lunes, 24 de marzo de 2008

Días mejores

Camino alrededor de este parque
Que ha visto pasar, definitivamente,
Sus mejores épocas.
Me duelen de sueño los ojos.
Los párpados, alrededor, los aprietan hasta lastimarlos.
Y yo no encuentro consuelo,
No sé encontrarlo.
No sé, siquiera,
Si quiero encontrarlo.
Miro alrededor.
Sobre el pasto seco,
Tierra polvorienta,
Unos perros pulgosos duermen la siesta.
El ruido de la calle, para mí tan cerca,
Ni les inmuta.
Un auto está sobre la banqueta, dentro de la plaza.
Bajo el cofre, un policía limpia unas bujías.
Paso y lo veo
Y me digo:
Paradojas de la vida.
El que debería cuidar es el que hace lo que no debe.
Camino, y
Casi tropiezo con los puestos vacíos.
Aquí, una silla de bolero raída, medio abandonada.
Adelante, unas oficinas de burócratas, vacías
(y eso que apenas es un poco más de medio día).
Llevo casi la mitad de la vuelta y no sé si apresurarme
O dilatarme más.
Llega hasta mí
Un tufo de fritangas.
Me da asco
Pero alcanzo a ver a unos jóvenes,
Sentados en bancas de tablas desnudas,
Atacar unos tacos con verdadera hambre.
Paso después por una fuente que ya no es fuente:
No tiene agua
Y las baldosas parecen ceder bajo mis botas cafés, las nuevas, de hiking.
Entre la sombra de los árboles están los policías, no sé por qué,
Formados uno junto al otro.
Me parece un espectáculo decadente:
Barrigas brillosas que casi rompen las camisas caqui,
Adivino las miradas sórdidas,
Pura lambisconería y sobreentendidos con el jefe.
Las bancas, de esas de pueblo, verdes,
Casi todas están vacías.
Ya nadie se sienta a leer
Ni a ver pasar la gente
Ni siquiera a perder el tiempo.
Enfoco y veo grafiti en las paredes.
Entiendo entonces que mi estado de ánimo
Es como esta plaza
En esta tarde gris, llena de viento y de tristeza.
Ciertamente
Ha conocido
Días mejores.

lunes, 3 de marzo de 2008

Curiosidades 2

De noche, de repente escucho una música fuerte que viene de la calle. Estoy lavándome los dientes y me asomo por la pequeña ventana del baño, la que da al terreno baldío de atrás de mi casa, justo en la esquina. Es de ésas que tienen tiritas de vidrio translúcido, en forma de cortina. Pero, raro, no se oye ningún motor. Lo que aparece, un rato después, es un chavo pedaleando un triciclo de los que usaban los tortilleros y nixtamaleros de mi infancia y que no sé por qué, siempre son amarillos. Sigo cepillando mis dientes y observo: vende elotes y esquites que transporta en grandes ollas de aluminio o de peltre, sobre un anafre encendido. A un lado están los botes con mayonesa, queso, limones, chile y sal; los vasos y los palitos para ensartar los elotes. En el triciclo también cabe un acumulador de automóvil, al que le ha conectado un autoestéreo con grandes bocinas, de las que típicamente traen los así llamados componentes. También trae su foco para iluminar las ventas y que a la gente que se acerca a comprar, supongo, no le dé desconfianza. La música es la típica de bandas sinaloenses o norteñas, tan de moda entre los jóvenes de por acá. A estas horas el pueblo está bastante tranquilo, más por ser época de frío. Contra esquina de mi casa, junto a la escuela, parece que se juntan los tricicleros-eloteros-esquiteros. Le suben a la música y platican un rato. Yo les hago ¡shhhhhhhhhhhhhhh! porque me quiero dormir, y antes apagué la luz del baño par que no me vean. Voltean y siguen en lo suyo. Después de un rato, simplemente se suben a su triciclo y se van. Historias del pueblo cholulteca.

*****

Ayer iba de camino a la comida de los Hogares Calasanz, a la que amablemente me invitaron mis amigos y amigas educadores, los tíos, como les dicen. Disfrutamos unos deliciosos mariscos y nos pusimos al corriente en detalles de los últimos tres meses en los que no nos vimos. Pero antes, fue necesario atravesar buena parte de la ciudad de Puebla, a una hora de mucho tráfico (¿qué hemos hecho de nuestras ciudades? De repente se volvieron insufribles a casi cualquier hora, por la cantidad de carros, microbuses, camiones y cuanta cosa…). Recordaba que exactamente una semana antes estaba en Querétaro, y una cosa que me llamó la atención, además del tráfico también insoportable, fue el buen estado de sus calles y avenidas, por lo menos las pocas que transité. Contraste total con la dichosa avenida de Las Torres, lugar donde se encuentra el restaurant al que iba, que no es sino una colección de parches y mal disimulados baches. Vi también durante el día varias patrullas de esas blancas con letras verdes que, parece, sólo se dedican a extorsionar. Al verlos pensaba que, si de verdad a los gobernantes les interesara el tema, de otras cosas se ocuparían. No sé si de verdad ya me estoy haciendo viejo o qué me pasa, pero sentí pena por lo mal que nos estamos acostumbrando a vivir. ¿Y qué hacer?