La primera, cuando Wallander, que es el detective protagonista de la serie, duda entre hacer su trabajo o quedarse a la expectativa, después de un viaje en el que no sabe bien a bien ni por qué lo hizo, ni qué busca... dice así: "Pero, por descontado, no lo hizo. Wallander no había conseguido nunca vencer al simbólico sargento que llevaba en su interior y que vigilaba que hiciera lo que debía". Esto viene a cuento por ese superego, dirían los freudianos, que llevamos dentro, especialmente los que fuimos (de)formados en la tradición de "dios te mira" o cualquiera de sus derivados, más o menos patológicos. Y sí, qué difícil es, en esos casos, decidir por uno mismo y decir "sí, lo hago, ¿y qué?"
El otro pensamiento se da cuando Wallander se encuentra con su hija, joven adulta en plena crisis existencial, en uno de esos momentos en los que uno empieza a ir al fondo. Lisa, que ése es su nombre, se pregunta por qué era tan difícil vivir en Suecia, que es donde se ubican las novelas. A ella le parecía, y a su padre también, que antes la vida era más sencilla de vivirse. Él le contesta: "a veces he pensado que es debido a que hemos dejado de zurcir los calcetines". Y explica que él incluso aprendió a hacerlo en la escuela. Pero ya nadie lo hace. Si se rompen, simplemente los tira a la basura y se compra unos nuevos. Y, junto con ello, "algo" ha cambiado, hasta que "se convirtió en una especie de moral, invisible, pero siempre presente". Y remata: "eso cambió nuestro concepto de lo bueno y lo malo, de lo que se podía y lo que no se podía hacer a otras personas. Todo se ha vuelto mucho más duro. Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país".
Me dejó resonando en la cabeza y en el corazón. Más, porque Juan Ramón nos hacía caer en la cuenta a Oscar y a mí, el viernes en la noche, cómo hemos cambiado. Con su típica agudeza nos hacía ver cómo el discurso no ha cambiado mucho, pero las prácticas las hemos vuelto, indudablemente, mucho más individualistas. Duele, pero así es.
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