martes, 19 de julio de 2011

Lecturas y reflexiones

Ayer terminé de leer La Quinta Mujer, sexto en la serie Wallander de Henning Mankell. Es una serie policiaca, thrillers o, como decía mi Colocha el otro día: "es como CSI, pero por escrito". Más o menos, le decía yo, aunque obviamente, acá hay mucho más detalles. Pudiera parecer curioso, pero me quedo con un par de frases para seguir meditando.
La primera, cuando Wallander, que es el detective protagonista de la serie, duda entre hacer su trabajo o quedarse a la expectativa, después de un viaje en el que no sabe bien a bien ni por qué lo hizo, ni qué busca... dice así: "Pero, por descontado, no lo hizo. Wallander no había conseguido nunca vencer al simbólico sargento que llevaba en su interior y que vigilaba que hiciera lo que debía". Esto viene a cuento por ese superego, dirían los freudianos, que llevamos dentro, especialmente los que fuimos (de)formados en la tradición de "dios te mira" o cualquiera de sus derivados, más o menos patológicos. Y sí, qué difícil es, en esos casos, decidir por uno mismo y decir "sí, lo hago, ¿y qué?"
El otro pensamiento se da cuando Wallander se encuentra con su hija, joven adulta en plena crisis existencial, en uno de esos momentos en los que uno empieza a ir al fondo. Lisa, que ése es su nombre, se pregunta por qué era tan difícil vivir en Suecia, que es donde se ubican las novelas. A ella le parecía, y a su padre también, que antes la vida era más sencilla de vivirse. Él le contesta: "a veces he pensado que es debido a que hemos dejado de zurcir los calcetines". Y explica que él incluso aprendió a hacerlo en la escuela. Pero ya nadie lo hace. Si se rompen, simplemente los tira a la basura y se compra unos nuevos. Y, junto con ello, "algo" ha cambiado, hasta que "se convirtió en una especie de moral, invisible, pero siempre presente". Y remata: "eso cambió nuestro concepto de lo bueno y lo malo, de lo que se podía y lo que no se podía hacer a otras personas. Todo se ha vuelto mucho más duro. Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país".
Me dejó resonando en la cabeza y en el corazón. Más, porque Juan Ramón nos hacía caer en la cuenta a Oscar y a mí, el viernes en la noche, cómo hemos cambiado. Con su típica agudeza nos hacía ver cómo el discurso no ha cambiado mucho, pero las prácticas las hemos vuelto, indudablemente, mucho más individualistas. Duele, pero así es.

jueves, 14 de julio de 2011

Hoy la vida

Hoy me encontré, casi por casualidad, con la columna de Eliseo Alberto en Milenio, una que lleva por título Eso que llaman amor para vivir, robándole el título a Pablo Milanés en esa hermosa canción, y me gustó y me hizo pensar. Ya lo decía el cartero en la película, cuando le reclamaron que el poema que recitaba no era suyo: "la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la hace suya. Yo también, por eso, me robo el pensamiento que a su vez él ya había robado a Neruda y que cita casi al final:
Queda prohibido llorar sin aprender, /levantarte un día sin saber qué hacer, /tener miedo a tus recuerdos. /Queda prohibido no sonreír a los problemas, /no luchar por lo que quieres, /abandonarlo todo por miedo, /no convertir en realidad tus sueños. /Queda prohibido no demostrar tu amor. /Queda prohibido dejar a tus amigos. /Queda prohibido olvidar a toda la gente que te quiere
Y es que me hace pensar en mi decisión de dejar la universidad. Asumo mi decisión y me digo que me voy porque quiero levantarme cada día sabiendo qué hacer, porque quiero luchar por lo que quiero, porque no quiero quedarme por miedo, porque quiero convertir en realidad mis sueños, porque quiero demostrar mi amor, porque quiero estar con mis amigos y no olvidar a la gente que me quiere.
¿Lo lograré? El tiempo lo dirá. Por la mañana corría mis tres kilómetros en la cancha de tartán de San Andrés y me decía a mí mismo que quiero dejar que el miedo no me detenga. Sé que el miedo a la inseguridad está allí y no va a desaparecer así como así, pero quiero asumirlo y vivirlo y no dejarme inmovilizar, y seguir soñando y... seguir viviendo. Lo asumo, como otro día asumí el dejar la seguridad de los maristas y otro día, ya en pareja y enamorados, dejamos todo y tomamos al Fer pequeñito y nos fuimos a Chiapas a estudiar, a vivir, a encontrarnos con viejos y nuevos amigos. Y lo maravilloso es que la vida sigue.

lunes, 4 de julio de 2011

Domingo en bici

Es domingo y, para no variar, me despierto temprano, antes de que suene el despertador. Aprovecho para tomarme un buen café (Tziscao, chiapaneco) mientras avanzo unas páginas de Sidetracked, la novela de Mankell que estoy leyendo como diversión (generalmente leo una novela, casi siempre por las noches, antes de dormir, y algo más académico o analítico, alguna obra sociológica o de interés para mis cursos, ya sea en la chamba o en algún momento que le robo al día). Prendo el estéreo, ya viejito pero que suena muy bien, en Radio Altiplano que, como de costumbre, tiene una programación realmente buena, y me encuentro con canciones afrocaribeñas, dice la locutora, bastante disfrutables. Los días han estado lluviosos y todavía anoche me quedaba la duda si seguiría lloviendo por la mañana o si nos dejaría ir a andar en bici con otros papás, mamás y niños de la escuela de mis hijos. El sol salió a medias pero fue suficiente para una rodada muy disfrutable, como unas veinte personas, entre Cholula y el balneario de Santa María Acuexcomac. De ida, rodamos sobre donde antes estaba la vía del tren y ahora queda un camino de terracería y grava entre las milpas y las hortalizas. Vemos sembrado maíz, frijol, espinacas, acelgas, alfalfa, chile poblano, entre otras cosas. También vemos, a la orilla, montones de pañales usados que alguien tuvo a bien dejar a la intemperie, como señal de que "la civilización llegó al pueblo" y ahora consume y desecha igual que en las ciudades. Vaya progreso. Afortunadamente, ya en el pueblo, cerca de donde vive doña Luisa, voy junto a Juan y ambos observamos una enorme, hermosa bugambilia morada, imponente sobre una gran barda. "La planta favorita de mamá", me dice mi hijo, "lástima que no traje mi cámara". Y seguimos rodando.