Las dos últimas sesiones del seminario de sociología política y del desarrollo, en mi doctorado en sociología, hemos leído a Boaventura de Sousa Santos. En la última, que discutimos esta semana, leímos su texto 'Una epistemología del sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación social'. Creo que a la mayoría de mis colegas del seminario les pareció un tanto pretencioso su afán, y ciertamente, ahora que lo pienso, se ve reflejado en el título del libro. Quizá pretender reinventar el conocimiento sea demasiado. Pero ello no quita los chispazos interesantes que aporta.
Uno de los conceptos que Santos utiliza para criticar la epistemología eurocéntrica apunta a la utilización de las escalas. En pocas palabras, dice que, dependiendo de la escala que se utilice para analizar un fenómeno, necesariamente se ilumina una parte de la realidad y (consciente o inconscientemente) se ocultan otras. Es, creo, lo que sucede con las palabras de madame Lagarde, del FMI. Desde la escala macroeconómica resulta que nuestro país es un ejemplo de salud y orden económico, por su apego a los dictados del gran capital. Los que argumentan así, con ella a la cabeza, están felices porque sienten que sus capitales están a buen resguardo. Pero si nos vamos a la escala de la microeconomía, no hace falta conocer de estadísticas: basta con ir con regularidad al mercado para darse cuenta de lo que vive la gran mayoría. Y si quieren saber más, que le pregunten su opinión a los que ganan menos y a los que, obvio, cada vez les alcanza para menos. Allí está la escala.
viernes, 2 de diciembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Hacer lo que se quiere
Uno de mis trabajos, estos días, consiste en ayudar a los jóvenes becarios a pensar en su plan de vida, y a actuar en consecuencia. Son jóvenes, hombres y mujeres, venidos de la sierra a estudiar en la universidad. Se comprometieron, así lo establece el programa que los apoya, a "regresar a su comunidad". Así de vago y de amplio lo planteamos (yo participé en el diseño) hace cinco años. Constantemente pasan por mi cabeza, entre otros, dos cuestionamientos.
El primero: ¿hasta dónde tenemos el derecho a exigirles que regresen a su comunidad? La verdad es que difícilmente encontrarán trabajo allá. Al menos, un trabajo convencional, ese que existe en el imaginario o en la expectativa social, pero que es cada vez menos común: con horario fijo, con pagos periódicos y puntuales, con vacaciones pagadas, con prestaciones y con seguridad social... ¿Qué hacer, entonces? una opción, cuya viabilidad habría que explorar, es combinar un trabajo a tiempo no continuo y parcial, por ejemplo dar talleres para alguna organización, con la creación de una microempresa o despacho que dé servicios técnicos necesarios en la región, como asesoría para cultivo en invernaderos, o consultoría legal para asociaciones... Habrá que ver qué tanto funciona, y qué condiciones son necesarias para echarlo a andar y para sostenerlo.
El segundo cuestionamiento: ¿es válido hacer un trabajo sólo por dinero, o por cumplir, o porque no queda de otra? Por supuesto que no, pero por lo general es complicado encontrar lo que uno realmente quiere hacer. Pero creo, también, que en este programa ése debe ser el punto de partida, que cada uno se pregunte qué quiere hacer, qué le hace feliz, qué le dan ganas de levantarse cada día.
martes, 1 de noviembre de 2011
Las cosas más importantes
Ya pasó septiembre completo, y octubre, y hoy iniciamos noviembre, con su fiesta de todosantos y sus muertos, nuestros muertos, y vengo a darme cuenta que no he escrito nada en todo este tiempo. Tiempo que, he de reconocer, he disfrutado y vivido enormemente. Por varias razones. Una: finalmente, el 15 de septiembre se concretó mi salida de la upaep. Todavía me ofrecieron, el jefe del área al que me movieron al final, quedarme. Yo les dije que no, que prefería llevar el proyecto desde fuera, como externo. Y así sigo. Otra: la semana siguiente, el 19, inicié formalmente mi doctorado en sociología en la buap. Más exactamente, en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Ello me ha regresado a la condición de estudiante, al menos parcialmente, lo cual es, siempre ha sido para mí, al menos, estimulante. A ratos me cuesta trabajo retomar mi proyecto de investigación y decidir qué de lo que me dicen incorporo y qué dejo de lado. Pero siempre es un reto releerse a uno mismo, abrirse a otros conceptos, autores, juicios, y seguir pensando. Definitivamente, es lo mío.
Tengo beca de conacyt, nuevamente, pero por supuesto no alcanza. Lo tengo que completar con las clases en la ibero y con los proyectos del despacho. Así que eso me ha mantenido realmente ocupado. En cuanto a las clases, se trata más bien de metodología y asesorías de tesis, como suele ser desde hace al menos diez años. Interesante. Con mis tesistas puedo ver, con cierto orgullo, el trabajo que les ha costado, pero cómo han llegado a resultados dignos de un trabajo de investigación. Este viernes hacen una presentación de resultados ante un pequeño grupo de colegas y espero que les vaya muy bien. Del despacho ya escribiré después. Hoy no quiero dejar de apunta aquí una frase del libro de Murakami De qué hablo cuando hablo de correr, que recién leí en ebook y, definitivamente, me encantó:
"Me gustaría advertir a los institutos de secundaria y bachillerato, antes de que se produzcan víctimas innecesarias, de que es mejor que dejen de obligar a correr largas distancias de manera tan estricta a todos sus estudiantes, pero, aunque lo hiciera, estoy seguro de que no me harían caso. Así es la escuela. Lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí."
miércoles, 24 de agosto de 2011
De madrugada
Hoy muy temprano, un poco después de las tres, nos despertamos la Colocha y yo y algo platicamos. En medio de algunos encuentros con la energía y lo sobrenatural, resultado de lo cual la mejor muestra es mi contractura y dolor de cuello y hombro, como nunca, que a ratos se vuelve casi insoportable y no me deja dormir, o dormir a ratos. Ya estuve dándole vueltas y decidí que esto sólo puede mejorar. Voy a tener paciencia y a ser consciente para no desesperarme, que parece la salida más fácil.
A propósito de la teoría de Bauman, y el cambio de la sociedad sólida, proveedora de seguridad, a la sociedad líquida, que parece implicar la incertidumbre de manera casi permanente, como esos puntos de presente simultáneos, numerosos y prometedores, nos sentimos rodeados de cambios, de movimientos y situaciones que no siempre entendemos. Hay enojos, cambios, incertidumbres, dudas.
Le decía yo que, creo, hay que volver a lo básico. Y, en ese sentido, preguntarnos qué nos hizo estar juntos. Por un lado, el amor que descubrimos y un día apareció suficiente para, como diría Alberoni, desorganizar y reorganizar nuestras vidas. Y, también, la búsqueda, idealizada si se quiere, de hacer algo por los demás. Hoy en día la bendición más grande son nuestros hijos, inquietos, preguntones, ansiosos de crecer y saber más, y a ellos hay que atender. Y no dejar de buscar alrededor, abrir los ojos, los oídos y el corazón, para ver qué podemos hacer por los demás, o cómo podemos encontrarnos con otros, seres humanos que sienten, sueñan, se equivocan, luchan. Definitivamente, un criterio de validez en las decisiones es que nos deje en paz. Que así sea.
martes, 16 de agosto de 2011
A la expectativa
Sigo a la expectativa de que me llamen "del olimpo". Lo escribo a propósito con minúsculas. Ya no sé si es parte de un juego perverso, "a ve quién se desespera primero" o, simplemente, su ineficacia se impone. En fin. No hay más que esperar y tratar de hacer algo útil.
Hoy hace catorce años nos casamos mi Colocha y yo. No tengo palabras para describir lo que estos años han sido. Pero tampoco tengo duda cuando volteo a mi interior y me digo: soy feliz. Es lo que yo quería.
Por la mañana temprano me fui a correr a la pista de tartán, a pesar de que tenía más frío y flojera que de costumbre. Di mis ocho vueltas, durante la primera de las cuales vi un espectáculo asombroso: del lado de la Malinche salía el sol, como por abajo de las nubes, con unos tonos naranja, dorado y rojizo dignos de admirarse. Al dar la vuelta, del otro lado, el Popo y el Izta lucían esplendorosos, con la primera luz del día, en morados y azules plomizos memorables. Caray, con eso bastaba para seguir el día de buen humor.
Leo en el periódico un buen artículo de Blancarte sobre la gira de la cápsula de la sangre de Juan Pablo segundo. A ver si les funciona. Porque, como dice el autor de la columna, más bien parece un retorno a la edad media. Allá sus devotos. Que ellos lo vean.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Coincidencias
Hoy, finalmente, hablé "oficialmente" con la gente de personal para negociar mi salida, formalmente, de la upaep. Mientras hacía antesala, me encontré al hermano Mario y al padre Miguel, que andan en búsqueda pero no saben qué hacer con el centro comunitario de Chapulco. Se me ocurrieron algunas cosas y mi corazón vibró. Veremos.
Y ahora en casa, buscando papeles para completar el cv único para el doctorado, me encuentro, oh sorpresa, con una copia de mi poema que ganó en páginas neobíblicas en 1996, y que hacía tiempo buscaba sin éxito. También me encontré un par de cartas autógrafas de José María Vigil cuando me notificó del resultado de concurso y el premio, y otra más de alguien de Brasil, en portugués. Me dio gusto reencontrar mi poema, y aquí va, en español.
El rebelde Jeremías
Cuando, Señor, vengo a ti,
con el corazón cargado de preguntas,
tú amor es siempre más fuerte,
me vence y me conforta.
Sin embargo, hoy me atrevo a preguntarte:
¿por qué viven tan tranquilos
-y con tanto cinismo-
los malvados,
mientras tu pueblo se desangra
y muere?
Míralos:
a su paso sólo dejan
demagogia y corrupción.
Sus absurdas leyes
y sus ajustes económicos
se multiplican,
para estar seguros ellos,
sus amigos,
sus intereses...
Tú conoces mi corazón
y mis sentimientos:
sabes que anhelo
la llegada de tu Reino.
Hoy te imploro:
haz que fracasen
sus planes y proyectos,
que se acaben sus reuniones,
y que queden en el olvido
sus acuerdos mentirosos,
sus bancos y sus jueces,
pues su único dios
es el dinero.
Que se acaben ellos
y en tu pueblo
renazca la esperanza
como la hierba en los montes.
Y recuerdo, como si fuera ayer, esa ermita oscura y húmeda, en San Arturo, allí donde nace el Euseba, donde escribí el poema.
martes, 19 de julio de 2011
Lecturas y reflexiones
Ayer terminé de leer La Quinta Mujer, sexto en la serie Wallander de Henning Mankell. Es una serie policiaca, thrillers o, como decía mi Colocha el otro día: "es como CSI, pero por escrito". Más o menos, le decía yo, aunque obviamente, acá hay mucho más detalles. Pudiera parecer curioso, pero me quedo con un par de frases para seguir meditando.
La primera, cuando Wallander, que es el detective protagonista de la serie, duda entre hacer su trabajo o quedarse a la expectativa, después de un viaje en el que no sabe bien a bien ni por qué lo hizo, ni qué busca... dice así: "Pero, por descontado, no lo hizo. Wallander no había conseguido nunca vencer al simbólico sargento que llevaba en su interior y que vigilaba que hiciera lo que debía". Esto viene a cuento por ese superego, dirían los freudianos, que llevamos dentro, especialmente los que fuimos (de)formados en la tradición de "dios te mira" o cualquiera de sus derivados, más o menos patológicos. Y sí, qué difícil es, en esos casos, decidir por uno mismo y decir "sí, lo hago, ¿y qué?"
El otro pensamiento se da cuando Wallander se encuentra con su hija, joven adulta en plena crisis existencial, en uno de esos momentos en los que uno empieza a ir al fondo. Lisa, que ése es su nombre, se pregunta por qué era tan difícil vivir en Suecia, que es donde se ubican las novelas. A ella le parecía, y a su padre también, que antes la vida era más sencilla de vivirse. Él le contesta: "a veces he pensado que es debido a que hemos dejado de zurcir los calcetines". Y explica que él incluso aprendió a hacerlo en la escuela. Pero ya nadie lo hace. Si se rompen, simplemente los tira a la basura y se compra unos nuevos. Y, junto con ello, "algo" ha cambiado, hasta que "se convirtió en una especie de moral, invisible, pero siempre presente". Y remata: "eso cambió nuestro concepto de lo bueno y lo malo, de lo que se podía y lo que no se podía hacer a otras personas. Todo se ha vuelto mucho más duro. Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país".
Me dejó resonando en la cabeza y en el corazón. Más, porque Juan Ramón nos hacía caer en la cuenta a Oscar y a mí, el viernes en la noche, cómo hemos cambiado. Con su típica agudeza nos hacía ver cómo el discurso no ha cambiado mucho, pero las prácticas las hemos vuelto, indudablemente, mucho más individualistas. Duele, pero así es.
jueves, 14 de julio de 2011
Hoy la vida
Hoy me encontré, casi por casualidad, con la columna de Eliseo Alberto en Milenio, una que lleva por título Eso que llaman amor para vivir, robándole el título a Pablo Milanés en esa hermosa canción, y me gustó y me hizo pensar. Ya lo decía el cartero en la película, cuando le reclamaron que el poema que recitaba no era suyo: "la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la hace suya. Yo también, por eso, me robo el pensamiento que a su vez él ya había robado a Neruda y que cita casi al final:
Queda prohibido llorar sin aprender, /levantarte un día sin saber qué hacer, /tener miedo a tus recuerdos. /Queda prohibido no sonreír a los problemas, /no luchar por lo que quieres, /abandonarlo todo por miedo, /no convertir en realidad tus sueños. /Queda prohibido no demostrar tu amor. /Queda prohibido dejar a tus amigos. /Queda prohibido olvidar a toda la gente que te quiere
Y es que me hace pensar en mi decisión de dejar la universidad. Asumo mi decisión y me digo que me voy porque quiero levantarme cada día sabiendo qué hacer, porque quiero luchar por lo que quiero, porque no quiero quedarme por miedo, porque quiero convertir en realidad mis sueños, porque quiero demostrar mi amor, porque quiero estar con mis amigos y no olvidar a la gente que me quiere.
¿Lo lograré? El tiempo lo dirá. Por la mañana corría mis tres kilómetros en la cancha de tartán de San Andrés y me decía a mí mismo que quiero dejar que el miedo no me detenga. Sé que el miedo a la inseguridad está allí y no va a desaparecer así como así, pero quiero asumirlo y vivirlo y no dejarme inmovilizar, y seguir soñando y... seguir viviendo. Lo asumo, como otro día asumí el dejar la seguridad de los maristas y otro día, ya en pareja y enamorados, dejamos todo y tomamos al Fer pequeñito y nos fuimos a Chiapas a estudiar, a vivir, a encontrarnos con viejos y nuevos amigos. Y lo maravilloso es que la vida sigue.
lunes, 4 de julio de 2011
Domingo en bici
Es domingo y, para no variar, me despierto temprano, antes de que suene el despertador. Aprovecho para tomarme un buen café (Tziscao, chiapaneco) mientras avanzo unas páginas de Sidetracked, la novela de Mankell que estoy leyendo como diversión (generalmente leo una novela, casi siempre por las noches, antes de dormir, y algo más académico o analítico, alguna obra sociológica o de interés para mis cursos, ya sea en la chamba o en algún momento que le robo al día). Prendo el estéreo, ya viejito pero que suena muy bien, en Radio Altiplano que, como de costumbre, tiene una programación realmente buena, y me encuentro con canciones afrocaribeñas, dice la locutora, bastante disfrutables. Los días han estado lluviosos y todavía anoche me quedaba la duda si seguiría lloviendo por la mañana o si nos dejaría ir a andar en bici con otros papás, mamás y niños de la escuela de mis hijos. El sol salió a medias pero fue suficiente para una rodada muy disfrutable, como unas veinte personas, entre Cholula y el balneario de Santa María Acuexcomac. De ida, rodamos sobre donde antes estaba la vía del tren y ahora queda un camino de terracería y grava entre las milpas y las hortalizas. Vemos sembrado maíz, frijol, espinacas, acelgas, alfalfa, chile poblano, entre otras cosas. También vemos, a la orilla, montones de pañales usados que alguien tuvo a bien dejar a la intemperie, como señal de que "la civilización llegó al pueblo" y ahora consume y desecha igual que en las ciudades. Vaya progreso. Afortunadamente, ya en el pueblo, cerca de donde vive doña Luisa, voy junto a Juan y ambos observamos una enorme, hermosa bugambilia morada, imponente sobre una gran barda. "La planta favorita de mamá", me dice mi hijo, "lástima que no traje mi cámara". Y seguimos rodando.
miércoles, 22 de junio de 2011
una cita
Estoy leyendo un buen libro, de Zizek, que mi amiga La Bruja me prestó hace unas semanas y que lleva por título Violence. El primer capítulo, tal como lo predijo, es realmente interesante. Comentando a Nietzche y al mismo tiempo la película Hijos de los Hombres, de Cuarón, recuerda una cita que me deja pensando sobre lo que ocupa nuestra mente, lo que nos quita el sueño, aquello por lo que realmente luchamos día a día, lo que da sentido a nuestras vidas. Lo reproduzco aquí: 'A little poison now and then: that makes for pleasant dreams. And much poison at the end, for a pleasant death. They have their little pleasures for the day, and their little pleasures for the night, but they have regard for health. "We have discovered happiness," - say the Last Men, and they blink.'
martes, 21 de junio de 2011
De cada día
Cuando cada mañana llevo a mis hijos a la escuela, lo primero que me encuentro de frente es el majestuoso paisaje de los volcanes, el Popo a la izquierda, el Izta a la derecha. Ayer, por ejemplo, ambos tenían nieve en la parte más alta y mis hijos exclamaron de admiración porque, además, el Popo tenía una pequeña fumarola blanca que lo hacía lucir imponente. El Izta, por su parte, parecía más que nunca una apacible mujer dormida. El cielo era azul y transparente. Hoy, en cambio, había un leve chipi chipi que nos hizo correr al carro. Y en lugar de volcanes había una densa neblina y un cielo húmedo y opaco. Otro día, sin duda.
martes, 25 de enero de 2011
Mis recuerdos de Don Samuel
Ayer, temprano, me enteré que estaba en el hospital y supuse que su muerte estaba cerca. Hace un mes, Chacho ya me había dicho que andaba bastante mal su salud, por lo que no me sorprendió enterarme por los sitios de internet que había fallecido.
De Don Samuel, el Tatic, nunca olvidaré la primera vez que lo encontré personalmente. Recién había llegado yo a la Misión de Guadalupe, como un joven marista de veintiséis años. Chacho, entonces el superior de la comunidad, me llevó a San Cristóbal y aprovechó un breve receso entre sus múltiples reuniones para abordar al Tatic, y me presentó con él, formal y escueto. Quizá uno o dos meses después volví a la curia y me llamó por mi nombre, con una seguridad y una calidez que me impresionaron. Siempre fue así: inteligente, sencillo, fraternal, sin rodeos.
En alguna ocasión viajé con él, en su carro, un jetta de modelo reciente, de San Cristóbal a Bachajón, a una reunión de diáconos o algo así. Yo me sentía un poco cohibido porque no sabía de qué se supone que uno debería hablar con un obispo. Dos sorpresas me llevé: la primera, que manejaba rapidísimo, en una carretera llena de curvas y barrancos; él ya pasaba los setenta años y conducía con la seguridad de un jovencito. La segunda: en cuanto nos subimos al carro prendió su radio y todo el tiempo fue platicando con sus amigos diexistas. Se identificaba, si mal no recuerdo, como "radio xilófono sierra" y conversaba con gran animación con los que parecían, y eran, seguramente, sus amigos de mucho tiempo. Yo sólo escuchaba y observaba, sufriendo un poco por la carretera, pero tranquilo porque no tendría ya que pensar en qué hablar con mi obispo.
Cuando en una ocasión fue a ordenar diáconos a la Misión, allá por el noventa y cinco, presidió la misa y la ceremonia, larga y con muchos cantos y alocuciones, como les gusta a los indígenas. Me impresionó que, al terminar, el Tatic se sentó y se puso a rezar el oficio divino, como marcaban las reglas: siempre fue exigente consigo mismo, y no lo sufría, sino que lo asumía como algo suyo. Ya después de desayunar se puso sus botas y una especie de casco de obrero que usaba cuando iba a las comunidades, y se sentó a escuchar a la gente, a los indígenas, que se acercaban a hablar con él. Parecía no cansarse nunca: siempre tenía para ellos el oído atento y una expresión seria pero amable. Después se le acercaban, inquietos, los periodistas. Allí sí se inventaba cualquier cosa para no enfrascarse. Le decían, por ejemplo, que querían una entrevista con él, y él les decía que sobre qué tema. Ellos replicaban que sobre teología de la liberación y él les respondía que él no era teólogo, que era biblista, y ya no sabían bien qué decir.
Del Tatic recuerdo, siempre recordaré, su sencillez, su inteligencia para ver el futuro, su compromiso con lo que creía. Logró hacer de la diócesis de San Cristóbal un grupo de agentes de pastoral con un gran compromiso en la búsqueda del pobre, con sus aciertos y sus errores. Siempre escuchaba y nunca se mostraba impaciente. Hablaba con autoridad y todos le escuchábamos. Intentó, de verdad, una iglesia cercana a los pobres. Que en paz descanse.
Ayer murió también la mamá de Paco, hermano y amigo tan cercano, después de una larga y sufrida estancia de más de dos meses en terapia intensiva. Me duele no poder estar allí personalmente para darle un abrazo fraternal, como él sí pudo hacer cuando año y medio antes murió mi madre. Siento su dolor y desde acá le acompaño, con la promesa de ir con toda la familia a, simplemente, estar con él. Dios la tenga en su gloria.
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