martes, 26 de agosto de 2008
La vida está afuera
La vida está afuera. Eso pensaba mientras bajaba, hoy, por los caminos del zapo. Yo arriba de mi bici, entre la niebla, atento a cerrar la boca para evitar que se me metieran los trozos de lodo que la llanta delantera avienta hacia atrás y que, al jalar aire, se llega uno a tragar sin querer. El ambiente era realmnte especial. Atrás habían quedado Don Goyo y la Mujer Dormida que hoy, simplemente, no se dejaban ver. Desde la mojonera, mi lugar favorito de observación, donde suelo detenerme a contemplar el valle, lo que dominaba era el blanco como de algodón, que no dejaba ver ni las casas del pueblo con detalle, allá abajo. Atrás había quedado, también, la rompepiernas que hoy no pude subir porque estaba muy mojado el piso y, después de un rato, sólo me resbalaba y mejor le di la vuelta por un bosquecito muy bonito. Luego viene la cardiaca que, a diferencia de lo ordinario, tampoco pude subir a pesar de que la arremetí por un lado, sobre el pasto, para tener mejor agarre en un ambiente sumamente húmedo. Arriba de mi cabeza sólo adivinaba el ruido de un avión que recién había despegado de Huejotzingo y llevaba sus motores al máximo. El resto, silencio. Silencio y soledad, pues en el cerro crucé, quizá, a tres personas en todo el trayecto. No más. Silencio y soledad, ingredientes necesarios para la vida. Más el ritmo del corazón que se acelera y las piernas que se ponen duras y parece que ya no aguantan. Pero hay que seguir caminando, pedaleando, dando vueltas, porque, efectivamente, la vida está allá. Afuera.
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