Llegué tarde, pues me quedé en mi oficina un rato más, revisando el correo, repasando mi lista de pendientes, acomodando las siempre presentes hojas sobre mi escritorio. Para llegar al lugar, al mero gimnasio, pasé entre montones y montones de chavos, muchos de ellos recién universitarios. Escuchaba trozos de conversaciones mientras caminaba. Lo poco que uno alcanza a captar al paso. Hablaban, se reían, se amontonaban, se tocaban, gritaban, eran ellos, los jóvenes y las jóvenes. Algunos también fumaban (y me hacían avanzar más rápido). En el vestíbulo se sentía la vida, algo vibraba, el ambiente era cálido, quizá demasiado para alguien con traje oscuro y corbata.
Traspasé la frontera simbólica pasando, como decían los salmos a menudo, por el dintel de la puerta, aunque no había puerta. Antes de internarme en la ceremonia pasé al baño y me lavé las manos con parsimonia, sólo para descubrir que no había con qué secarlas, ni papel, ni toalla, ni aire. Sólo me las sacudí y las froté con cuidado contra la ropa.
Adentro, todo era diferente. Un señor de alta jerarquía hablaba. A su lado, de cuando en cuando un grupo bien entrenado cantaba canciones específicas, con cara de seriedad, como todos allí dentro. Unos, pocos, hablaban, dirigían, señalaban, daban indicaciones, repartían, absolvían. También catequizaban, instruían, decían su discurso. El resto, la gran mayoría, escuchaba y luchaba por no dormirse. Se trataba, claro, de estar circunspecto, de pararse o sentarse, de arrodillarse o volverse para atrás y casi en silencio, estrechar la mano de los demás. Y volver a voltear al frente y permanecer en silencio. Sentí, pensé, lo vi con claridad: la vida está allá afuera. aquí adentro, definitivamente no.
viernes, 29 de agosto de 2008
miércoles, 27 de agosto de 2008
La vida está afuera 2
La vida está afuera, pensaba o, mejor, intuía yo hace un poco más de veintinueve años en que dejaba mi hasta entonces único mundo, mi pueblo, para irme a estudiar la secundaria en lo que era una ciudad lejana y desconocida. Yo no cumplía todavía los doce años y ahora que lo recuerdo, casi me escandalizo de que, no sin ruegos de mi parte y entre chantajes cruzados, mis padres me hayan dejado irme. Estaba en sexto año de primaria y unos meses antes mis profesores maristas me llevaron a Querétaro a conocer el juniorado. Hubo algo que me encantó. No sé exactamente qué, pero hubo algo. Recuerdo los campos de futbol, tres, bien planitos y verdes, llenos de pasto incluso en las porterías. Recuerdo mi deseo de pertenecer a un grupo y la buena disposición que mostraron conmigo desde el inicio, como si me conocieran, comi si de por sí tuviéramos ya algo en común. Recuerdo la vida ordenada, previsible, bien delineada, y que sin embargo no parecía aburrida, más bien lo contrario. Recuerdo los cantos y los rezos caminando por un largo corredor con techo de lámina, y el comedor lleno de mesas y de adolescentes sentados, en silencio, comiendo, platicando. Decidí irme, y me fui. Años después, de cuando en cuando me pregunto qué hubiera sido de mí, cómo habría sido mi vida, si me hubiera quedado en mi pueblo, en mi querencia. Pero es cierto, el hubiera no existe, y hoy soy lo que soy. Punto.
Meses después de haberme ido, regresé a mi pueblo por vacaciones. Un día antes de regresar a mis estudios, me encontré en una situación difícil, apremiante, incómoda. Mi madre me había mandado, como muchas veces, a buscar a mi padre en la cantina, pues estaba, también como muchas veces, muy nerviosa. Mi padre en esas ocasiones de ordinario era muy tranquilo y especialmente dadivoso y afectuosamente expresivo con sus hijos. Pero en esa ocasión fue, por alguna razón, diferente. Estaba como loco, y decía que estaba harto, que se quería ir, y así por el estilo. Mis hermanos, mi madre y yo tratábamos de disuadirlo, sin éxito aparente. A medida que el tiempo avanzaba, la tarea de convencerlo parecía más difícil. Una tía abuela andaba por allí y me dijo algo que no se me olvida. Sus palabras fueron más o menos: qué bueno que te hayas ido y que te libres de esto. Sigue estudiando y no regreses. El resto de la noche se me hacía larga y, en cuanto amaneció, tomé mi maleta preparada con mucha antelación y me fui a seguir estudiando. Intuí, pienso hoy: efectivamente, la vida está allá lejos, afuera.
Meses después de haberme ido, regresé a mi pueblo por vacaciones. Un día antes de regresar a mis estudios, me encontré en una situación difícil, apremiante, incómoda. Mi madre me había mandado, como muchas veces, a buscar a mi padre en la cantina, pues estaba, también como muchas veces, muy nerviosa. Mi padre en esas ocasiones de ordinario era muy tranquilo y especialmente dadivoso y afectuosamente expresivo con sus hijos. Pero en esa ocasión fue, por alguna razón, diferente. Estaba como loco, y decía que estaba harto, que se quería ir, y así por el estilo. Mis hermanos, mi madre y yo tratábamos de disuadirlo, sin éxito aparente. A medida que el tiempo avanzaba, la tarea de convencerlo parecía más difícil. Una tía abuela andaba por allí y me dijo algo que no se me olvida. Sus palabras fueron más o menos: qué bueno que te hayas ido y que te libres de esto. Sigue estudiando y no regreses. El resto de la noche se me hacía larga y, en cuanto amaneció, tomé mi maleta preparada con mucha antelación y me fui a seguir estudiando. Intuí, pienso hoy: efectivamente, la vida está allá lejos, afuera.
martes, 26 de agosto de 2008
GEREMIA IL RIBELLE
transcribo lo que encontré, de casualidad, en una página salesiana de italia. un poema que escribí a mediados de los 90, en Chiapas, con el que gané cien dólares y un honroso segundo lugar en el concurso de la agenda latinoamericana. me impresionó ver mi poema traducido ¡al italiano!
GEREMIA IL RIBELLE
(José Cervantes Sánchez)
Quando, Signore, vengo a te, con il cuore carico di domande,
so che il tuo amore è sempre più forte,
so che mi vince e mi conforta.
Però oggi mi permetto di domandarti:
perché vivono così tranquilli
-con tanto cinismo- i più malvagi,
mentre il tuo popolo si dissangua e muore?
Guardali: al loro passaggio lasciano
soltanto demagogia e corruzione.
Le loro assurde leggi e i loro aggiustamenti economici
si moltiplicano per farli star tranquilli,
loro, i loro amici, i loro interessi economici.
Tu conosci il mio cuore e i miei sentimenti;
sai che aspetto l'arrivo del Regno Tuo.
Oggi t'imploro:
fa' che falliscano i piano e i progetti,
fa' che finiscano le loro riunioni,
e che vengano dimenticati i loro trattati bugiardi,
le loro banche e i loro giudici,
poiché il loro unico dio non è che il denaro:
Che essi spariscano e nel popolo Tuo rinasca
la speranza come l'erba sui monti.
GEREMIA IL RIBELLE
(José Cervantes Sánchez)
Quando, Signore, vengo a te, con il cuore carico di domande,
so che il tuo amore è sempre più forte,
so che mi vince e mi conforta.
Però oggi mi permetto di domandarti:
perché vivono così tranquilli
-con tanto cinismo- i più malvagi,
mentre il tuo popolo si dissangua e muore?
Guardali: al loro passaggio lasciano
soltanto demagogia e corruzione.
Le loro assurde leggi e i loro aggiustamenti economici
si moltiplicano per farli star tranquilli,
loro, i loro amici, i loro interessi economici.
Tu conosci il mio cuore e i miei sentimenti;
sai che aspetto l'arrivo del Regno Tuo.
Oggi t'imploro:
fa' che falliscano i piano e i progetti,
fa' che finiscano le loro riunioni,
e che vengano dimenticati i loro trattati bugiardi,
le loro banche e i loro giudici,
poiché il loro unico dio non è che il denaro:
Che essi spariscano e nel popolo Tuo rinasca
la speranza come l'erba sui monti.
La vida está afuera
La vida está afuera. Eso pensaba mientras bajaba, hoy, por los caminos del zapo. Yo arriba de mi bici, entre la niebla, atento a cerrar la boca para evitar que se me metieran los trozos de lodo que la llanta delantera avienta hacia atrás y que, al jalar aire, se llega uno a tragar sin querer. El ambiente era realmnte especial. Atrás habían quedado Don Goyo y la Mujer Dormida que hoy, simplemente, no se dejaban ver. Desde la mojonera, mi lugar favorito de observación, donde suelo detenerme a contemplar el valle, lo que dominaba era el blanco como de algodón, que no dejaba ver ni las casas del pueblo con detalle, allá abajo. Atrás había quedado, también, la rompepiernas que hoy no pude subir porque estaba muy mojado el piso y, después de un rato, sólo me resbalaba y mejor le di la vuelta por un bosquecito muy bonito. Luego viene la cardiaca que, a diferencia de lo ordinario, tampoco pude subir a pesar de que la arremetí por un lado, sobre el pasto, para tener mejor agarre en un ambiente sumamente húmedo. Arriba de mi cabeza sólo adivinaba el ruido de un avión que recién había despegado de Huejotzingo y llevaba sus motores al máximo. El resto, silencio. Silencio y soledad, pues en el cerro crucé, quizá, a tres personas en todo el trayecto. No más. Silencio y soledad, ingredientes necesarios para la vida. Más el ritmo del corazón que se acelera y las piernas que se ponen duras y parece que ya no aguantan. Pero hay que seguir caminando, pedaleando, dando vueltas, porque, efectivamente, la vida está allá. Afuera.
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