Los fines de semana suelo hacer bici de montaña, mayormente en el cerro Zapotecas, un maravilloso lugar ubicado en San Pedro Cholula, muy cerca de mi casa, con todo tipo de recorridos, desde lo más fácil hasta tramos realmente complicados y retadores. A veces me voy más lejos, casi siempre acompañado de mis amigos bicicleteros. Los paisajes suelen ser maravillosos y me renuevan el espíritu. Recientemente, en un recorrido solitario por una de mis rutas favoritas en el Zapo, justo después de las primeras lluvias, me quedé maravillado con las flores, como las de la foto que acompaña. Quizá un par de meses antes sufrí con las tradicionales quemazones del cerro. Digo "sufrí" no porque me haya quemado físicamente, sino porque, al dar mis vueltas en fin de semana, veía el resultado del fuego que arrasa todo a su paso: árboles quemados, pasto desaparecido, el paisaje todo negro. Algunos árboles, ya un poco más grandes, resistiendo estoicamente, pero muchos, sobre todo los pequeñitos, desaparecidos o carbonizados. Ver el paisaje así es doloroso porque todo parece muerto. El aire es caliente y el panorama, cerca y lejos, es desolador. Cuando la quemazón es reciente, hasta huele a humo y carbón. No sé si las quemazones son provocadas. Probablemente lo sean, lo cual habla de la mezquindad y la estupidez humana, ya sea motivada por la ignorancia o por rapacidad de los que quieren especular con el terreno y llenar todo de cemento. Bueno. El caso es que estas flores, hermosas, que brotan con las primeras lluvias, me dicen que, a pesar de todo, la vida se impone. Una maravilla.

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