lleva más de un año y en la cual seguimos atrapados. Aunque ya se ve algo de luz al final del túnel, sobre todo quienes ya tuvimos la fortuna de ser vacunados, como en mi caso, que recibí la primera dosis de la vacuna de Pfizer hace casi dos semanas.
Coincidentemente, ayer regresé a mi oficina en la universidad, después de catorce meses de trabajar desde casa. Fue raro regresar, y no estuvo exento de controversia, más por las formas que por el hecho de regresar. En mi caso, a pesar de que me la pasé bastante bien trabajando en casa, cerca de mi mujer y de mis hijos, no tenía ni tengo ningún problema en estar de nuevo en la oficina. Hasta me cae bien el estar encerrado, con buena música y viendo los árboles, muy verdes en plena primavera, todavía las últimas flores de las jacarandas, a través de mi ventana. No me puedo quejar.
Ayer cumplió dieciocho años mi hijo Juanjo. Lo quiero tanto que no me alcanzan las palabras. El caso es que de la universidad me fui a casa de mis suegros a comer. En bicicleta, por supuesto, aprovechando el carril bici recientemente inaugurado en la avenida Margaritas. Las dos o tres últimas cuadras antes de llegar a la 16 de septiembre los autos estaban estacionados sobre el carril supuestamente exclusivo para las bicicletas. Hasta adelante, una grúa de tránsito municipal. Le reclamé y me salió con que "la tengo descompuesta" lo cual era, obviamente, una mentira. Aquí la evidencia.

