Es sábado en la tardecita, después de comer, y antes de irme a la siguiente mesa en la reunión de consejeros distritales del ife, decido irme a caminar un rato. Cruzo Reforma y me voy por Juárez, del lado derecho. Primero están unos bancos, vacíos, por ser día no laborable. Desde el inicio me llama la atención que me cruzo con gente que trae sus Sanjuditas en los brazos. Ellos vienen en sentido contratrio al mío, de modo que observo a muchos de ellos. Me llama la atención que hay hombres y mujeres, jóvenes de menos de veinte años y no tan jóvenes de quizá sesenta o más años. Veo de reojo a la mujer madura con generoso escote, tatuado, que lleva su Sanjudas cargando mientras platica con alguien más, seguramente un familiar. Veo a una joven mujer con ojos cansados y cara de agobio que le ha puesto su Sanjudas unos adornos de tela con chaquira. Avanza derecho, ensimismada, por la avenida. Veo también al señor más o menos joven (depende quién lo vea) de unos 35 ó 40 años, con un Sanjudas tan grande que no cabe por la puerta del micro y mejor sigue caminando. Pienso que no debe ser de un material tan pesado, pues de otro modo la carga sería demasiada.
La banqueta está sombreada y me cruzo con mucha gente. Jóvenes abrazados por la cintura, ellas con ojos pintados y piercings en las orejas y blusa ombliguera, ellos con botas gastadas y pelos parados con mucho gel. Se ven y me ven y simplemente siguen su camino, decididos. Me dan ganas de entrar al Sótano y luego a la Gandhi, pero decido que no tengo tanto tiempo. Paso por una cervecería, se ve desde fuera que está llena a reventar, pues falta poco menos de una hora para el partido de México contra Costa Rica. La cerveza la sirven en un gran tubo de acrílico, al centro de la mesa, del que sale una llave como de grifo con la que llenan los tarros. Se ven unas claras y otras oscuras. Veo que es cerveza sol y me convenzo de que mejor paso.
De regreso cruzo frente a Bellas Artes y Camino un poco adentro de la alameda, llena de puestos de artesanías y de comida y de gente que va y viene. Aquí y allá hay gente sentada, unos platicando, otros en silencio. Algunos están un poco más lejos, como perdidos en el jardín, besándose y acariciándose.
Atrás del hemiciclo a Juárez me sorprende una banda que toca la gaita con tambora. Se oye a todo dar, pero no deja de parecerme extraño ver a jóvenes con sus faldas escocesas. Luego están un par de chavos ensayando en su monociclo, muy concentrados, que se bajan y se vuelven a subir. A un lado, otros jóvenes practican malabares con pelotas de tenis y con otros objetos. Se ve que están enseñando a algunos neófitos, pues las pelotas están constantemente en el piso.
Donde se acaba la Alameda, en la calle junto a la plaza de la solidaridad hay un escenario. Me acerco y un grupo de chavas toca rock mexicano, supongo, si es que existe algo así. Hay una pelirroja con blusa strapless y mangas también rojas, en el requinto. La baterista está en la parte de atrás, con su audífono en un oído, se nota que es un poco más grande de edad. A su lado está la percusionista, muy animada tocando los timbales. Al frente, una chava morenita de pelo lacio y una extraña blusa con una especie de falsa corbata toca la guitarra. Se anima cuando ve al público y sonríe chueco y se le ven los ojos cansados. Viste una falda pantalón como de olanes, raro para mí pero que cuadra en la escena. Al centro está la vocalista con una blusa amplia, triangular. Trae los ojos pintados y muy grandes, oscuros. Canta padre, entonada, aunque me parece que le falta un poco de pasión, como que no acaba de animarse. Del otro lado, una tecladista con kimono rojo sobre pantalón negro marca el ritmo y voltea a ver a sus compañeras señalando los tiempos. Completa el grupo un chavo, bajista, muy bailador. Abajo unas jovencitas muy agradables se animan y empiezan a bailar. Yo me tengo que ir y me alejo caminando lentamente. Atrás va quedando la vida esta caótica pero maravillosa ciudad de méxico.