viernes, 30 de noviembre de 2007

La ignominia

Primero, ignominia quiere decir, según el diccionario de El Mundo, deshonor, descrédito de quien ha perdido el respeto de los demás a causa de una acción indigna o vergonzosa. Así me siento hoy, hasta la ignominia. Temprano prendí el radio para sintonizar, como de costumbre, a Carmen Aristegui en hoy por hoy. Por supuesto, prácticamente todos los periódicos le dedican lugares importantes en sus primeras planas y espacios de opinión de sus mejores plumas. Desde anoche veía, también con Carmen en cnn, a Granados Chapa. Decía el periodista que con esto, se extendió una carta de impunidad a todos los gobernadores. Y a todos los que tengan dinero para comprar la justicia, diría yo.

Mientras subía y luego bajaba del Zapo en mi bici de montaña, me introspectaba (no creo que exista esa palabreja, pero me gusta cómo suena...), para tratar de entender qué significa todo esto para mí, un simple ciudadano de a pie. He aquí mis reflexiones.

¿Qué estará pensando, de verdad, alguien como el precioso? Supongo que habrá ordenado unas botellas (dándole el significado real o velado, o ambos) de coñac para celebrar su victoria. Quizás lo celebró con su círculo más estrecho de aduladores y repitió, como dicen que dijeron ayer sus brillantes y seguramente bien pagados abogados: "ya chingamos". Lo que sí es que dijo que ahora sí puede dormir tranquilo. Y yo me digo a mí mismo: "aunque usted no lo crea". En lo que a mí se refiere, tengo por cierto que ese señor es un cadáver político, y apesta a kilómetros. En mi fantasía me imaginaba qué haría yo si me lo cruzara en el camino. No sabría si gritarle su apodo, escupirle la cara o buscar algún objeto cercano, por ejemplo una silla, y rompérselo en el lomo. O las tres cosas.

Qué estará pasando de verdad, pensaba también yo, con los ministros de la suprema corte. Quién sabe. El otro día que vi un cachito de la transmisión por internet, la sola vista de el tal Aguirre Anguiano lo único que me inspiraba era desprecio por su soberbia y su prepotencia (es un mamón, dirían mis alumnos). Qué pasó realmente con el par de ministras, las mujeres, que aparentemente a última hora cambiaron el sentido de su voto. ¿Serían amenazadas? ¿les engrosarían sus cuentas bancarias, así como por arte de magia, como sugería un amigo hace un rato? ¿se echarían un volado de última hora, como para evitar la ineludible decisión y dejársela al azar? ¿realmente reflexionaron y vieron ángulos que antes estaban ocultos en el problema?

A propósito de ministros, recordaba yo que una vez me encontré, en el cum, a Mariano Azuela. Yo iba al campo de fútbol y él salía de jugar frontón con alguno de los maristas que por aquellos años, mediados de los ochenta o algo así, regenteaban el colegio. Y lo recuerdo también porque, en aquella época, Carlos Martínez, marista con quien luego tuve divergencias en pensamiento, pero a quien le guardo un enorme respeto y un sincero afecto por su gran calidad humana, nos presumía que ese señor era "afiliado al instituto", es decir, como un miembro, laico, de los maristas. Se ufanaba de su ascendente trayectoria y hablaba de él como alguien honesto, probo, entero (aunque seguramente lo dijo de otra forma, no con esa colección de palabras domingueras que ahora le anoto). Lo decía y se sentía orgulloso. El otro día escuché sus argumentos y me quedo frío. Lo único que le diría, si me lo encontrara, es que lo suyo no es hacer justicia, mucho menos ponerse en el lugar de la víctima para entender lo que pasa y lo que siente. Lo suyo es, por lo visto, hablar con voz engolada, fingida, de leguleyo barato, y salir en la radio dándose baños de pureza. Supongo que por eso los maristas lo tienen como miembro de su instituto. Dudo que hoy se sientan orgullosos de su actuación, pero la experiencia me dice que aún eso es posible. Me lo puedo imaginar arrodillado ante el altar, dándose golpes de pecho y recitando jaculatorias al recibir la hostia y entonces me digo que por qué se asombran de que a los jóvenes de hoy la religión les importe un bledo.

Mi última reflexión como ciudadano quisiera casi mejor no escribirla. Ni siquiera pensarla, pero tengo que hacerla. Así como a los diputados hace poco tuvieron que extorsionarlos, o intentar hacerlo, para investigar en serio esas redes criminales, quizá a los ministros de la corte les haría falta algo semejante. ¿Qué hubieran decidido si a sus hijos o nietos los usaran las redes de pederastia y pornografía? ¿Cómo hubieran votado si en vez de Lidya Cacho, quien se pasó las veinte horas de horror de Cancún a Puebla, hubiera sido su madre, su hermana, su esposa, su hija? Otro gallo hubiera cantado, sin duda. Como escribió León Felipe, lo recuerdo de aquellas mis lecturas de juventud, cualquiera sirve para enterrar un muerto, menos un enterrador.

En pocas palabras, como ciudadano me siento mal, muy mal. Y cómo sentirme diferente, si el mensaje es claro, machacón, sin piedad: si no tienes poder y/o dinero suficiente, olvídate de la justicia. Chíngate y hazle como puedas.

martes, 27 de noviembre de 2007

Días de noviembre

Uno
Dejamos Puebla después de comer en el restaurante de la universidad. Fiel a su costumbre, Agustín va volado, casi como niño con juguete nuevo, al volante del passat negro que no es nuevo pero, dice, corre como si lo fuera. De camino aprovechamos para hablar de varios proyectos, de varias reuniones que no hemos tenido. Me pide mi opinión y vamos discutiendo cosas interesantes. Se acerca la noche cuando entramos al df, como de costumbre a vuelta de rueda. Pasamos junto al distribuidor vial, impresionante, con la esperanza de que pronto esté completo y la entrada y la salida fluyan. Ya cerca del centro, llegamos al eje central. Del lado derecho la banqueta está vacía, como efectivamente creo que nunca había visto. Del lado izquierdo los puestos parecen encimarse unos sobre otros. Se alcanza a escuchar la música estruendosa, la gente va y viene. Unos salen de la estación del metro como de una boca gigante y otros se internan en ella. Se ve de todo. Enfrente de nosotros, el tráfico otra vez parece no avanzar. A la extrema izquierda viene el trolebús en sentido contrario al nuestro. Agustín me dice que está muy cansado y que ya quiere llegar al hotel para descansar un rato. Es de noche y brillan las luces de los carros, que todo lo inundan.

Dos
Primera vez que me quedo en un Sheraton. De broma le decía a Agustín que lo único que esperaba es que no me fuera a llevar al hotel de Fabiruchis... y me moría de la risa. En el front desk anuncian los precios: 360 dólares por una noche. Así, en dólares. El elevador es rapidísimo. Jesús se baja en el piso 17 y nosotros nos vamos hasta el último, el 27, hasta allá nos tocó. Allá abajo se ven las luces de la metrópoli que todo lo llenan. Acá adentro, todo está impecable, excepto la tele que no prende. Hay letreros que dicen que el agua está purificada, que uno puede tomarla con toda confianza. De cualquier manera, por si se ofrece, ponen una botella de litro y medio de Agua Santa María y otra de Evian. Una cuesta sesenta pesos y la otra setenta y cinco. Abajo, en el seven eleven que está a media cuadra, probablemente cuesten alrededor de diez pesos cada una. No lo puedo creer, pero aquí estoy.

Tres
Semana y media después estoy de regreso en el centro histórico del df, exactamente por la misma zona. Ahora me vine en autobús y me bajo en el metro. Después de comprar dos boletos, me subo al tren. Es un poco antes de las once de la mañana y la gente parece cansada, hastiada, aburrida. El vagón en el que me subí está francamente feo: el piso maltratado, las ventanas con rayones (qué ganas de joder y ponerse a hacerlo, supongo que por puro placer) y las luces no prenden bien. No es ya hora pico y no vamos como cigarros en cajetilla, pero va lleno. En la siguiente puerta un cuate prende su reproductor de cidís y la bocina que trae en la mochila suena a todo volumen. Vende los grandes éxitos de la salsa o de los boleros, no me acuerdo bien. Volteo y veo que varios le compran. Le pasan el dinero a través de varios usuarios del metro y de regreso va el cidí, en formato normal. En la siguiente estación se va al vagón contiguo y con nosotros se sube otro cuate, vendiendo videos que enseña en un reproductor portátil, levantando las manos. No alcanzo a ver si alguien le compra pero me digo, qué chinga moverse todos los días así y soportar que te quieran vender discos, agujas, libros para colorear, chicles, cualquier cosa. Así es la vida real. Siento de pronto que desentono allí. Cada quién va metido en su mundo, enfrascado en su preocupación del momento, elaborando su propio pensamiento o soñando, literalmente, su propio sueño entre cabeceadas. Me veo en el espejo con mi traje gris de lana, nada del otro mundo pero con buen corte, mi camisa azul, corbata azul de seda coreana y zapatos bien boleados. ¿De dónde soy? ¿A dónde pertenezco? ¿Qué tengo en común con quienes, anónimos, viajan conmigo?
Me bajo en Salto del Agua y salgo a la superficie. Recuerdo la cantidad de veces que he caminado por aquí, sobre eje central rumbo a bellas artes. Lo dicho, los puestos están casi uno sobre otro, mayormente de discos compactos, videos porno, películas pirata, zapatos, cinturones y un montón de cosas que me llaman la atención pero no alcanzo ni a ver. De vez en vez camino un poco y me pongo a ver algo y luego sigo. Veo unos zapatos en una zapatería y me meto a preguntar me convencen y pido que me traigan el par. Antes de que llegue el vendedor, sin embargo, veo que me queda poco tiempo y le digo a otra empleada del lugar que luego regreso, que el señor ya se tardó y que tengo una junta, lo que es cierto. Ya no regreso en la tarde, pues salgo de prisa.
Me voy directo al lugar de la presentación de la infancia cuenta. Es interesante aunque siento en el aire una suerte de espíritu oenegenero que no alcanzo a definir y que me inquieta, y al que en más de una ocasión le he, por así decirlo, declarado la guerra. Me molesta que son demasiados o puros reclamos, a la mejor ya me estoy haciendo viejo, y nada de propuesta. Coincido con Emilio en que el asunto de la educación no es de cobertura ni de montos de inversión, al menos no solamente. Hay que preguntarnos por la calidad. Divago un rato y pienso cómo enseñar a los niños, a nuestros niños, la participación, el respeto, la democracia. Menuda tarea. Me gustaría escuchar las denuncias y al mismo tiempo la propuesta. Me encantaría que supervisen y fiscalicen el gasto del gobierno pero también que las organizaciones evalúen su trabajo y se hagan la indispensable autocrítica... no sé si es un sueño, pero es mío.
A mi lado un cuate a quien no conozco está de pie, el auditorio está más que lleno, con un saco que parece que bajó de un tapiz, de tan colorido. Veo a mi amiga Paty que hacía años que no veía y nos saludamos de lejos, sabiendo de antemano que al final no podré platicar con ella como me gustaría. Me acerco a Emilio, por mucho el orador más articulado e interesante del día, y me saluda con un abrazo y su típico qué onda contigo, cabrón. Me dice que estoy peor que él, queriendo decir que voy más trajeado. Bromeamos y le pregunto por un amigo común mientras le doy mi tarjeta y él me da la suya, en braille. Me voy corriendo a platicar y tomar una coca zero con la persona que quedé de verme.
La vida, ya lo sabía, es correr de aquí para allá.