La vida está afuera, pensaba o, mejor, intuía yo hace un poco más de veintinueve años en que dejaba mi hasta entonces único mundo, mi pueblo, para irme a estudiar la secundaria en lo que era una ciudad lejana y desconocida. Yo no cumplía todavía los doce años y ahora que lo recuerdo, casi me escandalizo de que, no sin ruegos de mi parte y entre chantajes cruzados, mis padres me hayan dejado irme. Estaba en sexto año de primaria y unos meses antes mis profesores maristas me llevaron a Querétaro a conocer el juniorado. Hubo algo que me encantó. No sé exactamente qué, pero hubo algo. Recuerdo los campos de futbol, tres, bien planitos y verdes, llenos de pasto incluso en las porterías. Recuerdo mi deseo de pertenecer a un grupo y la buena disposición que mostraron conmigo desde el inicio, como si me conocieran, comi si de por sí tuviéramos ya algo en común. Recuerdo la vida ordenada, previsible, bien delineada, y que sin embargo no parecía aburrida, más bien lo contrario. Recuerdo los cantos y los rezos caminando por un largo corredor con techo de lámina, y el comedor lleno de mesas y de adolescentes sentados, en silencio, comiendo, platicando. Decidí irme, y me fui. Años después, de cuando en cuando me pregunto qué hubiera sido de mí, cómo habría sido mi vida, si me hubiera quedado en mi pueblo, en mi querencia. Pero es cierto, el hubiera no existe, y hoy soy lo que soy. Punto.
Meses después de haberme ido, regresé a mi pueblo por vacaciones. Un día antes de regresar a mis estudios, me encontré en una situación difícil, apremiante, incómoda. Mi madre me había mandado, como muchas veces, a buscar a mi padre en la cantina, pues estaba, también como muchas veces, muy nerviosa. Mi padre en esas ocasiones de ordinario era muy tranquilo y especialmente dadivoso y afectuosamente expresivo con sus hijos. Pero en esa ocasión fue, por alguna razón, diferente. Estaba como loco, y decía que estaba harto, que se quería ir, y así por el estilo. Mis hermanos, mi madre y yo tratábamos de disuadirlo, sin éxito aparente. A medida que el tiempo avanzaba, la tarea de convencerlo parecía más difícil. Una tía abuela andaba por allí y me dijo algo que no se me olvida. Sus palabras fueron más o menos: qué bueno que te hayas ido y que te libres de esto. Sigue estudiando y no regreses. El resto de la noche se me hacía larga y, en cuanto amaneció, tomé mi maleta preparada con mucha antelación y me fui a seguir estudiando. Intuí, pienso hoy: efectivamente, la vida está allá lejos, afuera.
1 comentario:
wow, perdón por entrar sin avisar, sólo que me llamaron tus palabras y me quedé un ratote leyéndote, y como eso de pasar de puntitas no me agrada, quise dejar constancia de cuánto me gustó tu blog. Por cierto, Cholula es mágica.
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