sábado, 17 de mayo de 2008

Juan José

Hace exactamente cinco años nació mi segundo hijo, Juan José, Juanjo, Juan, Juanito. Recuerdo que la noche anterior estaba yo en la fiesta del día del maestro, con algunos amigos, disfrutando, con el oído atento al celular. Ya estaba decidido que sería cesárea, pero de todas maneras había que estar al pendiente. Fer, el primero, era hasta entonces el único, mi único, hijo. Me parecía tan completo, que no me imaginaba qué me podría traer Juan. La verdad es que Fer me llenaba tanto, que todo era una comparación con él. Llegó Juan y no se quería salir, costó trabajo sacarlo por la rajadura de panza que le hicieron a mi mujer. Recuerdo con nitidez cómo empujaba el antestesista para que saliera, y decían los médicos, medio en broma, que ese niño quería seguir adentro. Recuerdo también al pediatra haciendo cuentas con los dedos, y preguntando a la ginecóloga por las fechas. ¿Algo estaba mal? Fue muy doloroso ver que permanecía en la incubadora y, para colmo, no nos decían exactamente qué pasaba con él. Íbamos a verlo y, aunque las enfermeras no querían, después de lavarnos las manos con unas esponjas con antiséptico, ponernos gorras y batas estériles, le hablábamos y lo cargábamos un ratito. Juan estaba dormidito, con una enorme aguja metida en la vena de su pequeño pie. Una mezcla de enorme angustia, de gozo y de esperanza inundaba mi corazón. Salíamos con Lety y llorábamos y queríamos que ya estuviera con nosotros. Dieron a Lety de alta del hospital y salimos sin él. Fue muy duro. Regresamos y un par de días después, por fin nos lo entregaron. Había bajado un poco de peso, pero estaba perfectamente. El diagnóstico: taquinea transitoria de recién nacido, lo que en palabras sencillas significa que, al nacer, respiraba más veces por minuto de las que debía. Afortunadamente, nos confirmó unos días después en consulta el pediatra, era algo superado y no dejaba secuelas, por lo que no había peligro.
A lo largo de estos cinco años no he dejado de contemplarlo, ni él de sorprenderme. Fer es, digamos, un intelectual. Se mete en un libro, en una película, en el armado de un lego, y se puede pasar horas. A Juan no le interesa estar sentado mucho tiempo, va de una cosa a otra, se aburre, necesita estar haciendo cosas diferentes. Me emociona su creatividad para inventar historias, para hacer chistes, para contar cuentos. La mitad la repite de lo que le han contado y el resto lo va sacando de su cabeza, como de una chistera. Tiene una forma tan bonita de hablar, que no puedo sino hacerle caso, ponerle toda mi atención, decirle algo. Los ojos de Fer son verdes, un poco más oscuros que los míos, como de león, con largas y lacias pestañas. Los ojos de Juan son café, profundos, con enormes pestañas rizadas. Me encanta su sonrisa, su gracia, la chispa que le sale de dentro.
Hoy puedo ver que es tan diferente, tan atractivo, tan él, como sólo Juan podía serlo. He aprendido a verlo, a saber que la vida es más que concentración e intelecto, que hay otras maneras, más libres, más artísticas, de vivir. Gracias por eso y por todo lo que nos falta, mi Juanito. Hoy no me imagino la vida sin ti. En ti he aprendido también cómo fui y soy el segundo hijo, diferente del primero, siempre comparándome pero siempre buscando ser yo mismo, quien soy, como soy.
Quizá lo que mejor define mi relación contigo son esas frecuentes veces en que te abrazo y te aprieto fuerte y no tengo más que decirte: ¿por qué te quiero tanto? y tú me respondes, con los ojos brillantes, porque eres mi papá y yo soy tu hijo. Gracias porque así sea.

1 comentario:

Cobayo dijo...

Saludos, don. Aquí leyendo y celebrando las grandes y pequeñas alegrías de esta vida tan absurda. Un abrazo.

Cobayo.