Esto viene a cuento por lo que me pasó el fin de semana anterior, largo, gracias al asueto del día de la independencia. Ya me disponía, ya saboreaba una ruta en bici de montaña inédita, de más de cien kilómetros, que prometía ser muy buena y demandante. Pero no pude. A media mañana del sábado sentí ese como suave latigazo en la espalda, como tantas veces, y de inmediato comprendí que no podría rodar al día siguiente. Como casi siempre, me molestó mucho sentirme así y me costó enormemente aceptar que me dolía. Después de la comida ya no podía ni disimular el dolor, caminaba chueco y no podía casi moverme. El resto del tiempo lo pasé acostado, tomando medicina, con pomadas y bolsas de agua caliente en la espalda, tratando de concentrarme en respirar y estar tranquilo. Tuve chance de terminar el recurso del método, excelente, de Carpentier, y se acabó. Por más que me pregunté, en silencio, y por más que hablé con Lety de ello, no pude encontrar claramente la voz de mi dolor. Sigo guardando silencio y escuchando a mi alrededor y todavía no puedo.
viernes, 19 de septiembre de 2008
La voz de mi dolor
En un correo electrónico reciente, una amiga chiapaneca en plena investigación de maestría me decía, como no queriendo, que no encontraba "su voz" en su escrito. Con mis alumnos de reporte de servicio social comentaba yo, casualmente, por los mismos días, que después de tener claro qué querían decir con el reporte, tenían que encontrar su voz al escribir. Tenían, creo, que sentirse a gusto, encontrar su ritmo, su manera de decir las cosas, su estilo. De otro modo, la escritura se torna imposible. Y parece sencillo, como si fuera suficiente con sólo decirlo, pero implica, estoy convencido de ello, mucho más que eso. Encontrar la voz es mirarse de frente en el espejo de la página en blanco y aceptar que, de entrada, uno no sabe qué decir. Y que sabe todavía menos cómo decirlo. Y entonces empezar a cuestionarse, buscarle, atreverse a ensayar hasta encontrar algo con lo cual se sienta razonablemente a gusto.
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