jueves, 31 de mayo de 2007

Cinismo en retazos

Vengo por la recta, mi camino habitual al trabajo. Un poco más tarde que de costumbre porque temprano me fui al cerro en mi bici y desayuné con calma después de bañarme. Un poco antes de llegar al periférico, me sorprende un espectacular de esos enormes que les ha dado por poner por casi todos lados. No recuerdo si ya estaba allí ni, en ese caso, qué tenía antes. Pero dice algo así como "Puebla es de primera" y "Felicidades a la afición". Y aparece, claro, el aficionado número uno, ridículo, enfundado (¿o será más exacto "desenfundado", pues no se la faja?) en su playera blanca con franja azul. Levantando la copa, faltaba más, ni duda queda que él se la ganó. Sigo mi camino pensando que ya me convenció. Que ahora hasta le debemos a tan ilustre e inmaculado personaje la posibilidad de enajenarnos cada semana por saber cómo va el Puebla. Moraleja: no importa que seas protector de pederastas, ni que pongas el sistema de justicia al servicio de los más oscuros intereses de tus amigos y tus compadres. Tampoco importa que no puedas salir a la calle sino rodeado de no sé cuántas filas de guaruras. Lo que de verdad importa es que tengas lana, de preferencia recursos públicos, para que, a fuerza, todos te vean. Aunque el retoque no pueda disimular, ni por error, tu torva mirada.

viernes, 11 de mayo de 2007

Ya son tres

Ya son tres mis amigos que, jóvenes, han muerto. (Al respecto prefiero no utilizar eufemismos tales como “se nos adelantaron”, “se fueron al cielo”, “ya no están entre nosotros”. La realidad es cruda e innegable: se murieron). Hace un poco más de un año fue Ernesto, exmarista, buen amigo de 40 años. Un par de meses después, Ramfis, uno de los más brillantes profesores que he tenido en mi vida, de 40 años. Hace una semana, Rocío, religiosa escolapia. No recuerdo su edad, pero quizá un par de años más.
De Ernesto recuerdo su relativa excentricidad y su hablar como arrastrando las eses. Pienso en él y lo veo concentrado, escribiendo con una letra siempre nítida, regular, casi perfecta, como escrita en las computadoras que entonces apenas iniciaban. Recuerdo también su apasionamiento y su capacidad para decir las cosas de frente, sin miedo a confrontarse y sin esconder sus argumentos. Pero me guardo para mí, sobre todo, su amistad a toda prueba. Lo fui a ver un día en que ya me decidí a ir a México expresamente para visitarlo en el centro médico de la colonia Roma del DF. Estaba, como hasta el final, perfectamente lúcido. Hablamos quizá un par de horas, como si nos hubiéramos visto la semana anterior. Menos de dos semanas después me avisaron que había muerto.
Con Ramfis me viene el recuerdo del calor húmedo, agobiante, del verano de Villahermosa. Allí, en una casa con árboles de almendros enfrente nos daba unas brillantes clases de maestría, aderezadas por su acento cubano, su pasión por las ciencias sociales y, ya en confianza, el placer que encontraba en la transgresión de las rígidas e hipócritas normas morales de las buenas conciencias. No se me olvida que un domingo nos invitó a sus alumnos, “los cualis”, a comer a su casa. Se pasó todo el día preparando una comida deliciosa, mezcla de china, cubana y seguramente tabasqueña. Por supuesto, la hielera estaba repleta de unas cervezas de lata holandesas, “las que encontré más baratas en Sam’s”, nos dijo en la plática. Pude en esa ocasión ver la cantidad de libros que llenaban varios libreros en cada cuarto de su casa. Abría uno, y otro, y otro… y todos estaban subrayados, con colores diferentes y con numerosas anotaciones en los márgenes. Me dolió cuando, al final de la presentación de mis avances del protocolo de investigación, en el que había trabajado semanas, me dijo que no les diéramos razones a los que despreciaban a la investigación cualitativa. Pero me hizo pensar, me tragué mi orgullo y reformulé mi planteamiento. Aprendí a hacer investigación. Recuerdo también, entre bailes de merengue y salsa, ya con bastantes cervezas encima, cómo platicaba de su visión de filósofo, de cubano, del comunismo, de Fidel, del Che, y de Cuba, su amor profundo. El día de la fiesta de despedida tuvo el detalle de regalarme una copia de La Distinción, de Bourdieu, su fotocopia de estudiante de la UAM, por supuesto subrayada y anotada. No se me olvida, tampoco, su invitación a animarme a construir categorías y nuevas tipologías en mi tesis de maestría. Realmente fue mi maestro. Por eso hace un año le dediqué mi ponencia de Teoría Fundamentada en el curso de verano de la ibero. Él me acercó a ésa y a otras teorías.
De Rocío recuerdo su amistad sincera y su búsqueda intensa por una vida religiosa auténtica, cuando yo era marista, hace ya unos quince años. Nos conocimos casualmente en un curso de verano en el CRT, al que me iba escapándome de La Salle, que aborrecía. Me acuerdo que siempre me invitaba a la fiesta de su comunidad, en agosto, en su casa de Tlalpan. Me encantaba su sencillez y el espíritu de familia que se respiraba. Cuando dejé a los maristas dejamos de vernos. Sólo una vez nos encontramos, ella, la Colocha y yo, en un Sanborn’s y tomamos café juntos. Después le escribí una carta, ya en plena época de los correos electrónicos, que nunca me contestó. Supe que estaba enferma y le llamé varias veces pero no tuve suerte. Se murió y ya no pude verla.
Y yo sigo aquí.

martes, 8 de mayo de 2007

Espacio público, nuestro espacio

Todos los días dejo mi carro en el estacionamiento que me asignaron, a tres cuadras de mi oficina. Al principio me indignó que no me hubieran dado un lugar más cerca, pero luego le encontré las ventajas: me queda más fácil salir de allí para ir por mis hijos a la escuela a una hora de tráfico criminal, las dos de la tarde; y la más evidente, me permite caminar todos los días, aunque sea un poquito. De camino me queda un perro en un balcón, al que siempre que veo le enseño los dientes y se pone frenético. Supongo que si estuviera libre me comería de un bocado. sigo mi camino y me alegro que no sea así y en mi fuero interno, aunque sea políticamente incorrecto para sus defensores, me regocijo con mi instinto antianimalesco o, mejor, antiperruno. Pero luego está el chedraui que recién inauguraron. Siempre, y no exagero, tienen la calle invadida: o son camiones descargando mercancías, en reversa y en tercera o cuarta fila, o "apartan" la cuadra entera con sus plataformas para uso del montacargas, o los tráilers están estacionados desde temprano, quizá desde la noche anterior, como diciendo: nosotros ganamos el lugar y a ver, quítenos o jódanse. ¿Qué puede hacer un simple ciudadano de a pie que necesita estacionarse por allí? ¿echarles bronca? lleva todas las de perder porque son muchos, presumiblemente más duchos en el arte de la defensa, contra uno. ¿Acusarlos con el departamento de tránsito municipal? seguramente no les importa, pues no puede haber mordidas de por medio, se trata de una megaempresa y no se van a pelear con ellos. ¿Llorar? no resuelve nada. ¿Encabronarse y mentarles la madre? tampoco. Hoy fue especial: con el montacargas se subieron a la banqueta, transportando esas tarimas de uno a otro lugar. Los vi venir (uno sobre el montacargas y otro caminando a su lado) y automáticamente sentí que me cambió el rostro y me les quedé viendo. Yo sé que ellos no son dueños del changarro, son empleados, etc., pero así se da la convivencia cotidiana, con sólo el metro que nos separa cuando nos cruzamos, independientemente de que nos conozcamos o no. Y allí llego al asunto de esta reflexión. Cómo hemos perdido control sobre los espacios públicos, por las mordidas, por los intereses creados, por la corrupción, por las excepciones, compadrazgos, nepotismos y relaciones similares. Los ciudadanos, los que pagamos impuestos y también los queno pagan, nos jodemos y nos aguantamos, no hay de otra. ¿Y mientras, las autoridades que dizque elegimos? bien, gracias.

viernes, 4 de mayo de 2007

Hoy, esta mañana

Se me fue el sueño desde temprano y me sucedió lo que suele ocurrir: a la hora en que suena el despertador me dan ganas de todo, menos de levantarme. Pero tenía ganas de ir a andar en bici y sabía que si quería salir al trabajo antes de las 8,30, tenía que darme prisa. Mientras me vestía para subirme a la bici platiqué con La Colocha y con mis hijos, también resingándose a abrir los ojos. El esfuerzo valió la pena y más pronto que tarde estaba yo en la parte media del Zapotecas, disfrutando de una vista maravillosa de los volcanes, el Popo con una pequeña fumarola, un tanto oscuro. El Izta, a su lado, majestuoso. Después de sortear la selva urbana en que se ha convertido llegar a la recta a ciertas horas, aquí estoy. Tengo que darle seguimiento al proceso de las becas de microrregiones. Lo difícil es que se trata de decidir a quiénes les damos las becas. Es algo que, indudablemente, cambiará sus vidas. Y qué difícil es elegir: ¿con qué criterios? ¿hasta dónde involucrarse y dejarse tocar? ¿qué es lo justo? Aquí estoy.