miércoles, 21 de marzo de 2012
Cotidianidades
Ayer al medio día el temblor me agarró en mi casa, trabajando en un documento en el que me tardé toda la mañana revisando. Fue durísimo, y el recuerdo del ochenta y cinco, y vaya que yo estaba de bien portado novicio en Morelia, inevitable. Afortunadamente fue sólo el susto. Más tarde, en mi carro de camino a la oficina, el embotellamiento sobre la recta me hizo pensar: ¿para esto queremos tanto pinche carro? ¿para estar parados en medio del asfalto? Hoy, después de dejar a mis hijos, lo mismo: un carro descompuesto al final de la recta y la fila enorme de desesperados queriendo brincar. Así es nuestra vida. O, mejor, así la estamos convirtiendo, y la vivimos cada vez más atrapados en una caja de vidrio, plástico y metal. Por la mañana el día empezó muy temprano. Primero leyendo algo sobre la biografía, pensando en que mañana tengo que entregar el avance de la parte metodológica del doctorado y quiero argumentar el uso de los métodos biográficos y las historias de vida. Luego, todavía muy temprano, caminando y platicando con mi Colocha a un ladito de la pirámide, antes de ser invadida por las multitudes. El amanecer siempre interesante con la silueta de los volcanes, tan lejos y tan cerca, tan dignos de quedarse mirándolos mientras el cielo cambia de color y la tierra se ilumina.
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