Cuando inicié el blog pensé que sería fácil escribir diario, o cada tercer día o, de perdida, una vez a la semana. Revisando mis entradas, el ritmo ha sido irregular: hay días seguidos en que escribo, y hay meses enteros en que no subo ni una letra al ciberespacio.
Hoy no sé si escribir algo sobre Benedetti. Hace ya una semana que se nos fue, pero siempre habrá algo que decir. Yo quisiera recordar y revivir la emoción de leer su Gracias por el Fuego y La Tregua en épocas de, para mí, profunda y ansiosa búsqueda.
Eran tiempos de casas de formación marista, bastante aparte del mundo pero con unas ganas insaciables de leer, de salir, de conocer el mundo. Y, al mismo tiempo, eran tiempos de una enorme ebullición interior, de sentir el amor, de preguntarme sobre el compromiso, de cuestionar la amistad, de buscar siempre nuevos horizontes. Tiempos de intentos, de acercamientos, de emociones encontradas, de anhelos, tiempos de una rebeldía que aún hoy, de solo recordar, disfruto.
Curiosamente, antier me encontré a Enrique, de modo totalmente inesperado, en la universidad. Teníamos, hacíamos cuentas, veintidós años sin vernos, después de un año en Morelia, en el noviciado ("el encierro" del que he hablado antes aquí), y otro más en Querétaro, mientras concluíamos la normal primaria. Recordábamos que no fuimos los grandes amigos, de hecho Enrique me decía, con cierto asombro compartido por mí, que en ese día, el jueves, habíamos hablado más que en tres años de vivir en la misma casa, bajo el mismo techo.
Recordamos, y aquí se encuentran ambos trozos de esta historia, nuestras búsquedas de jóvenes, sorprendentemente comunes, y reconocimos lo que la formación nos dio y también lo que nos evitó. Allí, en el tiempo, se ubican mis primeros acercamientos a Benedetti. Eran tiempos de mirar al interior y sentir la vida en el corazón, que yo apenas descubría que latía intensamente, pero no me animaba a conocer exactamente por qué, menos por quién, aunque ya lo intuía. Eran, lo sabría después, tiempos de mirar hacia afuera en busca de un par de ojos femeninos profundos, dispuestos a compartir codo con codo, el ansia de comprometerse y, a fin de cuentas, de hacer una historia juntos. Para mí fue el rincón blanco del que luego escribiré.
Años más tarde, recuerdo a mis buenos amigos Paco y Lalo llegar con una botella de vino chileno y un ejemplar bastante manoseado del Inventario. Yo era treintaycincoañero, más o menos, y ellos andaban en la segunda mitad de sus veintes. Y leer los poemas de años antes, y recordar lo que me hicieron vivir, aún hoy me hace emocionarme.
Gracias a Benedetti por ello. Gracias a mis cómplices en las búsquedas: a Rocío con el casete que me hizo llegar con la clásica somos mucho más que dos. A Silvia que siempre se aparecía entre líneas. A mi Colocha porque son suyos esos ojos profundos en los que descubrí el amor que hoy me sigue alimentando.
Por ello siempre será necesario tener a la mano una poesía de don Mario.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario