Antes de entrar al tema, acuso recibo de dos comentarios a mi anterior entrada, ambas de anónimos. Lástima, como "escribidor", siempre es emocionante saber quién lo lee a uno. Tal vez algún día. Curiosamente, comentarios contrastantes. Uno alaba mi manera de escribir, el otro la denigra, o al menos eso entiendo: en portugués supogo que "estúpido" sigue siendo lo mismo que en castellano.
Quiero escribir algo sobre la ética, como lo dice el título. Empiezo por el contexto. El fin de semana pasada, y el que empieza mañana, estoy dando un curso por cuarto año consecutivo, en veracruz, sobre el tema de derechos humanos y educación. Más o menos la lógica del curso es: estudiar el concepto de derechos humanos, que surge como un discurso que "no es nada" por sí solo, pero ofrece la posibilidad de hacer una lucha para vivir de acuerdo a ciertos ideales. El caso de Lidya Cacho contra el góber precioso, creo, se vuelve aquí paradigmático: precisamente a partir de un discurso de derechos humanos, enarbolado por quien se dice de una defensora de derechos, fue posible lograr lo que se ha logrado. Digan lo que digan sus achichincles, el señor es un cadáver político. No fue el discurso por sí solo, para ello hay que ver el "compromiso" de las autoridades en general con los derechos humanos, para seguir chupándose el dedo. Más bien creo que fue, el discurso, el pretexto para articular toda una serie de poderes, de sensaciones (me acuerdo de la marcha del año pasado y la energía que parecía circular entre los asistentes), que permtió cobrar facturas sociales. Lo mínimo que se podía hacer. Pero los derechos humanos son eso, justamente, un discurso que incluso se usa contra los mismos profesores, quienes suelen decir: no le hagas o digas nada a tal o cual niño porque te las verás con derechos humanos. Depende, en suma, de su uso.
La tercera sesión es el intento de llevar la educación en derechos humanos a un plano pedagógico y didáctico, y ofrecer herramientas concretas para llevar a cabo algunas actividades concretas. Tratamos y experimentamos cuestiones como discusión de dilemas, clarificación de valores, filosofía para niños, resolución de conflictos, etcétera. De hecho hay, afortunadamente, muchas opciones de dónde escoger. El punto que me interesa enfatizar, aquí, y en el cual insisto a mis alumnos, es procurar que ello no se convierta en un discurso que puede ser muy a la moda y políticamente correcto, pero vacío. Entonces es necesario plantear desde dónde lo anclamos. Y es allí a donde apunta la segunda sesión.
Se me ha ocurrido utilizar para ello, al principio casi como ocurrencia, ahora me convenzo más de su utilidad, un concepto de Savater. Se trata de la ética como amor propio, que le da nombre a uno de sus libros. Sucede que se dio una discusión que me puso en aprietos por lo que me parece el puritanismo de algunos alumnos, que argumentaro que cómo podía invocar a la posmodernidad y luego presentar a un autor (despectivamente) moderno. Hablaron entonces, asumiéndose sin decirlo con todas sus letras, posmoderno, de que ya no caben los metarrelatos, de que ellos han ido más allá de la religión, de que no hay universales, y mucho más. Mi argumento fue: no intento presentarles un metarrelato, ni tirarles un rollo para que me lo creano. Mi intención como académico es presentarles a un autor que, creo (y subrayo la palabra), tiene algo que decir. Ha elaborado algo que me parece que podamos tomar en cuenta. Critiquémoslo, analicémoslo, destrocémoslo y, después, decidamos si queremos quedarnos con algo de lo que nos dice.
Busqué esta semana algo de la ética posmoderna. Me fui a Vattimo y me encontré, decepcionado, con lo que hace ya diez años había leído. Su discurso posmoderno, posmetafísico, postodo, y el rollo ese del pensamiento débil. Debo confesar que me decepciona y lo siento, efectivamente, débil. No sé cómo se vive en lo que antes se llamaba primer mundo, pero supongo que de manera muy diferente a como lo hacemos acá, al menos en términos de los referentes éticos, morales, de conducta. Estoy en contra de una supuesta metafísica, como Vattimo, pero mi diario existir me dice que necesitamos reglas. Por supuesto, no se trata de universales, inamovibles, absolutos, con una sola interpretación. Algo que argumentan los posmodernos extremos es que la ética habría que vivirla como una permanente hermenéutica. El asunto es que, aún así, para hipotéticamente hacer la primera interpretación, necesitamos algo que sirva de referente. Yo creo que el discurso de Savater nos permite construir algo más pedagógico, más realista, más asible. A partir de un ser que es pero que sobre todo está siendo, y siempre en diálogo, surge la necesidad de establecer (no "recibir"), construir, ciertos principios. Y no nos pueden obligar a seguirlos, sino convencernos, incluso no sin cierta dosis de lavado de cerebro, de que eso es lo que nos permite seguir avanzando.
Hoy mi realidad me lo ha recordado, dolorosa e impotentemente, en el contexto de mi convivencia cotidiana: ¿cómo actuar con un vecino que tiene perros y que los suelta y se cagan en mi jardín y le vale madres? ¿cómo actuar si sé, si veo, que es policía y trae permanentemente una pistola al cinto? ¿es posible hacer algo? ¿para qué me sirve la buena intención hermenéutica de manera radical?
No es fácil pasar del discurso a la existencia cotidiana, eso me queda claro.
2 comentarios:
Mejor en el anonimato...escribes muy padre, mas cuando compartes tu historia y tu ser en aquellas experiencias que te han hecho lo que eres, eso es mas formativo educativo y disfrutable, que Vattimo,
Qué tal mi entrañable profesor!, tal vez no recuerdes a quien esto escribe pues hace ya 18 años que fui tu alumno, a finales de los ochenta en el Colegio Jacona!; hace algunos días caí por accidente en tu blog y pronto descubrí que se trataba de mi maestro de 5° de primaria; sólo que sin bigote, sin barba y con un poco menos de pelo, jajaja, desde entonces he disfrutado de leer tus escritos apasionantes, historias de vida que conmueven y llenan de ánimo. Te envío un cordial saludo, y me gustaría mucho leer algo sobre tu estancia en Jacona en aquellos años ochenteros.
Afectuosamente
Adolfo Avalos Castro.
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