jueves, 10 de diciembre de 2009

En la fila

Es sábado por la mañana y, presuroso, voy al centro comercial. Es la venta especial de Liverpool. Llego temprano y, sin embargo, la fila en el mostrador de videojuegos y productos electrónicos es de unas veinte personas. Han puesto incluso una de esas bandas, creo que le llaman unifila, que suelen usar en los bancos para que la gente no se amontone. Se ve que esperan vender bien: hay cajas enteras de discos de videojuegos, de todos los temas y para todos los equipos, que aquí también se da la guerra entre marcas, versiones, estilos y, claro, precios. A esperar. Todo sea por el wii de mis hijos, y que se entretengan.
Mientras avanza la fila, muy lentamente, más de lo que yo quisiera, un par de jóvenes se forman detrás de mí. Empiezan a platicar, se nota que tienen tiempo de no verse, con la ya típica superabundancia de "no güey", "qué crees, güey", "no manches, güey", y así hasta el cansancio. Uno le dice al otro que lo acaban de correr de su trabajo. Que vino a la barata porque todavía le falta comprar un regalo para su mamá y otro para su novia. Dice que a su jefa ya no le cayó bien, y que finalmente lo corrió. Su tono de voz no se nota preocupado. Sigo escuchando y entiendo: Me corrieron, pero antes me mandaron de vacaciones. Fíjate: me dieron mi chequesote, estoy de vacaciones y me están pagando como si estuviera trabajando. Ya en enero, me dijo la directora del departamento que me va a conseguir algo... bendito ayuntamiento.
Entiendo entonces lo que, entre broma y en serio, a veces le digo a mi mujer: erramos la chamba. Y, con razón, la burocracia se aferra al hueso, literalmente, como un perro.

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