Hace ya un mes que te fuiste. Nunca podré olvidar dos momentos. Son de esos que, siempre he pensado así, es necesario guardar en el corazón. Es de mañana y me despierto después de un descanso mediocre, aunque es mejor que las noches previas, que pasé casi en vela. Pienso que ya tengo que regresar a Puebla a trabajar. Paso por un café al oxxo y me dirijo al hospital. La noche anterior el neurólogo se mostró casi optimista: Medio reaccionabas y se veían, leves, algunos reflejos. Entro al hospital con la emoción y la duda. No sé, de verdad, ni cómo me siento, ni qué pensar. Angélica estuvo contigo toda la noche. Me dice que pasaste bien la noche y se mete al baño a ducharse. Yo pensaba sólo pasar a despedirme de ti para irme a desayunar algo antes de subirme al carro y emprender el regreso. Veo, sin embargo, que tienes fiebre muy alta, cuarenta y dos grados y medio. Te veo mal, respirando con dificultad, allí tirada, muy lejana y distante. Un rato después, el internista me dice que la fiebre ya no se podrá controlar, que es central, y me convenzo que, ahora sí, es el principio del fin. Te hablo al oído y te pido que perdones mi intolerancia, mi falta de paciencia la última vez que hablé contigo por teléfono, tú me marcaste, un par de semanas antes. Volteo a ver los aparatos a los que estás conectada y mi corazón sufre. No sé qué hacer. Te digo entonces, sigo hablándote suave, al oído, que te relajes, que estés tranquila, que Dios te espera y te recibe en los brazos. Tú te resistes pero tu corazón está cada vez más desbocado, con taquicardia. Te acaricio el pelo y las lágrimas se asoman a mis ojos. Ya no sé qué decirte, se acabaron mis palabras. Sólo veo que tu respiración es más rápida y menos efectiva. Angélica está otra vez aquí y le digo que llegó el final. Me dice que te gustaba, lo sé, ver la misa en la televisión. Sintonizamos el canal religioso y se pone a rezar el rosario. El final está cerca. Las alarmas no dejan de sonar y los números se vuelven locos. No sé si desconectar todo, o hablarte, o acaricar tu pelo, o alejarme, o acercarme, o... no sé. ¿No podría esto pasar más rápido? Los números siguen locos, las rayas suben y bajan. Tu respiración es muy rápida. Las alarmas suenan. Yo no sé qué hacer. Todo se acabó. No respiras más. Ya descansas. Yo no sé, de nuevo, qué sigue. Te has muerto ya.
Ya el señor de la carroza que anoche Jesús y yo fuimos a buscar, se ha asomado a la puerta, y nos dijo que a la hora que nosotros queramos. Al escucharlo me cae el veinte y siento un hueco en el pecho. Sabía que este momento llegaría, pero no me siento preparado para ello. Mis sobrinas se acercan a la caja y te lloran. Te preguntan que por qué y sus lágrimas mojan el cristal. Saco fuerzas de mi tristeza y, junto con mis hermanos, te cargo. Los cirios se han consumido y las flores, pocas, me parecen tristes. Se parecen a mi corazón. Te empujo en la carroza y sé que ya no te volveré a ver en casa. Ya te fuiste. Después vendrá la misa, de pie y algo lejana, dolorida y silenciosa. Ya en el panteón, justo antes de enterrarte, me parte el corazón ve a mi padre casi arrodillado junto a tu caja, llorándote y diciendo en voz alta que te va a extrañar. Todo es, así me parece, oscuro y lejano. Te dejamos adentro de la tumba y yo estoy aquí, sigo aquí. Llega el momento en que mis ojos siguen llorándote, pero hay que dar la vuelta y seguir. En casa de Angélica descubro una foto de hace casi veinte años. Tú estás rozagante, sonriente, orgullosa. Mi cabeza se recarga en tu hombro. Así quiero recordarte, te recuerdo, cada día, siempre.
Puebla, 2 de julio de 2009.