Atravesaba el patio de la universidad esta mañana y no pude dejar de voltear al cielo. Allá arriba, una avioneta volaba bajo. Por encima del ruido del motor anunciaba un circo, "junto a Angelópolis", y ofrecía descuentos. Nomás faltó que aventara volantes, pero no, no los vi.
***
La vez pasada que fui a México, al llegar a la caseta de Chalco, un anuncio en un espectacular enorme. Con fondo rosa, si mal no recuerdo, decía algo así como: vendo criptas en basílica de Guadalupe, inmediata posesión. Y anotaba, también en gran tamaño, un número telefónico. El mismo anuncio vi, un par de semanas después en la caseta de Palmillas, yendo del DF a Querétaro.
jueves, 17 de enero de 2008
martes, 15 de enero de 2008
Alma migrante
El escenario es Chalchihuapan, aquí cerca, a unos 10 kilómetros, o menos, de la ciudad de Puebla. La secundaria es la primera parada para el grupo de gringos que recogimos en el hotel de cinco estrellas, media hora antes, en pleno centro histórico. Con un grupo de ocho o diez de ellos, estudiantes de posgrado en NYU, psicólogos, educadores, la hago de traductor en uno de los dos salones de tercero de secundaria. Me piden los gringos, casi de entrada, que pregunte a quiénes les gustaría irse a los Estados Unidos. De treinta y nueve estudiantes, ellos y ellas, sólo dos no levantan la mano. Algunos con una risa tímida, pero la levantan. Por qué quieren irse, es otra de las preguntas. "Nomás", responden, y luego agregan: "para trabajar, porque aquí no hay trabajo". "¿De qué les gustaría trabajar?", me piden que pregunte yo; ellos responden: "de lo que sea... lavando platos, arreglando jardines, no importa". "¿Cómo se imaginan que es trabajar allá?" "es duro, hay que empezar desde abajo, poco a poco, hay que trabajar mucho". "¿Saben que las condiciones son cada vez más difíciles?" "sí sabemos, pero no importa, aquí no hay oportunidad, y allá hay trabajos que los americanos no quieren hacer". "¿Qué les gustaría que nosotros dijéramos a quienes, en los Estados Unidos, están en contra de los migrantes?" "Nada", dice uno de los muchachos, con un realismo que duele, "de todos modos no va a cambiar nada". Caminamos a encontrarnos con los demás y los visitantes van pensativos, lentamente.
Un rato después, Agustín, alumno de primero de secundaria, nos lleva a su casa. Allí platicamos con su mamá. De nuevo la hago de traductor y aunque se me tuerce la lengua, me sorprendo de que lo puedo hacer sin problema, a pesar de mi escasa práctica. Lo que nos cuenta, como dirían los periodistas, no tiene desperdicio. Su marido está en Chicago, desde hace nueve años. También una de sus hermanas, en Nueva Jersey, y varias de sus primas. "Al principio sí mandaba dinero, pero luego se olvidó y ya no manda nada. Mis hijos sufrían porque no se comunicaba con nosotros, no nos hablaba por teléfono. Luego me puse a preguntar con mis primas, y que no tenía trabajo, que tenía que pagar su renta y comer, o que estaba tomando. El alcohol, así, todos los días es muy malo para la gente. Sólo una vez ha venido, porque lo agarró la migra y lo mandó de regreso. Pero estuvo como un mes y medio y se aburría y ya no le gustó, y mejor se regresó otra vez, y sigue sin mandarnos nada. Yo le digo a mis hijos, que se quieren ir, que mejor no se vayan, que estudien, que se queden aquí a salir adelante. Pero ellos quieren irse y qué le voy a hacer, ni modo que los detenga. Los que se van, luego vienen y ya no les gusta estar aquí. Se juntan en banda y nomás se la pasan tomando y buscando problemas, ya no son humildes, ya no saludan, sólo se juntan entre ellos y toman, mejor se regresan al poco tiempo."
Me pregunto, como muchas veces, por qué se va la gente, por qué migra. Lo vi en mi hermano, tan querido y tan pequeño, que a los dieciséis años se pasó de mojado. Lo atrapó la migra nueve veces y no fue sino hasta la décima que logró quedarse. Vive bien, tiene un buen trabajo, consume al estilo americano, pero se la pasa extrañando la comida, el pueblo, la gente, las fiestas, el resto de la familia. Lo vi en aquel muchacho de la secundaria de Tziscao, mientras hacía el trabajo de campo para mi tesis de maestría, que se imaginaba que al ir a los Estados Unidos se acostaría con las güeritas... Es una mezcla de reto, de mito, de ganas de moverse, de aventura, y también, de realismo. Tienen alma migrante.
Un rato después, Agustín, alumno de primero de secundaria, nos lleva a su casa. Allí platicamos con su mamá. De nuevo la hago de traductor y aunque se me tuerce la lengua, me sorprendo de que lo puedo hacer sin problema, a pesar de mi escasa práctica. Lo que nos cuenta, como dirían los periodistas, no tiene desperdicio. Su marido está en Chicago, desde hace nueve años. También una de sus hermanas, en Nueva Jersey, y varias de sus primas. "Al principio sí mandaba dinero, pero luego se olvidó y ya no manda nada. Mis hijos sufrían porque no se comunicaba con nosotros, no nos hablaba por teléfono. Luego me puse a preguntar con mis primas, y que no tenía trabajo, que tenía que pagar su renta y comer, o que estaba tomando. El alcohol, así, todos los días es muy malo para la gente. Sólo una vez ha venido, porque lo agarró la migra y lo mandó de regreso. Pero estuvo como un mes y medio y se aburría y ya no le gustó, y mejor se regresó otra vez, y sigue sin mandarnos nada. Yo le digo a mis hijos, que se quieren ir, que mejor no se vayan, que estudien, que se queden aquí a salir adelante. Pero ellos quieren irse y qué le voy a hacer, ni modo que los detenga. Los que se van, luego vienen y ya no les gusta estar aquí. Se juntan en banda y nomás se la pasan tomando y buscando problemas, ya no son humildes, ya no saludan, sólo se juntan entre ellos y toman, mejor se regresan al poco tiempo."
Me pregunto, como muchas veces, por qué se va la gente, por qué migra. Lo vi en mi hermano, tan querido y tan pequeño, que a los dieciséis años se pasó de mojado. Lo atrapó la migra nueve veces y no fue sino hasta la décima que logró quedarse. Vive bien, tiene un buen trabajo, consume al estilo americano, pero se la pasa extrañando la comida, el pueblo, la gente, las fiestas, el resto de la familia. Lo vi en aquel muchacho de la secundaria de Tziscao, mientras hacía el trabajo de campo para mi tesis de maestría, que se imaginaba que al ir a los Estados Unidos se acostaría con las güeritas... Es una mezcla de reto, de mito, de ganas de moverse, de aventura, y también, de realismo. Tienen alma migrante.
lunes, 7 de enero de 2008
Primera del año
Ya es dos mil ocho y regreso a mi blog para ver que no escribí nada durante diciembre. Entre la acostumbrada concentración de chamba en mis clases (presentaciones, trabajos, lecturas apresuradas y de última hora de tesis, etc.), mis otras chambas administrativas (hablar con los becarios, preparar la evaluación, coordinarla, estar al pendiente de sus calificaciones, etc) y el virus que me agarró, según esto herpes, a ratos no tuve tiempo, a ratos no tuve ganas, y a ratos in uno ni otras.
En cuanto pude me fui con Lety y mis hijos en nuestra acostumbrada travesía por el centro del país. Fue realmente reconfortante encontrar a viejos y queridos amigos, Flor y Paco en Celaya, Quechos, Cheche, el Pir, en Querétaro, y a sus hijos, platicar de todo y de nada, tomar un buen tequila con cerveza, los mariscos... me sentí de verdad de vacaciones, de esas veces que digo: ya me las merecía.
En Morelia, la navidad y mi familia política, siempre interesante encontrarnos, estar al pendiente de los hijos y sus primos... comer y beber bien, mayormente lo disfruté, hasta la ida al cine con mis hijos y sobrinos. Lástima que no encontramos a los amigos, pero sí fuimos al planetario.
Luego Sahuayo, mi tierra. Como pocas veces, nos encontramos muy en paz la mayoría de los miembros de la familia: Jesús con toda su familia, Angélica también, nos recibió en su casa, y mis papás. Sólo faltó, y los extrañamos, Felipe y su familia californiana. Me gustó ver a mis hijos desenvolverse con sus primos, ser cuidados por las primas mayores que los ven casi como a sus hijos, y sobre todo platicar bien, sabroso, con mis padres y hermanos.
Fueron, en pocas palabras, unas vacaciones de descanso. Leí un poco más de un libro y casi nada de periódico, vi algunas buenas películas en la tele, me metí a la computadora dos o tres veces para leer mis correos personales, nada de trabajo, y bebí abundantemente pero sin exceso. Comí, como de costumbre, bien: sobre todo los mariscos de Cheche en Querétaro, la pierna en chile pasilla de navidad que hizo mi mujer, el pozole y los tamales de Angélica, y la birria en la fiesta de la hija de Pepe mi primo. Me remordía un poco la conciencia que ni me subí a mi bici y, aunque a ratos la añoraba, en realidad tampoco tuve mucho tiempo para dedicarle. Aquí de nuevo.
En cuanto pude me fui con Lety y mis hijos en nuestra acostumbrada travesía por el centro del país. Fue realmente reconfortante encontrar a viejos y queridos amigos, Flor y Paco en Celaya, Quechos, Cheche, el Pir, en Querétaro, y a sus hijos, platicar de todo y de nada, tomar un buen tequila con cerveza, los mariscos... me sentí de verdad de vacaciones, de esas veces que digo: ya me las merecía.
En Morelia, la navidad y mi familia política, siempre interesante encontrarnos, estar al pendiente de los hijos y sus primos... comer y beber bien, mayormente lo disfruté, hasta la ida al cine con mis hijos y sobrinos. Lástima que no encontramos a los amigos, pero sí fuimos al planetario.
Luego Sahuayo, mi tierra. Como pocas veces, nos encontramos muy en paz la mayoría de los miembros de la familia: Jesús con toda su familia, Angélica también, nos recibió en su casa, y mis papás. Sólo faltó, y los extrañamos, Felipe y su familia californiana. Me gustó ver a mis hijos desenvolverse con sus primos, ser cuidados por las primas mayores que los ven casi como a sus hijos, y sobre todo platicar bien, sabroso, con mis padres y hermanos.
Fueron, en pocas palabras, unas vacaciones de descanso. Leí un poco más de un libro y casi nada de periódico, vi algunas buenas películas en la tele, me metí a la computadora dos o tres veces para leer mis correos personales, nada de trabajo, y bebí abundantemente pero sin exceso. Comí, como de costumbre, bien: sobre todo los mariscos de Cheche en Querétaro, la pierna en chile pasilla de navidad que hizo mi mujer, el pozole y los tamales de Angélica, y la birria en la fiesta de la hija de Pepe mi primo. Me remordía un poco la conciencia que ni me subí a mi bici y, aunque a ratos la añoraba, en realidad tampoco tuve mucho tiempo para dedicarle. Aquí de nuevo.
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