Podría hablar de la incertidumbre de la economía aunque no soy experto pero sí me pega. Y de cómo me pregunto qué pasará con mi casa, que está casi terminada pero todavía no, y de cuánto se afectarán los créditos por las turbulencias en los mercados. Me pregunto por qué tenía que suceder precisamente ahora, cuando estoy a punto de cerrar el trato... de hecho ya di una parte y ahora, justo ahora, cambian las condiciones, suben las tasas, infonavit dice que ya no tiene dinero. Y entonces... me arriesgo o juego conservador, cuál será realmente mi capacidad de pago, y tanto que me gusta mi casa como está quedando... la incertidumbre.
Podría hablar, también, de la visita de Chacho hace una semana. De lo que caminamos y lo que platicamos y de su admiración por lo bien cuidadas que parecían las varias iglesias a las que entramos con cara más de turistas que de devotos. Del raro santo Homobono en la punta de la pirámide de Cholula, con sus tijeras, su máquina y sus cortes de tela. De las traducciones literales que terminan diciendo cosas chistosas.
Podría apuntar algo sobre la frustración deportiva, con un Cruz Azul que antes no divertía pero al menos ganaba, y ahora ni una ni otra. O de unos Dodgers que definitivamente se ven mejor con ese nombre en la franela que con Los Angeles en azul sobre blanco. De sus veinte años sin ir a la serie mundial y de las esperanzas que inmediatamente resucitó en mí. De cómo se vinieron abajo al no responder con el bat y de los hombres dejados en base y al final... a seguir esperando.
O también podría escribir algo sobre la pregunta que con frecuencia me asalta al ver tantas invitaciones al desaliento social: dónde está la esperanza, de dónde se saca, cómo se aprovecha.
Sobre eso, espero, escribiré más tarde.
1 comentario:
Un amigo me enseñó, sin proponérselo, que la esperanza es una pequeña certeza. Sin embargo, creo, que la esperanza en el cambio social debe ser una grande. En mi vida sólo hallo pequeñas, y aunque veces resultan desacreditadas, me reconfortan mientras las tengo. Tal vez sólo sea un recurso para dormir más tranquilo, pero he descubierto que no se puede vivir en la permanente angustia. Un abrazo, Pepe.
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