martes, 18 de noviembre de 2008

Aunque sea unas palabras

Muchos días me ha llevado estar en el ánimo de escribir en mi blog. He pensado en tantas cosas, he estado en eventos interesantes, académicos, familiares, laborales. Mis andanzas bicicleteras han continuado. Se han renovado mis preguntas, otras me han llegado con mayor fuerza. Así, como suele ser la vida. 
La coartada perfecta podría ser la carga de trabajo. Este fin de semana larga me pasé buena parte del tiempo, levantándome temprano, leyendo versiones finales o casi finales de reportes de servicio social. Ya no tenemos cable pues estamos a la espera de cambiarnos a nuestra casa nueva y temprano me da sueño y estoy durmiendo más y, con el frío de estos días, mejor. 
Pero la realidad es que simplemente no me llegan las ganas de escribir. He pensado, sobre todo mientras pedaleo la bici, en muchas posibilidades de escribir. Llega el momento y, siempre, decido posponer la escritura. 
En el foro de la cátedra de la ibero estuve hace casi un mes. Algunas frases, algunos pensamientos me siguen acompañando. Casi me limito a transcribirlos, así como los atrapé al vuelo. 
Decía Maru en su diálogo frustrado con el jesuita venezolano español, Pedro Trigo: la obediencia es una renuncia a la responsabilidad. Decía el jesuita: el encuentro vivo con Jesús de Nazaret. Y yo me preguntaba, y me pregunto: ¿qué es eso? y Juan Ramón, sentado a mi lado, me decía que, según Freud, es una especie de sublimación de un sentimiento de culpa, o algo así. Yo insistía en que me quedaba frío y solo. 
Varias veces se repitió la necesidad, la urgencia decían algunos, de nuevos movimientos sociales. Y yo, de plano en mi escepticismo, decía para mis adentros: ¿cuáles? y me cansaba de escuchar idealizaciones llamadas movimientos, búsquedas, calificadas de alternativas. Crecía mi desazón y mi desánimo. 
Fue evidente, y dolorosa, la constatación de la autosuficiencia y autorreferencia del lenguaje cristiano, eclesial, clerical. Como si fuera sal en la herida, me preguntaba dónde quedan los lazos de ese discurso con la vida humana de cada día, con la existencia cotidiana de los seres humanos de carne y hueso. De los que dudamos, de los que no nos tragamos simplemente lo que nos dice una u otra autoridad, o hacemos el esfuerzo al menos, de no hacerlo.
Touraine, y ésa fue su aportación para mí, habló de idistinguir un comunitarismo cerrado, autorreferente, de un comunitarismo abierto, en búsqueda de diálogos y de nuevas formulaciones. Maru decía que en lo individual sucede algo semejante. Hay un individualismo hedonista al que parece no importarle nada de nada, conviviendo con individuos que buscan redefinir el sujeto, los derechos, las búsquedas. 
El título de la mesa de trabajo era: iglesia y religión, desafíos en una era que se acaba. Con mi compañero de banca decíamos, y yo salí convencido de su capacidad descriptiva, si no sería mejor llamarle: religión e iglesia que se acaba, desafíos en esta era. Me preguntaba y me pregunto si es posible todavía generar significado existencial desde una fe absoluta, inamovible. 
Salía a flote, como otras veces, la importancia de la pasión por vivir, quizá, pienso yo, como única vía de salida. 
En este desolador contexto, la sugerencia de Maru me parece más adecuada que nunca, cuando decía que la iglesia debería guardar unos cien años de amoroso silencio. Definitivamente, pienso, las palabras la han perdido. 
En otra conferencia, una lectura muy interesante de Pablo Fernández C. Hablaba del fenómeno del descreimiento como algo muy de nuestros días, y formulaba: aunque sea verdad, de todos modos no es cierto. Y recordaba a Chesterton cuando hablaba del exceso de creencias. 
Termino con una frase de Rosana Reguillo que decía que, pese a todo, es posible hoy construir esperanzas laicas. ¿Será?

lunes, 20 de octubre de 2008

En estos días

En estos días, casi un mes en que no he escrito en mi blog, se me han ocurrido algunas ideas, pero al final nada me convence y lo pospongo. Podría hablar del paisaje desde la mojonera al subir en mi bicicleta, siempre solo, al Zapo. A lo lejos se adivinan muy fríos los volcanes, como inalcanzables y a veces medio cubiertos por nubes bajas. En medio, los pueblos, como en reposo, tranquilos, durmientes. Por aquí y por allá los manchones verde oscuro, café, pardo, gris, de las milpas ya bien maduras, mayormente de maíz, cosechándose. El toque de alegría se lo dan los campos de cempasúchitl que tanto se cultiva en estos días, con su color naranja amarilloso intenso, que no deja de recordarnos a los muertos. 
Podría hablar de la incertidumbre de la economía aunque no soy experto pero sí me pega. Y de cómo me pregunto qué pasará con mi casa, que está casi terminada pero todavía no, y de cuánto se afectarán los créditos por las turbulencias en los mercados. Me pregunto por qué tenía que suceder precisamente ahora, cuando estoy a punto de cerrar el trato... de hecho ya di una parte y ahora, justo ahora, cambian las condiciones, suben las tasas, infonavit dice que ya no tiene dinero. Y entonces... me arriesgo o juego conservador, cuál será realmente mi capacidad de pago, y tanto que me gusta mi casa como está quedando... la incertidumbre. 
Podría hablar, también, de la visita de Chacho hace una semana. De lo que caminamos y lo que platicamos y de su admiración por lo bien cuidadas que parecían las varias iglesias a las que entramos con cara más de turistas que de devotos. Del raro santo Homobono en la punta de la pirámide de Cholula, con sus tijeras, su máquina y sus cortes de tela. De las traducciones literales que terminan diciendo cosas chistosas. 
Podría apuntar algo sobre la frustración deportiva, con un Cruz Azul que antes no divertía pero al menos ganaba, y ahora ni una ni otra. O de unos Dodgers que definitivamente se ven mejor con ese nombre en la franela que con Los Angeles en azul sobre blanco. De sus veinte años sin ir a la serie mundial y de las esperanzas que inmediatamente resucitó en mí. De cómo se vinieron abajo al no responder con el bat y de los hombres dejados en base y al final... a seguir esperando. 
O también podría escribir algo sobre la pregunta que con frecuencia me asalta al ver tantas invitaciones al desaliento social: dónde está la esperanza, de dónde se saca, cómo se aprovecha. 
Sobre eso, espero, escribiré más tarde. 

viernes, 19 de septiembre de 2008

La voz de mi dolor

En un correo electrónico reciente, una amiga chiapaneca en plena investigación de maestría me decía, como no queriendo, que no encontraba "su voz" en su escrito. Con mis alumnos de reporte de servicio social comentaba yo, casualmente, por los mismos días, que después de tener claro qué querían decir con el reporte, tenían que encontrar su voz al escribir. Tenían, creo, que sentirse a gusto, encontrar su ritmo, su manera de decir las cosas, su estilo. De otro modo, la escritura se torna imposible. Y parece sencillo, como si fuera suficiente con sólo decirlo, pero implica, estoy convencido de ello, mucho más que eso. Encontrar la voz es mirarse de frente en el espejo de la página en blanco y aceptar que, de entrada, uno no sabe qué decir. Y que sabe todavía menos cómo decirlo. Y entonces empezar a cuestionarse, buscarle, atreverse a ensayar hasta encontrar algo con lo cual se sienta razonablemente a gusto. 
Esto viene a cuento por lo que me pasó el fin de semana anterior, largo, gracias al asueto del día de la independencia. Ya me disponía, ya saboreaba una ruta en bici de montaña inédita, de más de cien kilómetros, que prometía ser muy buena y demandante. Pero no pude. A media mañana del sábado sentí ese como suave latigazo en la espalda, como tantas veces, y de inmediato comprendí que no podría rodar al día siguiente. Como casi siempre, me molestó mucho sentirme así y me costó enormemente aceptar que me dolía. Después de la comida ya no podía ni disimular el dolor, caminaba chueco y no podía casi moverme. El resto del tiempo lo pasé acostado, tomando medicina, con pomadas y bolsas de agua caliente en la espalda, tratando de concentrarme en respirar y estar tranquilo. Tuve chance de terminar el recurso del método, excelente, de Carpentier, y se acabó. Por más que me pregunté, en silencio, y por más que hablé con Lety de ello, no pude encontrar claramente la voz de mi dolor. Sigo guardando silencio y escuchando a mi alrededor y todavía no puedo. 

lunes, 8 de septiembre de 2008

Dos miradas Dos

Salgo de mi casa con tiempo suficiente para llegar a mi cita a pesar de que me entretuve un rato preparando el lunch y cerrando la computadora antes de echarla en la cajuela. Mi destino es el centro de Cholula, en realidad a unas seis o siete cuadras de la casa. Antes de llegar a la parroquia, veo a los policías de frente y, detrás de ellos, gente caminando y muchos puestos de feria. Me acuerdo entonces que es el mero día de la virgen, el mero día de feria. El cielo está gris y no parece que vaya a abrir, y sin embargo hay mucha gente en la calle. No me queda sino dar la vuelta a la izquierda y resignarme a buscar un lugar no muy lejano para estacionarme. Voy avanzando por las calles y me gana la muina al ver que no hay espacios. Mi coraje aumenta cuando ve a los pendejos que no saben estacionarse y por su culpa los lugares escasean aún más. Luego observo a los agentes de tránsito y maldigo la bajísima preparación y profesionalismo que les caracteriza. Sólo están atentos para ver a quién muerden, con su típica mochilita bajo el brazo en la que se adivina su bloc de multas y las placas que hasta el momento han quitado. Pero eso no cambia las cosas. Tengo que dar varias vueltas a la manzana hasta que encuentro un lugar razonablemente cerca. Me estaciono y voy caminando a la reunión. 
En realidad la reunión no se llevará a cabo pues, me dice un guardia, nadie laboró el día de hoy, excepto por los del comite de obras públicas que tenían que ver una licitación. Antes de ello ya había depositado yo un cheque que me pidió Lety en su cuenta del banco, y afortunadamente había poca gente, lo cual no dejaba de ser raro pero lo agradecí. No me quedaba sino emprender el camino de regreso. Me impresionó la cantidad de triques que vi en la feria de pueblo de Cholula. Se me antojó entonces ver desde los ojos del turista. Yo, que llevo casi diez años viviendo en la región y que, sin embargo, no dejo de ser foráneo. Pensaba, a medida que caminaba entre la multitud, que de alguna manera una feria como ésta nos retrata como sociedad. Vi puestos de comida, de esos típicos en que cuando uno está enfrente, le dicen pásele güero, qué va a desayunar. Había barbacoa, carnitas, cecina, tamales, pollo, cemitas que se adivinaban por el aroma a pápalo que impregnaba el ambiente a lo lejos. No podían faltar los productos más de la región, sobre todo frutas como granadas, limas, duraznos, manzanas, cacahuates y unos chiles poblanos enormes, muy rojos, todo así puesto en pequeñas cubetas de plástico o de lámina, sobre un nailon en el piso. Los postres de Calpan, así decía una cartulina hecha a mano y a la carrera, con poca pericia, se veían suculentos. No sé ni cómo se llaman, pero había galletas de color rosa y otras blancas, junto con dulces de leche, cocadas, tamarindos, así como las infaltables alegrías de amaranto. Las artesanías eran abundantes. Lo mismo me topé con una señora que ofrecía chalecos como recortados de cobijas de esas con animales en colores chillantes, que mujeres de rostro indígena que, sentadas, tenían en frente enormes tendidos de blusas con tejidos indígenas como de la sierra norte. Las combinaciones de colores eran francamente disfrutables, predominando en los bordados el rosa mexicano, el verde, el azul cielo, siempre sobre fondos blancos de la manta. Pensé en lo mucho que mis hijos se habrían divertido de ir conmigo (y me dije que tengo que llevarlos): había cocodrilos, salamandras y víboras de madera, muy bien hechas. Vi también los jengas pequeños de a cuarenta pesos, hechizos pero efectivos y de colores muy llamativos, morado, rosa y verde. Muchos juguetes de madera, unos de color natural como caminoncitos, tambores y trompos, y otros pintados: flautas, baleros, yoyos, y toda una enorme variedad de objetos, un culto a la imaginación. Había productos terminados, seguramente traidos de otros lares: cinturones, discos, letreros y posters enmarcados en plástico, entre muchos otros. No podían faltar los adornos mexicanos estando en septiembre, todo en verde, blanco y rojo: moños, banderas, adornos para los carros y las puertas de la casa. Al salir y pasar junto al convento de san gabriel, imponente, mi estado de ánimo era otro. 

viernes, 29 de agosto de 2008

La vida está afuera 3

Llegué tarde, pues me quedé en mi oficina un rato más, revisando el correo, repasando mi lista de pendientes, acomodando las siempre presentes hojas sobre mi escritorio. Para llegar al lugar, al mero gimnasio, pasé entre montones y montones de chavos, muchos de ellos recién universitarios. Escuchaba trozos de conversaciones mientras caminaba. Lo poco que uno alcanza a captar al paso. Hablaban, se reían, se amontonaban, se tocaban, gritaban, eran ellos, los jóvenes y las jóvenes. Algunos también fumaban (y me hacían avanzar más rápido). En el vestíbulo se sentía la vida, algo vibraba, el ambiente era cálido, quizá demasiado para alguien con traje oscuro y corbata.
Traspasé la frontera simbólica pasando, como decían los salmos a menudo, por el dintel de la puerta, aunque no había puerta. Antes de internarme en la ceremonia pasé al baño y me lavé las manos con parsimonia, sólo para descubrir que no había con qué secarlas, ni papel, ni toalla, ni aire. Sólo me las sacudí y las froté con cuidado contra la ropa.
Adentro, todo era diferente. Un señor de alta jerarquía hablaba. A su lado, de cuando en cuando un grupo bien entrenado cantaba canciones específicas, con cara de seriedad, como todos allí dentro. Unos, pocos, hablaban, dirigían, señalaban, daban indicaciones, repartían, absolvían. También catequizaban, instruían, decían su discurso. El resto, la gran mayoría, escuchaba y luchaba por no dormirse. Se trataba, claro, de estar circunspecto, de pararse o sentarse, de arrodillarse o volverse para atrás y casi en silencio, estrechar la mano de los demás. Y volver a voltear al frente y permanecer en silencio. Sentí, pensé, lo vi con claridad: la vida está allá afuera. aquí adentro, definitivamente no.

miércoles, 27 de agosto de 2008

La vida está afuera 2

La vida está afuera, pensaba o, mejor, intuía yo hace un poco más de veintinueve años en que dejaba mi hasta entonces único mundo, mi pueblo, para irme a estudiar la secundaria en lo que era una ciudad lejana y desconocida. Yo no cumplía todavía los doce años y ahora que lo recuerdo, casi me escandalizo de que, no sin ruegos de mi parte y entre chantajes cruzados, mis padres me hayan dejado irme. Estaba en sexto año de primaria y unos meses antes mis profesores maristas me llevaron a Querétaro a conocer el juniorado. Hubo algo que me encantó. No sé exactamente qué, pero hubo algo. Recuerdo los campos de futbol, tres, bien planitos y verdes, llenos de pasto incluso en las porterías. Recuerdo mi deseo de pertenecer a un grupo y la buena disposición que mostraron conmigo desde el inicio, como si me conocieran, comi si de por sí tuviéramos ya algo en común. Recuerdo la vida ordenada, previsible, bien delineada, y que sin embargo no parecía aburrida, más bien lo contrario. Recuerdo los cantos y los rezos caminando por un largo corredor con techo de lámina, y el comedor lleno de mesas y de adolescentes sentados, en silencio, comiendo, platicando. Decidí irme, y me fui. Años después, de cuando en cuando me pregunto qué hubiera sido de mí, cómo habría sido mi vida, si me hubiera quedado en mi pueblo, en mi querencia. Pero es cierto, el hubiera no existe, y hoy soy lo que soy. Punto.
Meses después de haberme ido, regresé a mi pueblo por vacaciones. Un día antes de regresar a mis estudios, me encontré en una situación difícil, apremiante, incómoda. Mi madre me había mandado, como muchas veces, a buscar a mi padre en la cantina, pues estaba, también como muchas veces, muy nerviosa. Mi padre en esas ocasiones de ordinario era muy tranquilo y especialmente dadivoso y afectuosamente expresivo con sus hijos. Pero en esa ocasión fue, por alguna razón, diferente. Estaba como loco, y decía que estaba harto, que se quería ir, y así por el estilo. Mis hermanos, mi madre y yo tratábamos de disuadirlo, sin éxito aparente. A medida que el tiempo avanzaba, la tarea de convencerlo parecía más difícil. Una tía abuela andaba por allí y me dijo algo que no se me olvida. Sus palabras fueron más o menos: qué bueno que te hayas ido y que te libres de esto. Sigue estudiando y no regreses. El resto de la noche se me hacía larga y, en cuanto amaneció, tomé mi maleta preparada con mucha antelación y me fui a seguir estudiando. Intuí, pienso hoy: efectivamente, la vida está allá lejos, afuera.

martes, 26 de agosto de 2008

GEREMIA IL RIBELLE

transcribo lo que encontré, de casualidad, en una página salesiana de italia. un poema que escribí a mediados de los 90, en Chiapas, con el que gané cien dólares y un honroso segundo lugar en el concurso de la agenda latinoamericana. me impresionó ver mi poema traducido ¡al italiano!

GEREMIA IL RIBELLE
(José Cervantes Sánchez)

Quando, Signore, vengo a te, con il cuore carico di domande,
so che il tuo amore è sempre più forte,
so che mi vince e mi conforta.
Però oggi mi permetto di domandarti:
perché vivono così tranquilli
-con tanto cinismo- i più malvagi,
mentre il tuo popolo si dissangua e muore?

Guardali: al loro passaggio lasciano
soltanto demagogia e corruzione.
Le loro assurde leggi e i loro aggiustamenti economici
si moltiplicano per farli star tranquilli,
loro, i loro amici, i loro interessi economici.

Tu conosci il mio cuore e i miei sentimenti;
sai che aspetto l'arrivo del Regno Tuo.
Oggi t'imploro:
fa' che falliscano i piano e i progetti,
fa' che finiscano le loro riunioni,
e che vengano dimenticati i loro trattati bugiardi,
le loro banche e i loro giudici,
poiché il loro unico dio non è che il denaro:
Che essi spariscano e nel popolo Tuo rinasca
la speranza come l'erba sui monti.

La vida está afuera

La vida está afuera. Eso pensaba mientras bajaba, hoy, por los caminos del zapo. Yo arriba de mi bici, entre la niebla, atento a cerrar la boca para evitar que se me metieran los trozos de lodo que la llanta delantera avienta hacia atrás y que, al jalar aire, se llega uno a tragar sin querer. El ambiente era realmnte especial. Atrás habían quedado Don Goyo y la Mujer Dormida que hoy, simplemente, no se dejaban ver. Desde la mojonera, mi lugar favorito de observación, donde suelo detenerme a contemplar el valle, lo que dominaba era el blanco como de algodón, que no dejaba ver ni las casas del pueblo con detalle, allá abajo. Atrás había quedado, también, la rompepiernas que hoy no pude subir porque estaba muy mojado el piso y, después de un rato, sólo me resbalaba y mejor le di la vuelta por un bosquecito muy bonito. Luego viene la cardiaca que, a diferencia de lo ordinario, tampoco pude subir a pesar de que la arremetí por un lado, sobre el pasto, para tener mejor agarre en un ambiente sumamente húmedo. Arriba de mi cabeza sólo adivinaba el ruido de un avión que recién había despegado de Huejotzingo y llevaba sus motores al máximo. El resto, silencio. Silencio y soledad, pues en el cerro crucé, quizá, a tres personas en todo el trayecto. No más. Silencio y soledad, ingredientes necesarios para la vida. Más el ritmo del corazón que se acelera y las piernas que se ponen duras y parece que ya no aguantan. Pero hay que seguir caminando, pedaleando, dando vueltas, porque, efectivamente, la vida está allá. Afuera.

jueves, 5 de junio de 2008

Caminando por el centro

De camino a mi trabajo, después de dejar mis hijos, tomo la once norte y doblo en la veintiuno poniente. Allí "me orillo a la orilla" y después de bajarme del carro, sin apagar el motor, me despido de la Colocha. Todavía volteo a ver cómo acelera y se pierde a lo lejos, más hacia el centro a su difícil encuentro de cada día con los volubles adolescentes, en una clase de matemáticas que ni les sirve ni les interesa. Casi la compadezco.
Cruzo la avenida hacia Santiago y camino por las banquetas mientras los que se levantaron tarde aceleran más de lo que permiten las calles maltratadas para llegar antes de las ocho a dejar a sus hijos. Lo común es que se paren en segunda fila, ponen sus intermitentes y con ello les dicen a los que vienen atrás, hazle como quieras, de aquí soy.
Sigo mi camino, tranquilo, por la banqueta, y me congratulo de que aquí sea. Mientras voy a un costado de la parroquia, una iglesia no tan grande, muy formal, de color café grisáceo, un edificio me llama la atención. Es de color amarillo mostaza, con grandes ventanas, frontones grandes y rejas de pesada herrería. No atino a saber qué es, pero me llama la atención un letrero muy arriba, deslavado y viejo, pero todavía perfectamente legible, que dice: DIOS SI EXISTE. Así, con mayúsculas y sin acento en la i.
Atravieso el parque que limpia un barrendero cojo, vestido de naranja mírame-a-fuerzas, como es la costumbre. Me acuerdo del letrero que vi ayer en la oficina municipal del paseo bravo. Pide, para hacer efectivo el descuento en el pago del predial, presentar una constancia, entre otras, de "capacidades diferentes". Me hizo pensar en nuestra aparente amabilidad para no atrevernos a llamar las cosas por su nombre. En esa lógica, tendría que decir "un barrendero con capacidades difrerentes en la pierna derecha", o algo semejante, lo que no dice nada. Prefiero entonces decir "un barrendero cojo".
Más adelante, ya más cerca de mi oficina, me llama la atención la cantidad de basura en la calle y la yerba crecida en las banquetas. Quizá los que allí viven ya ni las miran. En la ventana de una de las casas, por cierto, me llama la atención una calcomanía que dice: aquí vive un scout, con su flor de lis y todo.
Por la tarde, veo que tengo un poco de tiempo antes de tomar el camión que me llevará a la escuela de mis hijos, y me siento en una banca de parque, de esas metáliscas, verdes de quién sabe cuántas manos de pintura, y abro mi libro. Ya en el camión, justo a mi lado, en el pasillo, un jovenazo canta sus canciones acompañado por una guitarra barata de Paracho, o quizás de China. Cuando subo ejecuta sólo le pido a Dios, sin mucha gracia. Después canta una canción que no conozco y que tampoco me gusta, que me suena a la típica canción grupera de ardido dolor, con el consabido tú te fuiste y no te olvido y yo me muero y así por el estilo. Canta y cómo es él, del meloso Perales, y al final pide una moneda que les sobre. Yo ni busco en mi bolsa porque antes de subir le di los dos pesos que me sobraban a una chavita con uniforme de secundaria, para completar su pasaje. Un chavo junto a mí se rebusca en el bolsillo y le da unas monedas. Yo sigo leyendo a Villoro mientras el artista en ciernes seguramente piensa algo así como: "cabrón, tan trajeadito pero tan codo".

sábado, 17 de mayo de 2008

Juan José

Hace exactamente cinco años nació mi segundo hijo, Juan José, Juanjo, Juan, Juanito. Recuerdo que la noche anterior estaba yo en la fiesta del día del maestro, con algunos amigos, disfrutando, con el oído atento al celular. Ya estaba decidido que sería cesárea, pero de todas maneras había que estar al pendiente. Fer, el primero, era hasta entonces el único, mi único, hijo. Me parecía tan completo, que no me imaginaba qué me podría traer Juan. La verdad es que Fer me llenaba tanto, que todo era una comparación con él. Llegó Juan y no se quería salir, costó trabajo sacarlo por la rajadura de panza que le hicieron a mi mujer. Recuerdo con nitidez cómo empujaba el antestesista para que saliera, y decían los médicos, medio en broma, que ese niño quería seguir adentro. Recuerdo también al pediatra haciendo cuentas con los dedos, y preguntando a la ginecóloga por las fechas. ¿Algo estaba mal? Fue muy doloroso ver que permanecía en la incubadora y, para colmo, no nos decían exactamente qué pasaba con él. Íbamos a verlo y, aunque las enfermeras no querían, después de lavarnos las manos con unas esponjas con antiséptico, ponernos gorras y batas estériles, le hablábamos y lo cargábamos un ratito. Juan estaba dormidito, con una enorme aguja metida en la vena de su pequeño pie. Una mezcla de enorme angustia, de gozo y de esperanza inundaba mi corazón. Salíamos con Lety y llorábamos y queríamos que ya estuviera con nosotros. Dieron a Lety de alta del hospital y salimos sin él. Fue muy duro. Regresamos y un par de días después, por fin nos lo entregaron. Había bajado un poco de peso, pero estaba perfectamente. El diagnóstico: taquinea transitoria de recién nacido, lo que en palabras sencillas significa que, al nacer, respiraba más veces por minuto de las que debía. Afortunadamente, nos confirmó unos días después en consulta el pediatra, era algo superado y no dejaba secuelas, por lo que no había peligro.
A lo largo de estos cinco años no he dejado de contemplarlo, ni él de sorprenderme. Fer es, digamos, un intelectual. Se mete en un libro, en una película, en el armado de un lego, y se puede pasar horas. A Juan no le interesa estar sentado mucho tiempo, va de una cosa a otra, se aburre, necesita estar haciendo cosas diferentes. Me emociona su creatividad para inventar historias, para hacer chistes, para contar cuentos. La mitad la repite de lo que le han contado y el resto lo va sacando de su cabeza, como de una chistera. Tiene una forma tan bonita de hablar, que no puedo sino hacerle caso, ponerle toda mi atención, decirle algo. Los ojos de Fer son verdes, un poco más oscuros que los míos, como de león, con largas y lacias pestañas. Los ojos de Juan son café, profundos, con enormes pestañas rizadas. Me encanta su sonrisa, su gracia, la chispa que le sale de dentro.
Hoy puedo ver que es tan diferente, tan atractivo, tan él, como sólo Juan podía serlo. He aprendido a verlo, a saber que la vida es más que concentración e intelecto, que hay otras maneras, más libres, más artísticas, de vivir. Gracias por eso y por todo lo que nos falta, mi Juanito. Hoy no me imagino la vida sin ti. En ti he aprendido también cómo fui y soy el segundo hijo, diferente del primero, siempre comparándome pero siempre buscando ser yo mismo, quien soy, como soy.
Quizá lo que mejor define mi relación contigo son esas frecuentes veces en que te abrazo y te aprieto fuerte y no tengo más que decirte: ¿por qué te quiero tanto? y tú me respondes, con los ojos brillantes, porque eres mi papá y yo soy tu hijo. Gracias porque así sea.

lunes, 7 de abril de 2008

Retazos de estos días

Primero, una de cal por las que van de arena. Las de arena: el otro día comentaba yo, en casa de María, que la educación en nuestro país es un absoluto fracaso. Hablábamos de las contradicciones dentro y fuera del salón de clases, de miedo de las escuelas particulares a los padres de familia, de la falta de compromiso de buena parte del gremio magisterial al que, parece, sólo le importan sus prestaciones, sus vacaciones, sus permisos con goce de sueldo. Desde luego, la crítica ácida de la educación formal es un lugar común y hay que matizarlo, pero en el contexto eso se sobreentendía. La de cal: hace unas cuatro semanas fui a la sierra norte de Puebla a invitar a los y las jóvenes de varios bachilleratos a concursar por una beca dentro del programa que coordino, el de becarios de microrregiones. En Santiago Yancuitlalpan encontré un bachillerato en una ladera, desde donde se veía el fondo de una hermosa cañada, toda verde, vegetación tupida, imponente. Vi a los jóvenes, y sobre todo a las jóvenes, trabajando. Unas arreglando las hortalizas, otras cambiando el agua a las gallinas en sus bebederos y arreglando el suelo. Otras, sembrando maíz en la parcela escolar. Allí encontré a un par de profesores, ambos agrónomos, realmente interesados en que los alumnos hicieran algo. Nos hablaron del vivero que están levantando, del bambú que están sembrando, de la mezcla que harán de conejos con gallinas para que se beneficien mutuamente, y de los huevos que ya producen y se venden. Después, en San Antonio Rayón, me impresionó la limpieza y arreglo de la escuela. No se veía una basura en unos jardines perfectos, con el pasto cortadito, con flores, con árboles abundantes. Tienen a su favor el hecho de que, es tal el calor y la humedad, que prácticamente lo que tires, crece. Pero los salones se veían perfectamente pintados, de un amarillo muy bonito, como el que se usa en las casas coloniales. Por un lado estaba una nopalera que los muchachos estaban cuidando y limpiando. Del otro lado, perfectamente ordenadas, yerbas de olor, menta, orégano, albaca, yerbabuena, un montón de botellas de pet. Así se venden, nos decía uno de los profesores, mientras nos llevaba a una parcela donde siembran sus hortalizas y que, como está en declive, tiene marcadas varias terrazas con plantas de té limón. Igual, todo verde, tupido, increíble. Tenían también su invernadero, que por cierto había sufrido algunos estragos por unos vientos recientes. Los profesores nos comentaron que hace como diez años compraron un laurel de la india. Al día de hoy le han sacado más de cien hijos, la mayoría de los cuales forman una valla hermosa a todo lo largo del terreno, de un verde oscuro profundo. Y qué decir de la palapa con piso de cemento, muy alta y fresca, donde nos encontramos con los muchachs y muchachas de último semestre de bachillerato. Pensaba yo, mientras me comía unas sabrosísimas tortas de camarón que me invitaron, en lo diferente que sería la educación si hubiera más escuelas como esas que había visitado. Y por supuesto, más profesores comprometidos con su trabajo y más alumnos deseosos de trabajar. Mi opinión de la educación sería, definitivamente, otra.

lunes, 24 de marzo de 2008

Días mejores

Camino alrededor de este parque
Que ha visto pasar, definitivamente,
Sus mejores épocas.
Me duelen de sueño los ojos.
Los párpados, alrededor, los aprietan hasta lastimarlos.
Y yo no encuentro consuelo,
No sé encontrarlo.
No sé, siquiera,
Si quiero encontrarlo.
Miro alrededor.
Sobre el pasto seco,
Tierra polvorienta,
Unos perros pulgosos duermen la siesta.
El ruido de la calle, para mí tan cerca,
Ni les inmuta.
Un auto está sobre la banqueta, dentro de la plaza.
Bajo el cofre, un policía limpia unas bujías.
Paso y lo veo
Y me digo:
Paradojas de la vida.
El que debería cuidar es el que hace lo que no debe.
Camino, y
Casi tropiezo con los puestos vacíos.
Aquí, una silla de bolero raída, medio abandonada.
Adelante, unas oficinas de burócratas, vacías
(y eso que apenas es un poco más de medio día).
Llevo casi la mitad de la vuelta y no sé si apresurarme
O dilatarme más.
Llega hasta mí
Un tufo de fritangas.
Me da asco
Pero alcanzo a ver a unos jóvenes,
Sentados en bancas de tablas desnudas,
Atacar unos tacos con verdadera hambre.
Paso después por una fuente que ya no es fuente:
No tiene agua
Y las baldosas parecen ceder bajo mis botas cafés, las nuevas, de hiking.
Entre la sombra de los árboles están los policías, no sé por qué,
Formados uno junto al otro.
Me parece un espectáculo decadente:
Barrigas brillosas que casi rompen las camisas caqui,
Adivino las miradas sórdidas,
Pura lambisconería y sobreentendidos con el jefe.
Las bancas, de esas de pueblo, verdes,
Casi todas están vacías.
Ya nadie se sienta a leer
Ni a ver pasar la gente
Ni siquiera a perder el tiempo.
Enfoco y veo grafiti en las paredes.
Entiendo entonces que mi estado de ánimo
Es como esta plaza
En esta tarde gris, llena de viento y de tristeza.
Ciertamente
Ha conocido
Días mejores.

lunes, 3 de marzo de 2008

Curiosidades 2

De noche, de repente escucho una música fuerte que viene de la calle. Estoy lavándome los dientes y me asomo por la pequeña ventana del baño, la que da al terreno baldío de atrás de mi casa, justo en la esquina. Es de ésas que tienen tiritas de vidrio translúcido, en forma de cortina. Pero, raro, no se oye ningún motor. Lo que aparece, un rato después, es un chavo pedaleando un triciclo de los que usaban los tortilleros y nixtamaleros de mi infancia y que no sé por qué, siempre son amarillos. Sigo cepillando mis dientes y observo: vende elotes y esquites que transporta en grandes ollas de aluminio o de peltre, sobre un anafre encendido. A un lado están los botes con mayonesa, queso, limones, chile y sal; los vasos y los palitos para ensartar los elotes. En el triciclo también cabe un acumulador de automóvil, al que le ha conectado un autoestéreo con grandes bocinas, de las que típicamente traen los así llamados componentes. También trae su foco para iluminar las ventas y que a la gente que se acerca a comprar, supongo, no le dé desconfianza. La música es la típica de bandas sinaloenses o norteñas, tan de moda entre los jóvenes de por acá. A estas horas el pueblo está bastante tranquilo, más por ser época de frío. Contra esquina de mi casa, junto a la escuela, parece que se juntan los tricicleros-eloteros-esquiteros. Le suben a la música y platican un rato. Yo les hago ¡shhhhhhhhhhhhhhh! porque me quiero dormir, y antes apagué la luz del baño par que no me vean. Voltean y siguen en lo suyo. Después de un rato, simplemente se suben a su triciclo y se van. Historias del pueblo cholulteca.

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Ayer iba de camino a la comida de los Hogares Calasanz, a la que amablemente me invitaron mis amigos y amigas educadores, los tíos, como les dicen. Disfrutamos unos deliciosos mariscos y nos pusimos al corriente en detalles de los últimos tres meses en los que no nos vimos. Pero antes, fue necesario atravesar buena parte de la ciudad de Puebla, a una hora de mucho tráfico (¿qué hemos hecho de nuestras ciudades? De repente se volvieron insufribles a casi cualquier hora, por la cantidad de carros, microbuses, camiones y cuanta cosa…). Recordaba que exactamente una semana antes estaba en Querétaro, y una cosa que me llamó la atención, además del tráfico también insoportable, fue el buen estado de sus calles y avenidas, por lo menos las pocas que transité. Contraste total con la dichosa avenida de Las Torres, lugar donde se encuentra el restaurant al que iba, que no es sino una colección de parches y mal disimulados baches. Vi también durante el día varias patrullas de esas blancas con letras verdes que, parece, sólo se dedican a extorsionar. Al verlos pensaba que, si de verdad a los gobernantes les interesara el tema, de otras cosas se ocuparían. No sé si de verdad ya me estoy haciendo viejo o qué me pasa, pero sentí pena por lo mal que nos estamos acostumbrando a vivir. ¿Y qué hacer?

lunes, 25 de febrero de 2008

Mi gozo

Casi se acaba ya otro mes que ha resultado poco fecundo en la escritura. En realidad, no es que no tenga ideas. Lo que pasa es que a veces me gana la chamba (estoy apenas conociendo la realidad del servicio social y sigo atendiendo tareas anteriores). Otras veces tengo la idea pero no me llega la inspiración final para sentarme y empezar a escribir. Otras, de plano no me dan ganas o no encuentro algo coherente que decir, a mí mismo, a los demás.
Estuve en Querétaro el jueves y viernes. Fue un gran gozo encontrarme con personas queridas para mí. Es increíble comprobar cómo en un par de horas se reviven tantas historias, se comprenden tantas palabras, se comparte la vida. Me parece imposible describir las emociones, los recuerdos, las memorias de tantos años. Entonces me digo que soy afortunado de tener la amistad de mis amigos y amigas. Me dan razón de ser. A veces pasa más tiempo, otras menos, y nos volvemos a ver. Pero, de verdad, siempre, siempre van en mi corazón. Escucho el relato de sus preocupaciones, de sus dolores antiguos o nuevos, de sus añoranzas y sus expectativas, y me emociono con ellos. Bendito espacio para compartir. El tiempo tiene otra dimensión. Construimos discursos que nos hacen, me hacen, ser.
Maravillosa oportunidad de encontrarme, de encontrarnos, y de verme en sus ojos. A ratos acá me siento lejos y me siento solo. Quizá no la loneliness en inglés, pero sí extraño tener gente cercana, querida, a mi alrededor, más allá de mi mujer y mis hijos. Cuando me encuentro así, con mis amigos y amiga, su recuerdo me alimenta, su amistad me acompaña, su escucha me recompone. Al final, de regreso, me repito, por supuesto, que cuentan con mi cariño, único, especial, incondicional, para cada uno y cada una, de corazón.

viernes, 1 de febrero de 2008

Conócete a ti mismo

Algo así decía, creo, alguno de esos sabios griegos de hace muchos siglos y que solían usar mis profesores de primaria y secundaria para aleccionarnos. Sobre todo, claro, en clases relacionadas con religión, ética y anexas.
Lo traigo hoy a cuento porque a menudo pienso que ya tengo cuarenta años y no acabo de conocerme. Todavía dudo quién soy, cómo soy, qué esperar de mí, cómo aprovechar mejor mis talenos. En una palabra, cómo ser una mejor persona.
Esta semana conocí un instrumento muy interesante, el Myers Briggs Type Indicator, según la teoría que nos dio el instructor, relacionada de alguna forma con las teorías jungianas. Como suele suceder, una dificultad no fácil de sortear fue, al contestar el instrumento, contestar realmente desde lo que soy, y no desde lo que me imagino que los demás esperan de mí, o de lo que se supone que debería de ser, o de lo que me gustaría ser. El resultado fue, para mí, un INTJ. Introvertido, Intuitivo, Pensamiento, Juicio. A lo largo del taller de hoy, sin conocer el resultado, me fui ubicando y acerté a todas. Me gustó porque me permitió ver las cosas desde la preferencia. Ciertamente, supone que hay un algo innato que traemos integrado. Y allí es donde cada quien se siente cómodo, porque lo prefiere. Pero, nos decía Oliver, y eso fue un gran aporte, tú puedes aprender a manejarte en el otro polo. Tú escoges, tú aprendes, es tu responsabilidad. Por ejemplo, las ocasiones en que tengo que hablar con la gente, porque es parte de mi trabajo, he aprendido a ser extrovertido. En las ocasiones en que he aprendido, por ejemplo en mi familia, que las cosas no salen como yo las había planeado de manera ideal, he tenido que aprender, a fuerza, a ser flexible.
Recuerdo que el primer instrumento que contesté fue en segundo o tercero de secundaria, y definía los seis tipos básicos de personalidad en base a emotividad, actividad y secundariedad, y según esto yo era colérico, pero había un flemático, un apasionado, y otros que no me acuerdo.
Más tarde conocí la psicología transaccional y no recuerdo mucho, sólo que las recomendaciones finales apuntaban a ser más flexible con las reglas. Vino el eneagrama después, con muchos descubrimientos interesantes. Me pareció una propuesta muy compleja, muy útil con su pulsión dominante, pero aún ahora dudo un poco si de verdad soy cinco o quisiera ser un cinco.
El año pasado conocí el instrumento de los talentos de gallup, también con lo interesante de enfocarse en lo positivo. Sin olvidar el cleaver hace algunos años y el persuasivo diplomático.
Veo hacia mí y descubro esa permanente necesidad de saber quién soy. Me queda claro que no me agoto en un casillero, que soy mucho más que una clasificación, pero me sigue siendo muy útil explicarme mis coordenadas básicas. Así lo entiendo.
Porque sí, quiero seguir conociéndome a mí mismo.

jueves, 17 de enero de 2008

Curiosidades

Atravesaba el patio de la universidad esta mañana y no pude dejar de voltear al cielo. Allá arriba, una avioneta volaba bajo. Por encima del ruido del motor anunciaba un circo, "junto a Angelópolis", y ofrecía descuentos. Nomás faltó que aventara volantes, pero no, no los vi.
***
La vez pasada que fui a México, al llegar a la caseta de Chalco, un anuncio en un espectacular enorme. Con fondo rosa, si mal no recuerdo, decía algo así como: vendo criptas en basílica de Guadalupe, inmediata posesión. Y anotaba, también en gran tamaño, un número telefónico. El mismo anuncio vi, un par de semanas después en la caseta de Palmillas, yendo del DF a Querétaro.

martes, 15 de enero de 2008

Alma migrante

El escenario es Chalchihuapan, aquí cerca, a unos 10 kilómetros, o menos, de la ciudad de Puebla. La secundaria es la primera parada para el grupo de gringos que recogimos en el hotel de cinco estrellas, media hora antes, en pleno centro histórico. Con un grupo de ocho o diez de ellos, estudiantes de posgrado en NYU, psicólogos, educadores, la hago de traductor en uno de los dos salones de tercero de secundaria. Me piden los gringos, casi de entrada, que pregunte a quiénes les gustaría irse a los Estados Unidos. De treinta y nueve estudiantes, ellos y ellas, sólo dos no levantan la mano. Algunos con una risa tímida, pero la levantan. Por qué quieren irse, es otra de las preguntas. "Nomás", responden, y luego agregan: "para trabajar, porque aquí no hay trabajo". "¿De qué les gustaría trabajar?", me piden que pregunte yo; ellos responden: "de lo que sea... lavando platos, arreglando jardines, no importa". "¿Cómo se imaginan que es trabajar allá?" "es duro, hay que empezar desde abajo, poco a poco, hay que trabajar mucho". "¿Saben que las condiciones son cada vez más difíciles?" "sí sabemos, pero no importa, aquí no hay oportunidad, y allá hay trabajos que los americanos no quieren hacer". "¿Qué les gustaría que nosotros dijéramos a quienes, en los Estados Unidos, están en contra de los migrantes?" "Nada", dice uno de los muchachos, con un realismo que duele, "de todos modos no va a cambiar nada". Caminamos a encontrarnos con los demás y los visitantes van pensativos, lentamente.
Un rato después, Agustín, alumno de primero de secundaria, nos lleva a su casa. Allí platicamos con su mamá. De nuevo la hago de traductor y aunque se me tuerce la lengua, me sorprendo de que lo puedo hacer sin problema, a pesar de mi escasa práctica. Lo que nos cuenta, como dirían los periodistas, no tiene desperdicio. Su marido está en Chicago, desde hace nueve años. También una de sus hermanas, en Nueva Jersey, y varias de sus primas. "Al principio sí mandaba dinero, pero luego se olvidó y ya no manda nada. Mis hijos sufrían porque no se comunicaba con nosotros, no nos hablaba por teléfono. Luego me puse a preguntar con mis primas, y que no tenía trabajo, que tenía que pagar su renta y comer, o que estaba tomando. El alcohol, así, todos los días es muy malo para la gente. Sólo una vez ha venido, porque lo agarró la migra y lo mandó de regreso. Pero estuvo como un mes y medio y se aburría y ya no le gustó, y mejor se regresó otra vez, y sigue sin mandarnos nada. Yo le digo a mis hijos, que se quieren ir, que mejor no se vayan, que estudien, que se queden aquí a salir adelante. Pero ellos quieren irse y qué le voy a hacer, ni modo que los detenga. Los que se van, luego vienen y ya no les gusta estar aquí. Se juntan en banda y nomás se la pasan tomando y buscando problemas, ya no son humildes, ya no saludan, sólo se juntan entre ellos y toman, mejor se regresan al poco tiempo."
Me pregunto, como muchas veces, por qué se va la gente, por qué migra. Lo vi en mi hermano, tan querido y tan pequeño, que a los dieciséis años se pasó de mojado. Lo atrapó la migra nueve veces y no fue sino hasta la décima que logró quedarse. Vive bien, tiene un buen trabajo, consume al estilo americano, pero se la pasa extrañando la comida, el pueblo, la gente, las fiestas, el resto de la familia. Lo vi en aquel muchacho de la secundaria de Tziscao, mientras hacía el trabajo de campo para mi tesis de maestría, que se imaginaba que al ir a los Estados Unidos se acostaría con las güeritas... Es una mezcla de reto, de mito, de ganas de moverse, de aventura, y también, de realismo. Tienen alma migrante.

lunes, 7 de enero de 2008

Primera del año

Ya es dos mil ocho y regreso a mi blog para ver que no escribí nada durante diciembre. Entre la acostumbrada concentración de chamba en mis clases (presentaciones, trabajos, lecturas apresuradas y de última hora de tesis, etc.), mis otras chambas administrativas (hablar con los becarios, preparar la evaluación, coordinarla, estar al pendiente de sus calificaciones, etc) y el virus que me agarró, según esto herpes, a ratos no tuve tiempo, a ratos no tuve ganas, y a ratos in uno ni otras.
En cuanto pude me fui con Lety y mis hijos en nuestra acostumbrada travesía por el centro del país. Fue realmente reconfortante encontrar a viejos y queridos amigos, Flor y Paco en Celaya, Quechos, Cheche, el Pir, en Querétaro, y a sus hijos, platicar de todo y de nada, tomar un buen tequila con cerveza, los mariscos... me sentí de verdad de vacaciones, de esas veces que digo: ya me las merecía.
En Morelia, la navidad y mi familia política, siempre interesante encontrarnos, estar al pendiente de los hijos y sus primos... comer y beber bien, mayormente lo disfruté, hasta la ida al cine con mis hijos y sobrinos. Lástima que no encontramos a los amigos, pero sí fuimos al planetario.
Luego Sahuayo, mi tierra. Como pocas veces, nos encontramos muy en paz la mayoría de los miembros de la familia: Jesús con toda su familia, Angélica también, nos recibió en su casa, y mis papás. Sólo faltó, y los extrañamos, Felipe y su familia californiana. Me gustó ver a mis hijos desenvolverse con sus primos, ser cuidados por las primas mayores que los ven casi como a sus hijos, y sobre todo platicar bien, sabroso, con mis padres y hermanos.
Fueron, en pocas palabras, unas vacaciones de descanso. Leí un poco más de un libro y casi nada de periódico, vi algunas buenas películas en la tele, me metí a la computadora dos o tres veces para leer mis correos personales, nada de trabajo, y bebí abundantemente pero sin exceso. Comí, como de costumbre, bien: sobre todo los mariscos de Cheche en Querétaro, la pierna en chile pasilla de navidad que hizo mi mujer, el pozole y los tamales de Angélica, y la birria en la fiesta de la hija de Pepe mi primo. Me remordía un poco la conciencia que ni me subí a mi bici y, aunque a ratos la añoraba, en realidad tampoco tuve mucho tiempo para dedicarle. Aquí de nuevo.