Llegué tarde, pues me quedé en mi oficina un rato más, revisando el correo, repasando mi lista de pendientes, acomodando las siempre presentes hojas sobre mi escritorio. Para llegar al lugar, al mero gimnasio, pasé entre montones y montones de chavos, muchos de ellos recién universitarios. Escuchaba trozos de conversaciones mientras caminaba. Lo poco que uno alcanza a captar al paso. Hablaban, se reían, se amontonaban, se tocaban, gritaban, eran ellos, los jóvenes y las jóvenes. Algunos también fumaban (y me hacían avanzar más rápido). En el vestíbulo se sentía la vida, algo vibraba, el ambiente era cálido, quizá demasiado para alguien con traje oscuro y corbata.
Traspasé la frontera simbólica pasando, como decían los salmos a menudo, por el dintel de la puerta, aunque no había puerta. Antes de internarme en la ceremonia pasé al baño y me lavé las manos con parsimonia, sólo para descubrir que no había con qué secarlas, ni papel, ni toalla, ni aire. Sólo me las sacudí y las froté con cuidado contra la ropa.
Adentro, todo era diferente. Un señor de alta jerarquía hablaba. A su lado, de cuando en cuando un grupo bien entrenado cantaba canciones específicas, con cara de seriedad, como todos allí dentro. Unos, pocos, hablaban, dirigían, señalaban, daban indicaciones, repartían, absolvían. También catequizaban, instruían, decían su discurso. El resto, la gran mayoría, escuchaba y luchaba por no dormirse. Se trataba, claro, de estar circunspecto, de pararse o sentarse, de arrodillarse o volverse para atrás y casi en silencio, estrechar la mano de los demás. Y volver a voltear al frente y permanecer en silencio. Sentí, pensé, lo vi con claridad: la vida está allá afuera. aquí adentro, definitivamente no.
1 comentario:
En efecto, la vida está afuera. Por el momento, me siento demasiado adentro. No puedo esperar que llegue diciembre para renunciar a mis trabajos y tratar de entrever qué diablos quiero de mi vida. En fin, te mando un abrazo.
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