miércoles, 27 de enero de 2010

Al fin

Al fin me decidí y me subí a mi bici por primera vez en este todavía joven año de 2010. Primero fue una gripa que prácticamente me tiró, junto con los visitantes a los que mi departamento tenía que atender. Fui de aquí para allá y no me quedó tiempo para casi nada. Luego los fríos que, aunados a la recuperación de la gripa, me hicieron desistir. No puedo olvidar que los fines de semana estuvieron atareados, entre ir al cine con mis hijos (Avatar es, sin duda, genial), la despensa, los compromisos familiares y la ida a México y a Villahermosa, por lo que fue imposible pedalear la bici. Hoy me forré con doble jersey con periódico en medio, y todavía encima la chamarra de ciclista y me fui al Zapo. Me sentí bien, aunque en la mojonera mi ritmo cardiaco estaba por arriba de 150 cuando antes andaba alrededor de 130. Disfruté la vista, imponente, del Izta, con muchísima nieve. A su lado, el Popo, con mucha menos, como testigo mudo, lejano e inalcanzable.
La bici se ha convertido en mi rato de meditación. El de hoy, sin embargo, no fue precisamente el más agradable porque me llenó de telarañas la cabeza. Cómo influye un mal rato, una palabra de más, un sentimiento no expresado, en la relación de pareja. Fue el caso de hoy o, mejor dicho, de anoche. Con todo, la subida en la bici es un momento fascinante. Tendré que hacerlo más seguido.