viernes, 19 de septiembre de 2008

La voz de mi dolor

En un correo electrónico reciente, una amiga chiapaneca en plena investigación de maestría me decía, como no queriendo, que no encontraba "su voz" en su escrito. Con mis alumnos de reporte de servicio social comentaba yo, casualmente, por los mismos días, que después de tener claro qué querían decir con el reporte, tenían que encontrar su voz al escribir. Tenían, creo, que sentirse a gusto, encontrar su ritmo, su manera de decir las cosas, su estilo. De otro modo, la escritura se torna imposible. Y parece sencillo, como si fuera suficiente con sólo decirlo, pero implica, estoy convencido de ello, mucho más que eso. Encontrar la voz es mirarse de frente en el espejo de la página en blanco y aceptar que, de entrada, uno no sabe qué decir. Y que sabe todavía menos cómo decirlo. Y entonces empezar a cuestionarse, buscarle, atreverse a ensayar hasta encontrar algo con lo cual se sienta razonablemente a gusto. 
Esto viene a cuento por lo que me pasó el fin de semana anterior, largo, gracias al asueto del día de la independencia. Ya me disponía, ya saboreaba una ruta en bici de montaña inédita, de más de cien kilómetros, que prometía ser muy buena y demandante. Pero no pude. A media mañana del sábado sentí ese como suave latigazo en la espalda, como tantas veces, y de inmediato comprendí que no podría rodar al día siguiente. Como casi siempre, me molestó mucho sentirme así y me costó enormemente aceptar que me dolía. Después de la comida ya no podía ni disimular el dolor, caminaba chueco y no podía casi moverme. El resto del tiempo lo pasé acostado, tomando medicina, con pomadas y bolsas de agua caliente en la espalda, tratando de concentrarme en respirar y estar tranquilo. Tuve chance de terminar el recurso del método, excelente, de Carpentier, y se acabó. Por más que me pregunté, en silencio, y por más que hablé con Lety de ello, no pude encontrar claramente la voz de mi dolor. Sigo guardando silencio y escuchando a mi alrededor y todavía no puedo. 

lunes, 8 de septiembre de 2008

Dos miradas Dos

Salgo de mi casa con tiempo suficiente para llegar a mi cita a pesar de que me entretuve un rato preparando el lunch y cerrando la computadora antes de echarla en la cajuela. Mi destino es el centro de Cholula, en realidad a unas seis o siete cuadras de la casa. Antes de llegar a la parroquia, veo a los policías de frente y, detrás de ellos, gente caminando y muchos puestos de feria. Me acuerdo entonces que es el mero día de la virgen, el mero día de feria. El cielo está gris y no parece que vaya a abrir, y sin embargo hay mucha gente en la calle. No me queda sino dar la vuelta a la izquierda y resignarme a buscar un lugar no muy lejano para estacionarme. Voy avanzando por las calles y me gana la muina al ver que no hay espacios. Mi coraje aumenta cuando ve a los pendejos que no saben estacionarse y por su culpa los lugares escasean aún más. Luego observo a los agentes de tránsito y maldigo la bajísima preparación y profesionalismo que les caracteriza. Sólo están atentos para ver a quién muerden, con su típica mochilita bajo el brazo en la que se adivina su bloc de multas y las placas que hasta el momento han quitado. Pero eso no cambia las cosas. Tengo que dar varias vueltas a la manzana hasta que encuentro un lugar razonablemente cerca. Me estaciono y voy caminando a la reunión. 
En realidad la reunión no se llevará a cabo pues, me dice un guardia, nadie laboró el día de hoy, excepto por los del comite de obras públicas que tenían que ver una licitación. Antes de ello ya había depositado yo un cheque que me pidió Lety en su cuenta del banco, y afortunadamente había poca gente, lo cual no dejaba de ser raro pero lo agradecí. No me quedaba sino emprender el camino de regreso. Me impresionó la cantidad de triques que vi en la feria de pueblo de Cholula. Se me antojó entonces ver desde los ojos del turista. Yo, que llevo casi diez años viviendo en la región y que, sin embargo, no dejo de ser foráneo. Pensaba, a medida que caminaba entre la multitud, que de alguna manera una feria como ésta nos retrata como sociedad. Vi puestos de comida, de esos típicos en que cuando uno está enfrente, le dicen pásele güero, qué va a desayunar. Había barbacoa, carnitas, cecina, tamales, pollo, cemitas que se adivinaban por el aroma a pápalo que impregnaba el ambiente a lo lejos. No podían faltar los productos más de la región, sobre todo frutas como granadas, limas, duraznos, manzanas, cacahuates y unos chiles poblanos enormes, muy rojos, todo así puesto en pequeñas cubetas de plástico o de lámina, sobre un nailon en el piso. Los postres de Calpan, así decía una cartulina hecha a mano y a la carrera, con poca pericia, se veían suculentos. No sé ni cómo se llaman, pero había galletas de color rosa y otras blancas, junto con dulces de leche, cocadas, tamarindos, así como las infaltables alegrías de amaranto. Las artesanías eran abundantes. Lo mismo me topé con una señora que ofrecía chalecos como recortados de cobijas de esas con animales en colores chillantes, que mujeres de rostro indígena que, sentadas, tenían en frente enormes tendidos de blusas con tejidos indígenas como de la sierra norte. Las combinaciones de colores eran francamente disfrutables, predominando en los bordados el rosa mexicano, el verde, el azul cielo, siempre sobre fondos blancos de la manta. Pensé en lo mucho que mis hijos se habrían divertido de ir conmigo (y me dije que tengo que llevarlos): había cocodrilos, salamandras y víboras de madera, muy bien hechas. Vi también los jengas pequeños de a cuarenta pesos, hechizos pero efectivos y de colores muy llamativos, morado, rosa y verde. Muchos juguetes de madera, unos de color natural como caminoncitos, tambores y trompos, y otros pintados: flautas, baleros, yoyos, y toda una enorme variedad de objetos, un culto a la imaginación. Había productos terminados, seguramente traidos de otros lares: cinturones, discos, letreros y posters enmarcados en plástico, entre muchos otros. No podían faltar los adornos mexicanos estando en septiembre, todo en verde, blanco y rojo: moños, banderas, adornos para los carros y las puertas de la casa. Al salir y pasar junto al convento de san gabriel, imponente, mi estado de ánimo era otro.