De Don Samuel, el Tatic, nunca olvidaré la primera vez que lo encontré personalmente. Recién había llegado yo a la Misión de Guadalupe, como un joven marista de veintiséis años. Chacho, entonces el superior de la comunidad, me llevó a San Cristóbal y aprovechó un breve receso entre sus múltiples reuniones para abordar al Tatic, y me presentó con él, formal y escueto. Quizá uno o dos meses después volví a la curia y me llamó por mi nombre, con una seguridad y una calidez que me impresionaron. Siempre fue así: inteligente, sencillo, fraternal, sin rodeos.
En alguna ocasión viajé con él, en su carro, un jetta de modelo reciente, de San Cristóbal a Bachajón, a una reunión de diáconos o algo así. Yo me sentía un poco cohibido porque no sabía de qué se supone que uno debería hablar con un obispo. Dos sorpresas me llevé: la primera, que manejaba rapidísimo, en una carretera llena de curvas y barrancos; él ya pasaba los setenta años y conducía con la seguridad de un jovencito. La segunda: en cuanto nos subimos al carro prendió su radio y todo el tiempo fue platicando con sus amigos diexistas. Se identificaba, si mal no recuerdo, como "radio xilófono sierra" y conversaba con gran animación con los que parecían, y eran, seguramente, sus amigos de mucho tiempo. Yo sólo escuchaba y observaba, sufriendo un poco por la carretera, pero tranquilo porque no tendría ya que pensar en qué hablar con mi obispo.
Cuando en una ocasión fue a ordenar diáconos a la Misión, allá por el noventa y cinco, presidió la misa y la ceremonia, larga y con muchos cantos y alocuciones, como les gusta a los indígenas. Me impresionó que, al terminar, el Tatic se sentó y se puso a rezar el oficio divino, como marcaban las reglas: siempre fue exigente consigo mismo, y no lo sufría, sino que lo asumía como algo suyo. Ya después de desayunar se puso sus botas y una especie de casco de obrero que usaba cuando iba a las comunidades, y se sentó a escuchar a la gente, a los indígenas, que se acercaban a hablar con él. Parecía no cansarse nunca: siempre tenía para ellos el oído atento y una expresión seria pero amable. Después se le acercaban, inquietos, los periodistas. Allí sí se inventaba cualquier cosa para no enfrascarse. Le decían, por ejemplo, que querían una entrevista con él, y él les decía que sobre qué tema. Ellos replicaban que sobre teología de la liberación y él les respondía que él no era teólogo, que era biblista, y ya no sabían bien qué decir.
Del Tatic recuerdo, siempre recordaré, su sencillez, su inteligencia para ver el futuro, su compromiso con lo que creía. Logró hacer de la diócesis de San Cristóbal un grupo de agentes de pastoral con un gran compromiso en la búsqueda del pobre, con sus aciertos y sus errores. Siempre escuchaba y nunca se mostraba impaciente. Hablaba con autoridad y todos le escuchábamos. Intentó, de verdad, una iglesia cercana a los pobres. Que en paz descanse.
Ayer murió también la mamá de Paco, hermano y amigo tan cercano, después de una larga y sufrida estancia de más de dos meses en terapia intensiva. Me duele no poder estar allí personalmente para darle un abrazo fraternal, como él sí pudo hacer cuando año y medio antes murió mi madre. Siento su dolor y desde acá le acompaño, con la promesa de ir con toda la familia a, simplemente, estar con él. Dios la tenga en su gloria.
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