jueves, 19 de julio de 2007

La ética

Antes de entrar al tema, acuso recibo de dos comentarios a mi anterior entrada, ambas de anónimos. Lástima, como "escribidor", siempre es emocionante saber quién lo lee a uno. Tal vez algún día. Curiosamente, comentarios contrastantes. Uno alaba mi manera de escribir, el otro la denigra, o al menos eso entiendo: en portugués supogo que "estúpido" sigue siendo lo mismo que en castellano.

Quiero escribir algo sobre la ética, como lo dice el título. Empiezo por el contexto. El fin de semana pasada, y el que empieza mañana, estoy dando un curso por cuarto año consecutivo, en veracruz, sobre el tema de derechos humanos y educación. Más o menos la lógica del curso es: estudiar el concepto de derechos humanos, que surge como un discurso que "no es nada" por sí solo, pero ofrece la posibilidad de hacer una lucha para vivir de acuerdo a ciertos ideales. El caso de Lidya Cacho contra el góber precioso, creo, se vuelve aquí paradigmático: precisamente a partir de un discurso de derechos humanos, enarbolado por quien se dice de una defensora de derechos, fue posible lograr lo que se ha logrado. Digan lo que digan sus achichincles, el señor es un cadáver político. No fue el discurso por sí solo, para ello hay que ver el "compromiso" de las autoridades en general con los derechos humanos, para seguir chupándose el dedo. Más bien creo que fue, el discurso, el pretexto para articular toda una serie de poderes, de sensaciones (me acuerdo de la marcha del año pasado y la energía que parecía circular entre los asistentes), que permtió cobrar facturas sociales. Lo mínimo que se podía hacer. Pero los derechos humanos son eso, justamente, un discurso que incluso se usa contra los mismos profesores, quienes suelen decir: no le hagas o digas nada a tal o cual niño porque te las verás con derechos humanos. Depende, en suma, de su uso.

La tercera sesión es el intento de llevar la educación en derechos humanos a un plano pedagógico y didáctico, y ofrecer herramientas concretas para llevar a cabo algunas actividades concretas. Tratamos y experimentamos cuestiones como discusión de dilemas, clarificación de valores, filosofía para niños, resolución de conflictos, etcétera. De hecho hay, afortunadamente, muchas opciones de dónde escoger. El punto que me interesa enfatizar, aquí, y en el cual insisto a mis alumnos, es procurar que ello no se convierta en un discurso que puede ser muy a la moda y políticamente correcto, pero vacío. Entonces es necesario plantear desde dónde lo anclamos. Y es allí a donde apunta la segunda sesión.

Se me ha ocurrido utilizar para ello, al principio casi como ocurrencia, ahora me convenzo más de su utilidad, un concepto de Savater. Se trata de la ética como amor propio, que le da nombre a uno de sus libros. Sucede que se dio una discusión que me puso en aprietos por lo que me parece el puritanismo de algunos alumnos, que argumentaro que cómo podía invocar a la posmodernidad y luego presentar a un autor (despectivamente) moderno. Hablaron entonces, asumiéndose sin decirlo con todas sus letras, posmoderno, de que ya no caben los metarrelatos, de que ellos han ido más allá de la religión, de que no hay universales, y mucho más. Mi argumento fue: no intento presentarles un metarrelato, ni tirarles un rollo para que me lo creano. Mi intención como académico es presentarles a un autor que, creo (y subrayo la palabra), tiene algo que decir. Ha elaborado algo que me parece que podamos tomar en cuenta. Critiquémoslo, analicémoslo, destrocémoslo y, después, decidamos si queremos quedarnos con algo de lo que nos dice.

Busqué esta semana algo de la ética posmoderna. Me fui a Vattimo y me encontré, decepcionado, con lo que hace ya diez años había leído. Su discurso posmoderno, posmetafísico, postodo, y el rollo ese del pensamiento débil. Debo confesar que me decepciona y lo siento, efectivamente, débil. No sé cómo se vive en lo que antes se llamaba primer mundo, pero supongo que de manera muy diferente a como lo hacemos acá, al menos en términos de los referentes éticos, morales, de conducta. Estoy en contra de una supuesta metafísica, como Vattimo, pero mi diario existir me dice que necesitamos reglas. Por supuesto, no se trata de universales, inamovibles, absolutos, con una sola interpretación. Algo que argumentan los posmodernos extremos es que la ética habría que vivirla como una permanente hermenéutica. El asunto es que, aún así, para hipotéticamente hacer la primera interpretación, necesitamos algo que sirva de referente. Yo creo que el discurso de Savater nos permite construir algo más pedagógico, más realista, más asible. A partir de un ser que es pero que sobre todo está siendo, y siempre en diálogo, surge la necesidad de establecer (no "recibir"), construir, ciertos principios. Y no nos pueden obligar a seguirlos, sino convencernos, incluso no sin cierta dosis de lavado de cerebro, de que eso es lo que nos permite seguir avanzando.
Hoy mi realidad me lo ha recordado, dolorosa e impotentemente, en el contexto de mi convivencia cotidiana: ¿cómo actuar con un vecino que tiene perros y que los suelta y se cagan en mi jardín y le vale madres? ¿cómo actuar si sé, si veo, que es policía y trae permanentemente una pistola al cinto? ¿es posible hacer algo? ¿para qué me sirve la buena intención hermenéutica de manera radical?
No es fácil pasar del discurso a la existencia cotidiana, eso me queda claro.

miércoles, 11 de julio de 2007

Caminar, reinventar, disfrutar

Pienso hoy en esta tríada de palabras. A últimas fechas -¿por qué será?- pienso a menudo en mi edad, en que pronto diré, cuando me pregunten: "tengo cuarenta años". Lejos está la época en que un cuarentón me parecía, sin eufemismos, un viejo, aunque en realidad nunca me ha hecho ruido el tener más o menos edad, y menos el sentirme viejo, de bajada o mucho menos acabado. Y hoy menos que nunca. Me basta ver a mis hijos, su vitalidad, su afán por conocer, por descubrirse en el mundo, para entender que no me puedo quedar sentado ni cansado. Trato de mantenerme activo y, especialmente cuando voy pedaleando mi bicicleta y veo de reojo los volcanes, pienso en la maravilla que es estar vivo, sentir mi cuerpo, tener ganas de moverme.
La caminada, desde Chiapas, por otra parte, ha adquirido para mí un fuerte contenido simbólico. Sin esfuerzo me acuerdo (re-cuerdo) de los largos caminos de la montaña, y toda una serie de sentimientos, actitudes, sensaciones, vienen a mí: paciencia, ritmo, sudor, cansancio, aprendizaje, ganas, esfuerzo, solidaridad, convicción, calor, exploración, búsqueda, inseguridad, aventura, emoción. A pesar del lodo había que caminar, y no porque no quedara de otra, sino porque quería estar con mis hermanos, compartir trozos de mi vida con ellos, aunque fuera en silencio, como con frecuencia ocurría. No se me olvida aquella caminata nocturna entre Rosario y Veracruz, curiosamente porque estaba enojado con mis compañeros de equipo presentes en la reunión y no quería ni verlos. Acepté, de inmediato, la invitación de uno de los promotores a regresarnos en cuanto terminara el último "servicio". Caminamos a la luz de la luna, a ratos alumbrados por una tenue luz de lámpara de pilas, con poco lodo y poco calor, lo que hizo el trayecto de poco menos de cuatro horas algo disfrutable. De muchas maneras la caminada, el caminar, el camino, se incorporaron de manera casi natural a mi filosofía de vida. He andado de aquí para allá: he vivido en diez ciudades diferentes, en siete estados de la república además de casi un año en el extranjero. El yajkachil b'ej de los tojolabaleros me llamó la atención desde que pude descifrar su traducción: la vida es caminar, hacer camino, buscarle porque no hay nada hecho.
Me gusta estar solo y pensar, o hacer como que pienso. Y en esos momentos me pregunto una y otra vez para qué estamos, para qué estoy en el mundo. Nunca compartí de verdad las visiones que ponían al hombre (así de sexista) en el mundo para adorar a Dios. En el fondo siempre he estado convencido de la inutilidad de nuestra adoración, de nuestras oraciones, de nuestras alabanzas, como si a Dios le hicieran falta. Tampoco me convence la idea de estar en el mundo sólo para fines pragmáticos, menos aún el patético extremo de estar para acumular cosas y dominar. Pienso que, por lo menos para los que vivimos en el ritmo neurótico y esquizofrénico de las caóticas ciudades modernas, bastante tendríamos con disfrutar la vida. Por supuesto no me refiero a un hedonismo simplista que supondría que todo es pasarla a toda madre y nunca sufrir, como en una borrachera o en un viaje sicodélico permanente. No. Se trata, digo yo, simplemente de conservar la capacidad de asombrarme con las cosas cotidianas y a veces insignificantes. Se traduce en mi vida en tener tiempo para platicar con mi mujer y mis hijos, con calma, o con un buen amigo. O en la posibilidad de ver una buena película y pensar y hablar de ella. O de percatarme que desde la recta, cuando voy de regreso a casa, los volcanes lucen majestuosos. Y ante ello, simplemente guardar silencio y regocijarme. He decidido que esa puede ser una buena finalidad en la vida. Y soportar mis impaciencias y lo ruidoso y latoso que a veces me parecen los demás, casi hasta el absurdo. Por supuesto, leer y tomar café. Todo esto a pesar de que me digan que soy un existencialista. Quizá tienen razón. Así soy. Así me siento invitado a ser.
También voy descubriendo la necesidad, a veces la urgencia de reinventarme. No se trata, por supuesto, de negar mi historia, ni siquiera lo que no me gusta de ella. Sino de seguir explorando, conectando cabos sueltos, entendiendo y dejando sentir lo que aparentemente duele o no tiene lógica o está descompuesto. Y buscarle un sentido, como en la relación de pareja: la vida no nos es dada nada más así, sino que hay que aprender a vivirla, apreciándola, sintiéndola propia, acariciándola. Así, creo, es la vida.

jueves, 5 de julio de 2007

Fin del encierro

Hoy es el aniversario de aquel día. Veintiún años han pasado desde entonces. Yo era un chavo, quizá con unos quince kilos menos. De los días previos recuerdo el tiempo de silencio que había que pasar. No fue, como yo deseaba, un tiempo de amor inflamado, de gran consolación, ni de mucha emoción. Más bien fue un tiempo sereno, un tanto seco, sin mayores fluctuaciones en mi ánimo. Cada día estudiábamos y meditábamos uno de los consejos. Simbólicamente, al aceptar cada uno hacíamos el nudo correspondiente en el cordón. Sin ningún problema los hice, me quedaba claro que así lo quería. Ahora puedo ver, y no es justificación, que los tenía bien entendidos, bien estudiados, bien claros en mi cabeza. Sabía también que el futuro me era desconocido, pero quería arriesgarme. Aquello era, después de todo, mi vida. Mis amigos estaban junto a mí, haciendo lo propio. No me quería quedar solo, y ya no entendía mi vida sin los referentes que habíamos ido construyendo. Claro, en aquel momento no lo veía así. No sabía qué me iba a pasar, cómo me iba a sentir, ni si me iba a enamorar, ni cuándo ni de quién. Decidí hacer mi apuesta. No me atrevía a hacer algo diferente.
El mero día llegaron mis papás y mis hermanos. Antes de la ceremonia un compañero de mucho mayor edad, hoy ya fallecido, me dijo algo así como: aunque es por un año, que en tu corazón sea para siempre. Yo asentí, más por costumbre que por realmente comprender lo que significaba. Una foto que varios años tuve cerca de mí me mostraba a un joven de poco menos de diecinueve años, de perfil afilado, al que le hacía falta un corte de pelo, vestido de negro de pies a cabeza, sosteniendo un cirio. Los ojos miran hacia abajo, leyendo la fórmula que pronunciaba, lo que le hace parecer distante, casi ausente. No recuerdo mucho haber sentido algo especial en ese momento, sino cierta expectativa de algo que finalmente no sucedió.
Después todo fue fiesta, afortunadamente de estilo bastante pueblerino: carnitas, arroz, refrescos abundantes, no recuerdo si algunas cervezas, creo que no. Despedí rápido a mi familia, igual que los demás, para terminar de hacer maletas. A la mañana siguiente, muy temprano, emprendimos el viaje a uno de los lugares que más me emociona recordar.

martes, 3 de julio de 2007

La Fiesta

¿Cómo definir exactamente lo que es y significa una fiesta? ¿Una fiesta de los pobres? (porque no es lo mismo hacer una fiesta para un "rico" que para un "pobre"). El escenario, una comunidad del municipio de Cuetzalan, en la sierra norte de Puebla. La ocasión, el término del bachillerato de un poco más de una veintena de alumnos, ellos y ellas. El día está soleado cuando llegamos a las instalaciones de la escuela. A la entrada se encuentra ya un comité de bienvenida, un grupo de alumnas de la escuela con su vestido tradicional, muy limpio y lucidor, yuna banda diagonal, verde, con la leyenda respectiva. La música que suena me resulta familiar: "los caminos de la vida no son como yo creía/ los caminos de la vida son difícil de andarlos..." Adentro ya están las lonas para proteger del sol inclemente a los asistentes, sobre todo si sabían que estarían allí no menos de cinco horas, a la hora en que el calor aprieta. Antes de que todo inicie formalmente, mientras maestros y alumnos van de aquí para allá arreglando los últimos detalles, damos una vuelta a la sala de cómputo, nuevecita, impecable, emocionante, y a las hortalizas: el chiltepín crece que da gusto y los nopales tienen muchas nuevas pencas, mientras las pimientas crecen lento, a su ritmo.
Llegan los graduados, vienen de misa, porque parece que no hay graduación que valga sin pasar por el altar parroquial, no importa qué tanto se entienda el rito. Ellos de camisa azul cielo, pantalón y corbata negros, con zapatos nuevos del mismo color. Ellas con falda negra y blusa azul cielo, de tirantes y escotada, con su clavel rojo en la mano. Todos lucen sudorosos pero con las caras llenas de alegría. Se sientan en un lugar especial, frente a sus familias y a un costado de la mesa "de honor". Antes nos han preguntado y apuntado nuestros nombres, títulos y ocupaciones, porque la ceremonia es solemne y hay que darle todo su peso.
Los graduados endurecen su rostro cuando empieza su primer vals, tomados de la mano a la usanza de las quinceañeras y sus chambelanes. Unos mantienen la mirada fija al frente, como no queriendo ver ni ser vistos, más bien rígidos. Otros se muestran un poco más desenvueltos pero no evitan buscar de cuando en cuando la aprobación de sus familiares con la mirada. Suena la ochenterísima "total eclipse in my heart" y me acuerdo de aquellos tiempos queretanos. Los chavos y las chavas festejados avanzan lentamente, forman figuras, van hacia atrás y vuelven a sentarse.
Siguen los números preparados por los que se quedan para los que se van. Bailes regionales y populares, como el duranguense y el xochipetzahua en que las bailadoras nos sacan a bailar a los invitados, que nos movemos de reojo, como podemos. Poesías, música y una obra de teatro cuyo tema es más interesante y llamativo que la trama: cuenta brevemente una situación de acoso sexual hacia una alumna de bachillerato por parte de su padrastro. Parece un tema atrevido, difícil imaginar su trato tan abierto, pero logra hasta risas en algunas escenas. Al final, o casi, el discurso de despedida de uno de los egresados, con frases que me parecen un tanto cursis y escucho mientras me dirijo al baño porque se acerca la hora en que me tengo que regresar.
Todavía alcanzo el segundo vals de los festejados, que se mueven lenta y rítmicamente a la música de otra ochentera de inevitables recuerdos: "words don't come easy to me/ how can I find a way to say I love you..."
No me da tiempo ni de despedirme y me alegro que así sea. En realidad aprovecho la larga alocución del director dando cuentas para levantarme y pedir que me echen un aventón a la terminal. Mientras me voy pienso que me gustaría más cultura local y menos música en inglés, pero definitivamente es su fiesta, no la mía. No deja de parecerme extraña pero interesante la mezcla. Me hubiera gustado tener tiempo de platicar con los jóvenes qué significa realmente esa fiesta para ellos. Qué significan los diplomas y reconocimientos, los padrinos y madrinas con sus regalos y arreglos florales, las fotos y la expectación de la familia. Y me hubiera gustado más, por supuesto, quedarme a probar el mole con arroz y las tortillas de pueblo. Otra vez será.