miércoles, 20 de marzo de 2013

Mis lecturas

El fin de semana, de camino a Xalapa a la segunda sesión de mi curso de educación y derechos humanos, terminé de leer un libro que me sorprendió y me conmovió, Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, escritora de la que, confieso, nunca había escuchado. Leyendo el libro me llegó la noche, en sentido literal y también en sentido figurado. Me dieron ganas de llorar al ver reflejada con gran claridad, con crudeza pero sin victimismos, siempre con una pluma muy honesta y al mismo tiempo amorosa, la historia de esa, su familia. Y me hizo pensar que sí, todas las familias tienen lo suyo, sus luces y sus sombras. Y que por más que nos resistamos a ver el dolor, éste allí esta, y nos hace ser lo que hoy somos. Así de simple.
Un par de pensamientos que me siguen dando vueltas. El primero, cuando da cuenta de una película con la que se topa, mandada a hacer por sus abuelos, para mostrar a una familia muy correcta, políticamente hablando, pero bajo cuya superficie se ocultan sus secretos, sus demonios, unos más oscuros que otros, y de cómo se empeñaron en recubrir con discursos más presentables:
"Estamos en el corazón del mito. La película es la imagen de la leyenda que Liane y Georges escriben a medida que la construyen, como lo hacemos nosotros con nuestras propias vidas."
Otro, que apunta al centro de esa siempre difícil relación madre-hijo(a), vista de frente, sin concesiones, sin edulcorantes, como para tocar fondo y a partir de allí reconstruirla:
"Durante años, había sentido vergüenza de mi madre delante de los demás, y había sentido vergüenza de sentir vergüenza. Durante años, había intentado crear mis propios gestos, mis propios andares, alejarme del espectro que representaba a mis ojos. No quería parecerme a ella más, cuando estaba mejor, quería ser lo inverso de ella, me negaba a seguir sus huellas, de hecho evitaba toda similitud y me empeñaba en tomar las direcciones más opuestas."


lunes, 4 de marzo de 2013

La Malinche

Ayer domingo me acosté a las dos de la mañana, con la certeza de que no iría a la rodada a La Malinche, a pesar de que había confirmado mi participación en el facebook. Hacía un frío tremendo y me dije a mí mismo: "mejor quédate a descansar y más tarde te vas al Zapo a dar la acostumbrada vueltecita dominguera". Pero hete aquí que a las seis y cuarto en punto me desperté, sin despertador ni nada. Revisé en el iPhone la temperatura en Cholula: cero grados, fui al baño y me volví a acostar. Y entonces pensé: ¿de veras te vas a perder esta aventura? ¿por un poco de frío? Sabía que no tenía mucho tiempo y me decidí. Arreglé mis cosas en tiempo récord: me vestí con cuatro capas arriba de la cintura y doble abajo, preparé casco, lentes, guantes y mochila, y fui por mi bici roja, y la subí al portabicicletas que, afortunadamente, había instalado el día anterior. Entre el ir y venir me zampé una porción de avena de esas que sólo hay que agregarles agua y meterlas al micro por un minuto, y preparé una taza grande de café, para el camino. Me despedí de mi mujer que, medio dormida, me dijo: "estás loco", y me fui a alcanzar al resto de bicicleteros. Valió mucho la pena: una ruta relativamente corta pero muy demandante, poco más de veinte kilómetros, con una diferencia de más de setecientos metros de altitud, que llegó a ser de más de tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Lo mejor: todo el tiempo en medio de un bosque hermoso, y el silencio.

viernes, 1 de marzo de 2013

Las ganas de escribir

Anoche me encontre, casi por casualidad, con un blog que me provocó al mismo tiempo envidia y ganas de escribir. Me explico. El blog en cuestión se llama nosinmibici y lleva por subtítulo "la vida desde un sillín de bicicleta". Me dio envidia porque conjuga dos temas con los que yo me identifico plenamente: la pasión por la bici, y la reflexión social desde una posición, digamos, de ciudadano-crítico-de-izquierda, o no sé cómo clasificarlo, y no sé tampoco si quiero en verdad clasificarlo. El caso es que, y ese es el segundo sentimiento despertado, me dije: ¿y por qué no he escrito? ¿a poco no es esto más o menos lo que he soñado? ¿a poco no puedo yo escribir? ¿qué más da que nadie me lea?
Y aquí estoy. Con muchos temas que se agolpan en la cabeza y que, ahora sí, pretendo y me propongo y me prometo a mí mismo escribir. Aunque nadie me lea.
Y es que estos días, o meses, he recorrido un buen de kilómetros, más de quinientos desde que inició el año, gracias a que mi vieja bici, la gt negra, pasó de ser de montaña a una muy eficiente bici urbana. Ahora me muevo casi todos los días en bici, incluso el lunes llevé a mis hijos a la escuela cada uno en su bici, y los fines de semana los reservo para subir al cerro. O, como en esta ocasión, a ir un poco más lejos. Ya me contaré a mí mismo.
Que me duren las ganas de escribir.