Esto viene a cuento porque pensaba esta mañana, en mi camino al trabajo, sobre cuánto me gusta escuchar "algo" todo el tiempo. Me levanto y prendo mi cafetera y casi al mismo tiempo pongo las noticias, a veces con mucho ruido, de w radio. No faltan las ocasiones en que mi mujer va y apaga el radio desconectando la clavija del contacto, y tengo que ingeniármelas prendiendo el estéreo del estudio o poniendo la computadora. Me encanta meterme a bañar a media mañana, después de andar en la bicicleta, y poner música de mi gusto, fuerte. Suele ser salsa o algo de mis favoritos: Filio, Silvio, Pablo, Sabina. Y casi siempre me gusta ponerle la opción de shuffle, para que no sigan el orden del disco, sino otro, aleatorio.
En el camino a la escuela, cuando llevo a mis hijos cada mañana, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no encender el radio y en vez de eso platicar con ellos. Suelen responder con monosílabos o van más atentos a lo que pasa fuera, o a veces a sus libros o sus estampas, pero vale la pena. También porque no quiero que, negociando, me pidan que ponga al capitán guarnís. En realidad no es el capitán guarnís, sino un burro que dice una sarta de estupideces en la estación del sistema estatal de comunicación. Lo dirige a los niños y lo único que hace es invitarlos a consumir cuanta porquería se le atraviesa. No lo soporto.
De niño poco escuchaba la radio. En casa sólo había un, en ese entonces, flamante estéreo con radio y cartuchos de ocho tracks, si mal no recuerdo. Mi padre lo trajo en una de sus venidas de los Estados Unidos, pero casi ni me dejaban tocarlo. Estaba sobre el buró de la cama de mis padres. Curiosamente, ellos prácticamente nunca lo prendían y aún me acuerdo cómo se veía una cucaracha en el dial cuando finalmente era encendido.
Ya en Querétaro, en la secundaria, se puso de moda conseguir un radiecito pequeño para escucharlo en las noches, cuando ya todos se dormían. Por supuesto, estaba prohibido, lo cual lo volvía aún más interesante. Escuchaba una estación entonces de moda, radio dólar, por aquello del dólar a 12.50, que era la frecuencia en la que transmitía. Ponían canciones de José José y Camilo Sesto (¡qué horror!), y a menudo me dormía escuchando con un audífono, de esos de una sola oreja, los estereofónicos sólo los usaba Zabludovsky en 24 horas, sólo para descubrir, en la mañana siguiente, que las pilas se habían acabado.
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