jueves, 15 de enero de 2009

Caminando en Chiapas II cuarta y última

En una mañana soleada vamos a visitar a uno de los catequistas de la comunidad. Es también promotor de salud. Lo encontramos sentado bajo un sencillo techo de broza, componiendo su machete. Es el instrumento básico de la rozadura y todo campesino tiene por lo menos un par de machetes bien afilados. La cacha viene de fábrica hecha de un plástico quebradizo, que se rompe con el uso. Cuando esto sucede, los hermanos le hacen una cacha nueva utilizando el hule de zapatos viejos. Con calor van pegando una capa sobre otra, y con una punta de machete la van moldeando. La aseguran con el alambre, muy maleable, que se usa en las asas de las cubetas. Así, con ingenio y paciencia, sus machetes siguen trabajando y de paso reciclan materiales.

 

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La última parte de la gira por la montaña nos hace subir incontables cerros que se vuelven interminables. Caminamos desde el nacedero del río Euseba y seguimos su curso, muy de cerca, escuchando el tranquilo correr de sus aguas, observando el fondo de piedras redondeadas y las riberas cubiertas de plantas verdes y flores blancas. Cruzamos un par de hamacas y unos puentes rudimentarios hechos con troncos caídos. Atravesamos potreros con todo y el temor de las mostacillas que se suben al cuerpo y causan estragos. En un recodo descubrimos la pista de avionetas en San José el Oriente y sus chiqueros de madera, con sus blancos cuches dentro. Entre numerosos arroyos que bajan de la montaña y corren hacia la cañada, divisamos un par de ceibas, una bien verde, lejana, y la otra más cercana y muy quemada en sus hojas, excepto las más altas. Ambas aparecen imponentes sobre el fondo verde de las laderas. Cruzamos por entre las rozaduras. Los troncos quemados son innumerables y dan una sensación de desolación infinita. Descubrimos las pequeñas matas de maíz que, un poco tímidas, brotan ya de la tierra negra y desde lo alto se ven las líneas verdes que forman en las parcelas, unas grandes y otras pequeñas, todas de formas irregulares. Pasamos por la troje quemada accidentalmente con setenta y cinco zontes de maíz adentro. La quema de la rozadura no se pudo controlar y se quedaron diez familias sin su ixim para comer. Hasta las láminas de aluminio se calcinaron y se volvieron frágiles y quebradizas. Allí parados observamos la cañada y repasamos los nombres de los ranchos, camino arriba: El Oriente, Guadalupe, Cañada de Álvarez, Sinaloa. El sol está ya más alto y empieza a quemar y las distancias parecen hacerse más grandes. En el camino encontramos agua y buscamos zapotes. Comemos tortilla con huevo y caña de azúcar, muy dulce. Antes, cruzando un pequeño arroyo sobre las piedras mojadas, resbaló mi pie ganándome el peso de la mochila y terminó haciéndome caer al agua. Más arriba nos detenemos de cuando en cuando a descansar entre los cafetales en flor, llenos de zancudos, y luego a contemplar la cañada y el helicóptero azul y amarillo que sobrevuela la cañada de norte a sur. Por fin llegamos a Buena Vista, cansados y sedientos. Allí encontramos una comunidad también sedienta y cansada, sus catequistas desmayados y mucho trago que entra y divide y quita la fe. En la ermita nos reunimos un par de veces y platicamos largamente con los hermanos. Así, con subidas y bajadas, este pueblo sigue haciendo camino.

 

José Cervantes Sánchez

Chiapas, abril de 1997 

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