martes, 15 de junio de 2010

Una historia y un deseo

Primero, una historia que escuché hace unos días en mi estado natal. Es vecina de un pariente mío, aunque es presidenta municipal en otro lugar, a unas dos horas de allí. Llama la atención la cantidad de guaruras que la cuidan, día y noche. La calle, antes casi vacía, ahora está copada por camionetas típicas de cuidadores: grandotas, traga gasolina, con vidrios polarizados y llantas anchas. Precisamente, viendo una de ésas, yo decía: 'mi hermano tiene una lobo como esa', pero de color gris o negro. Fer me corrigió: 'ha de ser negra, porque no hay lobo gris'. ¿Será? ¿De dónde sabe tanto este niño? Esa era roja brillante con dorado. Me dijo mi pariente: 'mírala por dentro, disimuladamente'. Asientos de piel, color miel, llenos de rasguños, maltratada. 'Ahora fíjate en el rin trasero'. Un hoyo de bala. 'Mira también los espejos'. Llenos de rayones y estropeados. 'La acaban de arreglar'. Ha sobrevivido a, al menos, tres atentados. A su esposo sí lo mataron. Yo, ingenuo, dije que en su lugar me habría ido lo más lejos que pudiera. Pregunté por qué la andaban buscando. Suponía que estaba defendiendo su municipio de la corrupción, del imperio del mal, de las drogas, casi casi de la invasión de extraterrestres. No, me dijo mi pariente. La quieren matar los zetas porque ella está con la familia.
Ahora, un deseo en voz alta. A propósito de las víctimas de la estancia ABC, los niños y niñas que murieron, y los que quedaron heridos, y sus familiares. He escuchado comentarios y leído en el periódico la opinión de los comentaristas y conductores de noticias, también de especialistas en derecho y cosas semejantes. La mayoría, o así me parece, dice que la corte hace lo correcto al centrarse en su carácter constitucional. Abierta o veladamente censuran la pretensión del ministro en turno de incluir una sanción ética, política o moral. Y pienso cuánto nos serviría como sociedad ver, al menos una vez en la vida, que hay responsabilidades que asumir y costos que pagar. Ahora resulta, así lo dice el ministro, que no bastan 49 niños muertos para que alguien haga algo. Porque allí siguen los responsables, los directos y los políticos, como si nada sucediera, comiendo (y bebiendo) y durmiendo tranquilos. Cuánto nos serviría, pienso yo, algo así.

martes, 1 de junio de 2010

Aquellos Días

En inglés existe una manera de diferenciar lo que pasa en días recientes (these days), de lo sucedido tiempo atrás (those days). Hoy, estos días, he repasado algunos de esos aquellos días, tan lejanos y tan cercanos, cuando murió mi madre, hace un año, que se cumple exactamente mañana. Recuerdo que, curiosamente, tener a mi madre en el hospital me dio la oportunidad de reencontrarme con amigos y amigas que no veía hacía mucho tiempo. La situación era sencilla: de nada servía estar afuera de la sala de terapia intensiva, donde tenían a mi madre, si sólo nos dejaban entrar a ciertas horas, un rato en la mañana y otro por la tarde. Me acuerdo que teníamos que ponernos bata, lavarnos las manos, usar cubrebocas, y que había enfermeras que "nos regañaban" si no seguíamos el ritual al pie de la letra. Me acuerdo también de cómo desde el principio tenía yo la intuición de que mi madre ya no saldría de su estado. Me dediqué entonces a ver mi interior para encontrar paz. En realidad, desde la primera embolia, que vivió y vivimos en el mismo hospital, había dedicado una buena parte de una noche en vela, junto a ella, a decirle en voz alta lo que yo sentía; mis reclamos pero sobre todo mi reconocimiento por lo que, bien y mal, hizo por mí. Creo que ya había pasado la época de adolescente en la que la culpa de todo lo tienen papá y mamá: porque hicieron algo o porque dejaron de hacerlo. A fin de cuentas, mi paz estaba en saber que tanto ella como mi padre me dieron lo mejor que pudieron. No se me olvida que me decían con frecuencia que su herencia era asistir a una buena escuela. Ahora que tengo a mis hijos y que pienso en llevarlos a un lugar o a otro, a aprender o a divertirse, me acuerdo que nosotros no teníamos vacaciones pero afortunadamente la ida a las vacas con mis tíos las suplían ampliamente. Me acuerdo que no tuvimos tele, y en blanco y negro, sino hasta mis ocho o nueve años, pero la calle siempre era un lugar repleto de aventuras y de opciones para entretenerme tanto que hasta la tarea se me olvidaba. Allí jugué futbol, béisbol, canicas, trompo, balero, yoyo, carreras, todo... y no era raro que a las diez de la noche mi madre saliera a gritar que ya me metiera, y a continuación se daba cuenta que no había yo hecho mi tarea ni había cenado, ni había preparado nada para el día siguiente. Y sin embargo, me dediqué a estudiar el resto de mi vida. Y recuerdo con añoranza aquellos días en que las tardes de niñez se podían pasar enteras en la calle, sin bronca alguna. Eso y muchas cosas más le dije entonces a mi madre. Era difícil pensar en otra recuperación, difícil y lenta. Angélica mi hermana realmente se desvivió por ella los cinco años y medio entre la primera embolia y la segunda, que acabó en su muerte. Me consta el cariño y el empeño que ponía en cuidarla, y también cómo era cada vez más difícil darle gusto y mantenerla tranquila. Finalmente se fue, enfrente de mi angustia y mi impotencia por no saber qué hacer ni cuánto duraría aquello ni qué seguía. Lloré brevemente e inmediatamente tomé el teléfono para hablarle a mis hermanos. Angélica salió del baño y juntos rezamos una breve oración.
Un poco así fuero esos días, aquellos días.
p.d. y para mi lector anónimo: ninguno siguió con los maristas.