jueves, 28 de junio de 2007

Me duele la espalda 2

Sigo con mi historia de ayer. Mi idea es entender ese mi dolor. Lo ubico como un reclamo ante la necesidad de cambiar, de integrar, de resignificar. Agreo que, después de todo, hace 21 años era yo simplemente un pollo. No lo digo con autocompasión ni para justificarme, sino porque así me lo dicen los datos: seis años antes me había ido de mi casa y, para entonces, mi mundo era eso y sólo eso que alcanzaba a ver: mis compañeros de clase, el fútbol, los libros (si bien estos últimos me abriero algunas puertas sumamente valiosas y gozosas).
Como empecé a ver y a decir a mis amigos tiempo después, mi realidad se acababa con la barda del colegio donde estaba. Creo que ésta es una noción fundamental que tiene que estar en el centro de la discusión, para dar contexto y posibilidades de interpretación.
Dicho lo cual, mi historia continúa, la historia de ese mi dolor. El superior del encierro a que me he referido tenía una personalidad que no sabría cómo definir. Quizá una mezcla de atracción, manipulación y poder intelectual. Me explico: a menudo se ponía a leer en la capilla y en italiano el libro de su gurú favorito, Rahner (yo nunca lo estudié pero recuerdo cómo los de segundo año parían chayotes para entenderle a la traducción castellana), además de que realmente era un buen profesor. Al menos a mí, sus clases me parecían interesantes, aunque siempre estaban teñidas de una pose que quería tapar con una mal disimulada modestia, por aquello de las tres violetas. Eso era atractivo para mí: el saber, el conocer más, el hablar idiomas, el leer libros de difícil comprensión para los de a pie. Su plática cotidiana me parecía asimismo interesante, aunque rara vez me animaba a iniciar una conversación con él. Le tenía pavor.
Me atraía también el ver cómo trataba de bien a sus consentidos. Quizá porque yo quería ser uno de ellos, pero jamás lo fui, eso me queda muy claro. Les daba de todo: estaba de moda correr alrededor del bosque Cuauhtémoc, 1.7 kilómetros de largo, si mal no recuerdo, y ellos se compraban tenis new balance (yo corría con mis panam que había comprado en mi pueblo, con lo poco que mis padres me daban) y su protector les daba relojes casio con cronómetro y cuenta vueltas, toda una novedad en aquellos días. Más aún, les cambiaba el reloj de cuando en cuando, quizá para que se mantuvieran a la moda.
Todos queríamos manejar alguna de las camionetas, y generalmente lo hacían los que estaban en la despensa. Además salían a cada rato, a comprar mercancías a la central de abasto o abarrotes al súper. Hubo quiénes repitieron en ese trabajo y me consta que significaba privilegios y canonjías. Yo cambiaba de limpiar baños un mes, a lavar la loza al siguiente, y de allí a recortar y asear los jardines un mes después. Me daba envidia ver cómo los protegidos iban y venían, de aquí para allá, a sus anchas.
Recuerdo esa vez en que con uno de mis mejores amigos de toda la vida, cotorreábamos y de repente yo, por joder, agarré el megáfono de su grupo de catecismo y me puse a decir cualquier burrada. Mi amigo me dijo que lo dejar y yo seguía de terco. Se enojó y me dijo: "cállate, que al que van a cagar es a mí". Para su desgracia, el superior pasaba por allí. Me miró con cara de muérete y me aventó su peor diagnóstico: "José, pareces un niño" y le dijo a mi amigo, uno de sus protegidos: "y tú, cuida lo que dices". Yo me quería morir. No me la acababa. Después el superior se desquitó en una de sus clases vespertinas en que me sermoneó públicamente. De allí nos fuimos a la capilla de la parte posterior, como siempre, en silencio. Lloré y lloré y quizá allí decidí renunciar a mi sentir y a mi pensar y fingir que todo iba bien conmigo. Hice de tripas corazón y, de allí para el real, me dediqué a trabajar como nunca. Como además era un excelente estudiante, no tuve ningún problema.
Años después, cuando decidí cambiar de vida, me dolió, como esa madrugada de hace unos días, la espalda. Cambiar es, curiosa y simplemente, reaprender a dejarme sentir. Fue maravilloso sentirme vivo y sentir mil cosas nuevas con mi mujer. Y poder expresar mi pensamiento que, afortunadamente, nunca se murió.

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