lunes, 26 de enero de 2009

Tardes de palomas y de paz

Casualmente, el día de hoy me encontré una noticia en yahoo donde hablan de la celebración del 50 aniversario de la ordenación episcopal de Don Samuel, en San Cristóbal. Y hace unos días, hablando con Fer, nos acordábamos de momentos llenos de significado justamente allá. Yo estudiaba en ecosur, en una inmersión de tiempo completo, demandante y en muchos sentidos apasionante, en el mundo académico. Me estrenaba como papá y mi Fer crecía, vivía sus primeros meses de vida en tierra chiapaneca. La demanda de estudio era grande, y la de tiempo, por parte de mi mujer, era aún mayor. Por eso me levantaba temprano, a las tres de la mañana, para sacarle el aire después de mamar, hasta que se quedaba dormido. Lo dejaba yo junto a su mamá y me iba directo al cuarto de estudio, a leer algún artículo o escribir algún trabajo pendiente. El silencio y el frío, además de un buen café expreso en mi jarrita metálica eran mis únicas compañías. 
Por la tarde, en algo que se convirtió en un ritual, después de comer nos íbamos en nuestro vochito rojo al parque central, como dicen allá por el sur. En alguna de las tiendas que circundaban la plaza comprábamos un paquete de medio kilo de arroz. Íbamos entonces frente a catedral, junto a donde antes establa la cruz, y echábamos puños de semillas a las palomas, que se acercaban al principio con timidez y luego en bandada. Fer, que empezaba a caminar, las quería agarrar y, claro, volaban de inmediato. Así gastábamos nuestras tardes, comprábamos algún dulce o refresco, íbamos a algún mandado allí cerca y, ya cuando el sol empezaba a bajar, volvíamos a casa, felices. 

jueves, 15 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II cuarta y última

En una mañana soleada vamos a visitar a uno de los catequistas de la comunidad. Es también promotor de salud. Lo encontramos sentado bajo un sencillo techo de broza, componiendo su machete. Es el instrumento básico de la rozadura y todo campesino tiene por lo menos un par de machetes bien afilados. La cacha viene de fábrica hecha de un plástico quebradizo, que se rompe con el uso. Cuando esto sucede, los hermanos le hacen una cacha nueva utilizando el hule de zapatos viejos. Con calor van pegando una capa sobre otra, y con una punta de machete la van moldeando. La aseguran con el alambre, muy maleable, que se usa en las asas de las cubetas. Así, con ingenio y paciencia, sus machetes siguen trabajando y de paso reciclan materiales.

 

***

 

La última parte de la gira por la montaña nos hace subir incontables cerros que se vuelven interminables. Caminamos desde el nacedero del río Euseba y seguimos su curso, muy de cerca, escuchando el tranquilo correr de sus aguas, observando el fondo de piedras redondeadas y las riberas cubiertas de plantas verdes y flores blancas. Cruzamos un par de hamacas y unos puentes rudimentarios hechos con troncos caídos. Atravesamos potreros con todo y el temor de las mostacillas que se suben al cuerpo y causan estragos. En un recodo descubrimos la pista de avionetas en San José el Oriente y sus chiqueros de madera, con sus blancos cuches dentro. Entre numerosos arroyos que bajan de la montaña y corren hacia la cañada, divisamos un par de ceibas, una bien verde, lejana, y la otra más cercana y muy quemada en sus hojas, excepto las más altas. Ambas aparecen imponentes sobre el fondo verde de las laderas. Cruzamos por entre las rozaduras. Los troncos quemados son innumerables y dan una sensación de desolación infinita. Descubrimos las pequeñas matas de maíz que, un poco tímidas, brotan ya de la tierra negra y desde lo alto se ven las líneas verdes que forman en las parcelas, unas grandes y otras pequeñas, todas de formas irregulares. Pasamos por la troje quemada accidentalmente con setenta y cinco zontes de maíz adentro. La quema de la rozadura no se pudo controlar y se quedaron diez familias sin su ixim para comer. Hasta las láminas de aluminio se calcinaron y se volvieron frágiles y quebradizas. Allí parados observamos la cañada y repasamos los nombres de los ranchos, camino arriba: El Oriente, Guadalupe, Cañada de Álvarez, Sinaloa. El sol está ya más alto y empieza a quemar y las distancias parecen hacerse más grandes. En el camino encontramos agua y buscamos zapotes. Comemos tortilla con huevo y caña de azúcar, muy dulce. Antes, cruzando un pequeño arroyo sobre las piedras mojadas, resbaló mi pie ganándome el peso de la mochila y terminó haciéndome caer al agua. Más arriba nos detenemos de cuando en cuando a descansar entre los cafetales en flor, llenos de zancudos, y luego a contemplar la cañada y el helicóptero azul y amarillo que sobrevuela la cañada de norte a sur. Por fin llegamos a Buena Vista, cansados y sedientos. Allí encontramos una comunidad también sedienta y cansada, sus catequistas desmayados y mucho trago que entra y divide y quita la fe. En la ermita nos reunimos un par de veces y platicamos largamente con los hermanos. Así, con subidas y bajadas, este pueblo sigue haciendo camino.

 

José Cervantes Sánchez

Chiapas, abril de 1997 

miércoles, 14 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II tercera parte

Al abrir la puerta de la casa de un solo cuarto, se ve primero una mampara hecha con trozos de madera ligera y corriente, tal vez corcho, amarrados entre sí con majawa, un bejuco que se consigue en la montaña y hace las veces de cordel. Sentados contra la pared se adivinan varias figuras indígenas, calladas y tristes, sensación acentuada aún más por el resplandor de las brasas del fogón, al fondo. La tenue luz dibuja apenas su perfil, dejando el resto en sombra, como en el límite de la penumbra. En un rincón, detrás de la mampara de madera, están encimadas un par de viejas secadoras de café, que hacen las veces de cama para los habitantes de la casa. Dando vueltas cerca del fogón y caminando luego entre los pies de los presentes, se encuentra un escuálido chucho que una mujer intenta echara fuera y ante lo cual se defiende con débiles ladridos y dentelladas al aire. Olvidado el asunto, mi atención se centra en el lugar donde todas las miradas están fijas. En el piso de tierra, sobre una tabla sucia y gastada, yace el Obed. Es un niño de siete meses que murió por la mañana, de tos ferina. Desde hace ya varios días, tal vez una semana, que la mayoría de los niños de la comunidad se contagiaron con ese mal. Ayer el Obed se agravó, de allí que sus papás y su abuelo lo llevaron cargando a una comunidad cercana, en busca del promotor de salud. Como la medicina no surtió el efecto deseado, decidieron llevarlo al pueblo, para ponerlo en manos de un doctor. Aún no volteaban el primer cerro, y observando que el alatz no quería ya mamar, cayeron en cuenta de que ya había muerto. Entonces se regresaron a su comunidad. Cruzaron la hamaca encima de nuestras cabezas, mientras nos bañábamos en el río. Con todo y su tristeza, aún tuvieron tiempo de saludarnos y dedicarnos una amable sonrisa. Ahora, el niño yace en el centro de la habitación. Tiene puesta su mejor ropita, incluso el gorrito de tela de colores que las mujeres tojolabales acostumbran coser para sus hijos pequeños. Está envuelto en unas viejas mantas y un par de velas le alumbran. Su rostro luce apacible, con sus ojos cerrados y unos cabellos cubriendo parte de su frente. Su madre, una adolescente de no más de dieciséis años, de repente recuerda su dolor y le llora en su lengua materna, casi cantando: “ay, kalawawa, ay, kalawawita…” Se acerca y le acaricia las mejillas, como queriendo despertarlo, y lo besa y le vuelve la pequeña carita y sigue lamentándose, como resistiéndose a creer que el hijo, su hijo, su único hijo, se ha ido ya, tan pronto, para nunca volver. Desde la orilla de su dolor, desde las paredes de tabla, una docena de ojos le acompañan y le compadecen. A su modo, comparten su dolor y se preguntan por qué este dolor, por qué esta enfermedad, por qué esta injusticia que, todavía hoy, sigue matando niños. 

martes, 13 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II segunda parte

Sigo la transcripción de mi escrito. Compruebo cómo la escritura transmite emociones. 

va. 


Mientras caminamos entre una comunidad y otra, Paco me hace ver cuántas veces los hermanos nos pidieron disculpas “porque no hay bastante qué comer”, y de los varios padres que, al visitarlos en sus casas, se dirigían a sus hijos diciéndoles: “vete con los hermanos, para que estudies y tengas buena comida”. Es muy duro ver el hambre y, pienso, más duro aún el sentirla en carne propia. Es que es éste, precisamente, el tiempo en que más se sufre en las comunidades de la montaña: el maíz de la cosecha pasada ya se acabó o está a punto de agotarse, y las milpas nuevas están todavía sembrándose. El otro componente básico de la dieta indígena, el frijol, por su parte, escasea mucho y sólo se consigue a un precio definitivamente fuera del alcance de los castigados bolsillos indígenas.

 

***

 

Llegamos a una de las comunidades más pobres y más alejadas de los caminos. Aquí recibimos una contundente lección de solidaridad: poco después de pedir nuestra posada, una niña sale de la casa de al lado con una taza de botil, una especie de frijol grande, propio de tierra fría; un rato después, uno de los catequistas trae él mismo su cooperación, que consta de varios huevos; luego, un niño llega a la casa con varios zapotes; finalmente, otro de los catequistas manda a su hijo con tres pacayas “para los hermanos”. Veo lo que sucede delante de mis ojos y pienso que el compartir de los hermanos es así, sin muchas palabras. 

lunes, 12 de enero de 2009

Quince Años Después

Hace un mes, en el examen profesional de Sara, que defendía uno de los mejores reportes de servicio social que he dirigido, ella hablaba, como sin querer, del "fracaso de los zapatistas". Aurora, su coordinadora, desde el presídium le hizo ver que el hecho de que una alumna brillante decidiera irse a Chiapas a hacer su servicio social siginficaba que quizá no todo había sido fracaso. Recién cumplieron quince años de su levantamiento los zapatistas y cuántas cosas pasaron por mi cabeza y mi corazón de aquellos días. Ya de regreso en la universidad, mientras acomodaba papeles y discos y trataba de poner un poco de orden, casualmente me encontré con un texto que escribí en abril de 1997, después de una de mis últimas giras montañeras. La iré transcribiendo por partes, respetando absolutamente la redacción de entonces. 

CAMINANDO EN CHIAPAS II

 

Sentado en el estrecho corredor de tierra de la casa de Tata Chico, veo caer la lluvia de esta mañana de abril, muy fina. Pienso en los hermanos que ya quemaron su milpa y ya sembraron, y en lo contentos que deben estar por esta agua temprana. Su maíz pronto brotará y se verán las plantas bien verdes, contrastando con la ceniza negra y los troncos carbonizados en las parcelas. Y pienso también en los que no han quemado aún y en cómo estarán sufriendo al ver que en las rozaduras ya empiezan los retoños y en que no podrán quemar a menos que aclare un buen número de días (lo cual se vuelve más improbable a medida que se acerca mayo y la temporada de lluvias con él), y en la escasez, y en el hambre, tristes compañeras de la gente de estas hermosas tierras de paradojas: tan ricas y tan pobres.

 

El ambiente es húmedo y veo que mis botas siguen sin secarse, y hasta siento un poco de frío en los pies. En frente de mí, sobre un alambre, mi nylon y mi camisa en vano esperan un sol que se niega a salir –las nubes cubren toda la cañada– y tampoco se secan. Entretanto, compruebo que en mi corazón está fresco el recuerdo de la peregrinación a Tila, hace un par de días. Aún siento la alegría, el ambiente de fiesta que nos acompañó y se hizo tan patente entre los –según La Jornada– veinte mil peregrinos. Recuerdo los cantos llenos de esa alegre melancolía de las voces indígenas, sufriendo en la esperanza, esperando en el sufrimiento: “Habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tierra/ que ponga libertad…” y las porras y los vivas a tatik Samuel y a Don Raúl, a la iglesia de los pobres, al sínodo diocesano, y aún al papa; al pueblo creyente y a los anfitriones, los católicos del lugar. Revivo la sensación de pueblo entre las banderas de tantos colores, unas nuevas y otras viejas, y tantas mantas exigiendo paz y reclamando justicia (¿al cielo? ¿a unas autoridades estatales que parecen obstinarse en su ceguera y su falta de tacto?); unas bien pintadas y otras improvisadas en cartulinas y levantadas con brazos extendidos.

 

Mientras caminábamos bajo un sol no tan ardiente (las nubes nos hicieron más ligero el camino de ocho kilómetros y tres horas), admiraba yo los trajes indígenas llenos de colorido: los de Tenejapa bordados en negro y rojo, los tzeltales de Huixtán y Oxchuc con sus largas franjas rojas sobre fondo blanco; la belleza inconfundible de las faldas tojolabaleras y sus olanes abundantes; las blusas blancas, rematadas de grandes flores bordadas y falda oscura de las mujeres bachajontecas, los minuciosos bordados en punto de cruz de las tzotziles de El Bosque, tan alegres que parecen muy lejos del mes pasado y sus muertos en San Pedro Nixtalucum…

 

Caminábamos (y caminar es esencial al indígena, que es pobre y no tiene carreteras, ni carros ni camiones…) unos calzando botas, otros tenis o huaraches; un buen número de mujeres con sus pies descalzos, ya deformados por la costumbre, sus dedos abiertos y muy anchos, sobre el negro asfalto de la carretera. Las flores y los ramos de chib eran abundantes. Hacia cualquier lado volteaba yo y veía los rostros indígenas morenos y sufridos. La gente había llegado de todos los rincones de la diócesis, mujeres y hombres, niños y ancianos, muchachos fuertes y solteritas. Ya entrando al pueblo de Tila, nos alcanza el vehículo que transporta a los obispos de la comisión de CEM para la paz en Chiapas; y la emoción aflora y se vuelve sonrisas y arranca un aplauso cariñoso a nuestras manos, y más vivas a nuestras gargantas.

 

El recorrido por las calles de la cabecera municipal, muy empinadas, es largo. Los lugareños observan, expectantes y un tanto ajenos, como sorprendidos ante semejante multitud. Todas las tiendas están abiertas y muy llenas de gente que compra refrescos, galletas, frutas, cualquier cosa que engañe el hambre y la sed que se empiezan a sentir.

 

Para la misa el atrio del santuario es insuficiente y pronto se llena de símbolos: cruces, discursos de denuncia, notas de alegres marimbas, bailes ch’oles de acción de gracias, encabezados por el santo patrono, el Señor de Tila peregrino, de reluciente madera negra. Durante la celebración de casi tres horas, los obispos hablan y ven a este pueblo tan sufrido, iglesia que camina y sin olvidar su dolor, sus muertos, sus desplazados, sus presos injustamente, aún se da tiempo para la alegría y la fiesta.

 

Recargado sobre la pared, observo a los oxchuqueros tocar su tambor (cayop, en tzeltal) y su ajmay, carrizo de agudos sonidos. Al terminar, el viejo Cristóbal me muestra orgulloso el sombrero de palma que le regalaron cuando, hace casi cuatro años, fue con su música a saludar al papa, hasta Mérida. Y me cuenta de los enganchadores y de cómo, siendo joven, cuatro veces fue hasta Tapachula a las fincas cafetaleras, en un camino que les llevaba nueve días a pie, y de los sesenta centavos que les pagaban por trabajar de sol a sol hasta llenar una caja enorme de café cerezo, y de la alegría de pagar su deuda y “quedar libre” y volver a su tierra. Termina la plática haciendo notar, contrariado, cómo el gobierno gasta tanto en los ejércitos, negándose sin embargo a ayudar al campesino.

 

De vuelta a alcanzar el camión que nos llevará de regreso, veo una larga fila de vehículos que se mueven buscando la salida. Me pregunto cómo leerán este acontecimiento los poderosos, qué sentirán al ver tantos indígenas reunidos… Mi corazón está habitado por una serena alegría, compañera de la esperanza difícil de estos tiempos inciertos y contradictorios.