En una mañana soleada vamos a visitar a uno de los catequistas de
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La última parte de la gira por la montaña nos hace subir incontables cerros que se vuelven interminables. Caminamos desde el nacedero del río Euseba y seguimos su curso, muy de cerca, escuchando el tranquilo correr de sus aguas, observando el fondo de piedras redondeadas y las riberas cubiertas de plantas verdes y flores blancas. Cruzamos un par de hamacas y unos puentes rudimentarios hechos con troncos caídos. Atravesamos potreros con todo y el temor de las mostacillas que se suben al cuerpo y causan estragos. En un recodo descubrimos la pista de avionetas en San José el Oriente y sus chiqueros de madera, con sus blancos cuches dentro. Entre numerosos arroyos que bajan de la montaña y corren hacia la cañada, divisamos un par de ceibas, una bien verde, lejana, y la otra más cercana y muy quemada en sus hojas, excepto las más altas. Ambas aparecen imponentes sobre el fondo verde de las laderas. Cruzamos por entre las rozaduras. Los troncos quemados son innumerables y dan una sensación de desolación infinita. Descubrimos las pequeñas matas de maíz que, un poco tímidas, brotan ya de la tierra negra y desde lo alto se ven las líneas verdes que forman en las parcelas, unas grandes y otras pequeñas, todas de formas irregulares. Pasamos por la troje quemada accidentalmente con setenta y cinco zontes de maíz adentro. La quema de la rozadura no se pudo controlar y se quedaron diez familias sin su ixim para comer. Hasta las láminas de aluminio se calcinaron y se volvieron frágiles y quebradizas. Allí parados observamos la cañada y repasamos los nombres de los ranchos, camino arriba: El Oriente, Guadalupe, Cañada de Álvarez, Sinaloa. El sol está ya más alto y empieza a quemar y las distancias parecen hacerse más grandes. En el camino encontramos agua y buscamos zapotes. Comemos tortilla con huevo y caña de azúcar, muy dulce. Antes, cruzando un pequeño arroyo sobre las piedras mojadas, resbaló mi pie ganándome el peso de la mochila y terminó haciéndome caer al agua. Más arriba nos detenemos de cuando en cuando a descansar entre los cafetales en flor, llenos de zancudos, y luego a contemplar la cañada y el helicóptero azul y amarillo que sobrevuela la cañada de norte a sur. Por fin llegamos a Buena Vista, cansados y sedientos. Allí encontramos una comunidad también sedienta y cansada, sus catequistas desmayados y mucho trago que entra y divide y quita
Chiapas, abril de 1997
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