¿Cómo definir exactamente lo que es y significa una fiesta? ¿Una fiesta de los pobres? (porque no es lo mismo hacer una fiesta para un "rico" que para un "pobre"). El escenario, una comunidad del municipio de Cuetzalan, en la sierra norte de Puebla. La ocasión, el término del bachillerato de un poco más de una veintena de alumnos, ellos y ellas. El día está soleado cuando llegamos a las instalaciones de la escuela. A la entrada se encuentra ya un comité de bienvenida, un grupo de alumnas de la escuela con su vestido tradicional, muy limpio y lucidor, yuna banda diagonal, verde, con la leyenda respectiva. La música que suena me resulta familiar: "los caminos de la vida no son como yo creía/ los caminos de la vida son difícil de andarlos..." Adentro ya están las lonas para proteger del sol inclemente a los asistentes, sobre todo si sabían que estarían allí no menos de cinco horas, a la hora en que el calor aprieta. Antes de que todo inicie formalmente, mientras maestros y alumnos van de aquí para allá arreglando los últimos detalles, damos una vuelta a la sala de cómputo, nuevecita, impecable, emocionante, y a las hortalizas: el chiltepín crece que da gusto y los nopales tienen muchas nuevas pencas, mientras las pimientas crecen lento, a su ritmo.
Llegan los graduados, vienen de misa, porque parece que no hay graduación que valga sin pasar por el altar parroquial, no importa qué tanto se entienda el rito. Ellos de camisa azul cielo, pantalón y corbata negros, con zapatos nuevos del mismo color. Ellas con falda negra y blusa azul cielo, de tirantes y escotada, con su clavel rojo en la mano. Todos lucen sudorosos pero con las caras llenas de alegría. Se sientan en un lugar especial, frente a sus familias y a un costado de la mesa "de honor". Antes nos han preguntado y apuntado nuestros nombres, títulos y ocupaciones, porque la ceremonia es solemne y hay que darle todo su peso.
Los graduados endurecen su rostro cuando empieza su primer vals, tomados de la mano a la usanza de las quinceañeras y sus chambelanes. Unos mantienen la mirada fija al frente, como no queriendo ver ni ser vistos, más bien rígidos. Otros se muestran un poco más desenvueltos pero no evitan buscar de cuando en cuando la aprobación de sus familiares con la mirada. Suena la ochenterísima "total eclipse in my heart" y me acuerdo de aquellos tiempos queretanos. Los chavos y las chavas festejados avanzan lentamente, forman figuras, van hacia atrás y vuelven a sentarse.
Siguen los números preparados por los que se quedan para los que se van. Bailes regionales y populares, como el duranguense y el xochipetzahua en que las bailadoras nos sacan a bailar a los invitados, que nos movemos de reojo, como podemos. Poesías, música y una obra de teatro cuyo tema es más interesante y llamativo que la trama: cuenta brevemente una situación de acoso sexual hacia una alumna de bachillerato por parte de su padrastro. Parece un tema atrevido, difícil imaginar su trato tan abierto, pero logra hasta risas en algunas escenas. Al final, o casi, el discurso de despedida de uno de los egresados, con frases que me parecen un tanto cursis y escucho mientras me dirijo al baño porque se acerca la hora en que me tengo que regresar.
Todavía alcanzo el segundo vals de los festejados, que se mueven lenta y rítmicamente a la música de otra ochentera de inevitables recuerdos: "words don't come easy to me/ how can I find a way to say I love you..."
No me da tiempo ni de despedirme y me alegro que así sea. En realidad aprovecho la larga alocución del director dando cuentas para levantarme y pedir que me echen un aventón a la terminal. Mientras me voy pienso que me gustaría más cultura local y menos música en inglés, pero definitivamente es su fiesta, no la mía. No deja de parecerme extraña pero interesante la mezcla. Me hubiera gustado tener tiempo de platicar con los jóvenes qué significa realmente esa fiesta para ellos. Qué significan los diplomas y reconocimientos, los padrinos y madrinas con sus regalos y arreglos florales, las fotos y la expectación de la familia. Y me hubiera gustado más, por supuesto, quedarme a probar el mole con arroz y las tortillas de pueblo. Otra vez será.
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