El fin de semana, de camino a Xalapa a la segunda sesión de mi curso de educación y derechos humanos, terminé de leer un libro que me sorprendió y me conmovió, Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, escritora de la que, confieso, nunca había escuchado. Leyendo el libro me llegó la noche, en sentido literal y también en sentido figurado. Me dieron ganas de llorar al ver reflejada con gran claridad, con crudeza pero sin victimismos, siempre con una pluma muy honesta y al mismo tiempo amorosa, la historia de esa, su familia. Y me hizo pensar que sí, todas las familias tienen lo suyo, sus luces y sus sombras. Y que por más que nos resistamos a ver el dolor, éste allí esta, y nos hace ser lo que hoy somos. Así de simple.
Un par de pensamientos que me siguen dando vueltas. El primero, cuando da cuenta de una película con la que se topa, mandada a hacer por sus abuelos, para mostrar a una familia muy correcta, políticamente hablando, pero bajo cuya superficie se ocultan sus secretos, sus demonios, unos más oscuros que otros, y de cómo se empeñaron en recubrir con discursos más presentables:
"Estamos en el corazón del mito. La película es la imagen de la leyenda que Liane y Georges escriben a medida que la construyen, como lo hacemos nosotros con nuestras propias vidas."
Otro, que apunta al centro de esa siempre difícil relación madre-hijo(a), vista de frente, sin concesiones, sin edulcorantes, como para tocar fondo y a partir de allí reconstruirla:
"Durante años, había sentido vergüenza de mi madre delante de los demás, y había sentido vergüenza de sentir vergüenza. Durante años, había intentado crear mis propios gestos, mis propios andares, alejarme del espectro que representaba a mis ojos. No quería parecerme a ella más, cuando estaba mejor, quería ser lo inverso de ella, me negaba a seguir sus huellas, de hecho evitaba toda similitud y me empeñaba en tomar las direcciones más opuestas."
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