CAMINANDO EN CHIAPAS II
Sentado en el estrecho corredor de tierra de la casa de Tata Chico, veo caer la lluvia de esta mañana de abril, muy fina. Pienso en los hermanos que ya quemaron su milpa y ya sembraron, y en lo contentos que deben estar por esta agua temprana. Su maíz pronto brotará y se verán las plantas bien verdes, contrastando con la ceniza negra y los troncos carbonizados en las parcelas. Y pienso también en los que no han quemado aún y en cómo estarán sufriendo al ver que en las rozaduras ya empiezan los retoños y en que no podrán quemar a menos que aclare un buen número de días (lo cual se vuelve más improbable a medida que se acerca mayo y la temporada de lluvias con él), y en la escasez, y en el hambre, tristes compañeras de la gente de estas hermosas tierras de paradojas: tan ricas y tan pobres.
El ambiente es húmedo y veo que mis botas siguen sin secarse, y hasta siento un poco de frío en los pies. En frente de mí, sobre un alambre, mi nylon y mi camisa en vano esperan un sol que se niega a salir –las nubes cubren toda la cañada– y tampoco se secan. Entretanto, compruebo que en mi corazón está fresco el recuerdo de la peregrinación a Tila, hace un par de días. Aún siento la alegría, el ambiente de fiesta que nos acompañó y se hizo tan patente entre los –según La Jornada– veinte mil peregrinos. Recuerdo los cantos llenos de esa alegre melancolía de las voces indígenas, sufriendo en la esperanza, esperando en el sufrimiento: “Habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tierra/ que ponga libertad…” y las porras y los vivas a tatik Samuel y a Don Raúl, a la iglesia de los pobres, al sínodo diocesano, y aún al papa; al pueblo creyente y a los anfitriones, los católicos del lugar. Revivo la sensación de pueblo entre las banderas de tantos colores, unas nuevas y otras viejas, y tantas mantas exigiendo paz y reclamando justicia (¿al cielo? ¿a unas autoridades estatales que parecen obstinarse en su ceguera y su falta de tacto?); unas bien pintadas y otras improvisadas en cartulinas y levantadas con brazos extendidos.
Mientras caminábamos bajo un sol no tan ardiente (las nubes nos hicieron más ligero el camino de ocho kilómetros y tres horas), admiraba yo los trajes indígenas llenos de colorido: los de Tenejapa bordados en negro y rojo, los tzeltales de Huixtán y Oxchuc con sus largas franjas rojas sobre fondo blanco; la belleza inconfundible de las faldas tojolabaleras y sus olanes abundantes; las blusas blancas, rematadas de grandes flores bordadas y falda oscura de las mujeres bachajontecas, los minuciosos bordados en punto de cruz de las tzotziles de El Bosque, tan alegres que parecen muy lejos del mes pasado y sus muertos en San Pedro Nixtalucum…
Caminábamos (y caminar es esencial al indígena, que es pobre y no tiene carreteras, ni carros ni camiones…) unos calzando botas, otros tenis o huaraches; un buen número de mujeres con sus pies descalzos, ya deformados por la costumbre, sus dedos abiertos y muy anchos, sobre el negro asfalto de
El recorrido por las calles de la cabecera municipal, muy empinadas, es largo. Los lugareños observan, expectantes y un tanto ajenos, como sorprendidos ante semejante multitud. Todas las tiendas están abiertas y muy llenas de gente que compra refrescos, galletas, frutas, cualquier cosa que engañe el hambre y la sed que se empiezan a sentir.
Para la misa el atrio del santuario es insuficiente y pronto se llena de símbolos: cruces, discursos de denuncia, notas de alegres marimbas, bailes ch’oles de acción de gracias, encabezados por el santo patrono, el Señor de Tila peregrino, de reluciente madera negra. Durante la celebración de casi tres horas, los obispos hablan y ven a este pueblo tan sufrido, iglesia que camina y sin olvidar su dolor, sus muertos, sus desplazados, sus presos injustamente, aún se da tiempo para la alegría y la fiesta.
Recargado sobre la pared, observo a los oxchuqueros tocar su tambor (cayop, en tzeltal) y su ajmay, carrizo de agudos sonidos. Al terminar, el viejo Cristóbal me muestra orgulloso el sombrero de palma que le regalaron cuando, hace casi cuatro años, fue con su música a saludar al papa, hasta Mérida. Y me cuenta de los enganchadores y de cómo, siendo joven, cuatro veces fue hasta Tapachula a las fincas cafetaleras, en un camino que les llevaba nueve días a pie, y de los sesenta centavos que les pagaban por trabajar de sol a sol hasta llenar una caja enorme de café cerezo, y de la alegría de pagar su deuda y “quedar libre” y volver a su tierra. Termina la plática haciendo notar, contrariado, cómo el gobierno gasta tanto en los ejércitos, negándose sin embargo a ayudar al campesino.
De vuelta a alcanzar el camión que nos llevará de regreso, veo una larga fila de vehículos que se mueven buscando
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