jueves, 14 de octubre de 2010

Hace 14 años

Entre mis papeles viejos me encontré éste, que transcribo literalmente.

14 de octubre de 1996

Me encuentro contigo, sentado en la banca del centro de ese pueblo lleno de naranjos, Jaltepec, y no puedo creerlo (y tú tampoco lo puedes creer). Y me pregunto, como tantas veces, por qué te amo tanto. La respuesta, como siempre, se me escapa, si es que existe. Tú me dices que estoy loco, y acaricias mi mano y me miras fijamente, con profundidad, como queriendo encontrar algo nuevo en mi cara. Yo me río y te miro (y no me canso de mirarte). Veo tus ojos tristes y tu pelo estirado. Así, sin palabras, comprendo por qué te amo, y por qué estoy aquí, por qué estamos juntos.

Tú me dices que estoy loco por haberte venido a buscar. Fue una sorpresa y tú ni siquiera te imaginabas que yo aparecería así nomás. Pero yo sabía que tenía que venir a verte, así es el lenguaje del corazón, tan sin palabras y tan elocuente. Te respondo que eres tú la causa de mi locura, y no te queda más que reírte para adentro y desviar tus ojos. Así nos quedamos, en silencio, mientras corazón da vuelcos.

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Entre San Cristóbal y Tuxtla, en la parte más alta, la niebla casi no dejaba ver el camino. Un rato después, bajando un poco, la niebla desapareció y nos encontramos de pronto en medio de incontables montañas. Se ve el bosque, ya muy oscuro, y los maizales dorados. Por un rincón, en un valle profundo, se asoma un manchón tempranero de luces urbanas. Debe ser Acala. El lejano horizonte, sobre las cumbres, aparece bordado de nubes, y sobre ellas se alcanzan a colar los últimos rayos de un sol dorado, lleno ya de cansancio. Contemplo y todo y me parece mágico. Pienso que por eso ésta es tierra de grandes poetas.

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Me decía Florecita que la lectura y tú son mis vicios. Yo le respondí que no: que la lectura sí es mi vicio; tú, en cambio, eres mi adicción.

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Empiezo a convencerme que, como me decía Beto el mes pasado, efectivamente las cuatro de la mañana es hora de mucha energía. Porque aquí estoy hoy, casi sin dormir dos noches, con la mente clara y el corazón tranquilo, escribiendo y pensando en ti.

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A media curva peligrosa aparece el valle donde se asienta la cabecera municipal de Las Margaritas (“la ciudad de Las Margaritas”, dicen a cada rato en La Voz de la Frontera Sur). Es una amplia planada rodeada de cerros por los cuatro costados. Me llama la atención especialmente un grupito de ellos, por el rumbo de Yalcoc, pequeños y casi perfectamente cónicos, como mirando en busca de aprobación a las grandes montañas que, detrás, comienzan siendo verdes, luego azules y luego grises, hasta fundirse en el horizonte. En algunas partes del valle se ve la neblina que perezosamente se levanta con la salida del sol. Parecen pequeños trozos de algodón que alguien dejó olvidados entre las casas y en el monte. De frente, cerca, veo el cementerio. En todos lados, en un lugar como éste, suele predominar el color blanco en las tumbas, cruces y edificios. Aquí no. Chiapas es único y los difuntos descansan entre diversos verdes, azules y rosados. En el parque central, frente a la iglesia en reconstrucción, se levanta, imponente, una preciosa ceiba, signo evidente de la selva. Derecho levanta su tronco, bien alto, y sus ramas expandidas nos miran desde lo alto, en todas direcciones. Allí cerca está el palacio, hoy pintado en tonos ocre y naranja, demasiado vivos para un edificio tan serio. Es famoso desde el amanecer del noventa y cuatro, por lo menos, con el levantamiento zapatista. Allí combatieron los milicianos y allí, según cuentan, murió inesperadamente uno de sus mejores hombres. Más lejos, en la salida a La Soledad se divisa una pinada, amplia, no muy espesa, llena de vida y de verdes colores. La sombra de esos ocotes cubrió casi un año el campamento militar allí asentado. Todavía quedan los restos: trincheras, pertrechos, plásticos que no se ha llevado el viento. Recuerdo casi temblar cuando tenía que pasar por allí. Los soldados veían la credencial de la diócesis de San Cristóbal y mandaban llamar, con prisa, oficiales de mayor jerarquía. Las preguntas eran incisivas, como para sacar hebra, y aunque amables, no dejaban de ser capciosas. Espero el camión, sentado en la banqueta, cansado, meditabundo. San, hermana jumasa, saludo a unas mujeres tojolabales. Son de Tabasco y me preguntan si trabajo en la Kastalya. Me despido con un jel tzamal ja alatzi, il’a b’ajex, admirando sus vestidos multicolores y su porte tan digno. La llegada del camión verde que va a La Realidad me sorprende pensando en esta tierra, tan hermosa y tan sufrida, mezcla (¿choque? ¿encuentro?) de culturas, lugar de esperanza y de pobreza, y en su gente, en sus ires y venires.

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