miércoles, 14 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II tercera parte

Al abrir la puerta de la casa de un solo cuarto, se ve primero una mampara hecha con trozos de madera ligera y corriente, tal vez corcho, amarrados entre sí con majawa, un bejuco que se consigue en la montaña y hace las veces de cordel. Sentados contra la pared se adivinan varias figuras indígenas, calladas y tristes, sensación acentuada aún más por el resplandor de las brasas del fogón, al fondo. La tenue luz dibuja apenas su perfil, dejando el resto en sombra, como en el límite de la penumbra. En un rincón, detrás de la mampara de madera, están encimadas un par de viejas secadoras de café, que hacen las veces de cama para los habitantes de la casa. Dando vueltas cerca del fogón y caminando luego entre los pies de los presentes, se encuentra un escuálido chucho que una mujer intenta echara fuera y ante lo cual se defiende con débiles ladridos y dentelladas al aire. Olvidado el asunto, mi atención se centra en el lugar donde todas las miradas están fijas. En el piso de tierra, sobre una tabla sucia y gastada, yace el Obed. Es un niño de siete meses que murió por la mañana, de tos ferina. Desde hace ya varios días, tal vez una semana, que la mayoría de los niños de la comunidad se contagiaron con ese mal. Ayer el Obed se agravó, de allí que sus papás y su abuelo lo llevaron cargando a una comunidad cercana, en busca del promotor de salud. Como la medicina no surtió el efecto deseado, decidieron llevarlo al pueblo, para ponerlo en manos de un doctor. Aún no volteaban el primer cerro, y observando que el alatz no quería ya mamar, cayeron en cuenta de que ya había muerto. Entonces se regresaron a su comunidad. Cruzaron la hamaca encima de nuestras cabezas, mientras nos bañábamos en el río. Con todo y su tristeza, aún tuvieron tiempo de saludarnos y dedicarnos una amable sonrisa. Ahora, el niño yace en el centro de la habitación. Tiene puesta su mejor ropita, incluso el gorrito de tela de colores que las mujeres tojolabales acostumbran coser para sus hijos pequeños. Está envuelto en unas viejas mantas y un par de velas le alumbran. Su rostro luce apacible, con sus ojos cerrados y unos cabellos cubriendo parte de su frente. Su madre, una adolescente de no más de dieciséis años, de repente recuerda su dolor y le llora en su lengua materna, casi cantando: “ay, kalawawa, ay, kalawawita…” Se acerca y le acaricia las mejillas, como queriendo despertarlo, y lo besa y le vuelve la pequeña carita y sigue lamentándose, como resistiéndose a creer que el hijo, su hijo, su único hijo, se ha ido ya, tan pronto, para nunca volver. Desde la orilla de su dolor, desde las paredes de tabla, una docena de ojos le acompañan y le compadecen. A su modo, comparten su dolor y se preguntan por qué este dolor, por qué esta enfermedad, por qué esta injusticia que, todavía hoy, sigue matando niños. 

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