Por la tarde, en algo que se convirtió en un ritual, después de comer nos íbamos en nuestro vochito rojo al parque central, como dicen allá por el sur. En alguna de las tiendas que circundaban la plaza comprábamos un paquete de medio kilo de arroz. Íbamos entonces frente a catedral, junto a donde antes establa la cruz, y echábamos puños de semillas a las palomas, que se acercaban al principio con timidez y luego en bandada. Fer, que empezaba a caminar, las quería agarrar y, claro, volaban de inmediato. Así gastábamos nuestras tardes, comprábamos algún dulce o refresco, íbamos a algún mandado allí cerca y, ya cuando el sol empezaba a bajar, volvíamos a casa, felices.
lunes, 26 de enero de 2009
Tardes de palomas y de paz
Casualmente, el día de hoy me encontré una noticia en yahoo donde hablan de la celebración del 50 aniversario de la ordenación episcopal de Don Samuel, en San Cristóbal. Y hace unos días, hablando con Fer, nos acordábamos de momentos llenos de significado justamente allá. Yo estudiaba en ecosur, en una inmersión de tiempo completo, demandante y en muchos sentidos apasionante, en el mundo académico. Me estrenaba como papá y mi Fer crecía, vivía sus primeros meses de vida en tierra chiapaneca. La demanda de estudio era grande, y la de tiempo, por parte de mi mujer, era aún mayor. Por eso me levantaba temprano, a las tres de la mañana, para sacarle el aire después de mamar, hasta que se quedaba dormido. Lo dejaba yo junto a su mamá y me iba directo al cuarto de estudio, a leer algún artículo o escribir algún trabajo pendiente. El silencio y el frío, además de un buen café expreso en mi jarrita metálica eran mis únicas compañías.
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