viernes, 26 de octubre de 2007

Mis reflexiones de hoy

Aunque escribí esto hace unos meses, me lo encontré por allí perdido y creo que me retrata en ese momento.
----
Viene bien hacerse preguntas en torno a las razones por las que uno hace algo. Y me pregunto hoy, como tantas veces, por qué estoy aquí. Me miro en el espejo y veo a alguien diferente de lo que he sido, y a la vez el mismo. Confieso que de repente pienso que soy y hago cosas muy diferentes de las que en mis años de joven adultez soñé y pensé deseables. Para empezar, lo marista pasó a la historia. Y pasó, por decirlo en la canción que hace rato escuchaba en la maravillosa voz de Eugenia León, "porque tú me haces saber quién soy". Por eso me gustaban tanto las canciones de Eugenia en aquellos años chiapanecos. Por su mezcla de romanticismo, de poesía y quizá también de dolor, porque amar duele. Amar a mi Colocha me dolía y me duele, porque llega hasta mi sangre.
A menudo me pregunto por mis sueños de izquierdoso romántico. Me acuerdo, por ejemplo, leyendo el evangelio de Lucas Gavilán, con las ganas de salir corriendo e irme a vivir a una colonia popular de la ciudad de México. Por eso cuando conocí Miravalles aquello me parecía maravilloso; ni mandado a hacer.
Recuerdo mi ida a Chiapas, como marista. Ni sabía de qué se trataba, pero yo quería estar allí. Me llamó la atención que alguien como Carlos Martínez, que entonces tenía una gran autoridad moral para mí, me dijera que le daba gusto que me hubieran enviado a mí a la Misión de Guadalupe, que era un acierto. Esperaba mucho de mí, aunque eso ya no me lo dijo textualmente.
Viví todo un proceso de auténtico conocimiento de la realidad estando en Chiapas. Y en qué momento. Quizá lo más doloroso, al principio, fue darme cuenta que del mundo no sabía nada. Del mundo real, por supuesto. Creía, sabía, esa era mi experiencia, que el mundo se acababa en la pared de la escuela marista.

jueves, 25 de octubre de 2007

Fernando

Hoy hace siete años naciste. Lo recuerdo como si fuera ayer. Como tantas veces, con mamá recordábamos esta mañana cómo nos preparamos, con una mezcla de susto, emoción y ansiedad, para irnos al hospital. El recuerdo de la noche anterior estaba fresco, de cómo te habíamos visto por última vez en el ultrasonido y cómo el radiólogo nos dijo que traías el cordón umbilical alrededor del cuello, y que nos recomendaba no espera más e irnos directos a la cesárea para mayor seguridad. Tanto que habíamos soñado, mamá especialmente, con un parto natural, y de repente todo cambiaba.
Ya en el hospital, allí estabas negándote a salir fácilmente. Para mí fue impresionante estar presente, junto a mamá, para verte al nacer. Recuerdo cómo te empujaron los médicos, presionando el vientre de mamá, para que por fin salieras. Saliste cubierto de blanco e inmediatamente arrancaste a llorar. Ya después de que te limpiaron, envuelto en una pequeña cobija, te tomé entre mis brazos y te acerqué a mamá. Juntos lloramos por primera vez, de emoción, de alegría, de agradecimiento. De sabernos, mamá y yo, bendecidos por tu llegada desde que tuvimos noticias tuyas.
Qué rápido pasa el tiempo. Sólo algunos recuerdos, como ráfagas: tu bautizo en Momoxpan y cómo Xel te levantó en sus brazos, como ofreciéndote a Dios, con los peregrinos de Chiapas como atentos testigos. Tus primeros pasos en san Cristóbal y cómo me parecía imposible que un día te levantaras y enderezaras y empezaras a caminar. Y cómo lo hiciste, maravillosamente. No se me olvidan tus despertadas en la madrugada, casi siempre a las tres en punto, para mamar. Y cómo me quedaba yo despierto, después de hacerte eructar y dormirte, a estudiar, con frío pero gozando el silencio. Tu emoción por acercarte a los libros en el pequeño sol y todas las noches en que me pedías que te leyera un cuento para poder dormirte, y cómo yo quería hacer trampa brincando páginas para acabar más pronto, y tú te dabas cuenta y hacías que me devolviera.
Llevo también en mi corazón los episodios dolorosos, como el día en que, en jazmines, me descuidé un instante y pisaste la boca de una cisterna en construcción que irresponsablemente habían tapado con un plástico y fuiste a dar hasta el fondo. Recuerdo mi desesperación y mi frustración, mi coraje, y cómo brinqué para alcanzarte y abrazarte en tu angustia y tu llanto. Era el día del padre y recuerdo cómo le decía unos días después a un amigo muy querido: ése ha sido el peor día de mi vida. Vino después aquel día, de mi cumpleaños treinta y siete. Habíamos comido pozole, delicioso, y pasado un día muy agradable alrededor de la mesa. Luego nos fuimos, casi anocheciendo, a conseguir un garrafón de agua. Al llegar a la tienda, voletamos para atrás y estabas en plena convulsión, tieso, temblando, con los ojos idos. Nos arrancamos al hospital y pasamos horas de angustia. Pensaba yo mientras te cargaba en los pasillos, que por qué a ti, por qué a nosotros, por qué tenía que ser precisamente cuando más amolados estábamos económicamente. Volteaba y veía el dolor de otras gentes que allí estaban esperando a sus hijos, y entendí un poquito que el dolor es parte de nuestras vidas, que el amor duele, que el ser padre, y tú dirás seguramente que el ser hijo también, duele.
Hoy te miro dormir con una paz que me da envidia y me alegro que así sea. Veo tu rostro de perfil y tu respiración a compasada y me digo y le digo a mamá, como tantas veces, cómo has crecido. Me quedo en silencio porque, definitivamente, vivir la vida contigo ha sido y es, cada día, una amorosa y apasionante aventura.

viernes, 19 de octubre de 2007

Minutario de viernes por la tarde

De nuevo me pregunto qué escribir cuando aparentemente no hay nada nuevo, nada llamativo, nada extraordinario, sólo rutina. Aquí estoy, viernes en la tarde después de un examen profesional de psicología. Me vine a Cholula, mi pueblo adoptivo. Primero me metí al blockbuster y escogí, con cierta duda, un par de películas para el fin de semana. Ya veremos qué tal tino tuve, porque me guié solamente por lo que dice el papelito de afuera. Luego me metí al starbucks (¡qué horror! pensaría en otros momentos de militancia antineoliberal; hoy pienso que así es la vida: en los negocios, prospera el que da buen servicio y el que sabe lo que quiere. Y, también, uno entra a estos lugares porque quiere) y pedí un latte de vainilla y le puse un sobre de azúcar mascabado para endulzarlo un poco. Maravillas de la tecnología, hablé primero con mi hermano Felipe, de mi computadora a su celular en California, y pagué veinte centavos de dólar por diez o doce minutos que hablamos. Qué vergüenza lo que nos cobran Slim y demás estafadores por un servicio tan deficiente en el teléfono acá en México. Luego hablé con Laura, también a través del skype, a México. Tenemos pendiente el cierre de una asesoría y todavía no nos confirman la fecha que en principio acordamos. Se supone que después me pondría a escribir los textos que toda la semana estuve rehuyendo o posponiendo por otras cosas. Pero antes de hacerlo me digo que tengo que escribir algo. Y aquí estoy. Hace un rato quité la canastilla al chevy azul y la llevé con el herrero de enfrente de mi casa. Desde hace tanto lo había pensado y hasta hoy, después de comer, me decidí a hacerlo. Me dijo que sí podía soldar el metal. Acordamos que reforzaría las uniones con soldadura y pondría un travesaño firme, sobre el que colocaría el skewer, creo que así se dice el aparatejo que sostiene la bicicleta a presión. Y que también pintaría toda la canastilla para que no se siga oxidando. En ella me voy a llevar mi bici pasado mañana, domingo por la mañana, a la popobike. Antes, mañana sábado, le pienso dedicar un tiempo a lavarla para quitar la tierra de mi subida de ayer al zapotecas, llenar bien las llantas de aire y, por supuesto, lubricar suficientemente la cadena. Pensaba el otro día que es ya casi, después de un año o poco más de haberla comprado, otra bicicleta. En este tiempo le he cambiado la multiplicación, cadena, desviador trasero, cassette, mazas, rin trasero, más de la mitad de los rayos, además del asiento y los puños esta semana. Sin olvidar que le agregué la mochila portaherramientas de abajo del asiento, una bomba para inflar las llantas, los pedales de contacto y los cuernitos que van en los extremos del manubrio. Toda una inversión que, estoy seguro, bien vale la pena. El domingo lo volveré al comprobar. Ya me siento emocionado de saberme subiendo por la carretera en la primera parte del recorrido. Y sobre todo, llegar a la parte arbolada y oler la humedad de la tierra y sentir el viento que corre entre las hojas y las hace mover. En la soledad interminable del bosque. Así será.

viernes, 12 de octubre de 2007

Las veredas de la incertidumbre

El lunes pasado presenté el libro de Maru y Eduardo, admirados colegas y queridos amigos. Transcribo el texto íntegro.
---

Cuando Covadonga me invitó a participar en la presentación de este libro, de inmediato dije que sí. Recordé cuándo y cómo empecé a leerlo. Habíamos ido con un grupo de estudiantes de psicología, uniendo de alguna forma los cursos de Psicología Social Comunitaria, de Redacción de Informes de Investigación, y de Métodos Cualitativos, en una muy afortunada “chifladura pedagógica”. Era la fiesta de San Miguel, hace dos años. Allí estábamos, haciendo investigación de campo, intentando acercarnos a la gente, observando, preguntando y preguntándonos. Eduardo era nuestro guía. Nos permitió entrar a su casa, nos habló de su experiencia, nos llevó con sus compadres. Y luego, allí estaba yo leyendo estas páginas, casi quinientas que, como dicen sus autores, es fruto de una reflexión de casi treinta años de experiencia en Tzinacapan. Ya de regreso del viaje, el camino se hizo corto no sólo por la velocidad a la que nos traía nuestro amable chofer, sino por los comentarios, vivos, detallados, que Eduardo me hizo sobre lo que dice y lo que a veces sólo insinúa el libro. Regresé y el libro me atrapó y lo leí con creciente emoción, de esas veces en que uno quisiera que no se acabe. Para escribir esto releo algunas páginas, me voy al prólogo de Touraine, paso por la presentación y las conclusiones, y sigo emocionándome con el libro y descubriendo cosas nuevas, porque ésa es, precisamente, una de sus mayores cualidades: lo invita a uno, y casi lo obliga, a dialogar con ellos y con el grupo, con la comunidad india, también, por supuesto, con uno mismo. Y entonces me pregunto qué puedo decir de este libro, además de decirles que lo lean porque vale la pena que se acerquen a él…
Me detengo en el título y aprovecho algún momento de soledad para pensar en él. ¿Por qué las veredas de la incertidumbre? ¿por qué el subtítulo de relaciones interculturales y supervivencia digna? En su formulación adivino claves sobre el tono en que está escrito el libro, que luego confirmo en su lectura, en sus apreciaciones, en sus supuestos, en sus juicios. Sobre eso voy. Empezando porque lo opuesto a las veredas de la incertidumbre, sería, quizá, la autopista o la supercarretera de la verdad. Y al hacer esa oposición me queda claro que eso no es el libro, no es un manual ni un ensayo con pretensiones de verdad absoluta e irrebatible. Muy al contrario, en muchas partes se habla con la humildad que dan los años y la experiencia, lo puedo ver en la provisionalidad de sus conclusiones, en la reflexión crítica de los pasos que se dieron, en los matices que hoy asumen frente a los conceptos y las decisiones, pero no en su opción fundamental: siempre quisieron estar allí, acercarse, entender, comprometerse. Se reconocen errores, no muy usual en un trabajo académico, y se presentan logros pero también fracasos, algunos rotundos. Y entonces lo que este texto nos ofrece, si queremos acercarnos a una experiencia semejante, en la vivencia, en la investigación, en la acción social, no es un camino tranquilo, seguro y a toda velocidad, sino más bien el testimonio de algo estrecho, angosto, lleno de quiebres, de recovecos, con subidas y bajadas, como esos caminos montañeros de por esa zona, que avanzan pero que a veces nos parece que retroceden, y sin embargo, siempre nos llevan a alguna parte.
Al leer el libro una cosa que me queda clara es la pasión con la que fue escrito. Me imagino cómo sería su proceso de confección, las horas y horas invertidas en la búsqueda sistemática, comedida y comprometida. Me imagino a Maru y a Eduardo revisando sus cajas y sus archivos de documentos, sus incontables libretas de apuntes (de Eduardo me impresiona que siempre lo veo anotando cosas en su “computadora portátil de papel”, lo mismo en un examen profesional, que en una conferencia, en una clase, en una reunión de cualquier tipo). Me los imagino también discutiendo largamente sobre qué poner y qué no poner, sobre hasta dónde decir y de qué manera expresarlo, preguntándose por qué es justo, qué es cierto, qué es evidente, qué es conveniente, en una palabra, cuestionándose siempre lo que quieren decir. Por ejemplo, como en la misma presentación reconocen, el asunto de la afectividad y el género debió ser tratado con mucho mayor amplitud. Cuántas cosas habrán quedado en el corazón del equipo y de la comunidad. Y sin embargo en el libro se ve una apuesta fundamental, apasionada y decidida, de atreverse a contar algo, de retratar al equipo y a sus integrantes de cuerpo entero. Y lo mismo sucede con la comunidad india, de la que nos ofrece muchos detalles que nos permiten acercarnos a ella y comprenderla de manera más completa y más compleja. Nos habla, por ejemplo, de la importancia de su sistema de cargos en el que se mezcla lo religioso, lo político, lo social, conformando una cultura en la cual el sanmigueleño se mueve con naturalidad y que para el equipo no indio era todo aprendizaje. Nos acerca también al conflicto, ese otro ingrediente perpetuo de todo grupo humano, nos habla de la envidia, y del mal de ojo, del sistema de brujería y la red de curanderos que tiene un lugar especial en San Miguel y al que ellos fueron acercándose con tiento, con ensayos y errores, para al final reconocer que sigue siendo un área difícil de explorar para el no indio y también, aunque diferente, para el indio. De la lectura del libro se queda uno con la idea de una comunidad sorprendentemente viva, todo lo contrario de la pasividad con que es percibida por los ojos del turista. La muestra mayor de lo anterior podría ser, quizá, su enorme capacidad de recuperación ante el desastre, como el que se dio con la caída de los precios del café, con las heladas, con los huracanes y las lluvias torrenciales cuando los sanmigueleños se vuelven sobre sí mismos como comunidad y sacan energía para seguir viviendo, para sobrevivir.
En el libro se retratan con mucho detalle las búsquedas de un equipo que, quizá, al principio vio su objetivo como algo difícil pero relativamente sencillo. Después de todo, visto desde fuera, se trataba simplemente de irse a meter a un pueblo perdido en la Sierra. El sentido común nos diría que allá todo es sencillo, es simple, como el alma del indio. La sola extensión del libro nos muestra lo contrario. Da cuenta cómo ese equipo se fue haciendo cada vez más complejo y se fue replanteando una y otra vez, siempre de manera provisional, lo que quería de verdad hacer y cómo lo quería lograr. Es interesante ver cómo el equipo se ve cimbrado en su interior entre la urgencia de los cambios tangibles y el respeto al ritmo de una comunidad que ha aprendido la paciencia en una historia braudeliana, secular, de largo plazo. Es apasionante y muy ilustrativo conocer sus propuestas para mejorar lo económico, el apoyo a las cooperativas de producción y de consumo, los intentos por una educación diferente que permitieran adaptar y ubicar históricamente los modelos pedagógicos de avanzada, entre muchas acciones que se emprendieron. También es digno de atención el esfuerzo por la formación de agentes de diverso tipo, con la pretensión de que estuvieran anclados en su cultura, en su sitio y en su tiempo: en lo social, en la salud, en el rescate de las tradiciones culturales propias de San Miguel, en lo político y en lo religioso. Son ensayos y errores, ires y venires que hablan de una fuerte dosis de compromiso y de convicción, de apertura para preguntarse y repreguntarse, para seguir en unos esfuerzos y abandonar otros. Así surgió el taller de la tradición oral, las cooperativas y el tema de los derechos humanos, como emergiendo de una vida con un dinamismo incontenible, siempre renovado y retador.
El libro es también el retrato de un equipo que da pasos concretos en la dirección de acercarse al otro. Ese otro que en este caso es la comunidad india sanmigueleña. Ese otro que es atractivo y amenazante a la vez. Ese otro al que se ama de entrada y, conforme avanza el tiempo, se van descubriendo sus contradicciones y sus locuras, y se decide amarlo con más pasión, con decisión, con paciencia y en silencio. Nos habla de un equipo que se valió de conceptos, de estructuras y de ideologías, y a cada vuelta de ciclo y de acumular experiencia se vio en la necesidad de criticar, de revisar, de deconstruir y de reconstruir, para hacer suya una experiencia propia. Nos sitúa de lleno en la discusión sobre el uso que debemos darle a los conceptos académicos, en una pregunta que sigue abierta: ¿hasta dónde nos ayudan a iluminar la realidad y nos permiten tomar decisiones concretas? ¿cómo vigilar que los conceptos no se conviertan en estructuras rígidas que nos ocultan la realidad más real? O, dicho en palabras más comprensibles, ¿cómo escapar a la eterna tentación académica de mirarse complacientemente el ombligo para ajustar la realidad a las teorías? Un reto del que en el libro se da cuenta es el de aterrizar los conceptos, darles contenido cotidiano y establecer criterios de seguimiento. Por supuesto es debatible y permanece abierto, como lo es la experiencia que nos presenta.
El libro también es académico, y vaya que lo es. Quizá no en la tradición, a veces abusiva, de la discusión exhaustiva de conceptos abstractos en sí mismos, pero sí ubicándolos en el tiempo y en el espacio. Quizá ese encuentro del que el libro es reflejo, se queda corto ante la aparente disyuntiva de Bonfil Batalla entre el México imaginario y el México Profundo. Porque en la experiencia narrada descubrimos que, más allá del color de la piel y de nuestra identidad cultural, tenemos todos algo de imaginario y algo de profundo, y entonces es necesario reinventar las categorías de una manera que den cuenta de la complejidad y de los matices de esa experiencia de encuentro.
Y qué decir de la búsqueda, la discusión y la crítica en torno al desarrollo. Como en el libro se menciona, se revisan alternativas: ecodesarrollo, etnodesarrollo, autodesarrollo, incluso desarrollo sustentable. Nos ayuda a ir al centro, a lo simbólico, a lo que la sola palabra desarrollo tiene capacidad de evocar y de provocar. Sugiere que no es viable, incluso en su versión más crítica, la del desarrollo sustentable, porque lleva en sí mismo inoculada la contradicción y la no sustentabilidad. El desarrollo, no importa la variante, se nos muestra como una culebra que termina mordiéndose la cola, haciéndose inviable en sí misma. Por eso me encanta, así sea por su provisionalidad, lo de supervivencia digna. Y al mismo tiempo, nos muestra que podemos vivir, podemos sobrevivir, podemos aguantar hambre, pero no podemos acallar ese algo que nos mueve en la búsqueda de la dignidad, de la propia y de la de los demás, de allí el subtítulo del libro. Cómo llevarlo a cabo es, sin duda, un tema que sigue pendiente y que habrá que seguir elaborando.
Regreso al título para decir que el libro es, diría yo, un ejemplo muy completo de investigación situada, donde la pretensión mayor no es la búsqueda de una verdad absoluta, sino de articular unas pistas que permitan comprender el significado de lo vivido. Se asume desde una postura que sabe, y supera, la inutilidad de una supuesta neutralidad intelectual y hace suya una apuesta social, política y existencial. Allí es donde teje fino y, al permitirnos adentrarnos en la intimidad de la experiencia, se convierte en conocimiento útil, no para replicarlo pero sí para aprehenderlo, para reflexionar la propia experiencia y para disfrutarla.
Al final, me parece que hay que tomar en cuenta y analizar y criticar y revisar las propuestas finales, existenciales, de la vivencia de este equipo: construir relaciones horizontales, buscar estilos de vida sencillos, promover el diálogo intercultural y profundizar en la experiencia espiritual. Es también tarea pendiente, que nos llevará seguramente a transitar, otra vez, por más veredas y por la incertidumbre permanentemente nuestra, pero realmente cercana a nuestra cotidiana existencia humana.

8 de Octubre de 2007