Decía mi profesor de matemáticas en segundo de secundaria que así dijo Fray Luis de León, o así recuerdo, cuando regresó a impartir cátedra después de varios años en la cárcel.
En mi caso no ha sido cárcel, al menos no lo que se entiende comúnmente por cárcel, pero sí esta pandemia que ya lleva más de un año y en la cual seguimos atrapados. Aunque ya se ve algo de luz al final del túnel, sobre todo quienes ya tuvimos la fortuna de ser vacunados, como en mi caso, que recibí la primera dosis de la vacuna de Pfizer hace casi dos semanas.
Coincidentemente, ayer regresé a mi oficina en la universidad, después de catorce meses de trabajar desde casa. Fue raro regresar, y no estuvo exento de controversia, más por las formas que por el hecho de regresar. En mi caso, a pesar de que me la pasé bastante bien trabajando en casa, cerca de mi mujer y de mis hijos, no tenía ni tengo ningún problema en estar de nuevo en la oficina. Hasta me cae bien el estar encerrado, con buena música y viendo los árboles, muy verdes en plena primavera, todavía las últimas flores de las jacarandas, a través de mi ventana. No me puedo quejar.
Ayer cumplió dieciocho años mi hijo Juanjo. Lo quiero tanto que no me alcanzan las palabras. El caso es que de la universidad me fui a casa de mis suegros a comer. En bicicleta, por supuesto, aprovechando el carril bici recientemente inaugurado en la avenida Margaritas. Las dos o tres últimas cuadras antes de llegar a la 16 de septiembre los autos estaban estacionados sobre el carril supuestamente exclusivo para las bicicletas. Hasta adelante, una grúa de tránsito municipal. Le reclamé y me salió con que "la tengo descompuesta" lo cual era, obviamente, una mentira. Aquí la evidencia.

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