De camino a mi trabajo, después de dejar mis hijos, tomo la once norte y doblo en la veintiuno poniente. Allí "me orillo a la orilla" y después de bajarme del carro, sin apagar el motor, me despido de la Colocha. Todavía volteo a ver cómo acelera y se pierde a lo lejos, más hacia el centro a su difícil encuentro de cada día con los volubles adolescentes, en una clase de matemáticas que ni les sirve ni les interesa. Casi la compadezco.
Cruzo la avenida hacia Santiago y camino por las banquetas mientras los que se levantaron tarde aceleran más de lo que permiten las calles maltratadas para llegar antes de las ocho a dejar a sus hijos. Lo común es que se paren en segunda fila, ponen sus intermitentes y con ello les dicen a los que vienen atrás, hazle como quieras, de aquí soy.
Sigo mi camino, tranquilo, por la banqueta, y me congratulo de que aquí sea. Mientras voy a un costado de la parroquia, una iglesia no tan grande, muy formal, de color café grisáceo, un edificio me llama la atención. Es de color amarillo mostaza, con grandes ventanas, frontones grandes y rejas de pesada herrería. No atino a saber qué es, pero me llama la atención un letrero muy arriba, deslavado y viejo, pero todavía perfectamente legible, que dice: DIOS SI EXISTE. Así, con mayúsculas y sin acento en la i.
Atravieso el parque que limpia un barrendero cojo, vestido de naranja mírame-a-fuerzas, como es la costumbre. Me acuerdo del letrero que vi ayer en la oficina municipal del paseo bravo. Pide, para hacer efectivo el descuento en el pago del predial, presentar una constancia, entre otras, de "capacidades diferentes". Me hizo pensar en nuestra aparente amabilidad para no atrevernos a llamar las cosas por su nombre. En esa lógica, tendría que decir "un barrendero con capacidades difrerentes en la pierna derecha", o algo semejante, lo que no dice nada. Prefiero entonces decir "un barrendero cojo".
Más adelante, ya más cerca de mi oficina, me llama la atención la cantidad de basura en la calle y la yerba crecida en las banquetas. Quizá los que allí viven ya ni las miran. En la ventana de una de las casas, por cierto, me llama la atención una calcomanía que dice: aquí vive un scout, con su flor de lis y todo.
Por la tarde, veo que tengo un poco de tiempo antes de tomar el camión que me llevará a la escuela de mis hijos, y me siento en una banca de parque, de esas metáliscas, verdes de quién sabe cuántas manos de pintura, y abro mi libro. Ya en el camión, justo a mi lado, en el pasillo, un jovenazo canta sus canciones acompañado por una guitarra barata de Paracho, o quizás de China. Cuando subo ejecuta sólo le pido a Dios, sin mucha gracia. Después canta una canción que no conozco y que tampoco me gusta, que me suena a la típica canción grupera de ardido dolor, con el consabido tú te fuiste y no te olvido y yo me muero y así por el estilo. Canta y cómo es él, del meloso Perales, y al final pide una moneda que les sobre. Yo ni busco en mi bolsa porque antes de subir le di los dos pesos que me sobraban a una chavita con uniforme de secundaria, para completar su pasaje. Un chavo junto a mí se rebusca en el bolsillo y le da unas monedas. Yo sigo leyendo a Villoro mientras el artista en ciernes seguramente piensa algo así como: "cabrón, tan trajeadito pero tan codo".
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