Mientras avanza la fila, muy lentamente, más de lo que yo quisiera, un par de jóvenes se forman detrás de mí. Empiezan a platicar, se nota que tienen tiempo de no verse, con la ya típica superabundancia de "no güey", "qué crees, güey", "no manches, güey", y así hasta el cansancio. Uno le dice al otro que lo acaban de correr de su trabajo. Que vino a la barata porque todavía le falta comprar un regalo para su mamá y otro para su novia. Dice que a su jefa ya no le cayó bien, y que finalmente lo corrió. Su tono de voz no se nota preocupado. Sigo escuchando y entiendo: Me corrieron, pero antes me mandaron de vacaciones. Fíjate: me dieron mi chequesote, estoy de vacaciones y me están pagando como si estuviera trabajando. Ya en enero, me dijo la directora del departamento que me va a conseguir algo... bendito ayuntamiento.
Entiendo entonces lo que, entre broma y en serio, a veces le digo a mi mujer: erramos la chamba. Y, con razón, la burocracia se aferra al hueso, literalmente, como un perro.
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